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viernes, 31 de agosto de 2012

MUJERES: PROTAGONISTA DE SU PROPIA NOVELA

Casi todas las vidas oscilan entre la felicidad y el drama, no existe la alegría plena ni hay mal que cien años dure. Pero en algunos casos, especialmente, esta dicotomía se convierte en la característica más relevante de la persona. Como ocurre en el caso de la mujer homenajeada de hoy, Lula Carlson Smith (Georgia, 1917 - Nueva York, 1967), conocida como Carson McCullers.

Lula -así bautizada en honor de su abuela materna, Lula Caroline- fue una niña solitaria y sensible, que podía pasar horas mirando por la ventana, apartada de juegos y deportes, apasionada precoz de la música y de los libros. Sobre todo, le encantaban las historias del Sur que conoció por su madre y que pronto empezó a contarle a su hermano, dos años menor. Como ella misma reconoce en su autobiografía, su anhelo era salir de Columbus y dejar huella en el mundo. Marguerite Waters, su madre, era una mujer optimista y anticonvencional, que confiaba plenamente en las ilusiones de sus hijos y les animaba a conseguirlas, convirtiéndose en su mejor aliada. Así, contrató a una profesora de piano para Lula a los cinco años -al darse cuenta de sus inclinaciones artísticas- y la niña fantaseaba con el vestido que se pondría el día de su debut en Canergie Hall. Tanto ahínco y perseverancia puso en sus lecciones y ensayos, que finalmente le dio clases la concertista Mary Tucker, agotados ya los conocimientos de la primera maestra.

La familia de Lula Carson, como si de una novela se tratase, provenía del mundo exuberante y terrible a partes iguales del Sur de los Estados Unidos. Su abuelo paterno, terrateniente rico dueño de una plantación inmensa, fue un héroe del bando confederado durante la Guerra de Secesión. La abuela materna se había criado en un ambiente de lujo y refinamiento, hasta que hubo de trasladarse a Columbus -donde vivía su hermano- con cinco hijos, pues su marido murió a los treinta años a causa del alcohol y una vida disoluta. Marguerite, que no tenía ninguna prisa por casarse, se quedó sola en casa de su madre. Esta la puso a trabajar en la joyería de unos conocidos, donde conoció a Lamar Smith, el que sería su esposo. Lula fue la primera hija del matrimonio. Su infancia transcurrió entre sueños, música, olores y sensualidad tan característicos del Sur, plagado también de tradiciones que hacían a sus gentes repetir una y otra vez unos moldes ya preestablecidos. En largos paseos con su madre, la chica conoció las zonas donde vivía la gente de color y descubrió los problemas de los negros -a pesar de haber sido ya abolida la esclavitud-, las injusticias y la discriminación que sufrían por parte de los blancos.

En 1932 fallece la abuela Lula Caroline, lo que supuso un cambio en la vida de la joven, que en esa época decide acortarse el nombre y exige que la llamen Carson Smith, a secas. Sin embargo, el hecho más importante que marcó sus quince años y desde entonces su vida para siempre fue la enfermedad. Una neumonía que acabó siendo fiebre reumática mal diagnosticada la hizo permanecer varios meses en el hospital y le dejó secuelas ya irreparables. Su padre le había regalado una máquina de escribir por su cumpleaños y ella, que tenía experiencia escribiendo piezas teatrales que representaba en su casa, tomó la decisión, tras su convalecencia, de abandonar la carrera musical y convertirse en escritora. Una adolescente de salud débil pero con una voluntad de hierro, devoradora de libros, pues su prima, encargada de la biblioteca pública de Columbus afirmaba que Carson se había leído, uno por uno, todos los libros de las estanterías.

La joven Carson empezó escribiendo obras teatrales al modo del dramaturgo Eugene O´Neill, pero debió darse cuenta de que sus piezas no tenían calidad y pronto se pasó a la narrativa, componiendo relatos con gran tesón. En 1934 conoció a Edwin Peacock, con quien entabló una sólida amistad que influiría en su futuro. Con él pasaba horas y horas hablando de literatura, escuchando música. Peacock, que también tocaba el piano y el violín, dio a conocer a Carson a famosos escritores prestándole números de la revista Story y llevándola a locales de mala reputación. Como siempre, la señora Smith daba muestra de su tolerancia y consideraba que su hija necesitaba conocer ese mundo para recopilar material para sus historias. Así intentó acallar el escándalo que esto suponía para sus conocidos. Carson se dio cuenta de que la única manera de triunfar como escritora era irse a Nueva York y, aunque la familia no tenía deudas, tampoco disponía de dinero extra, por lo que la atenta madre llevó a la joyería de su marido un anillo de diamantes heredado y lo vendió para costear el viaje de la chica. Con diecisiete años y quinientos dólares en la maleta, Carson Smith embarcó rumbo a Nueva York para estudiar en la universidad de Columbia y lanzar su carrera de escritora. Nada más llegar, sufrió la ruindad humana, cuando un conocido de sus padres que la iba a alojar le preguntó cuánto dinero tenía y le dijo que lo mejor era meterlo en un banco. La chica se lo entregó, confiada, y lo perdió todo, robado por un carterista según le explicaron. En esta situación, hubo de buscar trabajo para poder estudiar. Por las mañanas estudiaba y escribía en la biblioteca, por la tarde oficiaba de mecanógrafa, telefonista, camarera, paseadora de perros, lo que salía por muy cansado y mal remunerado que fuese; y por las noches asistía a la universidad. Su salud se resentía con el exceso de trabajo, la humedad y la mala alimentación.

Durante este tiempo mantuvo una correspondencia constante tanto con su madre como con Edwin Peacock. Este le habló de su nuevo amigo, el joven soldado James Reeves McCullers, que soñaba con ser escritor. Ambos se enamoraron antes de conocerse gracias a los comentarios de Peacock y cuando se vieron en Columbus -al terminar Carson el semestre en la universidad- cayeron rendidos el uno al otro. A partir de ese momento, James dejaría a un lado su sueño de escribir y buscaría desesperadamente un trabajo para poder casarse y mantener una familia. Mientras, Carson siguió estudiando en Nueva York, con algunas estancias de reposo en casa pues su enfermedad había derivado en tuberculosis. Cuando la pareja pudo casarse, empezaron viviendo en casas miserables, sin calefacción, en pésimas condiciones. Pero la ilusión de una novela ya iniciada, el interés de su profesora, la novelista Sylvia Bates y la publicación de dos de sus relatos, los hacían salir adelante. Las ambiciones artísticas de James ya se habían esfumado con la creciente popularidad de su esposa.

En su primera novela, El corazón es un cazador solitario (1940), Carson McCullers -su marido le había cedido el apellido- plasma con fidelidad sus rasgos personales y familiares en la protagonista, Mick Nelly, una niña a quien fascinaba la música y cuyo padre era un acomodado relojero y joyero. La crítica ensalzó la obra como uno de los mayores descubrimientos literarios de la década y pronto empezaron a sucederse los actos culturales y los cócteles. La escritora era reconocida por su mérito literario, pero también admirada por su excentricidad, sus modales sureños y su carácter contradictorio, mezcla de timidez y sinceridad, de euforia y decaimiento. Estas alteraciones se hicieron cada vez más acusadas y su matrimonio empezaba a no funcionar. Su segunda novela, Reflejos en un ojo dorado (1941), adaptada al cine por John Huston, suscitó muchísima polémica, rechazada tanto por la crítica como por los lectores, por su tratamiento de la sexualidad, las relaciones entre los personajes y la dureza e irreverencia del argumento. Además de numerosos relatos, aparecieron otras dos novelas tituladas Frankie y la boda (1946) y La balada del café triste (1951). Su debacle profesional se inició en 1961 con la publicación de Reloj sin manecillas, que se mantuvo gracias a la fidelidad de sus lectores pero que mostraba ya un claro declive. Póstumamente, apareció una autobiografía inacabada de la autora, Iluminación y fulgor nocturno (1999)

Una mujer fascinante que se codeó con famosos actores de Hollywood, fue amiga de Truman Capote, Isak Dinesen o Tenesse Williams, entre otros muchos lectores exigentes a los que consiguió cautivar, y se debatió entre el tabaco, el alcohol, las crisis y una ambigua homosexualidad despierta a raíz de conocer a la escritora suiza Annemarie Clarac-Schwarzenbach, quien mantuvo una relación con Erika Mann y que, a pesar de su cariño confeso hacia Carson, siempre la prefirió a esta, haciéndola sufrir indeciblemente. Su marido llegó a estafarla, a hacerle chantaje emocional amenazándola con el suicido, pero la vida de Carson McCullers siempre fue una mezcla de enfermedad y golpes de buena suerte que le permitían salir de cualquier atolladero. Hasta que en agosto de 1967 sufrió su último ataque, que la mantuvo en coma durante cuarenta y cinco días, para morir el 29 de septiembre.

Una vida a la que falta espacio en esta entrada, que he decidido acabar con estas palabras de la propia Carson McCullers: "El trabajo y el amor han llenado casi por completo mi vida, a Dios gracias. El trabajo no siempre ha sido fácil; cabe añadir que el amor tampoco lo ha sido."

CDR  

jueves, 30 de agosto de 2012

¿NOTICIAS?

No suelo ver la televisión, mucho menos el canal Telecinco. Simplemente porque creo que hay muchas cosas mejores que hacer, porque no tengo tiempo -o no quiero tenerlo para eso, no sé- y porque, excepto programas concretos o alguna película, no me gusta este medio de entretenimiento. Pero el domingo pasado, casualmente, mientras comíamos estaba puesto el noticiario de Telecinco y, aunque era una comida familiar y no prestaba mucha atención, lo que me hizo fijarme fue el contenido de las noticias, una tras otra, hasta tres (desde que empecé a escuchar hasta que alguien, acertadamente, cambió de canal extrañado del tipo de información que se estaba dando.)

La primera, más o menos aceptable, informaba de la nueva moda de este verano, los barcos-discoteca (party boat) en que, por el módico precio de 40 €, puedes disfrutar de barra libre, música y sol hasta el atardecer, y luego más. Sólo es necesario el traje de baño y ganas de divertirse. Aunque algunos no llegan a enterarse de cómo acaba la fiesta, pues, por ejemplo, se llegan a beber varios litros de cerveza en pocos segundos a través de un embudo.

A continuación, nos enteramos de que el verano lleva consigo la subida de la testosterona. Por tanto, se liga más, se tienen más ganas de sexo y de cachondeo -palabras literales-. Para argumentar tan importantísima noticia, una experta habló verificando que todas las hormonas sexuales entran en acción con la subida de temperatura. Y, por supuesto, se recogieron datos a pie de calle que daban aún más veracidad a la información.

Por último, pero no menos increíble, un apunte de moda. Ilustrada con imágenes muy elocuentes, la primicia de que los shorts femeninos están muy en boga este verano, inundando las calles de vistosos cachetes (que atendiendo a lo anterior provocan a cualquiera.)

¿Son imaginaciones mías o los noticiarios han cambiado mucho? No hace muchos días les hablaba de la inconveniencia del vocabulario y de las formas en los medios de comunicación, en general, y para convencerme más si cabe, me tropiezo con esto. Desde luego, somos muy modernos. Lo que ocurre es que habrá que replantear las teorías hasta ahora manejadas, porque si la noticia tiene unas características concretas, una estructura y una finalidad, pero resulta que cada vez el concepto es más laxo y amplio, el resultado es bastante confuso. Atrás va quedando la rigidez de las seis preguntas de la pirámide informativa a que debe responder una noticia, el hecho de que lo que se cuenta sea relevante, novedoso y, hasta esto falla, objetivo.

