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domingo, 25 de agosto de 2013

CUENTO MASAI

Las historias y leyendas tradicionales, los cuentos que los hombres se han contado unos a otros durante siglos abren una puerta a un mundo mágico, a un universo fantástico. Además, estos relatos nos descubren dudas y preocupaciones universales que desde el principio de los tiempos han conmovido a la humanidad, intentando dar respuesta a los interrogantes sobre el origen de la vida, del hombre, de la naturaleza, de sus criaturas y de sus fenómenos. Asimismo, nos invitan a reflexionar sobre la esencia del amor, la soledad, la amistad... todos los sentimientos, virtudes y defectos que forman nuestra existencia.

A continuación, un ejemplo. Un cuento masai titulado "Las enseñanzas del dios de la lluvia":

Un día, el elefante dijo al dios de la lluvia:
- Te sientes muy orgulloso de haber cubierto de verde la tierra, pero si yo arrancara toda la hierba, todos los árboles y arbustos, ya no quedaría nada verde. ¿Y qué harías entonces?.
El dios de la lluvia replicó:
- Si yo suprimiera la lluvia, tampoco habría nada verde, ni tú tendrías nada que comer. ¿Qué sucedería entonces?
Pero el elefante quería desafiarlo y, a golpe de trompa, comenzó a arrancar todos los árboles, los arbustos y la hierba, para destruir todo el verdor de la tierra.
Así pues, el dios de la lluvia, ofendido, hizo que cesara la lluvia y los desiertos se extendieron por todas partes.

El elefante se moría de sed; excavó en los lechos de los ríos, pero no encontró ni una gota de agua. Por fin, se dio por vencido e imploró al dios de la lluvia:
- Señor, me he portado mal. Fui soberbio y me arrepiento. Por favor, olvídalo y haz que llueva.
El Dios de la Lluvia permaneció callado. Los días se fueron sucediendo, uno tras otro, cada cual más abrasador que el anterior.

El elefante envió al gallo para que intercediera por él ante el dios de la Lluvia.
Después de mucho buscar, el gallo encontró al dios de la lluvia escondido detrás de una nube y le suplicó que hiciera llover, con tanta elocuencia que el dios se ablandó y prometió enviar algo de lluvia.

La lluvia cayó tal como el dios de la lluvia le había prometido al gallo y se formó un pequeño charco cerca de donde vivía el elefante.
Ese mismo día, el elefante salió al bosque a comer y dejó a la tortuga encargada de proteger el charco con estas palabras:
-Tortuga, si alguien viene aquí a beber, les dirás que este es mi charco personal y que nadie puede beber de aquí.
Cuando el elefante se fue, muchos animales sedientos vinieron al charco, pero la tortuga no les dejó beber diciendo:
- Esta agua pertenece a su majestad el elefante; no podéis beber de esta charca.
Pero cuando llegó el león, no le impresionaron las palabras de la tortuga. La miró, le dijo que se fuera y bebió agua hasta calmar su sed. Se fue sin decir palabra. Cuando el elefante volvió quedaba muy poca agua en el charco.

La tortuga intentó defenderse:
- Señor, no soy más que un animal pequeño y los otros animales no me respetan. Vino el león, y yo me aparté. ¿Qué podía hacer? Después de eso, todos los animales bebieron libremente.
El elefante, furioso, levantó la pata y la dejó caer sobre la tortuga con intención de aplastarla. Por suerte, su caparazón la protegió, pero desde entonces está aplastado por debajo.

De pronto, todos los animales oyeron la voz del dios de la lluvia, que dijo:
- No sigáis el ejemplo del elefante. No desafiéis a alguien más poderoso, ni destruyáis lo que luego podáis necesitar, ni encarguéis a alguien más débil que vigile vuestras pertenencias , ni castiguéis a un servidor inocente. Y sobre todo, no seáis orgullosos ni tratéis de quedaros con todo; dejad que los necesitados  compartan vuestra buena suerte.

Este sencillo cuento nos muestra nuestra vulnerabilidad ante la naturaleza. No podríamos vivir sin agua. Sin embargo, cortamos los árboles para construir casas, carreteras, en aras de un progreso que no tiene en cuenta la función de los árboles como cobijo y sostén de la tierra, por ejemplo. Además, si el agua no fluye como debe, destruye todo aquello que encuentra a su paso, por muy fuerte que sea. El ser humano es ese elefante exterminador. Y a pesar de que existe suficiente tierra y agua para todos, el hombre se ha empeñado en desertificar la tierra y sobreexplotar y contaminar el agua...

No creo que haga falta decir más, la enseñanza está clara.

CDR

sábado, 24 de agosto de 2013

MUJERES: ROMÁNTICA OLVIDADA

¿Alguien sabe quién fue Carolina Coronado Romero de Tejada? Pues se trata de una escritora española, destacada por su poesía, nacida en Almendralejo (Badajoz) en 1820, y considerada por los críticos como la equivalente extremeña de Rosalía de Castro -sin duda más conocida, aunque no tan reconocida como sus coetáneos masculinos-. Carolina Coronado fue incluso denominada como "el Bécquer femenino", un apelativo machista que nos habla de la notoriedad de esta escritora romántica.

