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miércoles, 18 de julio de 2012

TRAS LA MÁSCARA

Jaime pasó la tarjeta para fichar a las 22.03 horas exactamente. Llevaba a cuestas esa sensación de rutina con la que cargaba desde hacía cuatro años, desde que aquel maldito accidente cambió su vida. Todos los días lo mismo, había asimilado que ese era su destino. Una vida insulsa digna de un ser miserable como él.
Entró a casa, dio los dos besos de rigor a su madre y le contestó mecánicamente a las preguntas de cómo había ido la jornada. Se duchó, cenó frugalmente y, como cada noche, se encerró en la habitación mientras el ronroneo de la tele acunaba a su madre en el sofá de la salita. Ella también se había acostumbrado a vivir así y no le exigía más que esos breves momentos de compañía y después la certeza de que estaba en la casa. No soportaría otra pérdida.
Su cuarto era su santuario. El único lugar donde podía de verdad ser él mismo. Nadie sospechaba que Jaime, el callado celador, el pobrecillo lisiado al que todos tenían lástima al tiempo que evitaban su presencia, era la mismísima Diana, la "Virgen Blanca". Lo supo en cuanto le dijeron que su padre había muerto en el accidente. Lo supo en cuanto vio su reflejo en el espejo de la habitación. Su cuerpo y su rostro desfigurados por el fuego eran una señal, sin duda, de que era hora de asumir su verdadera naturaleza.

Jaime había sido un niño muy tímido, raro, según su padre. No le gustaba jugar con otros chicos, prefería quedarse en su habitación leyendo libros de esos que le metían pájaros en la cabeza, según su madre. Él entendió bastante pronto que no era como los demás, que no sentía su cuerpo como propio y que deseaba con todas sus fuerzas ser algo que no era. El desprecio de los otros no era lo peor, era mucho más duro el desdén furioso de su propio padre. Conforme fue creciendo, todos lo sabían. Tanto se notaba su aire afeminado y melindroso por más que el chico intentara disimularlo. Maite no tenía valor para afrontar el problema y ayudar a su hijo, prefería asumirlo callada y dejar que todo siguiese su curso. El progenitor, por su parte, optó por creerle invisible, nunca hacían nada juntos y si alguna vez le hablaba era para ofenderlo con sus comentarios machistas y castrantes. Jaime no tuvo más remedio que cargar con su lastre como pudo. Logró sobrevivir al instituto y empezó la carrera de Filología Clásica. Dejando a un lado que casi no se relacionase con nadie más de lo estrictamente necesario y la atmósfera agobiante de su casa, su vida le parecía bastante aceptable. Ya llegaría el día en que echase a volar. Pero en vez de ese, llegó el fatídico día. Jaime se vio obligado a llevar a  su padre a una importante reunión porque este tenía el brazo escayolado y no podía manejar el coche. A él no le gustaba conducir, se sacó el permiso porque sabía que era importante para su futura libertad pero no se le daba bien. Tampoco practicaba mucho. Cómo disfrutaba el cabrón mofándose de él, qué estilazo, vaya forma de coger el volante, no sabes ni dónde está el intermitente, pareces una nenaza asustada. Y pasó. Jaime vio aquel terraplén, pisó el acelerador y dio un brusco volantazo.
Cuando despertó en el hospital, Jaime no podía moverse, notaba un insoportable escozor en todo el cuerpo, en la cara, y tenía la mente confusa. Le dijeron que fue un accidente, una de las ruedas había reventado. Él lo aceptó. Sería mentira decir que no sintió cierta lástima por su padre fallecido, pero el atisbo de pena se tornó en odio puro y visceral cuando fue consciente de la situación en la que se encontraba. Ahora no sólo estaba encerrado en un cuerpo detestable por su masculinidad, sino también atrapado en un informe cuerpo quemado, con un rostro desfigurado y horrible. El día que volvió a casa y se enfrentó con su imagen en el espejo, las lágrimas se secaron antes de brotar y toda la injusticia del mundo cayó sobre sus hombros.

Empezaba el proceso de transformación. En esos años había ido perfeccionándose y el resultado era increíble hasta para él mismo. Látex para moldear el rostro y las formas del cuerpo, maquillaje profesional, peluca de cabello natural. Esa noche eligió de su amplio vestuario una túnica blanca tejida con hilo dorado y una diadema de flores silvestres. Como si se desprendiese de una piel ya inservible, abandonando los despojos en el suelo, la Diosa resurgía con nuevas fuerzas cada noche.
Diana se conectó a internet, encendió la webcam y comenzó la caza. Grave y severa, altanera, vengativa, su misión consistía en entablar relaciones con hombres a través del chat y engatusarlos con sus mejores artimañas. Para, una vez atrapados en sus redes, fulminarlos con crueles desaires y humillaciones sin fin. Y disfrutaba, sí. La "Virgen Blanca" era implacable y nadie accedería nunca a su duro corazón.

La mañana avanzaba y la puerta de la habitación no se abría. Maite estaba preocupada. Siempre se levantaba tarde, casi con el tiempo justo para comer e irse al trabajo. Pero esta vez la inquietaba el profundo silencio que invadía la casa, ni música, ni el habitual trasiego en el cuarto. Subió las escaleras y estuvo a punto de abrir en varias ocasiones, pero se alejaba de nuevo con temor. Hasta que decidió que era su madre y que debía ver qué le pasaba. Tocó a la puerta, primero suavemente y después con más vigor. Nada. Tenía que entrar. Y entró. La pantalla del ordenador brillaba todavía con un juego de luces azules y amarillas. En la cama, una joven vestida de blanco, que reposaba como si estuviese en su último lecho. Con el corazón palpitante, Maite se acercó y tocó los labios de Diana. Había temperatura. Respiró hondo y mientras las lágrimas acudían a sus ojos, susurró: ¿Cuál de las dos es tu máscara?

CDR

1 comentario:

  1. Todos tenemos una máscara, la única diferencia es que algunas son más finas y superficiales que otras.
    Tati.

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