CDR

miércoles, 29 de agosto de 2012

SUPERAR BARRERAS

El documental A ciegas (Blindsight), de 2006, dirigido por Lucy Walker, nos muestra todo un ejemplo de superación. El de seis adolescentes tibetanos que, siendo ciegos, aceptan el reto de escalar uno de los picos del Himalaya -el Lhakpa Ri- , de más de 7000 metros de altitud. Estos chicos son marginados en su propia cultura como si estuviesen poseídos o tuvieran que pagar por malas acciones cometidas en una vida anterior, despreciados hasta por sus familias. Sin embargo, la invidente alemana Sabriye Tenberken, fundadora de una escuela para ciegos en el Tíbet -Braille sin Fronteras-, y el montañista, también ciego, Erik Weihenmayer, ayudarán a estos jóvenes en la aventura más importante de sus vidas, la que les demostrará a ellos mismos y al mundo que se pueden superar las dificultades y llegar allá donde se propongan. Sabriye se puso en contacto con Erik después de saber que había conseguido alcanzar la cima del Everest, a pesar de su ceguera. Había leído a sus alumnos el libro del alpinista, titulado Touch the top of the world, y quiso hacerlos partícipes de ese espíritu de superación, convencerles de que podían participar de la sociedad y conseguir grandes cosas. Así surgió la expedición.

Una expedición que les hará afrontar desafíos inimaginables, como la alimentación, el mal de altura y otras enfermedades, las grietas de los glaciares y, sobre todo, caminar y escalar a ciegas en un terreno realmente peligroso, donde se juegan la vida a cada paso. Como dice uno de los integrantes, el sufrimiento te hace crear vínculos con las personas que te rodean. Una de las cosas más importantes que enseña esta película es que, afortunadamente, hay personas decididas a salir de lo preestablecido y comprometerse con causas que merecen la pena en esta vida y que no están relacionadas con el dinero, sino con algo mucho más profundo y satisfactorio. Porque además de los chicos invidentes, su monitora y el montañista estadounidense ciegos, este reto se logró gracias a todo un equipo que supo convivir durante tres meses más allá de prejuicios y estereotipos. Y por eso se alcanzó la cima. Y por eso esta historia llegó a la gran pantalla.

No supone lo mismo ser invidente en el Tíbet que en Alemania o en los Estados Unidos -moverse por una ciudad como Lhasa es un continuo sobresalto, llena de agujeros, charcos, excrementos; además de soportar las burlas de la gente de la calle- , pero en el fondo el desconcierto de que quedar ciego, la angustia primera que da paso lentamente a la confianza y a las ganas de superación y la reacción de los videntes viene a ser la misma en todo el mundo. Y aunque esta historia nos parezca lejana, lo cierto que es que no hay más que mirar a nuestro alrededor, al más próximo y cercano, para darnos cuenta de que sigue existiendo la marginación a causa de discapacidad. Es imprescindible, en pleno siglo XXI, cuando hemos alcanzado cotas impresionantes de progreso y desarrollo, luchar por la integración de estas personas y acogerlos como una parte más de nuestra sociedad. Porque si no, todo nuestro sistema no será más que una mera fachada.

Como el propio Erik Weihenmayer dice: "Perder la vista no significa perder la visión." Cuidado, no vaya a ser que nosotros, aún viendo, seamos los ciegos.

CDR

lunes, 27 de agosto de 2012

PALABRAS ENCENDIDAS (III)

Siguen altas las temperaturas en esta última semana de agosto. Así que busquen un lugar fresquito para retomar este paseo por la literatura erótica que el otro día nos dejó a las puertas de la Edad Media.

Entre los siglos X y XIII, encontramos numerosos poemas arabigoandaluces centrados en la belleza física, en el goce de los sentidos y por tanto, en el erotismo. Esta sensualidad pagana recorre al-Andalus, con evidentes influencias de los poetas grecolatinos, aunque también con muchas particularidades árabes, como por ejemplo un excesivo refinamiento y el uso de unas metáforas deslumbrantes. Muy diferente, como veremos, del erotismo occidental. "Cuando, llena de embriaguez, se durmió, y se durmieron los ojos de la ronda, me acerqué a ella tímidamente, como el amigo que busca el contacto furtivo con disimulo. Me arrastré hacia ella insensiblemente como el sueño; me elevé hacia ella dulcemente como el aliento. Besé el blanco brillante de su cuello; apuré el rojo vivo de su boca. Y pasé con ella mi noche deliciosamente, hasta que sonrieron las tinieblas, mostrando los blancos dientes de la aurora." (Ben Suhayd, 992-1034, Córdoba)
También de Córdoba es la obra cumbre de la literatura arabigoandaluza, El collar de la paloma, que además de las características nombradas arriba, trasluce el fuerte estilo de su autor, Ibn Hazm (994-1063) A pesar de tener la corta edad de veintiocho años -si bien en aquellos tiempos la edad no se consideraba como hoy-, el autor cordobés supo plasmar en su obra los múltiples aspectos del amor, desde el enamoramiento hasta la unión sexual, incluyendo la separación y hasta la muerte. "Hay quien dice que la duración de la unión amorosa acaba con el amor; pero es un parecer deleznable, pues tal cosa no sucede más que a las gentes inconsecuentes. Por el contrario, cuanto mayor es la unión entre los amantes, mayor es también su mutuo afecto. De mí sé decirte que jamás he bebido del agua de la unión sin que se me acreciera la sed. Tal es la ley del que se medicina con su propio mal, aunque sienta en ello algún consuelo. He llegado en la posesión de la persona amada a los últimos límites, tras de los cuales ya no es posible que el hombre consiga más, y siempre me ha sabido a poco. Así he estado durante largo tiempo, sin sentir hastío ni experimentar tedio. Una vez que me reuní con una persona a quien amaba, mi imaginación, al hacer recuento de los diferentes modos de unión amorosa, no encontró ninguno que no quedase por debajo de mi propósito, que no resultase insuficiente para remediar mi pasión e incapaz de calmar la más pequeña de mis ansias. Cuanto más me acercaba a mi amada, más crecía mi agitación, y el pedernal del deseo encendía con mayor fuerza el fuego de la pasión en mis entrañas."

El duque de Aquitania, Guillermo IX (1071-1127), con sus Canciones, es buen representante del erotismo occidental de esta época. Aunque englobado dentro de la tradición trovadoresca y del amor cortés medieval, lo cierto es que la concepción amorosa del duque dista mucho del ideal cortés y se acercaría más al Renacimiento que a la época feudal a la que pertenece. Eso sí, siempre busca la satisfacción fuera del matrimonio, como corresponde al amor provenzal. Se dice de él que era pendenciero, bebedor, grosero y fornicador, no hay más que leer sus composiciones para verificarlo, pero más allá de estas perversidades, habrá que reconocer su talento y su ingenio: "Compañeros, tan malos tratos he recibido / que no puedo por menos de cantarlos y de quejarme: / no quiero, sin embargo, que se sepa mi actuación / respecto a muchas cosas. / Y os diré en qué estoy pensando: / no me gusta ni coño vigilado ni estanque sin peces, / ni jactancias de gente despreciable que no pasa / a los hechos. / Señor mi Dios, que eres del mundo caudillo y rey, / quién primero vigiló coño, ¿cómo no cayó / fulminado? / No hubo jamás servicio ni custodia que peor se / portase con su señor. / Pero os diré del coño cuál es la ley, / como quien grandes males ha hecho al respecto, / y mayores ha recibido: / si todo merma con el uso, el coño, en cambio, / crece. / Y aquel que no quiera atender mis razones / vaya a verlo en un coto, cerca del bosque: / por un árbol que se poda, renacen dos o tres." (Uso del coño.)
De pleno en el siglo XII, encontramos las Cartas de Abelardo y Eloísa, ejemplo de un amor intenso y arrebatador. Puesto que el académico Pedro Abelardo tenía fama de intachable moralidad, el canónigo Fulberto le encargó la educación de su sobrina Eloísa. Pero el deseo se desató entre ellos y poco estudiaban en sus encuentros. De esta relación nace Astrolabio, por lo que Abelardo y Eloísa se casan, a pesar de la oposición de ella, pues el amor nunca podía darse dentro del matrimonio. Y como si de un castigo divino se tratase por haber legitimado su lujuria, poco después de la boda, estando Eloísa retirada en una abadía, Fulberto y algunos cómplices entran en la habitación de Abelardo y lo castran. Él entiende ese hecho como justo: "Aquel de mis miembros que había pecado expió con su dolor sus goces pecaminosos." Sin embargo, Eloísa, bien por ser mujer, por ser más sincera o por estar más enamorada, no se arrepiente, y aun siendo ya priora del convento del Paracleto, recuerda continuamente los placeres pasados. Así, la virtud forzada y el sufrimiento presente, ponen de relieve la magnitud del goce lejano. "Bajo el pretexto de estudiar, nos entregamos enteramente al amor (...) Los libros permanecían abiertos, pero el amor, más que la lectura, era el tema de nuestros diálogos; intercambiábamos besos más que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos que a los libros. El amor se buscaba en nuestros ojos, uno al otro, más veces que la atención se dirigía al texto (...) Nuestro ardor conoció todas las fases del amor y experimentamos todos los refinamientos insólitos que la pasión imagina. Cuanto más nuevos eran para nosotros esos placeres, con más fervor los prolongábamos, y no conocíamos nunca el hastío." (Abelardo relata su amor a un amigo.)

No estaría completo este recorrido por la literatura más encendida, si no parásemos en La Divina Comedia de Dante (1265-1321) La lujuria se ubica en el segundo círculo de los nueve de que consta el Infierno dantesco. Virgilio, como guía del autor, le cita más de mil nombres conocidos entre los que purgan su inmoralidad. Uno de los fragmentos más conmovedores es el de Francesca y Paolo -cuñados que cometen infidelidad por culpa del ejemplo de la novela de caballería que estaban leyendo-, cuyo amor va más allá del infierno. El autor italiano critica las novelas de caballerías por la presencia constante del "loco amor", y justo es reconocer que el amor cortés llegó a convertirse en estos relatos caballerescos en desenfrenada lascivia, cuya carnalidad él condenaba. Dante defendía una idea más elevada del amor, como iluminación de la mente, remedo del amor divino. "Como el amor a Lanzarote hiriera, / por deleite, leíamos un día: / soledad sin sospechas la nuestra era. / Palidecimos, y nos suspendía / nuestra lectura a veces la mirada; / y un pasaje, por fin, nos vencería. / Al leer que la risa deseada / besada fue por el fogoso amante, / éste, de quien jamás seré apartada, / la boca me besó todo anhelante. / Galeoto fue el libro y quien lo hiciera: / no leímos ya más desde ese instante."

Y qué decir del Arcipreste de Hita y su Libro del Buen Amor (primera mitad siglo XIV), imprescindible. Cierto es que se trata de una obra satírica que se opone al mundo rígido y dogmático de la Edad Media, pero también es un auténtico tratado erótico sobre cómo conquistar a las mujeres. Como los animales buscan la compañía del sexo contrario, así también los hombres apetecen de la compañía femenina. Es común que el autor use nombres de escritores o filósofos clásicos a modo de argumento de autoridad. "Aristóteles dijo, y es cosa verdadera, / que el hombre por dos cosas trabaja: la primera, / por el sustentamiento, y la segunda era / por conseguir unión con hembra placentera." Tampoco tiene desperdicio el pasaje en que Don Amor da consejos para cautivar a una mujer: "Si quieres amar dueñas o a cualquier mujer / muchas cosas tendrás primero que aprender / para que ella te quiera en amor acoger. / Primeramente, mira qué mujer escoger. / (...) En la cama muy loca, en la casa muy cuerda; / no olvides tal mujer, sus ventajas recuerda. / Eso que te aconsejo con Ovidio concuerda / y para ello hace falta mensajera no lerda. / (...) Busca muy a menudo a la que bien quisieres, / no tengas de ella miedo cuando tiempo tuvieres; / vergüenza no te embargue cuando con ella estuvieres; / perezoso no seas cuando la ocasión vieres."
   
