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sábado, 8 de septiembre de 2012

PALABRAS ENCENDIDAS (IV)

Ya refresca la temperatura, así que con más motivo seguimos nuestro itinerario erótico para mantener el termómetro. Recorreremos hoy el Renacimiento, época de resurgir artístico de la oscuridad medieval, de fuertes influencias grecolatinas, en que se aparta a un lado a Dios para volver al hombre como centro del universo. Por supuesto, esto es un proceso paulatino cuyo inicio conserva aún muchos rasgos de la etapa anterior.

Nos adentramos pues en el siglo XIV de la mano de Giovanni Boccacio y su Decameron, que constituye un punto culminante en la historia de la literatura erótica. Las cien historias que lo componen son fruto de siete damas y tres jóvenes que se refugian en la iglesia de Santa María de Novella, huyendo de la peste declarada en Florencia en 1348, y deciden contar diez historias cada una durante diez días para entretenerse. Ya bastante contagiada por el espíritu renacentista, esta obra nos muestra cómo el cuerpo y el placer se alzan por encima de los preceptos religiosos. Uno de los cuentos más adecuados para el tema que nos ocupa es el "Cómo Alibec aprendió a meter el diablo en el infierno", ya que en él la doctrina y la práctica religiosas forman parte de una conseguida y original metáfora sobre el erotismo y la lujuria. Como en el antiguo paganismo, Bocaccio relaciona la religiosidad con el eros, utilizando recursos consabidos como el infierno o la ingenuidad sexual femenina para crear un continuo juego de alusiones sacroeróticas. "Y comenzóse a desnudar aquella poca vestidura que llevaba, y quedó desnudo. Y asimismo hizo la moza; y él, hincado de rodillas, así como si quisiese adorar, hizo que la moza se pusiese enfrente de él. Y estando así, Rústico más que nunca en su deseo encendido, viéndola tan hermosa vino la resurrección de la carne, lo cual sintiendo Alibec, maravillándose mucho, dijo: -Rústico, ¿qué cosa es esta que la tienes que así sale fuera, que no la tengo yo?- -Hija, -dijo Rústico- éste es el diablo, del cual yo hasta aquí te he hablado, el cual me da ahora grandísima molestia.- Entonces dijo la moza: -¡Loado sea Dios, pues que yo veo que estoy mejor que no tú! Porque yo no tengo tal diablo.- Respondió Rústico: -Verdad dices, mas tú tienes otra cosa en lugar de esto, la cual no tengo yo.- Y dijo Alibec: -¿Qué es?- Dijo Rústico: -Tú tienes el infierno. Y en verdad te digo que yo creo que Dios te ha traído aquí para salvación de mi ánima; porque si este diablo sigue dándome este enojo, queriendo tú saber de mí tanta piedad que sufras que yo lo meta en el infierno me darás gran consolación, y harás a Dios gran placer y servicio, si tú, según dices, por esto eres en estas partes venida.- La moza, con su buena fe, respondió: -¡Oh, padre mío! Pues que yo tengo el infierno, cuando a vos pluguiere meted dentro al diablo.-

Siguiendo esta tradición boccacciana, con la misma estructura incluso, surgirán posteriormente los Cuentos de Canterbury, de Chaucer, el Heptamerón, de Margarita de Navarra, el Hexamerón, de Torquemada y, con cierto cambio ya en el tono, las Novelas amorosas y ejemplares de María de Zayas. Por el contenido de los cuentos, también incluiríamos aquí El Patrañuelo, de Juan Timoneda. Brevemente los enumeramos sin más extensión, pues los siglos que nos ocupan son abundantes en erotismo y hemos de seguir adelante.

