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miércoles, 25 de abril de 2012

FRÁGIL



Pensaba que nada podría pasarle solo por el hecho de tener quince años. Vivía en ese estado de felicidad que te da la juventud y la seguridad de que la muerte es algo lejano y ajeno. Hasta que la encontró de cara una tarde de domingo. Con lo que le gustaban a ella las tardes de domingo... tan melancólicas, tan tenues, un poco aburridas y a la vez precursoras de otra semana llena de cosas por suceder.
Mientras preparaba sus libros para clase, ordenando su mochila, despejando su cabeza de los recuerdos del trepidante sábado pasado con los amigos, su corazón se heló al paso de una sombra. No hubo lugar para reclamaciones, ¡oiga, usted, yo no quiero irme!, simplemente sucedió en un instante y su rostro lívido quedó con la incipiente exclamación sin brotar de sus labios para siempre.
CDR

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