Entre los siglos XI a XV, hallamos los  Cancionero y Romancero tradicionales, plagados de composiciones que entran sin duda en la temática que estamos tratando. Su mayor virtud es la brevedad, lo que hace que el asunto esté muy concentrado y por tanto, en ocasiones, el erotismo se desborde por entre los versos. Monjas libertinas, madres incestuosas, jóvenes virginales que despiden a su amado al amanecer, moras expertas en placer o damas comprometedoras son las mujeres que recorren estos poemas, pequeñas joyas sensuales de nuestra literatura. "No me las enseñes más, / que me matarás. / Estábase la monja / en el monesterio, / sus teticas blancas / de so el velo negro. / Más, / que me matarás." (Las teticas de la monja.) "Por amores lo maldijo / la mala madre al buen hijo: / ¡Si pluguiese a Dios del cielo / y a su madre, Santa María, / que no fuese tú mi hijo / porque yo fuese tu amiga! / Esto dijo y lo maldijo / la mala madre al buen hijo." (Amor incestuoso.) "Estáse la gentil dama / paseando en un vergel, / los pies tenía descalzos, / que era maravilla ver. / Desde lejos me llamara, / no le quise responder. / Respondíle con gran saña: / ¿Qué mandáis, gentil mujer? / Con una voz amorosa / comenzó de responder: / Ven acá el pastorcico, / si quieres tomar placer; / siesta es del mediodía, / que ya es hora de comer; / si querrás tomar posada, todo es a tu placer." (Romance de una gentil dama y un rústico pastor.)

Considerada por algunos críticos como novela erótica, el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell (terminada por Martí Joan de Galba y publicada póstumamente, en 1490) es sin duda una obra en la que el amor ocupa un lugar muy destacado. La historia se nutre continuamente de belleza, amor, sexo, picardía y relaciones sin culpabilidad alguna. Posteriormente, con la Contrarreforma y la orientación ascética del catolicismo, esto será impensable. El erotismo de esta novela va in crescendo, desde el momento en que Tirante el Blanco ve los pechos desnudos de Carmesina, hija del emperador de Constantinopla, hasta que finalmente la joven le ofrece sus senos, y luego Tirante ya necesita ir más lejos. "Y por el gran calor que hacía, porque había estado con las ventanas cerradas, estaba medio desabrochada, enseñando los pechos, cual dos manzanas del paraíso que parecían cristalinas, las cuales permitieron la entrada a los ojos de Tirante, que desde este momento ya no encontraron puerta por dónde salir..."

Y como ya se sabe que lo oriental es más exótico y expone un erotismo sutil, refinado, sensual y lírico, cerramos la etapa de hoy con dos de los tratados más bellos de la literatura erótica oriental. Primero, Los amores de Krisna y Rada, de Chandidasa (siglo XV), un texto que en la actualidad se sigue recitando en los templos de Bengala. Como ya se ha mencionado en anteriores ocasiones, el amor divino y el humano se diluyen en una mezcla ambigua. El propio Chandidasa se enamoró de una mujer de casta inferior a la suya, Rami, lo cual provocó un escándalo y el poeta fue expulsado de su casta. La historia de Krisna y Rada, quitado lo literario y lírico, es un recuerdo de la relación personal del autor. Krisna ama con locura a Rada, pero no se niega a aventuras pasajeras con otras hermosas muchachas. Durante la Noche de Raslila, fiesta del amor, Krisna toca su flauta en el bosque y con su música hace acudir a numerosas pastoras de la zona, con las cuales él jugueteará, provocando el enfado de Rada. Ante la ausencia de su amada, Krisna se siente triste e inflamado de deseo, hace todo lo posible por hacerla regresar y finalmente se viste de mujer y la visita. Al descubrir el engaño, Rada se alegra tanto que se entrega a él y ambos se aman en presencia de las pastoras. Cuenta la tradición que esa noche Krisna gozó de todas y cada una de ellas, en un frenético y sucesivo encuentro amoroso que duró una noche de Brahma (¡miles de años!) "Ha recobrado su habitual ternura al hablar y su gozo no tiene límites al darse cuenta de que el astuto Krisna se ha transformado en mujer para inducirla a una reconciliación... La pesadumbre se ha alejado de ellos para dar paso a una inmensa felicidad (...) Venid ahora, lecheras, venid a ver a la hermosa Rada en brazos de Krisna: sólo el verlos hace estremecer la mirada... ¡Qué maravilla sin nombre!, ¡qué fuente de amor y de divino néctar! (...) Cinco mujeres jóvenes le dan masajes con pasta de sándalo y de agor, y mientras otra los abanica contemplando su divino cuerpo templado por la aéreas caricias del chamar, otra prepara unas guirnaldas para embellecer con ellas el cuerpo de Sam y una tercera siéntese colmada de felicidad al poder cumplimentar sus deseos..."
Por último, y quizás más importante, Las mil y una noches, seguramente transmitidas oralmente durante la Edad Media desde el siglo X, pero no recopiladas hasta finales del XV y principios del XVI por un autor anónimo. En Europa fueron conocidas gracias a la versión francesa de Galland, editada de 1706 a 1714. Se encierra en estos relatos la esencia del erotismo, con un ensalzamiento de la belleza física y del cuerpo humano sin límites. Incluso en los pasajes más obscenos -que los hay- predomina el refinamiento, sobresaliendo siempre la faceta estética del sexo. La princesa Sherezade es la narradora que cierra hoy nuestro recorrido erótico, con estas palabras encendidas: "Y la joven hundió su cabeza en los brazos del adolescente y sensualmente lo mordisqueó en el cuello y en una oreja, aunque sin resultado. Entonces no pudiendo resistir más la llama prendida en ella por primer vez, empezó a hurgar con su mano entre las piernas y los muslos del joven, encontrándolos tan lisos y sólidos, que no pudo menos de deslizar su mano por aquella superficie. Entonces tropezó en el trayecto con un objeto tan nuevo para ella, que abrió mucho los ojos para mirarlo, y comprobó que en su mano cambiaba de forma a cada instante. Al principio la asustó esto un poco; pero comprendió sin tardanza su uso particular. Porque lo mismo que el deseo en las mujeres es mucho más intenso que en los hombres, también su inteligencia es infinitamente más rápida para deducir las relaciones entre los órganos encantadores. Lo cogió, pues, a dos manos y, mientras besaba los labios del joven con ardor, ocurrió lo que ocurrió."

Seguiremos caldeando el ambiente el próximo día, en los dorados siglos del Renacimiento y Barroco.

CDR

domingo, 26 de agosto de 2012

ANICETO MENDOZA

Cuando Aniceto Mendoza nació el 29 de febrero de 1955 superaba todos los parámetros de los neonatos. Los médicos ya les habían avisado de que el feto era grande, pero sus padres no se imaginaban cuánto hasta que lo vieron. A pesar de los continuos controles durante el embarazo y de la inmensa barriga que se le había formado a Marcia, no se esperaban tal cosa. Aniceto pesó 10,2 kilos y midió más  de sesenta centímetros al nacer. Por supuesto, a la madre tuvieron que practicarle una cesárea y, aunque verlo tan hermoso y gordote daba gloria, se notaba que era algo que contravenía a la naturaleza. Les informaron de que su bebé era macrosómico, que afortunadamente había nacido en buenas condiciones, aunque debía de estar en observación unos días, porque podían surgir complicaciones frecuentes en este tipo de casos.
 
Sin embargo, contra todo pronóstico, Aniceto creció sin problemas. Pues para él no suponía dificultad alguna ser enorme, obeso y no muy agraciado de cara, tener diabetes y un coeficiente intelectual por encima de la media. Aniceto era feliz. De hecho estaba tan contento consigo mismo que la gente no podía soportar su engreimiento. De niño, en el colegio, era el típico sabelotodo que incluso cuestionaba a los profesores. No tenía amigos porque a él sólo le interesaban la comida, los libros y su gato Salvo. No quiso estudiar, a pesar de su capacidad, y sus padres no pudieron obligarlo. Marcia lo miraba preocupada, a veces creía haber parido a un monstruo y luego se sentía culpable por esos pensamientos. Elías zanjó la discusión poniendo a su hijo a trabajar con él en la ferretería. A Aniceto le pareció bien, porque se aburría en el instituto pero sabía que algo tenía que hacer en la vida. Heredar el negocio familiar se le antojaba una buena idea. Y así, a los dieciocho años, Aniceto Mendoza comenzó su vida laboral, tras una adolescencia accidentada, solitaria, con marcas de acné.
 
Elías y Marcia no habían tenido más hijos. Los médicos les habían asegurado que no tenía por qué repetirse la situación, pero de todas formas a raíz del parto Marcia desarrolló problemas cardíacos y su salud se había vuelto delicada. Además, los dos eran ya mayores cuando tuvieron al niño y no quisieron correr más riesgos. Mientras Aniceto era un bebé habían sido felices, pero apenas echó a andar y empezó a hablar -ambas cosas prematuramente- todo había cambiado y la casa se impregnó de una opresiva sensación de anormalidad que iba creciendo al mismo ritmo que el chico. 
 
Los días transcurrían rutinariamente en la ferretería. Aniceto se escabullía del trabajo y era frecuente encontrarlo detrás de una estantería leyendo. Salvo siempre estaba con su amo, iba a donde él iba, se recostaba a su lado si estaba sentado y se enroscaba entre sus piernas cuando atendía a alguien de pie tras el mostrador. Curiosamente, el gato se había ido asimilando a Aniceto, convirtiéndose en un animal desproporcionado y con cierta mirada de superioridad. A Elías le inquietaba esa constante presencia felina y eso que fue él quien se lo regaló a Aniceto por su quince cumpleaños. A veces no sabía si le tenía más miedo al gato o a su hijo. Qué cosas más absurdas tienes -pensaba mientras reponía material en los estantes- el chico nunca ha hecho nada malo, discutir se discute en todas las casas, y más a estas edades. Bastante tiene él con su aspecto, el pobre, y ni siquiera se queja. Y es que, en realidad, no había motivos para temer a Aniceto. Nunca se había mostrado violento. Simplemente era como si lo envolviera un aura oscura y pegajosa que te repelía, igual que una mosca huye de la trampa viscosa.
 
Pasaron los años sin grandes sucesos. Días de trabajo, días de hospital con la debilitada Marcia, días de picnic en que parecían una familia feliz, días de tormentosas discusiones, días de una vida como otra cualquiera. Hasta que un infarto puso fin a los días de la madre de Aniceto. Él fue quien la encontró en la cama cuando entró a la habitación extrañado de que no se hubiera levantado aún. El padre había salido a comprar el periódico y a dar un paseo. Era domingo. El último de una aparente vida normal. Aniceto se derrumbó, literalmente. Toda su fachada de hormigón se vino abajo, llorando como un niño a sus treinta años, pataleando en el suelo como un energúmeno sin control. Eso hasta que llegó Elías, pues nada más verlo entrar, Aniceto agarró a su madre con fuerza y se negó violentamente a que el hombre se acercara, preso ahora de una furia irracional. Elías ya era mayor, un anciano delgado y débil. Conmocionado por la muerte de su esposa, no sabía cómo reaccionar ante el coloso que tenía delante. Dos horas estuvo llorando, suplicándole a su hijo que entrara en razón, que había que llamar a la ambulancia, que su madre no querría eso, a mí también me duele que se haya ido, Aniceto, por favor, ayúdame. Pero Aniceto se había petrificado, agarrado con fuerza al cuerpo de su madre, yacía en la cama en un estado catatónico y gruñía como un perro guardián cuando el padre se acercaba. Exhausto ya, deshecho, Elías salió del dormitorio y fue hacia el cuarto de baño. En el pasillo, se encontró con la fría mirada del gato, como si lo despreciara por su flojedad. Entró, se miró en el espejo, no vio más que la sombra de lo que había sido, demacrado y pálido, cadavérico. Abrió el armario, cogió un bote de somníferos y se tragó todos los que había con un gran vaso de agua. Lo mejor era reunirse con Marcia, ya no podía controlar la situación, ya no... Se fue dejando caer para morir en el suelo de barato linóleo gris.
 