Carolina nació en el seno de una familia acomodada, de ideas progresistas. Cuando tenía cuatro años, se trasladaron a Badajoz, al ser el padre encarcelado por cuestiones políticas. La niña fue formada según el uso de la época, costura y labores del hogar especialmente, pero ella, de forma autodidacta, alimentó su interés por la literatura, leía todo lo que caía en sus manos y aprendió idiomas por su cuenta. Muy pronto muestra una extraordinaria capacidad para componer versos; sus primeros poemas los escribió con diez años. Una lírica espontánea motivada por amores imposibles. La catalepsia crónica que padecía pudo acentuar también su carácter romántico, pues Carolina se obsesionó con la posibilidad de ser enterrada viva. A los treinta y dos años se casó con Justo Horacio Perry, secretario de la embajada de Estados Unidos en Madrid. Con él tuvo un hijo y dos hijas, de las que sólo sobrevivió la última, Matilde. La literatura siempre fue un refugio para Carolina, desde su infancia -en la que el entorno familiar no era propicio para sus aspiraciones- hasta las crisis nerviosas ocasionadas por su debilidad física, así como por la pérdida de sus hijos. Sin embargo, la imagen de esta mujer débil y enfermiza contrasta con su fortaleza de carácter y una larga vida en la que consiguió desarrollar una respetable carrera.

A causa de su enfermedad, la escritora pasó una larga temporada en Cádiz, pero tras quedar casi paralítica en 1848, los médicos le recomiendan que tome las aguas en Madrid y se establece allí. A su despedida, escribió algunos poemas a la tierra andaluza. La Coronado se instaló en un palacete situado en lo que hoy es la calle Lagasca. Esta residencia pronto se hizo famosa por las tertulias literarias que en ella se realizaban. Punto de encuentro de escritores progresistas y refugio de perseguidos por sus ideas revolucionarias, fue censurado y se convirtió en un lugar clandestino.

A pesar de ello, Carolina Coronado consiguió publicar en periódicos y revistas literarias de la época y obtuvo cierta fama, reforzada además por su belleza (a la que el mismo Espronceda dedicó unos versos.) Junto a sus novelas, obras teatrales, ensayos y poesías, contamos con un valiosísimo testimonio personal (las cartas de Carolina Coronado a Juan Eugenio Hartzenbusch que se conservan en la Biblioteca Nacional) para conocer las inquietudes de una joven escritora que, además de plasmar sus sentimientos y emociones, reflexiona sobre asuntos que trascienden lo lírico. A pesar de la ayuda que le prestó su maestro -principal sostén y apoyo a su carrera literaria-, Carolina muestra su desánimo ante la oposición de ciertos círculos que resultaron un muro difícil de derribar.

Esta escritora extremeña murió en Lisboa en 1911.

De sus numerosos poemas, elegimos el siguiente como muestra de su talento:

¿Teméis de ésa que puebla las Montañas
turba de brutos fiera el desenfreno?...
¡más feroces dañinas alimañas
la madre sociedad nutre en su seno!

Bullen, de humanas formas revestidos,
torpes vivientes entre humanos seres,
que ceban el placer de sus sentidos
en el llanto infeliz de las mujeres.

No allá a las lides de su patria fueron
a exhalar de su ardor la inmensa llama;
nunca enemiga lanza acometieron,
que otra es la lid que su valor inflama.

Nunca el verdugo de inocente esposa
con noble lauro coronó su frente:
¡Ella os dirá temblando y congojosa
las gloriosas hazañas del valiente!

Ella os dirá que a veces siente el cuello
por sus manos de bronce atarazado,
y a veces el finísimo cabello
por las garras del héroe arrebatado.

Que a veces sobre el seno trasparente
cárdenas huellas de sus dedos halla;
que a veces brotan de su blanca frente
sangre las venas que su esposo estalla.

¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado
más sangre, más dolor la herida brota,
que el delicado seno macerado,
y que la vena de sus sienes rota!

Así hermosura y juventud al lado
pierde de su verdugo; así envejece:—
así lirio suave y delicado
junto al áspero cardo arraiga y crece.

Y así en humanas formas escondidos,
cual bajo el agua del arroyo el cieno,
torpes vivientes al amor uncidos
la madre sociedad nutre en su seno.

("El marido verdugo")


autógrafo
 
Carolina Coronado, y otras escritoras de mediados del siglo XIX -igualmente olvidadas-, abrieron la senda de la creación literaria sujetas al ideario romántico que impulsaba la libertad individual. El peso de valores morales, como la virtud y la modestia, y una escasa proyección personal fuera del espacio doméstico, marcaron la dificultad por desasirse de ese yugo.
 
CDR

martes, 20 de agosto de 2013

OLAS

Desde mi ventana hoy veo el mar.

Hoy escucho las olas como música de fondo mientras me duermo.

Hoy siento que estoy de vacaciones, y lo siento por aquellos que no pueden disfrutar de este placer.

Hoy, como siempre, tengo mucho que agradecer. Porque hay personas generosas en este mundo, personas que poco a poco se convierten en parte de tu vida.

Con un corazón tan grande, que un buen día te regalan estar mecida por las olas cuando más lo necesitas.



Ondas en la superficie del agua. Espejo del sol y de la luna.

Fenómeno atmosférico que varía repentinamente la temperatura de un lugar. A salvo.

Oleadas de gente. Tan lejos aquí de esas aglomeraciones.

Oleada de gripe. Aún falta para que llegue.

Oleada de cariño. Eso sí.

Las olas vienen y van
en un incesante vals.

CDR

lunes, 19 de agosto de 2013

SABOTAJE LITERARIO

Merodea ya el verano por las afueras del mes de agosto. Pero desde aquí continuamos empeñados en recomendar algunas lecturas para los días de asueto que aún quedan.