La siguiente parada es el Corbacho (1438) de Alfonso Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera. Esta obra, subtitulada tradicionalmente como "reprobación del loco amor", es una obra feroz con las mujeres, que deriva todavía del antifeminismo medieval y de influencias clásicas como Juvenal. En el ejemplo que acompañamos se hace un recuento de los crímenes amorosos femeninos. Mujeres que no dudan en matar para satisfacer sus deseos. Hemos de afirmar que la mirada erótica del autor es amarga a lo largo de la obra, reprobatoria, como si compensara las flaquezas propias con una excesiva intolerancia, algo que, por otra parte, será usual en el erotismo hispánico a partir del reinado de los Reyes Católicos y especialmente con la Contrarreforma. "Fue luego la muger a dezir al enamorado, lunes por la mañana, estando él poniendo su tienda e sus espadas colgando en su bitreina, e díxole: -Orenga, oy en el alva partyó mi marido. Vente quando quieras.- El otro amólo oyr, e ella fuese a su casa e tomó una navaja e púsola entre los almadraques bien escondida. E adobó el cerrojo de la escalera e de la puerta de la calle, para quando fuyese lo pudiese bien cerrar. E el otro vino con su espada e broquel e entró. E ella díxole: -Sube acá.- E él subió a la cámara e díxole: -Pon la espada e el broquel; que bien se que non has de estar armado.- E él fióse della y fízolo asý. E començó con ella a retoçar e queríala echar en la cama. E ella nunca consyntyó, synón que quería estar a la cama arrimada donde tenía la navaja. E él, medio cansado, ovo de faser lo que ella quería, pero estava tan frío que non podía usar con ella. E ella, desque vido esto, tomógelo en la mano, riendo e jugando, e quando vido que era ora, bolvió la otra mano fazia los almadraques e cortógelo todo con la navaja, e aun en el muslo un poco, e dio a fuyr la escalera abaxo, e cerró tras sý, e el otro quedó desangrándose, e asý se le llevaron de allý."

Las Baladas de François Villon subvierten el orden imperante, como también la propia vida del autor, condenado en múltiples ocasiones por romper las normas establecidas. A mitad del siglo XV, cuando aún se recordaba a las damas ideales y bellísimas del amor cortés, Villon canta en sus poemas a "la gorda Margot", por ejemplo. Cuando todavía se seguían los preceptos platónicos de estilización, él buscaba el sexo abierto y preferiblemente sucio. Tópico y recursos literarios, com el ubi sunt o el carpe diem, serán alterados por el ingenioso poeta. Así pues, François Villon es deudor de la tradición goliárdica, que más tarde recibirá también Rabelais. Seguramente, el sexo y la tendencia a proferir obscenidades de Villon respondían a la intención de provocar a una sociedad rígida y mediocre. Un ejemplo de su chispa literaria: "(...) A veces suele estallar la tormenta / cuando Margot, sin dinero, viene a acostarse. / No la puedo ver, mi corazón la odia a muerte. / La quito el vestido, la faja y el ceñidor, / si la juro que todos la pagarán su precio. / La tomo por las caderas: ¡Por todos los demonios!, / grita y jura por la muerte de quien sea, / que no accederá. Cojo entonces un tizón / y bajo sus narices esto escribo: / a este burdel donde tenemos nuestra república. / Hechas las paces me lanzó un gran pedo, / más inflado que un escarabajo pelotero. / Se ríe y me arrea una puñalada en la cabeza. / ¡Ea!, exclama y pone el trasero. / Los dos, borrachos, dormimos como troncos. / Y al despertar cuando las tripas le suenan, / se monta encima de mí, no cesan sus ansias. / Debajo gimo, me aplasta más que una viga, / de desenfreno acaba conmigo, / en este burdel donde tenemos nuestra república. (...)" (Balada de la Grosse Margot.)

Sería imperdonable dejar pasar -aunque muchas cosas estamos obviando- la tragicomedia de Calisto y Melibea, conocida como La Celestina (1499), de Fernando de Rojas, según acuerdo. El eje de la obra es la pasión amorosa que vibra y la traspasa como una tempestad. El joven Calisto ama a Melibea; a través de los engaños de la astuta vieja Celestina, con la ayuda de los criados Sempronio, Pármeno y de las prostitutas Elicia y Areúsa, conseguirán todos satisfacer sus apetitos, si bien a costa de un final fatal. La carne es el señuelo que usa la alcahueta, para conseguir la unión de los señores une a los criados. Célebre es el pasaje, de crudo erotismo, en que Celestina palpa lascivamente a Areúsa a sabiendas de que Pármeno está observando a escondidas: "C. ¡Bendígate Dios y señor San Miguel Ángel, y qué gorda y fresca que estás! ¡Qué pechos y qué gentileza! Por hermosa te tenía hasta agora, viendo lo que todos podían ver; pero agora te digo que no hay en la ciudad tres cuerpos tales como el tuyo, en cuanto yo conozco. (...)" No es el único episodio de voyeurismo que se encuentra en la obra. La carnalidad que preside La Celestina es abrumadora, culpable, lejos del goce y de la satisfacción de los sentidos. El amor es aquí algo impuro y fruto de tormento. Después de la posesión de Calisto, Melibea no experimenta sino culpa: "M. ¡Oh mi vida y mi señor! ¿Cómo has querido que pierda el nombre y corona de virgen por tan breve deleite?"

