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domingo, 12 de agosto de 2012

LA COLINA

Era una mañana de mediados de otoño cuando la clase de 6º A salió de excursión a visitar unos restos arqueológicos en un pueblo cercano. Los niños estaban excitados, como es normal a esa edad al abandonar por unas horas la rutina. Antes de las ocho ya esperaban todos a que la maestra los recogiera para llevarlos al autobús. María llegó con algo de retraso porque se había levantado con cierto malestar y además no conseguía hacer las cosas a derechas esa mañana. El chico en prácticas que la acompañaría ya estaba haciéndose cargo de los niños cuando ella entró en el patio. María notó la severa mirada de la directora, que estaba en la puerta de entrada al colegio, impasible y rígida como una estatua, con esos ojos duros que parecían controlarlo todo. Finalmente, subieron al autobús, María pasó lista mientras Blas contaba a los niños, diecisiete en total, se advirtió lo ya repetido una y otra vez en clase, no comer en el interior del vehículo, ir con el cinturón abrochado, no levantarse, seguir las instrucciones del guía en el yacimiento, no separarse del grupo, beber agua, protegerse del sol. El viaje fue corto, poco más de media hora. Así que los niños no tuvieron tiempo de alborotarse demasiado. El conductor aparcó al lado de otros autobuses que también tenían programada una visita para ese día, Blas le preguntó a María si se encontraba bien, te veo mala cara, no es nada, me he mareado un poco. Y todos se apearon para comenzar la verdadera excursión.

La guía que les asignaron era una mujer de edad indefinida -como si fuese joven y a la vez anciana-, de tez muy clara, pelo fino y casi blanco, de aspecto algo tosco, que sin embargo conectó enseguida con los niños. Se llamaba Liuba y les explicó que era de origen ruso por parte materna. Su padre emigró a Rusia y allí se casó. Ella había nacido en España, pero vivió en aquel país algunos años de adolescente, seguía en contacto con sus familiares y era digna representante de la idiosincrasia de su tierra. Además de contar su vida, cosa que a los niños les encantó, hacía comentarios misteriosos al hilo de lo que iban viendo y consiguió que la visita fuese muy amena, todos embelesados con la voz de la rusa. En el recorrido pudieron ver los restos de una aldea de la Edad de Bronce, situada alrededor de lo que fue una laguna. Liuba les ilustró sobre la importancia de esa población, pues se sabía que fue centro de la comarca tanto por su posición como por las actividades allí desarrolladas, desde agricultura hasta metalurgia y textil. De pronto, Liuba sintió que alguien le estiraba de la manga y vio a su lado a una de las alumnas, Alma, que le decía que estaba algo mareada. Qué curioso, pensó la maestra, igual que yo. Pero no reaccionó a las quejas de la niña. Blas debió de percibir la tirantez del momento, interrupción incluida de las explicaciones de la guía, y acudió a darle un poco de agua a Alma, le mojó la nuca y la cogió de la mano para seguir avanzando. Miró a María con preocupación. Liuba dijo que no tenía importancia. En el museo habilitado para mostrar las piezas halladas en las excavaciones del yacimiento, admiraron preciosas joyas de oro y plata, utensilios de metal, hueso y piedra, así como cerámicas de gran belleza. María se encontraba en un estado extrañísimo, confusa e incapaz de seguir la narración de la guía, ajena a lo que los niños hacían o preguntaban, como si su cuerpo estuviera allí pero ella no. Cuando llegaron a la zona de los enterramientos, Liuba desplegó todas sus dotes de contadora de historias y hasta consiguió meter un poco de miedo a los niños hablando de espíritus que vagaban por la colina o habitaban en las pequeñas cuevas excavadas en el cerro. La época de las canteras de yeso en la zona había deteriorado mucho el entorno y seguro que a sus moradores no les gustaba tampoco exhibir su intimidad a los curiosos turistas. Pero bueno, vosotros habéis venido a aprender y os perdonarán la intromisión, sentenció Liuba.

Una vez terminada la visita guiada, los niños fueron dirigidos al área preparada para la comida, con sombrajos, bancos y una fuente para refrescarse. A pesar de ser ya finales de octubre, hacía aún bastante calor. Los chiquillos le pidieron a Liuba que se quedara a comer con ellos. Ella dijo que no podía, que debía seguir trabajando. Alma se le acercó y llorando le suplicó que se quedara con ella, agarrándola con fuerza por la cintura. Los demás se pusieron a reír ante esa ridícula actitud de la niña. Blas pidió disculpas a la guía -Liuba volvió a decir que no tenía importancia-, agarró a Alma, tranquila, tranquila, mientras María seguía sumida en su inexplicable indiferencia. Desde que la directora se la había presentado como su tutora de prácticas, Blas se había fijado en su vitalidad, en su evidente amor al trabajo y dedicación a los niños. Hoy se mostraba desconocida. En cuanto a Alma, era una cría inteligente y educada pero algo extraña. No se relacionaba con los compañeros y solía quedarse muchas veces abstraída en clase, como si se evadiese de allí, aburrida de lo que le rodeaba. María le dedicaba siempre especial atención, por eso le resultaba tan raro a Blas la conducta de ese día. Alma se sosegó un poco aunque se negó a comer y se retiró a un rincón, sola y como aturdida. No pasó mucho tiempo antes de que los niños se aburriesen y quisieran hacer algo. La vuelta estaba prevista para las seis y no eran ni las cuatro todavía. Blas le preguntó a María si le parecía bien que él se fuese a dar una vuelta por el cerro con los demás y ocuparse ella de Alma. ¿Seguro que estás bien? Sí, descuida, nosotras nos quedamos aquí y después quizás vayamos hacia la cima de la colina, parece fácil la subida y tiene que haber una bonita vista. A las dos nos vendrá bien un poco de ejercicio y aire fresco. Nos vemos aquí mismo a las seis menos cuarto. Blas se tranquilizó al entrever de nuevo a la mujer que él conocía. Sonrió. De acuerdo, así quedamos.