El sol de la mañana entró por la ventana y despertó a Aniceto. Estaba rígido y le dolía todo el cuerpo. Miró a su alrededor, reconoció las paredes de su habitación, sus pósters, y recordó todo, el cadáver de su madre, la pérdida, su padre tirado en el baño, el odio, Salvo acariciándolo con su peluda cola, y la gran idea. Fue a la cocina, desayunó como siempre, abrió todos los conductos del gas, cogió su bolsa, metió al gato en su caja, cerró la puerta de la casa y se dirigió a abrir la ferretería como una jornada más. A medio día, la policía le avisó de que había ocurrido un fatal accidente, un descuido, sí, explosión, incendio, los dos han muerto, lo siento. Esa tarde no se abrió el negocio, ni los días siguientes, pues se celebró el funeral y se entendía que Aniceto estaría muy afectado. ¿Y dónde vas a vivir ahora, Aniceto? -le preguntó amablemente una amiga de su madre que había acudido al entierro. Y a usted qué le importa -fue la respuesta.     
 
Aniceto tenía un escondite secreto en el almacén de la ferretería, en la pared detrás de un viejo expositor abandonado, allí iba escondiendo dinero para escapar al control de su padre, porque aunque le había explicado que no era retrasado y podía ocuparse de sus finanzas, Elías opinaba que hasta que no se fuera a vivir por cuenta propia, él gestionaría la economía de la casa. La juventud malgastaba mucho y él, con esa manía de comprarse libros, para qué contar. Sus libros, todos sacrificados en el incendio excepto los que guardaba debajo del mostrador. Algún precio había que pagar por la libertad. Sacó también de su escondrijo los planos que había dibujado para reformar la ferretería y el almacén como vivienda. En poco tiempo ese sería su hogar, contrataría a alguien para llevar la dependencia de la tienda y él se ocuparía del negocio. Lo primero, encargaría un nuevo cartel en el que pusiera: Aniceto Mendoza. Su ferretería. O algo así. Y, sentado en el suelo del almacén, escribía el posible lema y esbozaba un logotipo en el que se distinguiría de alguna manera un gato, acariciaba a Salvo con la otra mano, mientras el minino lo miraba con profunda satisfacción.
 
CDR   

sábado, 25 de agosto de 2012

EN BLANCO

Hace unos días vi un cartel publicitario anunciando una marca de folios con el siguiente eslogan: "Las grandes ideas comienzan en una hoja en blanco." Y pensé que, para la mediocridad que reina hoy en día en la publicidad, ésta era una frase bastante buena.

Eso me llevó al momento crucial del proceso creativo en que hay que enfrentarse con ese blanco impoluto y virginal del papel, para plasmar al menos una idea que te lleve a escribir algo.

Seguidamente, en una asociación de ideas inconexas, que sin embargo mi mente asoció, me trasladé a mis noches en blanco, es decir, de insomnio, en que precisamente más ideas se me ocurren para escribir.

Llegada a este punto, me di cuenta de que estaba conduciendo y de que esos pensamientos me despistaban de mi tarea. Lo cual me hizo reflexionar sobre las distracciones al volante. Menos mal que no hay radares de detección de ideas ni medidores que indiquen cuántos problemas, ilusiones, proyectos, citas, enfados, etc. llevamos rondando por la cabeza mientras conducimos.

Porque, al menos yo, por más que lo intente, no consigo dejar la mente en blanco ni un segundo. Creo que ni siquiera durmiendo llego a desconectar del todo. Por eso, a menudo quisiera contar con un interruptor, como si fuese un aparato más de la casa, y apagarme por completo durante las horas de sueño. Tal cosa conllevaría, claro está, tener cada mañana a alguien cerca para que me encendiera a la hora justa, porque ¿cómo conectarse una misma si está desenchufada? Esto es de una lógica aplastante.

Y hablando de lógica, recuerdo que ya queda poco para retomar las clases. Finales de agosto, exámenes de septiembre. Si es malo esa especie de hórror vacui que produce al escritor el folio níveo, no digamos a los alumnos el quedarse en blanco ante las cuestiones planteadas para superar la asignatura. Eso los que han estudiado, porque los pasotas salen airosos con su gramática parda, no enseñada en el aula, pero que quizás les ayude en la vida más que nuestros rollos docentes, o eso piensan ellos, y sus padres.

Para rollo este que les acabo de soltar, que esta entrada empezó en blanco y hasta aquí hemos llegado.

CDR  

viernes, 24 de agosto de 2012

MUJERES: MATEMÁTICA ILUSTRADA

Abro la entrada de hoy con una cita de Theodor Fontane (1819-1898), escritor alemán, quien dijo muy acertadamente: "No sé por qué debemos preocuparnos siempre de los hombres y de sus batallas; la historia de las mujeres es mucho más interesante."

En todos los ámbitos del saber encontramos mujeres pioneras. Si era complicado escribir, ser escultora o viajar por tierras desconocidas, no digamos interesarse por la ciencia, dominio totalmente vedado para ellas. Durante siglos, la mujer ha estado sometida a una cultura patriarcal, relegada al ámbito de lo privado. Y sólo algunas -con valentía, pundonor y algo de fortuna- podían desarrollar sus inquietudes, siempre rebelándose contra lo impuesto, luchando por negar su inferioridad y su debilidad en un mundo de hombres.

Nuestra protagonista de hoy, María Andrea Casamayor y de la Coma, destacó en aritmética, pero su labor no fue reconocida, tuvo que publicar sus obras bajo un pseudónimo masculino y al intentar rescatarla hoy del olvido, encontramos poquísimos datos sobre ella. No se conoce la fecha exacta de su nacimiento (principios del siglo XVIII), en Zaragoza. Cursó sus estudios en el colegio Santo Tomás -fue discípula de los Padres Escolapios- de la ciudad aragonesa y allí llevó a cabo sus investigaciones, sus escritos y su trabajo, en general, hasta que falleció en 1780. Sus dos obras, firmadas con el nombre de Casandro Mames de la Marca y Arioa, son Tirocinio aritmético (1738), un manual con las reglas básicas de la materia, además de exponer los pesos, monedas y medidas de la época en una tabla con sus equivalencias. Y El parasisolo -manuscrito divulgado después de su muerte por los herederos-, que es considerado hoy como uno de los primeros estudios de aritmética aplicada, ya que la autora demuestra sus conocimientos matemáticos, empleando ejemplos útiles para la vida cotidiana. Aunque esto nos pueda parecer ahora simple, María Andrea Casamayor fue precursora en el acercamiento de las matemáticas a las clases populares e intentó mejorar la producción ganadera y agrícola de su tierra con un didacticismo asequible a todos. Lo más importante es que, aunque no aparezca en los libros de texto o nadie conozca su nombre, ella fue la primera científica de la que se conserva obra escrita.

Durante la Ilustración se dieron en toda Europa numerosos casos de mujeres científicas, que fueron reducidas y omitidas con el paso del tiempo, porque nunca se las valoró en su justa medida. María Gaetana Agnesi y Laura Bassi en Italia; Emile du Chatelet y Sophie Germain en Francia; o Mary Anning en Inglaterra son otros ejemplos de ello.

En la actualidad, existe en Zaragoza la calle de María Andrea Casamayor, pequeño reconocimiento que han tenido con ella sus paisanos.

CDR

jueves, 23 de agosto de 2012

TICTAC

El tiempo. Algo tan relativo y efímero para nosotros, siendo a la vez tan absoluto e infinito que sólo pensar en ello sobrecoge. Decimos que el tiempo vuela, que es mudable y caprichoso -se ralentiza o acelera a su gusto-, pero somos nosotros los que cambiamos a lo largo de la vida, cambian nuestras circunstancias, nuestros estados de ánimo y nuestra percepción temporal. Nada más eterno e inamovible que el tiempo. Sin embargo, no es igual una hora, un día, una semana, un año para un niño que para un adulto, ni para estos que para un anciano. No se parece el transcurso de las horas en una gran ciudad al de un pequeño pueblo. No es lo mismo un minuto de felicidad que un minuto de horror, ni es lo mismo la espera que hacer aquello por lo que tanto hemos esperado. Mientras tanto, mientras nos agobiamos en nuestra jornada laboral, mientras el niño cuenta aburrido los minutos en la clase, mientras el abuelo ve caer resignado las hojas de su calendario, mientras vuela el verano, corre el otoño, avanza el invierno, llega la primavera y de nuevo se va... el tiempo no se inmuta, sigue pasando al mismo ritmo, granos de arena cayendo en cada reloj particular.

El tiempo se escurre,
segundo a segundo,
entre las agujas del reloj.

Se desgranan las horas,
una tras otra,
queramos o no.

La vida se escapa,
mientras estamos
demasiado ocupados
para enterarnos.

Tictac,
incesantemente,
tictac,
se oye su son.
Tictac,
cuando nos damos cuenta,
tictac,
todo pasó.

CDR

miércoles, 22 de agosto de 2012

PALABRAS ENCENDIDAS (II)

Reanudamos nuestro incandescente recorrido, seguros ya de que el erotismo no es un fenómeno nuevo, sino inherente al ser humano y por tanto presente en sus manifestaciones literarias de todos los tiempos.

Aunque los epigramas de Marcial (38 a.C.-27 d.C.) son fundamentalmente satíricos, se puede encontrar en ellos cierto erotismo sutil y sugerente. Juzguen ustedes: "Tras los primeros escarceos nupciales y cuando aún no estaba satisfecho mi apetito, Cleopatra, esquivando mis abrazos se zambulló en el estanque de limpias aguas. Pero queriendo velarse, más se traslucía: espléndida visión a través del cristal que la cubre; así aparece el lirio tras el vidrio transparente, así muestra la rosa a través de su clara diafanidad. Salté al agua y luchando le robé sus besos; las transparentes linfas me impidieron lo demás." (X. Transparencia)

La bellísima colección oriental de relatos titulada Panchatandra (siglos I a.C. a III d.C.), pese a su contenido didáctico, rebosa de erotismo, magia y fantasía, pues estos forman parte de la existencia misma y en ningún caso están reñidos con la moral. Estas fábulas -fuente de la que beberán Las mil y una noches o El Conde Lucanor, por ejemplo- son contadas por un sabio brahmán, al que un rey ha puesto al cuidado de sus tres apáticos hijos. A través de estas historias, los jóvenes desarrollarán en poco tiempo el sentido de la responsabilidad, inteligencia y cultura. Mostramos un fragmento del pasaje de "El tejedor y la princesa", fijándonos en que el erotismo va ligado a la perfección de la amada. "Y contemplando el tejedor a aquella joven de belleza incomparable, herido en el corazón por el dios de Amor con sus cinco flechas..." recitaba estos versos: "Es atractiva, tiene labios de rojo fruto. Que su melodioso par de pechos, orgulloso de haber llegado a la juventud, / su mínimo ombligo, sus cabellos naturalmente rizados y su estrecha cintura me produzcan con violencia estos pensamientos en mi corazón, traigan mi sufrimiento. / Pero que ese par esplendente de mejillas me queme constantemente, eso no es justo. / Tiene en su pecho la amplitud de las cejas de un elefante furioso. Perfumados de azafrán / están sus dos pezones. Atormentado por el placer y el dolor, / ¿podría yo, reposando mi pecho, rodeado por sus brazos, / dormir por un momento, por un momento entregado al sueño?"

