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miércoles, 22 de agosto de 2012

PALABRAS ENCENDIDAS (II)

Reanudamos nuestro incandescente recorrido, seguros ya de que el erotismo no es un fenómeno nuevo, sino inherente al ser humano y por tanto presente en sus manifestaciones literarias de todos los tiempos.

Aunque los epigramas de Marcial (38 a.C.-27 d.C.) son fundamentalmente satíricos, se puede encontrar en ellos cierto erotismo sutil y sugerente. Juzguen ustedes: "Tras los primeros escarceos nupciales y cuando aún no estaba satisfecho mi apetito, Cleopatra, esquivando mis abrazos se zambulló en el estanque de limpias aguas. Pero queriendo velarse, más se traslucía: espléndida visión a través del cristal que la cubre; así aparece el lirio tras el vidrio transparente, así muestra la rosa a través de su clara diafanidad. Salté al agua y luchando le robé sus besos; las transparentes linfas me impidieron lo demás." (X. Transparencia)

La bellísima colección oriental de relatos titulada Panchatandra (siglos I a.C. a III d.C.), pese a su contenido didáctico, rebosa de erotismo, magia y fantasía, pues estos forman parte de la existencia misma y en ningún caso están reñidos con la moral. Estas fábulas -fuente de la que beberán Las mil y una noches o El Conde Lucanor, por ejemplo- son contadas por un sabio brahmán, al que un rey ha puesto al cuidado de sus tres apáticos hijos. A través de estas historias, los jóvenes desarrollarán en poco tiempo el sentido de la responsabilidad, inteligencia y cultura. Mostramos un fragmento del pasaje de "El tejedor y la princesa", fijándonos en que el erotismo va ligado a la perfección de la amada. "Y contemplando el tejedor a aquella joven de belleza incomparable, herido en el corazón por el dios de Amor con sus cinco flechas..." recitaba estos versos: "Es atractiva, tiene labios de rojo fruto. Que su melodioso par de pechos, orgulloso de haber llegado a la juventud, / su mínimo ombligo, sus cabellos naturalmente rizados y su estrecha cintura me produzcan con violencia estos pensamientos en mi corazón, traigan mi sufrimiento. / Pero que ese par esplendente de mejillas me queme constantemente, eso no es justo. / Tiene en su pecho la amplitud de las cejas de un elefante furioso. Perfumados de azafrán / están sus dos pezones. Atormentado por el placer y el dolor, / ¿podría yo, reposando mi pecho, rodeado por sus brazos, / dormir por un momento, por un momento entregado al sueño?"

En la primera mitad del siglo I, encontramos unos cantos latinos, anónimos, de carácter erótico-festivo, llamados Priapeos. Dedicados originalmente al dios Príapo (cuya representación mostraba un falo desproporcionado), para que concediera protección a los campos, evitara el mal de ojo, etc., más tarde fueron concebidos como simples versos satíricos y burlescos para divertirse. El respeto místico y divino degradó en una burla lasciva, como vemos en el siguiente priapeo: "¿Por qué tengo al descubierto mis partes obscenas quieres saber? Pues averigua por qué ningún dios oculta sus armas. El señor del mundo, rey del rayo, lo muestra abiertamente y no tiene el dios marino un oculto tridente. Ni Marte esconde la espada, a la que debe su valía, ni Palas, intrépida, disimula la lanza en los pliegues de la ropa. ¿Siente acaso vergüenza Febo de llevar en bandolera sus áureas flechas? ¿Tapa el Alcida el astil de su nudosa maza? ¿Quién ha visto a Baco cubrir con sus ropas el ligero tirso o a ti, Amor, con la antorcha oculta? No sea, pues, un delito para mí tener la verga siempre al descubierto: si me faltase esa arma, quedaría inerme." 
Ubicados en esta misma época, pero lejos de lo anterior, llegamos al Nuevo Testamento, más contenido que el Antiguo en cuanto a alusiones eróticas, pero no carente de estas. Sin intención de suscitar polémica alguna, está demostrado que los evangelios que quedaron fuera del canon hablan de la relación íntima de Jesús con María Magdalena. Esto se omite en la versión ortodoxa, por supuesto. Así pues, buscaremos ejemplos en los evangelios autorizados, donde Jesús se muestra en público con numerosas mujeres que lo seguían, lo cual ya va en contra de las costumbres de la época. No digamos si algunas de ellas son prostitutas. O la escena en que una pecadora lava primorosamente los pies de Jesús y los seca con sus propios cabellos. (Evangelio según Lucas.) O la descripción de la danza de Salomé, que gustó tanto a Herodes que le concedió lo que ella deseaba, nada menos que la cabeza de Juan Bautista. (Evangelio según Marcos.) Más allá de la interpretación que da la tradición religiosa a estos gestos y rituales, es innegable el ardor que destilan.

Avanzando, avanzando, y dejando en el camino muestras importantes -ya se sabe que lo poco gusta y lo mucho cansa-, es del todo inevitable hacer una parada en el tratado erótico por antonomasia, el Kama Sutra, de Vatsyayana. Es cierto que el planteamiento de esta obra hindú es más sexual que erótico, pero al tratarse de una serie de consejos de índole fisiológica y moral, el lector se siente liberado de toda culpabilidad y observa a los amantes en sus quehaceres sexuales, para aprender -o simplemente para mirar-, lo cual no deja de ser placentero. Rescatamos aquí un breve fragmento sobre los diferentes tipos de caricias y abrazos que existen -en el más amplio sentido de las palabras-: "(...) Cuando un hombre y una mujer se aman con violencia y sin miedo al dolor, como si desearan penetrar en el cuerpo del otro, incluso aunque la mujer esté sentada sobre las rodillas de él, o en pie ante él, o tendida debajo de él, su abandono se llama Unión de la Leche y el Agua. (...)"

Entraremos ya en la Edad Media en la próxima entrega.
Dejemos que filtren estos contenidos en nuestra mente e inflamemos nuestra imaginación con lo que está por venir.

CDR

2 comentarios:

  1. Esto se está poniendo que arde.
    Tati.

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  2. Y sigue en un estupendo tono, al final quedará un estupendo ensayo sobre este singular género narrativo de tanta raigambre literaria.
    Pmd

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