Hoy, una propuesta muy original:



Rodeado de un halo de misterio y de una gran polémica sobre su identidad, Antoni Casas Ros (1972), tras el éxito de su primera novela, El teorema de Almodóvar (2008), regresó al panorama literario en 2010 con Enigma, título que sin duda es apropiado para él mismo, quien lleva una vida retirada en Roma y al que nadie puede poner rostro. Con estas características tan literarias, el propio Casas Ros pasa a formar parte de la galería de personajes, junto a otros autores mencionados, elogiados o censurados en este enigmático relato. Es Joaquim el precursor de la idea de montar una librería; profesor universitario frustrado como escritor, reconoce padecer un grave síndrome, que le impele a reescribir algunos finales que le parecen injustos o inadecuados. Su alumna favorita, de la que está enamorado, es Zoe, una chica bella e inteligente, que le ayudará en su labor literaria. Naoki también participará en el proyecto, una japonesa traductora y editora de poesía con un traumático pasado. Y por último, Ricardo, que entrará en la extraña sociedad publicando su primer libro de poemas, para dejar atrás su obligado oficio de asesino. Estos cuatro personajes, que empiezan a caminar solos, confluyen en las calles y locales de la Barceloneta, hasta tal punto que llegan a convertirse en una suerte de ser andrógino, con múltiples brazos, piernas, ojos, y un solo corazón. Movidos por un afán común y fustigados por sus fantasmas personales, se abandonarán a un juego literario y sexual, que tendrá serias consecuencias para sus vidas.

Adornado todo ello con un trasfondo de novela negra, con una preadolescente desnuda que lleva a cabo un rito espiritual, asesinos a sueldo e investigaciones policiales, el resultado es una historia un tanto curiosa, divertida, intrigante y sobre todo apasionada. Quizá excesivos los pasajes amorosos. El tema principal es la literatura y ella destila por cada uno de los poros de la escritura de Casas Ros. Con Enigma hace el autor un ejercicio metaliterario impresionante, si bien quedamos expectantes por conocer más finales desastrosos, dignos de la ira de “Los filósofos del tocador” y de todo el aparato de sabotaje literario que se monta en la librería, por cierto llamada Bartleby & Co. Tremendo guiño el que se hace al reconocido Vila-Matas en este libro, que bien pudiera haber escrito él mismo, según su impostura vital y literaria. Pero reconocemos aquí a un escritor joven, con un estilo ágil, un lenguaje sencillo y una gran capacidad para dar forma a la materia prima literaria. Finalmente, nos queda la duda: ¿somos todos personajes de ficción?

Feliz lectura.

CDR

sábado, 17 de agosto de 2013

PALABRAS ENCENDIDAS (IX)

En pleno bochorno del mes de agosto, nos atrevemos a adentrarnos en el abundante erotismo del siglo XIX. Pero hoy, una dosis baja. No se puede jugar con el calor.

Como ya hemos visto en autores de cuentos infantiles -La Fontaine o Samaniego, por ejemplo- existe una tendencia, quizá compensatoria, hacia la licenciosidad. Es el caso de E.T.A. Hoffmann (1776-1822), famoso por relatos como Casacanueces o El caldero de oro. Tras años de paciente investigación, hoy apenas quedan dudas sobre la autoría de Sor Monika, atribuida al alemán. El autor se muestra en esta obra como un hombre de su tiempo: para él, la mujer siempre está dispuesta, los deseos surgen y se satisfacen sin la menor dificultad, sufrimiento y placer andan indisolublemente unidos, y quizá por esto último se siente atraído por la flagelación. Además, tiene una predilección "gótica" por los ambientes cerrados. Sin embargo, lo que destaca en Hoffmann y en su Sor Monika con respecto a los materiales de la época, es detenerse en los detalles, usar exquisitos eufemismos y la metáfora en momentos clave. Así, la obra cae en lo sugerente y lo erótico. Parece ser que en el momento en que Hoffmann escribió esta novela se encontraba perdidamente enamorado de una joven alumna suya, que además estaba ya comprometida. Como tantas veces, la literatura sirvió para dar salida a sus males. Esta novela fue publicada clandestinamente en 1815. A continuación unos fragmentos, que se desarrollan en una residencia de señoritas. Duros castigos para las jóvenes: "Yo debía sostener la palangana debajo de las vergüenzas de Rosalie, Chaudelüze tomó la lanceta y de un solo pinchazo, justo encima de los labios bermejos como una rosa en el todavía poco poblado monte de Venus, hizo brotar la sangre, de un rojo púrpura, de Rosalie. Las rosas de sus mejillas fueron perdiendo color y su espanto creció de tal modo, al ver fluir su sangre (cuya visión fue también horrible para las espectadoras), que al momento cayó en un benéfico desmayo." "Mientras Piano iba diciendo esto a mi madre, la tomaba de la mano, la conducía hacia un ventana, le levantaba las faldas y la enagua y la incudía a que con sus manos templase el más bello teclado de la naturaleza humana, hasta llegar finalmente a introducir el templador en la caja de resonancia. Madame Chaudelüze, con la ayuda de dos muchachas, me levantó y me hizo apoyar en la mesa; luego me lavaron las ronchas producidas por los palmetazos con un bálsamo curativo, tan bruscamente como si yo fuese una yegua joven, en a que se hubiese cebado la Hyppobosca equina, el culex equinus, y el caballerizo, con hábiles manos, quisiera que su piel recobrara el brillo."