En la primera mitad del siglo I, encontramos unos cantos latinos, anónimos, de carácter erótico-festivo, llamados Priapeos. Dedicados originalmente al dios Príapo (cuya representación mostraba un falo desproporcionado), para que concediera protección a los campos, evitara el mal de ojo, etc., más tarde fueron concebidos como simples versos satíricos y burlescos para divertirse. El respeto místico y divino degradó en una burla lasciva, como vemos en el siguiente priapeo: "¿Por qué tengo al descubierto mis partes obscenas quieres saber? Pues averigua por qué ningún dios oculta sus armas. El señor del mundo, rey del rayo, lo muestra abiertamente y no tiene el dios marino un oculto tridente. Ni Marte esconde la espada, a la que debe su valía, ni Palas, intrépida, disimula la lanza en los pliegues de la ropa. ¿Siente acaso vergüenza Febo de llevar en bandolera sus áureas flechas? ¿Tapa el Alcida el astil de su nudosa maza? ¿Quién ha visto a Baco cubrir con sus ropas el ligero tirso o a ti, Amor, con la antorcha oculta? No sea, pues, un delito para mí tener la verga siempre al descubierto: si me faltase esa arma, quedaría inerme." 
Ubicados en esta misma época, pero lejos de lo anterior, llegamos al Nuevo Testamento, más contenido que el Antiguo en cuanto a alusiones eróticas, pero no carente de estas. Sin intención de suscitar polémica alguna, está demostrado que los evangelios que quedaron fuera del canon hablan de la relación íntima de Jesús con María Magdalena. Esto se omite en la versión ortodoxa, por supuesto. Así pues, buscaremos ejemplos en los evangelios autorizados, donde Jesús se muestra en público con numerosas mujeres que lo seguían, lo cual ya va en contra de las costumbres de la época. No digamos si algunas de ellas son prostitutas. O la escena en que una pecadora lava primorosamente los pies de Jesús y los seca con sus propios cabellos. (Evangelio según Lucas.) O la descripción de la danza de Salomé, que gustó tanto a Herodes que le concedió lo que ella deseaba, nada menos que la cabeza de Juan Bautista. (Evangelio según Marcos.) Más allá de la interpretación que da la tradición religiosa a estos gestos y rituales, es innegable el ardor que destilan.

Avanzando, avanzando, y dejando en el camino muestras importantes -ya se sabe que lo poco gusta y lo mucho cansa-, es del todo inevitable hacer una parada en el tratado erótico por antonomasia, el Kama Sutra, de Vatsyayana. Es cierto que el planteamiento de esta obra hindú es más sexual que erótico, pero al tratarse de una serie de consejos de índole fisiológica y moral, el lector se siente liberado de toda culpabilidad y observa a los amantes en sus quehaceres sexuales, para aprender -o simplemente para mirar-, lo cual no deja de ser placentero. Rescatamos aquí un breve fragmento sobre los diferentes tipos de caricias y abrazos que existen -en el más amplio sentido de las palabras-: "(...) Cuando un hombre y una mujer se aman con violencia y sin miedo al dolor, como si desearan penetrar en el cuerpo del otro, incluso aunque la mujer esté sentada sobre las rodillas de él, o en pie ante él, o tendida debajo de él, su abandono se llama Unión de la Leche y el Agua. (...)"

Entraremos ya en la Edad Media en la próxima entrega.
Dejemos que filtren estos contenidos en nuestra mente e inflamemos nuestra imaginación con lo que está por venir.

CDR

martes, 21 de agosto de 2012

MÁS QUE VINOS

Se puede ver la película Entre copas (2004) por ser aficionados a la enología, pero aun sin tener gusto alguno por el vino, este largometraje va mucho más allá, por tanto vale la pena verlo por numerosos motivos. Dirigido por Alexander Payne, fue galardonado con varios premios el año de su estreno, como dos Globos de Oro de las siete nominaciones que tenía, o el Oscar al mejor guion adaptado, contando con cinco nominaciones a este importante premio cinematográfico, entre otros.

Se trata de una comedia, con sus momentos dramáticos, que expone -con la excusa de un viaje de despedida de soltero por una ruta californiana de viñedos- la crisis de mediana edad que sufren dos amigos. Jack, actor fracasado, está a punto de casarse y quiere disfrutar a tope de sus últimos días de libertad. Y Miles, profesor de literatura, divorciado, escritor sin éxito y pesimista empedernido, sólo aspira a pasar unos días de tranquila diversión, catando vinos, comiendo bien y jugando al golf. Son muy diferentes, pero ambos tienen en común la pérdida de la juventud y la sensación de que con ella se esfuman las ilusiones.

El encuentro con Maya, camarera de un local del que Miles es cliente, y Stephanie, empleada en una bodega, en la que Jack se interesará, liará bastante el asunto. Estas mujeres sacarán lo mejor y lo peor de los protagonistas y les harán reflexionar sobre su vida. Temas como la amistad, el amor, el individualismo, la soledad o la autosuperación, son tratados por Payne con humor, serenidad y delicadeza. Aunque el trasfondo de esta película es bastante agridulce, lo cierto es que se puede adivinar como uno de sus mensajes el disfrute de la vida. Por ello está plagada de buen vino, comida contundente y hermosos paisajes a la luz del intenso sol de California.

De entre todas las magníficas escenas de este filme, me quedo con dos: la de Miles comiendo una hamburguesa mientras bebe furtivamente una botella de vino para coleccionistas, y la escena final -que no desvelaré-, de una belleza y elocuencia impactantes.

Entre copas desmiente por completo que la buena comedia norteamericana esté acabada. Porque esta es una película bien escrita, bien dirigida, bien interpretada, con una excelente banda sonora.  Una aventura íntima a la vez que divertida que, cuando termina, deja ganas de repetir.

CDR

lunes, 20 de agosto de 2012

PATADAS

En este lunes de finales de agosto voy a hablarles de patadas, sí. Y no me refiero a las de los partidos de fútbol, ahora que ha vuelto la Liga y todos somos un poco más felices por ello. Sino a las que cada vez más a menudo propinamos al diccionario, a la gramática, y por tanto a nuestra riquísima lengua española.

El léxico aproximado que constituye el español es de unas 85.000 palabras, de las cuales un hablante culto utiliza más o menos 40.000. Pero cualquier hablante puede comunicarse con apenas 3.000. Históricamente, los diccionarios de castellano han llegado a contar hasta con 150.000 vocablos. Imagínense la cantidad de vocabulario desaprovechado que tenemos. La lengua es un ente vivo y se nutre del uso que de ella hacen los hablantes, de igual forma que va muriendo según la voluntad de estos. Por eso mismo ya no es sólo preocupante el hecho de que desaparezcan palabras por falta de uso -pues verdaderamente algunas quedan obsoletas por la realidad circundante y dejan paso también a otras nuevas-, sino sobre todo la degradación a la que está sometido el español en aras de la modernidad, cuando lo cierto es que se debe a la incultura y la zafiedad reinantes en este país.

En primer lugar, es evidente la invasión que se está produciendo del inglés en nuestro idioma. Claro está que los extranjerismos forman parte de la mecánica léxica de una lengua, sin embargo no tiene sentido escoger una palabra inglesa cuando existe un término español que significa exactamente lo mismo. A no ser que el vocablo aporte un matiz inexpresable en castellano, ¿a qué viene que hoy luzcan "staff" en la espalda de sus camisas los empleados de una tienda?, de toda la vida han sido el personal. Será porque también hoy ya no vamos de compras, sino de "shopping".

Otro aspecto que me inquieta es la falta de decoro en la lengua pública, cómo se mezclan los niveles lingüísticos sin el menor apuro. Si estamos atentos a los informativos, descubriremos rápidamente que ya no existe un lenguaje periodístico específico, sujeto a una rigurosa objetividad y corrección. Es frecuente escuchar expresiones coloquiales, adjetivos valorativos y muletillas por doquier. E igualmente habituales los errores sintácticos (uso del CD de objeto con preposición, verbos pronominales como transitivos, falta de concordancia...) ¿Y qué decir de nuestros personajes públicos? Una sociedad que tolera sin rubor y sin estremecimiento que sus políticos lancen burdos improperios ("esa puta mierda", "hijoputa" "que se jodan", "cada vez que veo los morritos...", y un largo etcétera) o que los programas de mayor audiencia sean aquellos en que los invitados ni guardan el turno de palabra -auténticos gallineros-, ni guardan tampoco las formas -y no sólo lingüísticas-, deja mucho que desear. No es que no nos inmutemos ante esta situación, es que además le vemos la gracia. Y si pones el grito en el cielo, te tachan de anticuada o te miran como si fueses un bicho raro.

Por último, aunque quedaría mucho por decir, observo realmente preocupada la paulatina aceptación del uso abreviado, tipo sms, de la lengua. Que se entiende, argumentan algunos, que se ahorra, dicen otros, que es modernísimo, acepta la mayoría. Por eso en todas las series de moda y en los anuncios más "fashion" aparecen los títulos escritos así. Creo que cada ámbito tiene sus peculiaridades y veo muy bien que en los sms que enviamos con el móvil nos ahorremos caracteres infringiendo las reglas ortográficas. Cuando yo estudiaba en la facultad y tomaba apuntes a velocidad imposible, hacía uso de varias técnicas de estudio -abreviaturas, esquemas, flechas-, sin embargo hubiese sido impensable presentar luego un trabajo o un examen escrito de ese modo. Igual que nos vestimos adecuadamente en cada ocasión, por ejemplo, ¿no deberíamos adaptar el uso de la lengua a cada situación comunicativa? Por cierto, resulta que la adecuación es una de las propiedades lingüísticas más importantes en la teoría de la comunicación.

Eso es lo que ocurre, que suena todo a demasiada teoría, en la práctica nos entendemos y nos va de puta madre. Pues sigamos con esta indiferencia, que la lengua es el menor de nuestros problemas.

CDR  

domingo, 19 de agosto de 2012

PASTORA EN SUEÑOS

Cuéntame un cuento, mami, dijo Leire fijando los oscuros ojos en su madre cuando se asomó silenciosamente a ver si ya descansaba. Sabía que no tenía escapatoria cuando la niña pedía una historia para dormir. La había acostumbrado desde bebé -y aun antes, ya en su vientre- a contarle un cuento cada noche. Y aunque se estaba haciendo mayorcita, no abandonaba esa costumbre infantil. ¿No puedes dormirte, cariño? No, mami, cuéntame un cuento. La madre se sentó en la cama y empezó la historia.

