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miércoles, 12 de septiembre de 2012

MIRAR LAS ESTRELLAS

Magalí levantó la vista del libro que estaba leyendo y miró por la ventana del autobús. Llovía, los cristales estaban empañados, la calle y los transeúntes tenían un aspecto gris y apagado. Pero ella se sentía feliz. Como todos los días, porque había aprendido a valorar lo que tenía y a ser dichosa simplemente por vivir.
 
La infancia de Magalí había sido dura, en el Sáhara, su padre fue asesinado cuando ella tenía tres años, su madre la había criado junto a sus dos hermanos con mucho sacrificio y pocos medios. La vida en el desierto no era fácil, pero desde muy pequeña había disfrutado de las cosas más sencillas, como jugar con sus amigos, caminar hasta el colegio, sentir el aire enredando sus cabellos, o mirar las estrellas.
 
Su destino cambió el día en que su madre la apuntó a un programa de acogida para pasar el verano con una familia española. Magalí, ¿te gustaría conocer España, convivir con otra familia y saber lo que existe más allá de estas dunas? A sus once años, la niña era como un avispero, inquieta, curiosa y siempre dispuesta a nuevas aventuras. Su respuesta fue que le encantaría. El día en que se marchaba lloró, y lloró muchas noches en su mullida cama porque echaba de menos a mamá y a sus hermanos. Sin embargo, con el paso de los días se fue acostumbrando a esa nueva vida, temporal, tan confortable y divertida. Lola y José tenían una hija de la edad de Magalí y estaban muy ilusionados de contar con un miembro más en la familia. En marzo habían visitado el campamento en el Sáhara, quedaron sorprendidos de la hospitalidad de los saharauis, de su desprendimiento a pesar de tener tan poco y en esos días entendieron el verdadero sentido de la solidaridad y de la sencillez. Ana y Magalí se hicieron muy amigas, sus padres las llevaron a la playa, al parque de atracciones, a comer helados, de compras. Sin embargo a Magalí lo que más le gustaba era la biblioteca de la casa. Una habitación grande, llena de estanterías repletas de libros. A ella le encantaba leer, pero tenía pocos libros, se los sabía casi de memoria, repasados una y otra vez. Ana le regaló unos cuantos, qué maravilla.
 
Los días luminosos terminaron y llegó el momento de volver. Pero a ese verano siguieron otros, pues Ana, Lola y José se encariñaron con Magalí y decidieron que, si la niña quería, podría volver cada año. Y ella quiso. La relación se afianzó y se veían cada vez que era posible, ellos iban al desierto en ocasiones, Magalí volvió a España cada mes de julio. Era como tener dos familias. Porque Magalí nunca olvidaría sus raíces, estaba orgullosa de su origen, de su religión y de su tierra. Por eso cuando a los dieciséis años se fue a Valencia a estudiar, le prometió a su madre que le escribiría, que volvería.
 
Ana y Magalí cursaron juntas el Bachillerato, ambas terminaron el mismo año la diplomatura de Trabajo Social. Ana tenía claro que quería trabajar en un centro de servicios sociales, opositó en cuanto tuvo oportunidad y sacó una plaza en el ayuntamiento. Magalí decidió dedicarse a ayudar a los niños saharauis para que, como ella, tuvieran la oportunidad de conocer otras culturas, de estudiar y de salir del desierto si es lo que querían; si no, ayudarles a progresar en el Sáhara. Ingresó en una organización no lucrativa de cooperación a la infancia y se dedicaba con afán a mejorar las condiciones de su gente. Educación, sanidad, alimentación, trabajo de la mujer, había muchos problemas que tratar. Magalí visitaba a su familia dos o tres veces al año, además de las ocasiones en que debía viajar allí por motivos de trabajo. Su madre seguía llevando la carga de la familia, mientras que sus hermanos ayudaban con los escasos ingresos que reportaba su rebaño de cabras. Ellos eran felices así, por costumbre, más de veinticinco años de provisionalidad, en campamentos situados en lugares hasta entonces inhóspitos, con las más duras condiciones de vida que se puedan imaginar, esperando que los gobiernos dejasen de tratarlos como un asunto político y los considerasen como personas.
 
El autobús llegó a su parada y Magalí bajó prácticamente en la puerta de casa. Había dejado de llover y el cielo se iba despejando. Un aguacero primaveral que da paso a una noche clara. Ana no estaba, haría poco tiempo que había salido, porque aún permanecía el olor de su perfume al abrir la puerta. Le gustaba salir, tenía una agitada vida social. Ella era más tranquila, su trabajo, más duro, menos horas en casa, necesitaba descansar. Se duchó mientras escuchaba música clásica. Cada vez que sentía el abundante agua corriendo por su cuerpo quedaba maravillada. No dejaba de sorprenderle la facilidad de la vida. Preparó una cena frugal a base de fruta, recordó la escasez de alimento cuando era niña, siempre tenía presente de dónde venía. Cuando terminó de comer, cogió un libro y salió a la terraza, un espacio amplio, parcialmente techado, que le ofrecía una bonita panorámica de la ciudad. El piso era pequeño, pero valía la pena sólo por el privilegio de tener ante sus ojos un trocito de cielo para contemplar las estrellas, que son igual de bellas en cualquier parte del mundo aunque la mayoría las ignore por completo.
 
CDR

6 comentarios:

  1. Maravilloso relato.
    Un simple comentario: una vez me dijeron que las estrellas en Bulgaria "son más bonitas". Se trata de que se pueden observar mucho mejor que aquí, debido al menor grado de contaminación (supongo que en Bulgaria y en otros tantos países). Tuve la fortuna de comprobarlo y es cierto. Pero bueno, esto no quita para que sean igual de bellas en todo el mundo.

    Un abrazo,

    Paula Marta

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  2. En literatura, los temas por manidos o repetidos, siempre se renuevan de la mano y la sensibilidad de quienes los escriben, y una buen muestra es este relato de sueños y ambiciones, de posibilidades que se convierten en realidad con la varita mágica del pulso narrativo que se le otorga. Aun pocdemos ver las estrellas, sin duda, desde cualquier lugar donde soñemos. Y esta es una buena ocasión, sin duda.
    Pmd.

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  3. Gracias a los dos por vuestros sentidos comentarios. Es un privilegio que mi escritura guste a lectores tan selectos.

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  4. Hace algún tiempo, y esto es verídico, alguien me contó que en la ciudad de Granada, una mujer a la que le habían detectado una enfermedad terminal, lo único que pidió a su marido para pasar sus últimos días era trasladarse desde un primer piso a un ático, para poder ver las estrellas. Me consta que se cumplió su deseo, pero no sé cómo terminó esta historia. Desde entonces yo, de broma, siempre he dicho que quiero un ático para ver las estrellas más de cerca. Hoy digo que me da igual porque puedo verlas desde mi porche todas las noches en el lugar privilegiado donde vivo. Ahora me pregunto ¿qué tendrán las estrellas?, algo mágico sin duda. Yo por suerte tengo la suerte de seguir viéndolas, todas las noches, cada vez que quiera y desde la puerta de mi casa.

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  5. La palabra suerte está repetida y me suena fatal. Además quiero firmarlo. Esto tiene hacer las cosas rápidas.
    Tati.

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  6. Tranquila, Tati, ya está subsanado. De todas formas, la espontaneidad también es importante y aquí, entre amigos, no hace falta buscar la perfección.

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