María se daba cuenta de que algo extraordinario le pasaba, aunque no llegaba a comprenderlo. Lo había sentido desde primera hora del día, pero sobre todo mientras estaba presente Liuba, la guía rusa. Como si ejerciera sobre ella un influjo aletargador, como si le absorbiera la energía para potenciar su magnetismo. Pese a la turbación, podía recordar claramente la mirada de Liuba cuando Alma lloraba agarrada a ella, puro desdén y superioridad, como si estuviese compitiendo por el cariño de la niña. En realidad todos habían notado su hechizo, pero ella, tan sensible a esa clase de percepción y consciente además de serlo, había dejado que le afectara. Se acercó a Alma, que estaba sentada en un banco, con la mirada perdida. ¿Quieres que caminemos un rato? Quiero subir a la colina, contestó la niña inmediatamente y sin dudar. La maestra pensó que la habría escuchado antes y le habría parecido bien la idea. No quería reconocer que, desde su llegada, la colina parecía estar seduciéndola para que subiese. Posiblemente Alma también lo habría sentido. Se sacudió de encima ese pensamiento. Venga, vamos. Cogieron sus mochilas y comenzaron a andar colina arriba. Hacía una temperatura agradable y la pendiente era muy suave, pues el cerro no era demasiado elevado. María se sentía mejor. No obstante, una vaga desazón le anidaba en el pecho. Alma, ¿por qué llorabas antes? Silencio de la niña. En llegar, debes comer algo, desde el desayuno no has tomado nada. Estoy bien, fue ahora la escueta respuesta. En poco tiempo alcanzaron la parte más alta de la colina y pararon a descansar y a contemplar el paisaje. Se sentaron en un llano, María cerró los ojos y respiró hondo. Inspirar, expirar, poco a poco, una y otra vez. De pronto, sintió algo, como una enérgica ráfaga de viento envolviéndola o un poder intenso sobre ella y antes de notar un fuerte golpe en la cabeza, María vislumbró a Alma muy al borde de la cima, con los brazos abiertos, como si fuese a echar a volar.

Blas miraba inquieto el reloj, eran ya más de las seis y las chicas no aparecían. Cogió el móvil otra vez y llamó a María, ni siquiera daba señal, apagado o fuera de cobertura. Él no podía dejar a los niños solos, así que pidió hablar con el director de las instalaciones para explicarle la situación. En seguida uno de los guías subió a la loma a buscarlas y desde arriba avisó de que había encontrado a María malherida, ni rastro de la niña. Cuando la joven maestra recobró el conocimiento en el hospital, vio en su habitación a dos mujeres policías ¿vigilándola? No tardaron en informarle de que estaba detenida como presunta culpable de la desaparición de Alma García Segura. Shock, conmoción. Sufría amnesia, diagnosticaron después los médicos. Psicosis paranoide, afinaron más tarde, tras escuchar sus acusaciones sin sentido, sus descripciones absurdas e inconexas. El día que le dieron el alta fue sólo para trasladarla al Centro de Enfermos Mentales. Y durante la vista del caso María reconoció algunos rostros pero no pudo asociarlos a realidades concretas ni reconstruir los fragmentos de su mente para dar claridad a la declaración. Los testimonios del chico en prácticas, de la guía rusa e incluso de la directora del colegio -que, sin estar presente el día de los hechos, podía aportar información relevante sobre la acusada-, fueron concluyentes para la sentencia. Algunos padres permitieron que sus hijos declarasen y los niños, sobreponiéndose al miedo y olvidando la cara más amable de su maestra, afirmaron el comportamiento extraño de la señorita ese día y su predilección por Alma, la rara. Las palabras incompetencia, irresponsabilidad, inmadurez, enajenación no alteraban a María, ella ya no era consciente de lo que en ese juicio se jugaba. No obstante, sí percibió, como una ráfaga más de su razón, la mirada última de Liuba, exultante y soberbia, bajando del estrado. Y en su delirio, creyó ver la sombra de la colina recortándose detrás de ella contra las paredes de la sala.

María nunca más ejercería de maestra. Pasó el resto de sus días con la vista fija en algún punto indefinido, gritando de vez en cuando nombres ininteligibles, denuncias incoherentes. En completo silencio la mayoría del tiempo. Soñando cada noche con una rusa enigmática, una dulce niña que acudía a aguijonear su conciencia y una remota colina. Cuando despertaba, no se acordaba de nada.

CDR

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