Y paramos ahora en Del amor, de las primeras obras del conocido escritor francés Henry Beyle Stendhal (1783-1842) Publicada en 1822, esta novela viene a ser la respuesta analítica que da el autor a la desatada pasión que sentía por Matilde Viscontini, si bien termina siendo un manual erótico que bebe de la larga tradición -desde el Arte de amar de Ovidio hasta el Kamasutra-. La principal diferencia es el ansia de objetividad de Stendhal, para lo cual recurre a los procedimientos del cientificismo positivista. Como un experto psicólogo e historiador, el autor nos explica las clases de amor que existen, cómo nace este, cómo cristaliza, qué contrariedades produce, cómo lo afrontan cada uno de los sexos, etc. No obstante, a pesar de este derroche de inteligencia, es en la narración pura donde brilla el verdadero genio de Stendhal.Los fragmentos elegidos en este caso es de un relato titulado "Ernestina o el nacimiento del amor", que viene a ejemplificar lo que anteriormente se ha teorizado. Esta historia cuenta algo tan simple como el amor que va sintiendo Ernestina hacia un desconocido, pero la descripción de la joven, el crescendo de la acción, el suspense que genera y la sutil matización del amor hacen que esta narración sea equiparable a la mejor producción del autor (Rojo y negro, por ejemplo) Y pese a que no llega a haber contacto físico entre los protagonistas, el erotismo rezuma por doquier. Veamos -aunque en este caso es necesario leer el relato completo para apreciar la delicia que es-: "Una tarde de primavera, ya próxima la noche, Ernestina estaba en su ventana. Contemplaba el pequeño lago y el bosque más lejano. La extremada belleza del paisaje contribuía quizá a sumirla en una melancólica abstracción. De pronto volvió a ver al joven cazador que descubriera unos días antes; estaba tabmién en el bosquecillodel otro lado del lago. llevaba un ramillete de flores en la mano. Detúvose como para mirarla. Ella le vio besar el ramillete y, en seguida, colocarlo con una especie de respetuosa ternura en el hueco de una gran encina a la orilla del lago." "La imagen del lago y la de Ernestina, a la que acababa de ver de tan cerca en la iglesia, se grabaron profundamente en su corazón. Desde este momento, Ernestina tuvo algo para él que la distinguía de todas las demás mujeres, y sólo le faltaba la esperanza para amarla hasta la locura." "Ernestina, más feliz, era amada y amaba. El amor reinaba en aquella alma que hemos visto pasar sucesivamente por los siete diversos períodos que separan la indiferencia de la pasión, y en lugar de lo cuales el vulgo no percibe más que un solo cambio, y aun sin saber explicar la naturaleza del mismo."

Hoy no podemos subir más la temperatura. Sirva esto de introducción a lo que nos espera a lo largo de este ardiente siglo. Ya para cuando refresque un poco.

CDR

miércoles, 14 de agosto de 2013

VEJEZ

Cualidad de viejo. Entendemos cualidad como algo positivo, pero en realidad se trata de cada una de las características, naturales o adquiridas, que distinguen a las personas, animales o cosas. Sean buenas o malas.

Bonita palabra aunque no se considere políticamente correcta.

Edad senil o senectud. Aquí ya se advierte la decadencia.

Pero sigue siendo hermoso el vocablo.

Aunque el concepto encierre arrugas, cansancio, dolor...

Serenidad.
 
Huellas de una vida plena,
surcos de una sonrisa eterna.

El gozo y la amargura
cincelados en el rostro y en el cuerpo.

Tiempo pasado,
baúl lleno de recuerdos.

Pasos lentos,
experiencia de un cabello encanecido.

Un mañana cercano,
el futuro se ha ido.

Sombras de lo que fuimos.

Achaques,
deterioro,
miedo,
frío.

¿Qué he hecho yo
para merecer esto?
Nacer,
desde ese momento
empieza el sufrimiento.

(Dichosos si hasta entonces
no lo vemos.)

Todos caminamos
por el mismo sendero.
No existen atajos ni otros derroteros.

Escalar la montaña,
tropezar, caer, levantarse,
seguir adelante.

(O caer al vacío antes.)

Vadear el río de la enfermedad,
luchar contra el físico y el alma.

Conservar alguna esperanza
nos salva.

Ilusiones, confianza, ganas...
hasta que la muerte nos alcanza.

CDR

domingo, 11 de agosto de 2013

CONTROLADOS

Hoy, en pleno siglo XXI, pensamos que no es para tanto, que el futuro que se auguraba hace unos años aún no ha llegado, no viajamos en coches volantes, por ejemplo. Sin embargo, algunos avances tecnológicos de los que disponemos superan con creces las más futuristas previsiones. ¿Quién imaginaba hace unas pocas décadas que podríamos hablar instantáneamente con alguien al otro lado del planeta, o ver al momento en la red una foto que acabamos de "subir" desde nuestro móvil, o estar en contacto simultáneo con millones de personas en las redes sociales? Hablo de estas cosas sencillas que son las que hacemos todos a diario, sin imaginar siquiera la cantidad de aplicaciones increíbles que tienen las tecnologías.

Y me parece que la mayoría de nosotros desconocemos qué supone este acceso ilimitado a la información, esta interactividad, este tráfico de datos. Para los legos en este tema, conectarse a internet no es más que un simple gesto que nos abre un mundo infinito de posibilidades. Cómo sucede y qué hay detrás es algo indefinido, en lo que ni siquiera pensamos. Sin embargo, existe algo llamado Centro de Datos, que viene a ser como el gran cerebro del planeta. Unos enormes edificios que, como neuronas, acumulan miles de servidores, los que hacen posible que la "magia" de la red funcione. Ese lugar es tan amplio y tan abstracto que ha venido a denominarse nube. Pero estar en ella no es gratis.