Había una vez una princesa que vivía en un castillo inmenso, muy, muy grande y su habitación estaba llena de juguetes preciosos, todos los que te puedas imaginar. Durante el día se lo pasaba bastante bien, se entretenía correteando, montando a caballo, jugando con sus perros, peinando a sus muñecas, tomando el té con sus amigas imaginarias, recibiendo clases de inglés, de ballet, de piano. Pero cuando se hacía de noche y se tenía que acostar, las paredes se poblaban de sombras y por los pasillos vagaban ruidos extraños. Sus padres, los reyes, casi nunca estaban en casa, siempre tenían reuniones y fiestas a los que acudir. Nunca entraban a darle las buenas noches. Así, aunque en los jardines había animales, y nada material le faltaba para ser feliz, la princesa se sentía sola y su pecho se llenaba de temor, sobre todo al anochecer. Herminia trajinaba con los cacharros en la cocina. Nadia -ese es el nombre de la princesita- estuvo a punto de llamarla para que viniera a tranquilizarla, pero luego se lo pensó mejor. La criada no era muy cariñosa que digamos, sino huraña y fría, además se burlaría de ella, ya tenía ocho años y aún se asustaba por las noches. Herminia era la jefa de todos los criados y era la única que tenía acceso a la princesa. Para ella, los otros debían ser como meras estatuas más de la decoración, habían ordenado sus majestades. Nadia sospechaba que Herminia era una bruja. ¿No había una en todos los castillos? Decididamente, la única solución era hacerse la valiente, como siempre. Lo malo es que esa noche amenazaba tormenta y todo estaba más lúgubre que de costumbre, se oían unos truenos horribles y los relámpagos iluminaban el cuarto con su luz siniestra. Nadia se cubrió la cabeza con las sábanas, apretando fuerte los ojos y los puños, aguantando la respiración mientras el cielo descargaba un buen aguacero. Al rato, abrió los ojos y se quedó tapada, aunque tenía mucho calor. Entonces se fijó en que la sábana estaba estampada con ovejas, muy graciosas, esponjosas de lana, de color blanco y rosa. Recordó haber oído alguna vez que se contaban ovejitas para poder dormir. Ella nunca lo había hecho, quizá se sentía demasiado mayor para eso. Pero hoy iba a probar. Una, dos, tres, cuatro, cinco... veinte, veintiuna, veintidós... cuarenta... cincuenta... Y poco a poco se fue adormilando, relajando sus dedos, ya se veía su cara por el embozo.
De pronto, Nadia se encontraba en un prado verde y fresco, que se extendía a lo lejos hasta mezclarse con un cielo increíblemente azul, iluminado por un sol radiante y suave. Las ovejas pasaban saltando por su lado, al pasar cada una decía un número. Sin saber cómo, Nadia se dio cuenta de que tenía que ir guardándolas en el redil. Era su rebaño y si se le escapaban, otra noche que las necesitara no tendría ninguna. Se fue corriendo detrás de ellas y con la vara que llevaba en la mano las fue dirigiendo hacia el cercado. Había muchas, ¡claro, si no hubiera contado tanto! Además, una de ellas, la número setenta y siete, se negaba a hacerle caso. Vamos, bonita, métete, tienes que entrar. La hizo correr de lo lindo, pero se divirtió Nadia más de lo que recordaba en mucho tiempo.
Herminia entró a despertar a la niña como cada mañana y la encontró diferente, como si su rostro reflejara tranquilidad. La criada sabía lo moviditas que eran las noches en ese cuarto, niña miedica, los miedos hay que vencerlos bien pronto. Pero ese día parecía que no había habido mucho movimiento. Caería rendida seguramente, princesita mimada. Cuando Nadia se despertó con el ruido de la mujer por la habitación, se sentía confusa. Hasta que su mente se aclaró y recordó su maravilloso sueño. Herminia, me gustaría ser pastora. Sí, señorita, y a mí princesa. Y salió con su habitual gesto de antipatía.

Leire no se había quedado dormida todavía, tan interesada estaba con el cuento que no se dejó vencer por el sueño. Pero en ese punto lo dio por acabado, sin dejar continuar a su madre, si es que había otro final. Mami, buenas noches, voy a contar ovejitas. Y cerró los ojos con una sonrisa en los labios.

CDR

sábado, 18 de agosto de 2012

PALABRAS ENCENDIDAS (I)

Desde siempre me ha interesado la literatura erótica y de ella me dispongo a hablar hoy y en los próximos días. En el momento actual, en que parece que tanta libertad sexual hay, en que cada vez son más explícitos los contenidos en anuncios, películas, conversaciones, no deja de ser este un tema tabú. No recuerdo haber estudiado este apartado de la literatura durante mi carrera, especializada precisamente en materia literaria, y por supuesto no aparece como tal en los libros de texto que hoy manejamos en los institutos, si bien su presencia es insoslayable. Desde las primeras jarchas del siglo X hasta hoy, lo erótico ha sido fuente literaria. Y eso si nos ceñimos a la literatura española, pues es innegable la presencia del erotismo en la Biblia, en nuestras raíces grecolatinas y musulmanas, así como en la amplia tradición oriental..

Lo primero, diferenciaremos entre erotismo y pornografía, ya que evidentemente no es lo mismo. Estoy de acuerdo con el poeta y crítico argentino Aldo Pellegrini, para quien lo erótico está siempre ligado al amor y a la plasticidad y es antagónico por completo a la obscenidad y vulgaridad, que convierten al erotismo en una simple caricatura. Dos ejemplos ilustrativos de lo dicho: "La mano del amor nos vistió en la noche con una túnica / de abrazos que rasgó la mano de la aurora." (Ben Jafacha de Alcira, 1058-1138) o cualquiera de los sonetos pornográficos de Giorgio Baffo (1694-1768), que no reproduzco aquí por no herir sensibilidades. Vamos a ocuparnos del primer estilo citado.

Atendiendo a los textos eróticos más antiguos de la literatura, observamos que el eros aparece en ellos como una mera pulsión. Así ocurre en el fragmento del Papiro Doulacq (1500 a.C. aprox.), "Setna y Tbubui", cuyo enamoramiento es tan fuerte que, anhelante de gozar de la sacerdotisa Tbubui, Setna no vacila en asesinar a sus hijos, por expresa petición de ella. Vemos pues la fuerza incomensurable del deseo. "-Ahora hagamos aquello para lo que hemos venido aquí, puesto que todo cuanto has pedido ha sido realizado para ti.- Ella declaró: -Vamos a esta alcoba.- Setna penetró en la estancia y se acostó en un lecho de marfil y ébano, para que su amor obtuviera recompensa y entonces Tbubui se echó a su lado. Setna la tocó con la mano y ella gritó en voz alta."
También el Antiguo Testamento esconde un gran número de pasajes eróticos, como el de Abraham, que utiliza a su esposa Sara, haciéndola pasar por hermana, para obtener beneficios personales (entrando a Egipto, Abraham temió que lo asesinaran por la hermosura de Sara) a cambio de entregársela al Faraón y a Abimelec. O la escena en que las hijas de Lot emborrachan a su padre y se acuestan con él. O la prostitución de Tamar con su suegro Judá. Y, en especial, destacamos el texto bíblico "El Cantar de los Cantares", de singular belleza y sensualidad. "Todas mis vestiduras me he quitado, / ¿cómo me vestiré, que temo el frío? / Y habiéndome también los pies lavado, / ¿cómo me ensuciaré yo, amado mío? / Con su mano mi Esposo había probado / abrirme la puerta con gran brío; / por entre los resquicios la ha metido, / y en mí el corazón se ha estremecido." (Cap. V)

No podemos dejar de mencionar el erotismo presente en la obra de Homero  (s. VIII a.C.), el gran poeta griego. Como ejemplo, los fragmento en que Hera seduce a Zeus para dormirlo y así poder ayudar a los griegos en su lucha con los troyanos, de la Ilíada; y en que la infidelidad de Venus con Marte es descubierta por el astuto Vulcano, de la Odisea. Además del humor que dota a estos pasajes de cierto tono picante, se da la metáfora de los momentos álgidos del acto amoroso con la naturaleza. "Dijo así y en sus brazos estrechaba / a su esposa el hijo de Crono; / y por debajo la divina tierra / hacía que brotase para ellos / hierba reciente y loto / bañado de rocío y azafrán / y jacinto a la vez espeso y blando / que, a una cierta altura recostados, / a ellos dos del suelo protegía. / Allí sobre las flores se acostaron / y sobre sí, a modo de cubierta, / se echaron una nube áurea y bella, / de la que, al escurrirse, iban cayendo / resplandecientes gotas de rocío." (Ilíada)
Imposible pasar por Grecia sin nombrar a la poetisa Safo de Lesbos (600 a.C. aprox.), consumida por la pasión, refinada en sus versos, en los que descubrimos amor y sensualidad en estado puro. "Eso, no miento, no, me sobresalta / dentro del pecho el corazón; / pues cuando te miro un solo instante, ya no puedo / decir ni una palabra, / la lengua se me hiela, y un sutil / fuego no tarda en recorrer mi piel, / mis ojos no ven nada, y el oído / me zumba, y un sudor / frío me cubre, y un temblor me agita / todo el cuerpo, y estoy, más que la hierba, / pálida, y siento que me falta poco / para quedarme muerta."

Obviando, inevitablemente, a autores como Anacreonte o Aristófanes, cuyas obras abundan en contenidos eróticos, paramos ahora en Platón (428-347 a.C.) Son sus diálogos Fedro (o de la belleza) y El banquete (o del amor) tratados erótico-amorosos, desde un punto de vista filosófico. Sin entrar en detalles sobre la teoría de este complejo pensador, diremos que Platón consideraba el amor, la belleza y el erotismo como una de las formas de la locura divina. Hay, según él, dos tipos de erotismo: uno vulgar, afectado por los apetitos de la carne, dominio de la Afrodita Pandemo; y otro más elevado que parte de la belleza, perteneciente a la Afrodita Urania. Este último ámbito derivaría en lo que hoy conocemos como amor platónico, es decir, idealizado y sin entrega física.
En cuanto a Catulo (87-57 a.C.), su poesía demuestra que no existe nada innombrable. Sus versos, rebosantes de lirismo y ternura, son incapaces del eufemismo, poderosos y abiertos. Estamos de lleno en la Roma del siglo I a.C. con su libertinaje amatorio. "Por favor, dulce Ipsitila mía, delicias mías, encanto de mi vida, invítame a ir a tu casa a pasar la tarde. Si me invitas, hazme otro favor: que nadie ponga el cerrojo a tu puerta de afuera, y tú ten a bien no marcharte; quédate en casa y prepárate a hacerme nueve veces seguidas el amor. Pero, si accedes, invítame ahora mismo; pues acabo de comer, me he echado y, saciado y boca arriba, atravieso la túnica y el manto."
Y qué decir de Virgilio (70-19 a.C.), el gran poeta latino del amor. En su Eneida, el amor de Dido por Eneas es ardiente y apasionado como ningún otro. Sin embargo, destaca el pudor del escritor a la hora de describir los escarceos sexuales, lo que potencia precisamente el erotismo de las escenas y contribuye a inflamar la imaginación del lector. "Dido y el caudillo troyano llegan a la misma cueva; la Tierra la primera y prónuba Juno dan la señal; brillaron los relámpagos y se inflamó el éter, cómplice de aquel himeneo, y en las más altas cumbres prorrumpieron las Ninfas en grandes alaridos. Fue aquel día el primer origen de la muerte de Dido y el principio de sus desventuras, pues desde entonces nada le importa de su decoro ni de su fama; ya no oculta su amor, antes le da el nombre de conyugal enlace, y con este pretexto disfraza su culpa."
Tampoco ha de faltar en este recorrido Ovidio (43 a.C.-17 d.C.), -con perdón de Horacio, dejado atrás-, pues son Las Metamorfosis y el Arte de Amar obras imprescindibles en la literatura erótica. El lenguaje ovidiano, más sugerente que descriptivo, nos lleva a recorrer caminos amorosos inusuales, fruto de la vasta cultura mitológica del autor, así como de su propia experiencia. Bellísimo pasajes los de la historia de Afrodita contada por Alcitoe o el que muestra la pasión de Pasifae por el toro de Cnosos. Y sin desperdicio los consejos a las mujeres para conquistar a los hombres. "Ten cuidado sólo de no ser descubierta cuando finges; procura la verosimilitud por medio de tus movimientos y por las mismas miradas. ¡De que ello es un placer, que resulten convincentes los quejidos y la respiración entrecortada! ¡Ay, siento vergüenza! Esta parte tiene unas connotaciones de iniciación. / La que pida un regalo a su amante después de los placeres de Venus es que no quiere que sus ruegos tengan fuerza alguna. Y no dejes entrar la luz a la alcoba con las ventanas de par en par; hay muchas partes de vuestro cuerpo que sacarán provecho de la ocultación." (Arte de amar)

Continuará.
Me parece suficiente dosis de erotismo por hoy... con la temperatura que marca ya el mercurio a estas horas.

