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sábado, 20 de julio de 2013

INFANCIA ROBADA. ESPERANZA PARA EL FUTURO

Son las cuatro de la madrugada y Aleya se levanta para trabajar. No se acostará hasta pasada la media noche. Todos los días lo mismo, de domingo a domingo. Sus brillantes ojos negros vigilan que no se queme la comida, sus largas y finas manos lavan la ropa de su marido y de toda la familia, sus fuertes piernas caminan cada día cuatro kilómetros hasta la escuela más cercana. Por el camino se encuentra a Sabina, que hace diariamente ese mismo recorrido y lleva una vida parecida.

Ambas trabajan seis horas al día en fábricas de la zona, son amas de casa y además estudiantes. Ambas fueron obligadas a casarse. Porque las dos nacieron en un slum de Bangladesh, uno de esos barrios marginales que albergan a más de cuatro mil personas hacinadas en casas de madera, calles de barro, donde los servicios más básicos de higiene brillan por su ausencia.

Aleya y Sabina tienen apenas doce años.

Ellas ponen nombre a la realidad de más de tres millones de niñas que son entregadas a maridos que ni siquiera conocen, son madres antes de los diecinueve años, echan largas jornadas de trabajo, e incluso algunas son violadas por los jefes de las fábricas en que trabajan. Sin que todo esto se denuncie.

Pero estas mismas niñas, cuya infacia es robada, maduras a la fuerza, están protagonizando un cambio muy importante en su país.

Gracias a las oenegés que están luchando por cambiar esta penosa e injusta situación, algunas de estas niñas consiguen ser becadas y pueden estudiar. No es posible de momento escapar a las exigencias de su cultura y al arraigo de sus machistas costumbres, pero ya las jóvenes madres sueñan para sus hijas un futuro diferente. Y Aleya, Sabina y tantas otras son conscientes a tan temprana edad de que la educación es el único arma de que disponen para evadir su destino, para lograr que quizá sus hijas estén libres de tales ataduras e imaginen ser princesas, jueguen con muñecas y disfruten de su niñez. Para ellas, ir a la escuela y esforzarse es construir no solo su porvenir, sino también el de las niñas que vienen detrás.

Quieren ser profesoras, médicas, policías... niñas que ya no tienen infancia, ni adolescencia, pero tienen en sus manos la esperanza para el futuro.

CDR

6 comentarios:

  1. El futuro depende del esfuerzo de esa niñas.Ánimo para ellas. María Romero

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  2. ¡En qué mundo vivimos...! ¡Y qué poco hacemos por casos como el de esta pequeña crónica...!, pero denuncias como estas, no caen en saco roto y llegan siempre a la conciencia de las personas. Gracias, bloggera.
    Pmd.

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  3. Me vuelve a hacer reflexionar; lo que puede ser la vida, dependiendo del sitio donde se ve la primera luz.
    Tati.

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  4. Lo siento, no me gusta esta forma de hablar de un problema que no nos damos cuenta que nosotros fomentamos con nuestra pasividad, hay que estar allí y saber como las mismas mujeres son los peores tiranos para sus propias hijas y más si está por medio la religión porqué ¿quién creéis que practica la ablación? y estas imágenes no son más que los famosos "brotes verdes", "una aguja en un pajar" que aquí destacamos para unas cosas y tan poca importancia le damos para otras. Mati.

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    1. Agradezco tu comentario, Mati, y respeto tu opinión. Pero ahora voy a intentar aclarar mi postura: Es cierto que nunca he ido a Bangladesh; es cierto que no ayudo activamente a esas niñas de las que hablo; es cierto que la mayoría de madres, como dices, llegan a convertirse en verdugos de sus hijas; es cierto que se trata de un gravísimo problema que contemplamos desde aquí con pasividad. Sin embargo, me parece que yo no lo he quitado importancia, o al menos no es eso lo que pretendía. Y la expresión "brotes verdes", tan de moda ahora y que tan poco me gusta, no se me pasó por la cabeza mientras escribía esta entrada. Creo que si al menos hay algunos casos, aunque sean minoritarios, de jóvenes madres que ayudan a sus hijas, o simplemente de niñas que están concienciadas con que la educación es fundamental para poder cambiar su actual situación y luchan por ello, no está de más que alguien lo cuente. Esas pocas niñas se merecen tanto reconocimiento como las miles que, sometidas, no pueden participar de ese cambio.
      No sé a qué te dedicas tú, ojalá tú sí puedas estar allí y ayudarlas. Yo soy una simple profesora de secundaria y desde mi lugar lo único que puedo hacer es escribir en este modesto blog, hablar cada día con mis alumnos y alumnas para hacerles entender lo valioso que es lo que tienen, ir a clases, aprender, un futuro que, por muy negro que se pinte en esta época de crisis, será mejor que el de estas niñas.
      Claro que me he dejado muchas cosas en el tintero, por ejemplo, hablar de los niños de ese mismo país, también forzados a trabajar y sin educación. O como la ablación. No pretendo agotar temas tan importantes en unas líneas. Otras entradas vendrán.
      Un saludo.

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  5. Estar allí no significa solo presencialmente, hay que ver como falta una alumna a tu clase aquí en España y medio enterarte que se ha ido a su país porque le van a hacer la ablación o se la han llevado a otro pueblo o ciudad para casarse con alguien que han concertado sus padres o ..., hay tantas historias aquí delante de nuestros ojos civilizados de las que huimos por cercanas y porque nos obligarían a implicarnos, que es mejor hablar de espejismos lejanos. Siento discrepar pero sacando estos hechos a veces hacemos daño a esos anónimos que se juegan la vida día a día luchando con las mismas armas de clandestinidad para que nadie se entere y que las cosas se hagan al contrario que quieren los tiranos. Mati.

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