Y no me refiero solo al alto precio (en euros) que pagamos en este país por el acceso a internet. Sino además a lo que ello supone, sobre todo para nuestra intimidad. También es un alto precio, del que no somos conscientes. Da igual el grado de inmersión en ese vasto océano que es internet, desde el primer momento en que nos conectamos y navegamos, ya estamos localizados y controlados. Es increíble toda la información que queda almacenada: el historial de búsquedas, las citas guardadas en el calendario, el número de nuestro móvil, los lugares en los que hemos estado con él -al activarse el GPS-, las diferentes direcciones IP desde las que nos hemos conectado, las fotos, los vídeos que hemos subido, el número de nuestra tarjeta de crédito... Pensamos que como no nos busca la policía, nadie va a hacer uso de esos datos. Una gota de agua más que se pierde en el mar. Pero lo cierto es que todos hemos experimentado una desconcertante sensación cuando nuestro ordenador parece adivinar lo que queremos. Esto es obra de las cookies, que se encargan de almacenar la información de los hábitos de navegación del usuario. Todos somos espiados por agencias de publicidad que nos hacen llegar sus campañas.  Y todos hemos perdido ya, lo queramos o no, nuestra privacidad.

Además, tampoco sabemos la cantidad de energía que estos gigantes cerebros artificiales consumen. En primer lugar, porque no descansan, trabajan las veinticuatro horas, todos los días del año. Y en segundo lugar, porque necesitan una temperatura constante de 26,6 grados centígrados para salvaguardar su buen funcionamiento, lo que supone, además de su construcción en sitios estratégicos (a orillas del río Columbia o del mar Báltico, por ejemplo), un circuito de agua que absorba el calor que generan las máquinas. Cada vez que enviamos un e-mail, algo tan sencillo y común como eso, gastamos energía. Imagínense la cantidad de correos electrónicos que circulan en un solo día en todo el mundo... y el impacto ambiental que supone esto. Gestos que nos son ya tan habituales e imprescindibles, no solo para divertirnos o dedicarnos a nuestros hobbies, sino también para trabajar, y que tienen un alto coste para el Planeta. Y lo peor, cuanto más eficiencia ecológica, menos privacidad de datos.

No estoy en contra del uso de las tecnologías y soy la primera que reconoce sus innumerables ventajas y disfruta de ellas. Uso internet, uso el móvil, participo en las redes sociales, compro on-line... Pero también echo de menos un tiempo no muy lejano en que todo esto no existía -al menos no para los usuarios comunes-, vivíamos felices, y no sentíamos la inquietud de estar controlados. Simplemente nos hemos acostumbrado, nos hemos adaptado e incorporado  todo esto a nuestras vidas. Eso no quiere decir necesariamente que sea bueno ni que estemos a salvo.

De verdad, admiro a aquellas personas que viven ajenas a este tinglado, que se mantienen íntegras. Que las únicas nubes que conocen son las del cielo y las de sus sueños.

CDR

jueves, 8 de agosto de 2013

AMORES EN LA MITOLOGÍA (III)

Nuestra historia mitológica de hoy no es tan conocida como las anteriores. Más breve, menos nombrada, pero igualmente curiosa. El amor, como venimos viendo en estos episodios, desencadena desgracias, promueve rencores, y la mayoría de veces parece destinado a hundir las almas de los enamorados en lo más negro de la existencia. Pero también puede ser motivo de divertimento y en todo caso demuestra la astucia de los protagonistas para conseguir lo que desean.

En este caso se trata de los amores de Alfeo y Aretusa.

Cuenta el mito que:

Alfeo, uno de los oceánidas -divinidades menores de los ríos-, se encontró un buen día en el bosque con Artemisa. Este acontecimiento habría de ser considerado una fortuna para cualquiera, pero el problema es que el joven se enamoró perdidamente de la diosa. Y bien es sabido que Artemisa había consagrado su vida a la caza, a los animales salvajes, al terreno virgen, como ella misma quería mantenerse, lejos de cualquier pasión amorosa. Así pues, Artemisa rechazó los requerimientos de Alfeo. Mas él, como es natural en los jóvenes apasionados, decidió perseguirla hasta conseguir doblegar su resistencia.

Lejos de enojarse, la diosa se tomó la situación como una ingenua diversión y prolongó las expectativas de éxito para Alfeo. Cuando el muchacho se le acercaba, ella desaparecía. Y así estuvo jugando con sus sentimientos un año entero. Cansado y harto de tan vana persecución, Alfeo resolvió tomarla por la fuerza y, como venía siendo habitual en estos casos, planeó el rapto de Artemisa, movido por un fuerte deseo.

Alfeo se decidió a actuar un día en que la diosa y las ninfas de su cortejo celebraban una fiesta. Como la diosa esperaba alguna sorpresa de su tozudo perseguidor, embadurnó su cara y la de la sus acompañantes con arcilla, de manera que el joven no pudo reconocerla y se marchó con las manos vacías. Sorprende esta amable y divertida actitud de Artemisa, quien no solía tratar a los hombres con tanta delicadeza. Acostumbraba la hermana de Apolo a mandar a sus perros de caza para que despedazasen a sus osados pretendientes. Quizá le divertía más su azoramiento o tuvo compasión de él por ser, al fin y al cabo, una divinidad de la naturaleza.