CDR   

viernes, 17 de agosto de 2012

MUJERES: EXCELENTE ESCULTORA BARROCA

Siglo XVII. Centuria prodigiosa que condensa una crisis incesante y una poderosa fuerza creadora. El gran siglo del Barroco, alimentado de contradicciones -rebeldía y sumisión, devoción religiosa y amor por la ciencia, riqueza y hambre, refinamiento social y guerras- deja nombres tan importantes como Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Molière en literatura; Montesquieu, Descartes, Spinoza en filosofía; Pascal, Leibniz, Newton en ciencias; Velázquez, Zurbarán, Murillo, Rubens en pintura, y otros muchos. Pero también numerosas mujeres, olvidadas hoy, destacaron en las artes en este siglo extraordinario. Como siempre, mujeres que vencieron la intolerancia y los prejuicios, luchando contra todos, a veces hasta consigo mismas, y lograron expresarse a través del arte e incluso conseguir la independencia económica con su trabajo.

Una de ellas fue Luisa Ignacia Roldán (Sevilla, 1652-Madrid, 1704) Hija del escultor Luis Roldán y Teresa de Mena, ayudó desde pequeña en el taller de su padre, junto a sus siete hermanos y hermanas. El escultor, emigrado desde Granada, trabajaba en la todavía importante ciudad de Sevilla y fue uno de los más reconocidos de la escuela sevillana. Pero la niña no se conformó con colaborar en la policromía de las figuras, sino que desde muy jovencita empezó ella misma a diseñar y a tallar la madera, actividad sin duda muy poco femenina. Ya a la edad de diecinueve años, contraviniendo en todos los sentidos la voluntad de su padre, contrajo matrimonio con Luis Antonio de los Arcos, uno de los asistentes del taller de Roldán. No se sabe por qué causas el escultor no aprobaba esta relación, ni tampoco es posible afirmar si Luisa se enamoró o simplemente buscó un camino para su autonomía. Lo cierto es que incluso llevó el asunto de su matrimonio ante los tribunales, que le dieron la razón. Es de suponer que la chica alegaría haber mantenido relaciones sexuales con su novio, pues esta era una de las pocas razones -para salvaguardar el honor femenino- por que un juez aprobaría una boda en contra de la voluntad del padre. Así salió Luisa de la casa paterna para disponer por sí misma de su vida.

Todas las hermanas de Luisa habían ayudado también en el taller desde niñas e igualmente se casaron con ayudantes del oficio familiar, pero eso formaba parte de la tradición, pues así el padre se aseguraba asistencia y la continuidad del negocio. Sin embargo, algo extraño debió intuir Luis Roldán en su cuarta hija cuando se negó a su noviazgo con Luis Antonio, cierta competencia de ella quizás. Y es verdad que Luisa, en cuanto se casó, se convirtió en la jefa de su propio taller y su marido no fue más que un mero auxiliar. ¿Debería de haber sido al contrario? Posiblemente eso esperaría él. Existe constancia de que no fue un matrimonio muy bien avenido. La pareja siguió algunos años en Sevilla, donde la Roldana -como se la conocería desde entonces- consiguió algunos encargos menores de diferentes cofradías e iglesias. Convertida ya en competidora de su padre, Luisa comenzó a desarrollar un estilo propio, arriesgándose además a trabajar con barro, un material considerado rústico y popular, sin valor artístico. Sin embargo, ella supo ejecutar una técnica que dotaba a sus figuras de barro de encanto y expresividad. De todas formas, destacó siempre por la talla en madera, que nunca abandonaría. Poco a poco fue haciéndose conocida y en 1686 fue contratada por el cabildo de la catedral de Cádiz con varios encargos importantes. Acabados estos trabajos, Luisa decidirá trasladarse a Madrid, con la aspiración de llegar a escultora de confianza del Rey. Trabajará con tenacidad durante cuatro años, extendiéndose su fama entre la nobleza, hasta que en 1692 la Roldana fue nombrada, en efecto, escultora de cámara de Carlos II, privilegio reservado a unos pocos y, especialmente, a ninguna otra mujer.

Luisa Ignacia Roldán pensaba que su puesto en la corte real le supondría una notable mejoría económica, así como laboral, pero no fue así. El mundo de los anteriores Austrias, en que el arte y sus creadores eran dignos de respeto y generosidad ya no existía. Y ahora el palacio madrileño era un lugar gris, asolado por la crisis general y por la de su monarca. En estos años pasará la Roldana no pocas penurias económicas, pues no cobraba los trabajos que hacía. Resultó ser su cargo simplemente honorífico. Es cierto que otros artistas de la corte también tenían problemas con los pagos, no obstante está demostrado que las mujeres eran peor retribuidas que sus colegas masculinos. Tampoco es sorprendente, teniendo en cuenta que en la actualidad esto sigue ocurriendo. En ningún momento se planteó la luchadora mujer volver a Sevilla en estos duros años, pedir ayuda a su padre, quien sin duda la había perdonado, incluyéndola como heredera en el testamento de 1689. Diez años después murió el escultor sin que la hija cediese ni un milímetro en su rebeldía.

Tras la Guerra de Secesión y la llegada al trono de Felipe V, Luisa consiguió mantenerse con el nuevo rey de la casa de Borbón, tras varias cartas de petición informando de su trayectoria y dando una muestra más de osadía y determinación. Segura de su talento, afirmó ser capaz de trabajar en cualquier material, madera, barro, plata, bronce. Ya no demandaba dinero, sino solamente una casa y alimentos suficientes para mantener a su familia. En 1701, el monarca la reafirmó en su puesto, si bien su trabajo ya no tuvo continuidad. Luisa enfermó y falleció sólo tres años después. Una dura vida más de otra mujer excepcional.

La Roldana, como tantas mujeres fueron reconocidas en su tiempo gracias a su tenacidad y esfuerzo, pues aún era más difícil para ellas demostrar su talento y luchar por su vocación. Sin embargo, la Historia las ha recluido a un lugar menor, condenándolas injustamente al silencio y al olvido.

CDR  

miércoles, 15 de agosto de 2012

DON Y COMPAÑÍA

Don es un perro muy afortunado, porque aunque sus primeros amos lo abandonaron con tan solo cinco meses, otra familia lo adoptó cuando lo encontró por la calle. Pero no todos los animales tienen la misma suerte que Don. El destino de la mayoría es bastante negro. O mueren atropellados, o acaban sucumbiendo al hambre, o son martirizados por niños sin conciencia y con un equivocado sentido de la diversión, o terminan en una protectora, en el mejor de los casos, donde al menos los cuidan y atienden como pueden. Porque ese no es el negocio del siglo. Personas muy voluntariosas y comprometidas, sin afán alguno de lucro, sacan adelante a estos pobres inocentes prácticamente sin medios.

Y eso si son abandonados. Ya que hay otros muchos que, peor todavía, son maltratados por sus dueños. Quizás no sabían que un animal supone una obligación así como un gasto y descargan sobre ellos su mala leche cuando no les dejan dormir una noche, o tienen que ponerles una vacuna, o pagar la factura del pienso, por ejemplo. Porque no hablo solo de perros y gatos, sino también de caballos y otros animales, digamos de lujo, que son comprados en época de bonanza, por mero capricho, para después abocarlos a una vida de penalidades. Sin olvidarnos de los galgos, inútiles ya tras la temporada de caza, que son ahorcados en el monte, apaleados o abandonados, o las crueles peleas de gallos, perros y otros. Y qué me dicen del uso de vaquillas y toros en las fiestas populares, o del tráfico ilegal, o de las masacres que se practican con algunas especies cuyos atributos son codiciados en el mercado negro, temas que habrían de ser tratados aparte por su magnitud. ¿De veras el ser humano es racional?

Los datos hablan por sí solos, pero ¿quién los conoce? Las imágenes de malos tratos espeluznan por su crueldad y dureza, pero ¿se denuncian estos hechos? No todos los problemas de la sociedad pueden considerarse al mismo nivel ni estar en primera plana cada día, aunque debiéramos ser conscientes de lo que ocurre y, sobre todo, no mirar para otro lado. Hasta el momento, no se nos obliga a tener animales domésticos, ni de granja, ni exóticos, ni de ningún tipo. Por tanto, seamos responsables y tomemos decisiones coherentes y sopesadas, no a la ligera, sin pensar en las consecuencias. Porque los animales son seres vivos también y no tienen culpa de nuestras veleidades.

Don enamoró a sus nuevos dueños con sus ojillos lastimeros y su porte gracioso y desgarbado. Fue como un regalo, como si hubiera estado esperándolos para mejorar su vida. Pero ellos son conscientes de lo que supone, de que tendrán que invertir tiempo y dinero en ese cachorro, de que pronto se convertirá en un perro más grande, de que tendrán que sacarlo a pasear todos los días varias veces, haga frío o calor, de que a partir de ahora lo deberán de tener en cuenta para planificar sus vacaciones. Un gran cambio. Don no sabe que conlleva todo este jaleo, es solo un perro. Sin embargo, para él estas personas son ya las más importantes de su mundo y no se merece que lo traicionen una vez más. Él nunca los traicionaría. Y no les guarda rencor por lo que otros le hayan hecho.

A este respecto:

"La verdadera bondad del hombre sólo puede manifestarse con absoluta limpieza y libertad en relación con quien no representa fuerza alguna. La verdadera prueba de la moralidad de la humanidad, la más honda (situada a tal profundidad que escapa a nuestra percepción), radica en su relación con aquellos que están a su merced: los animales." Milan Kundera.

CDR

lunes, 13 de agosto de 2012

MIS MOTIVOS

Cada día está lleno de pequeñas cosas, motivos para vivir y seguir adelante con ilusión. A continuación les doy algunos, son los míos. Busquen los suyos, porque están ahí. A veces, lo más evidente se nos hace invisible. A veces, lo más importante es víctima de nuestra desconsideración.

Los primeros rayos de sol entrando por la ventana.

El canto de los pájaros matinales.

Un beso de buenos días.

El olor del café recién hecho, desde la cocina.

Una sonrisa.

La brisa que vence las cortinas y refresca la casa.

Una nota en la nevera.

El mensaje de un amigo.

Un buen libro.

Un rato de escritura.

Comer para vivir.

Una cabezadita en el sofá.

Trabajar para vivir.

Vivir disfrutando de lo que tienes, de lo que eres, de lo que haces.

Un paseo.

La luna y las estrellas en el cielo.

Un abrazo.

Una ducha de agua fresca o caliente, según apetezca.

Una mirada.

Dormir a pierna suelta.

Y tantos otros...

Habrá quien diga que esto es rutina, sin entender que la vida está hecha de costumbre, que lo extraordinario cansa si se repite y se convierte igualmente en usual si perdura. Suena a tópico, pero no debemos dejar pasar la vida mientras esperamos que algo maravilloso suceda. Lo tenemos delante de nuestras narices.