Aunque Nicolás Maquiavelo es bien conocido por su obra El príncipe, es más oportuna aquí la deliciosa comedia La mandrágora, que riza el rizo en las estrategias del engaño -se basa en las artimañas empleadas para sortear los obstáculos que se interponen entre el amante y el objeto de su deseo; siempre se consigue el goce final- y da buena cuenta del paganismo que impregnaba todos los ámbitos en 1515, pues fue estrenada en Florencia con la asistencia del Papa León X. El protagonista, Calímaco, escucha en París tantos elogios hacia Lucrecia, esposa de Nicia Calfucci, que viaja a Florencia expresamente para verla. Por supuesto, se enamora de ella de inmediato. Conociendo su aspiración frustrada de ser madre, finge ser médico y le explica a su marido que debe darle una poción de mandrágora, de modo que al yacer ella con un hombre, él absorberá los vapores y morirá a la mañana siguiente. Para convencer a Lucrecia de tal prescripción, Calímaco y el marido se alían con la madre y el confesor de la joven, decidiendo que el infeliz elegido será el primero con que se tropiecen esa noche. No cabe duda de que el "ingenuo" será el propio Calímaco disfrazado, consiguiendo así su ansiada noche de amor con Lucrecia.

En 1519 aparece en Valencia La carajicomedia, un texto anónimo recogido en el Cancionero de obras de burlas provocantes a risa. Lo obsceno se mezcla aquí con la burla  y una sátira despiadada, algo frecuente en las composiciones literarias de la época. Pero además, esta concretamente supone una parodia humorística al Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena. Esta obra de estilo alegórico-dantesco se ubica en el palacio de la Fortuna, donde el autor contempla tres ruedas que representan el pasado, el presente y el futuro. Veamos la tergiversación que se produce: "Volviendo los ojos a do me mandaba, / vi más adentro muy grandes tres ruedas: / las dos eran firmes, inmotas e quedas, / mas la de en medio voltar no cesaba / caída por tierra gente infinita, / que había en la frente cada cual escrita / el nombre y la suerte por donde pasaba." Que en La carajicomedia queda así: "Volviendo los ojos a do me mandaba, / vi entre mis piernas puestas tres ruedas: / las dos redondas, pendientes y quedas; / en medio otra larga, derecha se estaba; / y vi que debajo de ellas quedaba / caída por tierra la gente infinita, / que gran parte de ella de suso va escrita, / sin otra mucha que no me acordaba."

También anónima es La Thebaida (1521), considerada tradicionalmente como una obra obscena, sin que en realidad lo sea más que La Celestina, por ejemplo. Aquí la unión carnal sólo se da entre los criados y nunca entre Berintho y Cantaflúa, que acaban siendo meros comparsas de las acciones de estos. La pasión surge de inmediato y ya no hay más remedio que satisfacerla, las escenas son de gran crudeza erótica, sobre todo porque la mujer, en el momento de la posesión, se queja desmesuradamente, siendo no obstante sólo un fingimiento que exige el honor. "FRAN: ¡O cuitada de mí! Estásme matando y ves que no es más en mi mano, porque no te puedo çufrir y aún no quiés que me sienta. Ya, por amor de Dios, no me hagas tanto mal. Y aun querría que me dexases, pues veo que no es en tu mano el dexarme de lastimar."

Terminamos por hoy con la poesía erótica de Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575), inmersa en la corriente de erotismo sano, no afectada aún por las restricciones que se impondrían sobre todo en el siglo siguiente. Con recursos magistralmente utilizados, como perífrasis y singulares metáforas, los poemas se impregnan de elegancia y refinamiento -totalmente en la línea renacentista grecolatina-, sin caer nunca en la obscenidad. Aunque a veces se halla el humor en estas composiciones, no así la sátira que hemos visto en otras de la época. Como ejemplo, un bello poema que sigue rezumando frescura a pesar de los años transcurridos: "Venus se vistió una vez / en hábito de soldado, / y Paris, ya parte y juez / dijo, de vella espantado: / -Hermosura confirmada / con ningún traje se muda: / ¿Véisla cómo vence armada? / Mejor vencerá desnuda-."

Próximamente, más pasión si cabe en la otra parte del prolífico Siglo de Oro.

CDR

1 comentario:

  1. Seguimos atentos este repaso erótico-festivo que al final ofrecerá una estupenda perspectiva del género, y quienes no hayan profundizado aun, tienen aquí un motivo excelente para hacerlo porque ofrece una perspectiva milenaria.
    Gracias.
    Pmd.

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