Consciente de su suerte, vencido y despechado, Alfeo se olvidó de Artemisa. Y se enamoró de Aretusa, una ninfa del séquito de la diosa que, como esta, no se complacía en el amor de los hombres. Alfeo había vuelto a tropezar en la misma piedra. Sin embargo, esta vez la suerte estuvo de su parte.

Un duro día de caza, Aretusa, cansada, encontró un límpido río de aguas cristalinas y viendo que el paraje estaba solitario, se metió y comenzó a nadar. Hasta que oyó la voz del agua y salió asustada. Era el dios del río, Alfeo, ardiendo de deseo por ella. La joven náyade acudió a Artemisa, quien para protegerla la convirtió en una fuente. O en un manantial subterráneo, según versiones. El caso es que cometió un erro, pues Alfeo consiguió mezclar sus aguas con las de Aretusa y se unió así a su amada.

La apropiación forzada es muy usual en los relatos mitológicos, a veces no tan sutil como en esta ocasión.

Esta historia parece provenir de la creencia popular de que el río Alfeo (en el Peloponeso) se comunicaba subterráneamente con las aguas del manantial de Aretusa. De hecho, Estrabón afirmaba que si se arrojaba una copa al Alfeo, aparecería en la fuente de Ortigia (isla de Siracusa).

CDR

miércoles, 7 de agosto de 2013

A GOLPE DE BISTURÍ

Hoy hace un año que mi hermana murió. Aún, cuando mi sobrina de seis años me pregunta qué le pasó a su mamá, no sé qué responderle. Quiso ser demasiado perfecta tal vez. No soportó ser como era quizás. En realidad, fue un golpe de mala suerte. Como tantas muertes.

Mi cuñado le dijo a su hija que mamá estaba enferma y murió en una operación muy delicada que tuvieron que hacerle. Pero Laura no es tonta y sabe que esa no es la verdad. Estaba acostumbrada a ver a su madre en la cama, con vendajes, y a descubrir un nuevo matiz en ella cada vez que reaparecía. Hasta que un día no regresó del hospital.

Ana tenía treinta y seis años, como yo, porque somos gemelas. Éramos. Siempre hemos estado bien de salud y se podría decir que somos bastante guapas. O al menos no somos feas. Éramos. Cada día me miro en el espejo y me pregunto por qué a mi hermana le resultaba tan desagradable su aspecto.

Todo empezó después del nacimiento de Laura. Un buen día me dijo que iba a operarse el pecho porque darle de mamar a la niña había tenido consecuencias nefastas para sus dos encantos naturales. Así mismo, mi hermana era un poco frívola. Pero nunca pensé que caería donde cayó. Tras el aumento de senos, su autoestima estaba sobredimensionada. Le había resultado tan fácil, me decía. Ella y su marido tenían medios económicos suficientes para sufragar sin problemas este tipo de caprichos. Y se acostumbró muy rápido a ellos.

Mi hermana y yo éramos idénticas físicamente. Antes de operarse. Pero por lo demás no nos parecíamos en nada. Cuando hablábamos me daba cuenta de que cada vez teníamos menos en común. Yo tengo un trabajo digamos poco lucrativo, soy vegetariana, nada materialista, practico yoga, no estoy casada ni tengo niños y vivo en una casita a las afueras, lo más alejada posible del ruido de la gran ciudad. En resumen. Ana vivía en un ático por todo lo alto en el centro, no trabajaba porque con el sueldo de su exitoso marido tenían más que de sobra, sus ocupaciones diarias eran las tiendas de lujo, los salones de belleza y en los últimos años también los quirófanos.

Supongo que el hecho de que fuésemos adolescentes gorditas y poco atractivas -como muchas en aquella época en que las chicas no podíamos a esa edad potenciar nuestros encantos- dejó secuelas en su psique. Por más que yo trataba de convencerla, argumentando que tenía mucho más de lo que se puede desear en la vida, ella se obsesionó con la búsqueda de la belleza. Pensaba que si las mujeres aprenden a convivir con sus defectos es porque no tienen dinero para arreglarlos. Y ella sí lo tenía. No le importaba ofrecerse como conejillo de indias para los últimos avances en cirugía plástica y tratamientos de belleza. Se sometió a estiramientos faciales, liposucciones, masajes, infiltraciones... ¡Con treinta y pocos años! Su marido no esperaba que ella fuese perfecta, decía, pero aceptó que la cirugía y la autoestima estuvieran relacionadas en la mente de Ana y no hizo nada para quitarle esa idea.

Sinceramente, pensaba que todo había terminado después de someterse a una liposucción de última generación que le supuso estar dos días hinchada, chorreando, literalmente. Me llamó, muerta de vergüenza, para que fuese a la farmacia a comprar compresas para la incontinencia. Y se vio obligada a llevar durante cuatro semanas bragas de refuerzo especiales para que su figura volviera más o menos a la normalidad. Me contó que se sentía estúpida, todo lo contrario a sexy y decepcionada. A partir de ahora voy a tomarme la vida como tú, Eva. Y me abrazó, aplastándome contra sus enormes pechos de silicona.

No pudo ser. La nariz la mató. Esa nariz que, a pesar de haber sido ya retocada de una supuesta protuberancia, no terminaba de gustarle.