CDR

domingo, 12 de agosto de 2012

LA COLINA

Era una mañana de mediados de otoño cuando la clase de 6º A salió de excursión a visitar unos restos arqueológicos en un pueblo cercano. Los niños estaban excitados, como es normal a esa edad al abandonar por unas horas la rutina. Antes de las ocho ya esperaban todos a que la maestra los recogiera para llevarlos al autobús. María llegó con algo de retraso porque se había levantado con cierto malestar y además no conseguía hacer las cosas a derechas esa mañana. El chico en prácticas que la acompañaría ya estaba haciéndose cargo de los niños cuando ella entró en el patio. María notó la severa mirada de la directora, que estaba en la puerta de entrada al colegio, impasible y rígida como una estatua, con esos ojos duros que parecían controlarlo todo. Finalmente, subieron al autobús, María pasó lista mientras Blas contaba a los niños, diecisiete en total, se advirtió lo ya repetido una y otra vez en clase, no comer en el interior del vehículo, ir con el cinturón abrochado, no levantarse, seguir las instrucciones del guía en el yacimiento, no separarse del grupo, beber agua, protegerse del sol. El viaje fue corto, poco más de media hora. Así que los niños no tuvieron tiempo de alborotarse demasiado. El conductor aparcó al lado de otros autobuses que también tenían programada una visita para ese día, Blas le preguntó a María si se encontraba bien, te veo mala cara, no es nada, me he mareado un poco. Y todos se apearon para comenzar la verdadera excursión.

La guía que les asignaron era una mujer de edad indefinida -como si fuese joven y a la vez anciana-, de tez muy clara, pelo fino y casi blanco, de aspecto algo tosco, que sin embargo conectó enseguida con los niños. Se llamaba Liuba y les explicó que era de origen ruso por parte materna. Su padre emigró a Rusia y allí se casó. Ella había nacido en España, pero vivió en aquel país algunos años de adolescente, seguía en contacto con sus familiares y era digna representante de la idiosincrasia de su tierra. Además de contar su vida, cosa que a los niños les encantó, hacía comentarios misteriosos al hilo de lo que iban viendo y consiguió que la visita fuese muy amena, todos embelesados con la voz de la rusa. En el recorrido pudieron ver los restos de una aldea de la Edad de Bronce, situada alrededor de lo que fue una laguna. Liuba les ilustró sobre la importancia de esa población, pues se sabía que fue centro de la comarca tanto por su posición como por las actividades allí desarrolladas, desde agricultura hasta metalurgia y textil. De pronto, Liuba sintió que alguien le estiraba de la manga y vio a su lado a una de las alumnas, Alma, que le decía que estaba algo mareada. Qué curioso, pensó la maestra, igual que yo. Pero no reaccionó a las quejas de la niña. Blas debió de percibir la tirantez del momento, interrupción incluida de las explicaciones de la guía, y acudió a darle un poco de agua a Alma, le mojó la nuca y la cogió de la mano para seguir avanzando. Miró a María con preocupación. Liuba dijo que no tenía importancia. En el museo habilitado para mostrar las piezas halladas en las excavaciones del yacimiento, admiraron preciosas joyas de oro y plata, utensilios de metal, hueso y piedra, así como cerámicas de gran belleza. María se encontraba en un estado extrañísimo, confusa e incapaz de seguir la narración de la guía, ajena a lo que los niños hacían o preguntaban, como si su cuerpo estuviera allí pero ella no. Cuando llegaron a la zona de los enterramientos, Liuba desplegó todas sus dotes de contadora de historias y hasta consiguió meter un poco de miedo a los niños hablando de espíritus que vagaban por la colina o habitaban en las pequeñas cuevas excavadas en el cerro. La época de las canteras de yeso en la zona había deteriorado mucho el entorno y seguro que a sus moradores no les gustaba tampoco exhibir su intimidad a los curiosos turistas. Pero bueno, vosotros habéis venido a aprender y os perdonarán la intromisión, sentenció Liuba.

Una vez terminada la visita guiada, los niños fueron dirigidos al área preparada para la comida, con sombrajos, bancos y una fuente para refrescarse. A pesar de ser ya finales de octubre, hacía aún bastante calor. Los chiquillos le pidieron a Liuba que se quedara a comer con ellos. Ella dijo que no podía, que debía seguir trabajando. Alma se le acercó y llorando le suplicó que se quedara con ella, agarrándola con fuerza por la cintura. Los demás se pusieron a reír ante esa ridícula actitud de la niña. Blas pidió disculpas a la guía -Liuba volvió a decir que no tenía importancia-, agarró a Alma, tranquila, tranquila, mientras María seguía sumida en su inexplicable indiferencia. Desde que la directora se la había presentado como su tutora de prácticas, Blas se había fijado en su vitalidad, en su evidente amor al trabajo y dedicación a los niños. Hoy se mostraba desconocida. En cuanto a Alma, era una cría inteligente y educada pero algo extraña. No se relacionaba con los compañeros y solía quedarse muchas veces abstraída en clase, como si se evadiese de allí, aburrida de lo que le rodeaba. María le dedicaba siempre especial atención, por eso le resultaba tan raro a Blas la conducta de ese día. Alma se sosegó un poco aunque se negó a comer y se retiró a un rincón, sola y como aturdida. No pasó mucho tiempo antes de que los niños se aburriesen y quisieran hacer algo. La vuelta estaba prevista para las seis y no eran ni las cuatro todavía. Blas le preguntó a María si le parecía bien que él se fuese a dar una vuelta por el cerro con los demás y ocuparse ella de Alma. ¿Seguro que estás bien? Sí, descuida, nosotras nos quedamos aquí y después quizás vayamos hacia la cima de la colina, parece fácil la subida y tiene que haber una bonita vista. A las dos nos vendrá bien un poco de ejercicio y aire fresco. Nos vemos aquí mismo a las seis menos cuarto. Blas se tranquilizó al entrever de nuevo a la mujer que él conocía. Sonrió. De acuerdo, así quedamos.

María se daba cuenta de que algo extraordinario le pasaba, aunque no llegaba a comprenderlo. Lo había sentido desde primera hora del día, pero sobre todo mientras estaba presente Liuba, la guía rusa. Como si ejerciera sobre ella un influjo aletargador, como si le absorbiera la energía para potenciar su magnetismo. Pese a la turbación, podía recordar claramente la mirada de Liuba cuando Alma lloraba agarrada a ella, puro desdén y superioridad, como si estuviese compitiendo por el cariño de la niña. En realidad todos habían notado su hechizo, pero ella, tan sensible a esa clase de percepción y consciente además de serlo, había dejado que le afectara. Se acercó a Alma, que estaba sentada en un banco, con la mirada perdida. ¿Quieres que caminemos un rato? Quiero subir a la colina, contestó la niña inmediatamente y sin dudar. La maestra pensó que la habría escuchado antes y le habría parecido bien la idea. No quería reconocer que, desde su llegada, la colina parecía estar seduciéndola para que subiese. Posiblemente Alma también lo habría sentido. Se sacudió de encima ese pensamiento. Venga, vamos. Cogieron sus mochilas y comenzaron a andar colina arriba. Hacía una temperatura agradable y la pendiente era muy suave, pues el cerro no era demasiado elevado. María se sentía mejor. No obstante, una vaga desazón le anidaba en el pecho. Alma, ¿por qué llorabas antes? Silencio de la niña. En llegar, debes comer algo, desde el desayuno no has tomado nada. Estoy bien, fue ahora la escueta respuesta. En poco tiempo alcanzaron la parte más alta de la colina y pararon a descansar y a contemplar el paisaje. Se sentaron en un llano, María cerró los ojos y respiró hondo. Inspirar, expirar, poco a poco, una y otra vez. De pronto, sintió algo, como una enérgica ráfaga de viento envolviéndola o un poder intenso sobre ella y antes de notar un fuerte golpe en la cabeza, María vislumbró a Alma muy al borde de la cima, con los brazos abiertos, como si fuese a echar a volar.

Blas miraba inquieto el reloj, eran ya más de las seis y las chicas no aparecían. Cogió el móvil otra vez y llamó a María, ni siquiera daba señal, apagado o fuera de cobertura. Él no podía dejar a los niños solos, así que pidió hablar con el director de las instalaciones para explicarle la situación. En seguida uno de los guías subió a la loma a buscarlas y desde arriba avisó de que había encontrado a María malherida, ni rastro de la niña. Cuando la joven maestra recobró el conocimiento en el hospital, vio en su habitación a dos mujeres policías ¿vigilándola? No tardaron en informarle de que estaba detenida como presunta culpable de la desaparición de Alma García Segura. Shock, conmoción. Sufría amnesia, diagnosticaron después los médicos. Psicosis paranoide, afinaron más tarde, tras escuchar sus acusaciones sin sentido, sus descripciones absurdas e inconexas. El día que le dieron el alta fue sólo para trasladarla al Centro de Enfermos Mentales. Y durante la vista del caso María reconoció algunos rostros pero no pudo asociarlos a realidades concretas ni reconstruir los fragmentos de su mente para dar claridad a la declaración. Los testimonios del chico en prácticas, de la guía rusa e incluso de la directora del colegio -que, sin estar presente el día de los hechos, podía aportar información relevante sobre la acusada-, fueron concluyentes para la sentencia. Algunos padres permitieron que sus hijos declarasen y los niños, sobreponiéndose al miedo y olvidando la cara más amable de su maestra, afirmaron el comportamiento extraño de la señorita ese día y su predilección por Alma, la rara. Las palabras incompetencia, irresponsabilidad, inmadurez, enajenación no alteraban a María, ella ya no era consciente de lo que en ese juicio se jugaba. No obstante, sí percibió, como una ráfaga más de su razón, la mirada última de Liuba, exultante y soberbia, bajando del estrado. Y en su delirio, creyó ver la sombra de la colina recortándose detrás de ella contra las paredes de la sala.

María nunca más ejercería de maestra. Pasó el resto de sus días con la vista fija en algún punto indefinido, gritando de vez en cuando nombres ininteligibles, denuncias incoherentes. En completo silencio la mayoría del tiempo. Soñando cada noche con una rusa enigmática, una dulce niña que acudía a aguijonear su conciencia y una remota colina. Cuando despertaba, no se acordaba de nada.

CDR

sábado, 11 de agosto de 2012

QUÉ CALOR

Dice, muy acertadamente, Lao-Tsé en su Tratado sobre la Virtud del Tao (Tao Te King, cap. 45): "El movimiento vence al frío. La quietud vence al calor."

Díganme si no cómo se puede soportar este calor asfixiante. Yo, que soy defensora a ultranza del verano y sus altas temperaturas, estoy pasando hoy un día horrible. Supongo que es normal esta ola arrasadora de calor subsahariano, pero hasta ahora yo no recuerdo haber sentido tanto agobio nunca. Resulta que no ha llovido nada en toda la primavera y el aire está cargado de polvo, enturbiando el ambiente con una calima irrespirable. De pronto se mueve un fuerte viento, se nubla el cielo, se oyen truenos -pero sigue sin llover- y parece que vaya a acabarse el mundo. Desde luego, aquellos que creen en que el fin está próximo y que pereceremos con fuego, estarán estos días viendo pruebas irrefutables de su teoría. Porque realmente la sensación es como si saliese fuego de la tierra. Aunque los demás nos decimos que esto es habitual, que todos los años ocurre, y no queremos pensar en que algo raro hay en esta normalidad.

Y por si esto fuera poco, desde que empezó el verano nuestros montes se queman. En muchas zonas del país sí están conociendo de primera mano el infierno. Vegetación, animales y personas. Por imprudencias, por mala leche, por falta de conciencia en todos los casos, las llaman devoran sin piedad nuestra naturaleza, nuestros pulmones verdes, nuestro futuro.

CDR