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martes, 8 de mayo de 2012

90 - 60 - 90


Todas las mañanas se miraba en el espejo. Ese que su padre le puso en el armario cuando era una niña coqueta a la que le gustaba hacer poses y verse de pies a cabeza. Pero ahora todo era diferente. Su reflejo le causaba espanto y le entraban ganas de romper el cristal en mil pedazos. ¿Y qué cambiaría eso? Ella seguiría teniendo ese cuerpo que detestaba.

Su madre le decía todos los días que estaba muy bien, proporcionada, lo llamaba. Sus amigas envidiaban sus curvas y los chicos afirmaban la teoría con el deseo prendido en sus ojos cuando la miraban. Todo eso desde fuera. Sin embargo, Marta acumulaba en su interior inseguridad, odio y menosprecio. No era feliz, no podía seguir así. Ocultando sus formas con ropa amplia, escondiendo la comida, mintiendo, engañándose.

Esa mañana, después de ducharse, Marta sacó del primer cajón de su mesita un bote de pastillas que había cogido del botiquín de su madre. Sabía que eran sedantes para esos ataques que sufría cada vez más a menudo. Eran fuertes. Pero no escatimaría la dosis. Echó un puñado en la mano. Y, delante del espejo, se las tragó bebiendo un gran vaso de agua. Miró por última vez el destello de su imagen y se recostó en la cama a esperar. Poco a poco, un letargo mezclado con angustia empezó a invadirla mientras pensaba que quizás las medidas perfectas no existan. Puede que todo esté dentro de nuestra cabeza.
CDR

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