Unos amigos los invitaron a una de sus grandes fiestas de cumpleaños. La esposa cumplía cuarenta años y eso había que celebrarlo. Cuando mi hermana vio a su amiga Colette -no sé si sería su verdadero nombre o también impostado- con su nueva nariz y su nuevo rostro magnífico, se sintió tan empequeñecida como convencida de que ella no se iba a quedar con aquella cosa que tenía entre los ojos. Colette le explicó que se trataba de una nueva técnica que, lo mejor de todo, no dejaba cicatrices. Ojalá las hubiera dejado.

Y así fue como mi hermana viajó a Los Ángeles para ponerse en manos del cirujano que iba al Museo del Louvre para inspirarse en sus divinas narices. Mientras tanto, su marido y la pequeña Laura se divertían en Disneylandia. Hasta que sonó el móvil y una eficiente enfermera informó a mi cuñado de que la operación se había complicado y el resultado había sido fatal. Me pregunto si en esos centros tan caros cuentan con los suficientes medios cuando se presenta una urgencia o simplemente se dedican a hacer remiendos, cobrar la factura, y mandar a las pacientes a casa sin preocuparse de sus constantes vitales. Lo de mi hermana fue un infortunio, el colmo de la mala suerte, es la primera vez que nos pasa, afirmaron muy asépticamente.

Ha pasado un año y no me repongo. Ahora soy yo la que está obsesionada. Miro las fotos de cuando éramos niñas, las de la boda de Ana, las más recientes. Laura me toca la cara con sus manitas. Tita, eres muy guapa. No me ve a mí, ve a su mamá. La redescubre a ella en mí. Y yo quiero seguir mirando el mundo con mi visión holística, pero estoy empezando a plantearme una reducción de barriga, un plan de choque para mi trasero, un retoque para mis primeras arrugas. ¿Tengo poco pecho? Como si Ana, desde el más allá, no soportara que en el mundo siguiera su imagen imperfecta, una mala imitación de ella misma.

CDR

lunes, 5 de agosto de 2013

¿PERDEDORES?

Todo es relativo, pero el éxito y el fracaso mucho más. Hoy, después de ver la película Pequeña Miss Sunshine (2006), me reafirmo en esta idea.

No soy entendida en cine, es cierto, pero sé cuándo una película me gusta y cuándo no, independientemente de que coincida con la crítica o con la taquilla en la fecha del estreno. Quizá esta película no merezca un puesto entre las mejores, no obstante, es una historia que te hace reflexionar, con eso me basta. Si además añadimos una buena interpretación, una buena banda sonora y una acertada mezcla de humor y emoción, el resultado es una agradable tarde de verano frente al televisor.

Los Hoover son una familia un tanto peculiar. Richard, el padre, trabaja como motivador profesional pero su plan para alcanzar el éxito no consigue despegar; Sheryl, la madre, lidia como puede con los problemas económicos y familiares, una mujer libre de prejuicios que busca la felicidad de los que la rodean, incluida la de su hermano Frank, un homosexual, experto en Proust, que ha intentado suicidarse tras ser abandonado por su novio; Dwayne, el hijo mayor, es un adolescente inadaptado, fanático de Nietszche, y que ha hecho un voto de silencio hasta que consiga ser piloto de pruebas; la niña, Olive, sueña con ser una reina de la belleza infantil a pesar de ser un poco gordita, pálida y con unas grandes gafas; y por último, el abuelo,un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que vive en casa por haber sido expulsado de la residencia de ancianos por comportamiento indebido, consume heroína y mantiene una estrecha relación con su nieta.

La niña es seleccionada en un concurso local para participar en el certamen Little Miss Sunshine en California. Como la familia no anda bien económicamente, deciden hacer el viaje por carretera, juntos, pues por una razón o por otra, todos deben ir. Y así inician un largo trayecto de más de mil kilómetros en una destartalada Wolkswagen Combi.

En este momento, la película se convierte en una road movie. Todas las tensiones entre los miembros de la familia saldrán a la luz, mientras que se verán inmersos en las situaciones más inesperadas, habrán de ayudarse unos a otros y llegarán incluso a comprenderse. Tres días en la carretera para llegar in extremis al concurso de belleza. Una estúpida competición entre niñas que juegan a ser mayores, peinadas, maquilladas y ataviadas para la ocasión, exponiendo sus diferentes facetas, sus estudiados gestos y poses. Los que acompañan a Olive se dan cuenta de que va a hacer el ridículo, de que ella no está preparada para ese tipo de prueba. Pero la niña, dedicando el número a su abuelo, quien la había ayudado en los ensayos, sale al escenario. Ante los boquiabiertos espectadores, Olive demuestra su seguridad, su sencillez, y, en definitiva, cuán equivocados estamos al juzgar qué es el éxito y qué es el fracaso. Finalmente, la familia unida en el escenario, apoyando a Olive, demuestra que todos tenemos nuestro lugar en el mundo, que no está tan claro quiénes son los perdedores en esta vida.

Me quedo con dos secuencias de la película. La primera es una conversación entre el abuelo y Olive, cuando esta le muestra su temor a fracasar en el concurso y que su padre la desprecie: "Pero, ¿tú sabes qué es un fracasado? Un fracasado es aquel que tiene tanto miedo de perder que ni siquiera lo intenta. Y tú lo estás intentando con todas tus fuerzas. No eres una fracasada." Y la segunda, cuando Dwyne habla con su tío Frank, tras descubrir que es daltónico y por tanto no podrá ser piloto: "La vida es un maldito concurso de belleza tras otro."

Lo importante, al final, es ser auténtico. Nunca podremos ser los más guapos, ni los más listos, ni los más afortunados. Pero cada uno de nosotros somos únicos.

