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viernes, 8 de junio de 2012

VALIENTE TONTERÍA

Seguro que estarán conmigo en que lo menos que se puede esperar de la vida es ser feliz. Tengamos más o menos dinero, seamos más o menos guapos o agraciados, estemos más o menos bien de salud, levantarte cada día con cierto cosquilleo en el estómago es lo que este mundo nos debe por todas las penalidades. Yo ya ni me acuerdo de lo que es eso. Quizás el deseo de volver a sentirlo me ha hecho estos últimos días pensar insistentemente en ello, como si a fuerza de evocarla pudiese volver a instalarse en mí esa ilusión perdida.
Llevo cinco años encerrado en esta residencia y nadie viene a visitarme. Mis hijos se han olvidado de mí. Cati me dice que de eso nada, que pagan religiosamente la cuota todos los meses y que de vez en cuando llaman, pero que siempre coincide que no puedo ponerme o que ellos tienen prisa por colgar. A mí no me engaña la bella Cati. Ella es un pedazo de pan y me lo dice por lástima. Como si yo no supiera que los desagradecidos se han deshecho de mí y están esperando con impaciencia que me muera. Qué vida más perra. Crías a los hijos con esfuerzo y entrega, les das todo lo que tienes, les dedicas tus mejores años, y después te pegan la patada. Y no crean que no estoy bien aquí. Claro que sí. Yo no soy uno de esos viejos negados a irse a un geriátrico, como lo llaman ahora. Entiendo que los hijos deben hacer su vida y uno retirarse de escena cuando empieza a molestar. Lo que me duele es el abandono. No ver a mis nietos, pasar las Navidades solo, que no se acuerden de mi cumpleaños, que hayan desaparecido de mi vida, en fin, como si nunca hubiesen existido.
Cuando vivía mi Luisa todo era diferente. Ella y yo nos las apañábamos. No necesitábamos a nadie. Y la indiferencia de los chicos la sobrellevábamos compartiéndola. Pero cuando falleció, el mundo se me vino encima. ¿Qué iba a hacer yo sin mi querida esposa, después de tantos años juntos? Mis hijos me dieron la solución. Vender la casa, repartir la herencia y descansar tranquilo en un lugar apacible, donde me iban a tratar como un rey. Usted se lo merece, padre. Ofuscado como estaba, o por poco espabilado que siempre he sido, no sé, me convencieron. Y aquí estoy. Tragándome la bilis cada mañana por esta maldita suerte mía. No he padecido bastante y ahora esto.
Mi amigo Claudio está harto de oírme. Sobre todo cuando me pongo filosófico, como él dice. Si tan mal estás, Julio, lo que tienes que hacer es pedir la eutanasia esa. O qué sé yo, colgarte en la ducha. O acumular las pastillas dos o tres días y tomártelas todas de golpe. A tus hijos les remorderá la conciencia y tú descansarás por fin. Y yo, pesado.
¿Suicidarme? Valiente tontería. Aquí me quedo hasta que Dios quiera. Y ya encontraré yo la manera de recuperar mis mariposas en el estómago, joder.
CDR

1 comentario:

  1. Benditas mariposas que hacen que nos levantemos cada mañana, miremos al cielo, respiremos profundamente, pensemos unos instantes y entonces, solo entonces, digamos: ¡un día más!
    Pedro M. Domene

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