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martes, 3 de julio de 2012

CORTINA DE HUMO

Mi papá nunca ha sido un gran aficionado al fútbol. Se contagia un poco de mi entusiasmo sobre todo en las grandes ocasiones, pero la liga y esas cosas le traen sin cuidado. Y seguir a un equipo, como yo a mi Atlético, a él le parece de bobos.
Recuerdo muy bien el Mundial de hace dos años. Cuando la gente se echó a las calles, mi papá me dijo que me llevaba a la Plaza a celebrarlo y yo no podía dar crédito. Yo iba preparado con mi equipación correspondiente, mi bandera y mis pintadas por la cara, pero no pensaba que pasaría de la celebración en nuestra terraza. Y salimos él y yo a unirnos a la euforia de miles de personas. Mi padre gritaba como todos y hasta se metió conmigo en la fuente. Esa noche fue muy especial para mí porque compartí con él algo que a mí me apasiona. Lo vi feliz y yo lo fui también.
La Eurocopa de este año ha sido muy diferente. Ya tengo doce años, pero aún no me dejan salir hasta tarde y, aunque mis amigos se fueron a ver el partido juntos, yo tuve que quedarme en casa. Sin embargo, la emoción de que se pudiera repetir lo de aquella noche me hizo conformarme e incluso alegrarme. Menudo chasco me llevé cuando mi padre ni siquiera salió del despacho al empezar el encuentro. Le preguntaba a mi madre y ella respondía que papá tenía trabajo, que ahora mismo saldría. Allí estaba yo viendo la tele, con mamá a mi lado fingiendo que le entusiasmaba. Y papá sin aparecer. No salió ni para cenar. Claro que disfruté del partido y de la victoria. Pero mi camiseta roja y mi bandera pintada en la cara con un nuevo artefacto muy chulo que la deja perfecta no me sirvieron de nada cuando toqué a la puerta del despacho y mi padre poco menos que me mandó al diablo. Salí a la terraza a respirar aire fresco, a oír el barullo de la calle, las pitadas de los coches y los cohetes. Entonces escuché a mi madre decirle a papá que cómo podía tratarme así, que qué culpa tenía yo de sus problemas, con la ilusión que me hacía el partido y él me había defraudado. Tampoco tengo yo culpa de que en este país de mierda nos pongamos frenéticos por el fútbol cuando la cosa está como está (...) despido (...) no podemos pagar, estamos mal, nena (...) no voy a dejarme cegar yo también por esta cortina de humo de la Roja de los cojones. Calla, te va oír el niño. Pues que me oiga, ya es hora de que vaya haciéndose mayor.
Noté los ojos húmedos y entendí que, de momento, no volvería a celebrar nada con mi padre.

CDR

1 comentario:

  1. ¡Cuántas cortinas de humo hay en este puñetero país! Y nosotros tragando.
    Tati.

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