CDR

sábado, 3 de agosto de 2013

SENTIDOS

Del verbo sentir.

Por lo general, tenemos cinco. Olfato; el figurado a veces nos falla y nos llevamos un chasco. Vista; mejor en ocasiones no ver para no sentir. Tacto; nos transmite el contacto, la presión y la temperatura. Oído; más sordos los que más tendrían que oír. Y gusto; puede ser un verdadero placer. Algunos, poseen además un sexto; dicen que es la intuición.

Pero hay más.

Si incluye o expresa un sentimiento, es algo sentido. Es todo lo contrario a lo que escuchamos cada día de boca de nuestros políticos.

Si se resiente u ofende con facilidad, es una persona sentida. Es de lo que nos acusan los anteriormente citados por quejarnos de los agravios a los que nos someten.

Si discernimos las cosas a través del uso del conocimiento y la razón, es que tenemos sentido. ¿El menos común de todos?

La razón de ser o la finalidad de algo nos habla de su sentido o falta de este. Al igual que la significación cabal de una proposición, cláusula, artículo, etc. los dota de sentido. Increíble, encaja otra vez con los mismos y sus descabelladas propuestas y leyes sin pies ni cabeza.

Cada una de las distintas acepciones de una palabra se denomina sentido. Y también las diferentes interpretaciones que puede admitir un enunciado o texto, oral o escrito. Otra vez aquí son expertos los políticos. Cambiar lo que han dicho, decir que lo hemos entendido mal. Donde dije digo...

A cada una de las dos orientaciones opuestas de una misma dirección, las llamamos sentidos. La gente del pueblo para un lado; los trajeados, encorbatados de las altas esferas, para otro.

Y más aún.

Para hacer algo bien, hay que poner en ello los cinco sentidos. También en este mes perezoso por excelencia.

Lleven cuidado con estas temperaturas y la falta de hidratación, pueden perder el sentido. En el mejor de los casos, puede pasar esto mismo ante una situación extremadamente agradable o placentera.

Igualmente importante en estas fechas vacacionales es el sentido de la orientación, cada vez más en desuso, eso sí, gracias a los dispositivos GPS que son tan comunes ya como llevar las gafas de sol.

En todo caso, no perdamos el sentido del equilibrio por más que nos empujen, bebamos abundante agua, estemos a la sombra, disfrutemos del verano.

Aprovechemos ahora que los políticos se van de vacaciones.

CDR

jueves, 1 de agosto de 2013

MÁS QUE UN JUEGO

Comienza agosto.

Llegan más días para la lectura.

Por buenos libros no será.

Mi propuesta de hoy:

Markus Zusak -pseudónimo literario de Branco Cincovic- (Sydney, 1975), se dio a conocer en España con La ladrona de libros (2006), una conmovedora historia de una niña en la Alemania nazi de la Segunda Guerra Mundial, que da un claro mensaje sobre el poder de la palabra escrita. Precedida del rotundo éxito conseguido con esta novela, Lumen edita Cartas cruzadas (2011), escrita en 2003 por el joven australiano. Ha recibido algunos premios importantes de literatura infantil y juvenil, pero lo cierto es que entre su público se encuentran lectores de todas las edades.

El protagonista de esta historia es Ed Kennedy, un chico de diecinueve años que vive con su hediondo perro Doorman en los suburbios de una gran ciudad. Su trabajo como taxista, su amor frustrado, su imposibilidad de prosperar, la muerte de su padre alcohólico, el desprecio de su madre, los logros de sus hermanos lo han convertido en un ser insignificante, con una vida rutinaria e insulsa, sin más aspiración que juntarse con sus amigos Ritchie, Marv y Audrey para jugar a las cartas. Hasta que un hecho fortuito cambiará las cosas y hará que se desencadene una serie de mensajes que pondrán a Ed en una situación comprometida. De pronto, el chico se ve envuelto en una trama de cartas cruzadas -As de diamantes, de tréboles, de picas, de corazones y finalmente un comodín- que es algo más que un juego. Ahora tiene una misión. Ponerse a prueba a uno mismo puede suponer un gran reto, encontrar en el interior fuerzas y virtudes que se desconocían, e incluso un acercamiento verdadero a los que tienes al lado. Ed, ejemplo de incompetencia e inacción, se convierte en un hombre rebosante de osadía.
Narrada en primera persona, en continuo diálogo con el lector, Cartas cruzadas es una historia que te atrapa en cuanto entras en el juego y que va adquiriendo verosimilitud a medida que avanza el argumento. Y al final, como si de una jugada maestra se tratase en una partida que creíamos dominada, un desenlace sorprendente. El escritor australiano consigue amenidad a la vez que introspección, con su estilo característico de sintaxis sencilla y directa, demostrando una auténtica habilidad con las palabras, mezcla de humor y dramatismo, y unos personajes de carne y hueso perfectamente trazados.

Partiendo del supuesto de que el mundo no es tan malo como pretendemos, Markus Zusak crea una parábola esperanzadora sobre la bondad del ser humano y cómo el bien a los demás supone nuestra propia felicidad. Pero hay que actuar, los verbos amar, sentir, vivir no son meras palabras sino que deben convertirse en hechos. Y los gestos más simples -como comprar luces navideñas nuevas a una familia que no puede permitírselo- pueden desencadenar una espiral de descubrimiento y superación personales, alegoría de que un mundo mejor es posible.

¡Feliz lectura!

CDR