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domingo, 9 de septiembre de 2012

(IN) COMUNICADOS

Vivimos en la era de la comunicación. Podemos estar en contacto inmediato con cualquier parte del mundo, con personas que hace tiempo que no vemos o incluso que ni siquiera conocemos. Así se favorecen las relaciones comerciales, se alimentan amistades que de otra forma se perderían, o se amplían los horizontes que antes terminaban donde alcanzaba la vista. Y esto, desde luego, es algo bueno que tiene el progreso. Pero al mismo tiempo también estamos inmersos en una época proclive a las enfermedades mentales, a las actitudes antisociales y a las dependencias enfermizas respecto a las nuevas tecnologías.

¿Se han dado cuenta de que la gente va por la calle pegada al teléfono móvil? Andan mientras hablan o mandan mensajes, ahora el whatsapp es imprescindible, los dedos no paran, se aíslan de lo que les rodea y no pueden pasar sin esa actividad mucho tiempo. Si entramos a una cafetería, ocurre lo mismo, las personas que están solas tienen enganchado a la oreja un teléfono, o digitalizan mensajes de forma frenética, o miran obnubilados la pantalla de un portátil, pda, tablet... Y lo peor es que si están con alguien, la situación no cambia mucho. Es cada vez más frecuente ver reuniones de gente en las que no hablan entre ellos, sino que cada uno se relaciona a través de su dispositivo con otros que no están presentes.

Al principio, el lenguaje fue oral, la comunicación se realizaba por medio de sonidos y gestos. Después de muchos años de evolución, esta forma comenzó a coexistir con otra visual, representada por unos signos llamados letras que lograron propagarse con la invención de la imprenta. Y por supuesto es normal que no termine ahí el desarrollo humano y que el hombre invente nuevas formas de comunicación, como así está siendo con las nuevas tecnologías digitales. El problema no está en la amplísima gama que ofrece la informática y sus aplicaciones en cuanto a comunicación, sino en la forma en que se utilizan y, más aún, en los cambios que esto está generando en nuestra especie. No es poca cosa que en menos de medio siglo todos los habitantes del mundo puedan estar interconectados en una especie de fenómeno mágico, un milagro que conlleva la aceptación de la máquina como parte de nuestra vida. No hace tanto tiempo, una pequeñez en la historia de la humanidad, el hombre perseveraba en entender su papel en el mundo, su relación con la naturaleza y con el universo. Y cuando ¿acaso eso está ya comprendido?, aparece en nuestra realidad un nuevo elemento, pues nos hemos acostumbrado a hablar con máquinas, a que nos respondan con su voz metálica o con sus procesos inteligentes; estamos habituados a depender de un aparato para trabajar, para estudiar, para hacer amigos, para hablar con ellos, para tantas cosas que ya no concebimos un mundo sin todo eso.

Acepto la realidad, no padezco de tecnofobia (prueba de ello es este blog), sin embargo sí me asusta un poco hacia dónde nos dirigimos con esta vorágine tecnológica. No me gusta, lo reconozco, ver a gente que ya no disfruta de lo que le rodea, sino de lo que sale en su móvil. Me parece que no es saludable que las personas se aíslen del mundo porque crean el suyo particular desde el ordenador de su habitación.

Creo que nada debería sustituir la calidez de las relaciones humanas, el olor de una tarde de lluvia, los suaves rayos de sol sobre la piel, el tacto de la prenda que compramos, el esplendor del monumento que contemplamos, en fin, la realidad real -valga la redundancia- y no virtual. Besos, abrazos y sonrisas de emoticonos de nada sirven si se quedan sólo en e-mails, sms, whatsapp. Hay que darlos de verdad.

CDR

2 comentarios:

  1. ¿Comunicación? Excelente análisis para una época en la que todos, de alguna manera, dependemos de una tecnología que nos supera, aunque aun podemos tener esperanza de ir por la calle y saludar, mirarnos a la cara y charlar, charlar sobre muchas, muchas, quedar con los amigos dejando olvidados los móviles, o disfrutar de ese tiempo que si no lo medimos no pasa tan rápido.
    Pmd

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  2. No soy besucona, pero tienes toda la razón.
    Tati

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