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sábado, 24 de agosto de 2013

MUJERES: ROMÁNTICA OLVIDADA

¿Alguien sabe quién fue Carolina Coronado Romero de Tejada? Pues se trata de una escritora española, destacada por su poesía, nacida en Almendralejo (Badajoz) en 1820, y considerada por los críticos como la equivalente extremeña de Rosalía de Castro -sin duda más conocida, aunque no tan reconocida como sus coetáneos masculinos-. Carolina Coronado fue incluso denominada como "el Bécquer femenino", un apelativo machista que nos habla de la notoriedad de esta escritora romántica.

Carolina nació en el seno de una familia acomodada, de ideas progresistas. Cuando tenía cuatro años, se trasladaron a Badajoz, al ser el padre encarcelado por cuestiones políticas. La niña fue formada según el uso de la época, costura y labores del hogar especialmente, pero ella, de forma autodidacta, alimentó su interés por la literatura, leía todo lo que caía en sus manos y aprendió idiomas por su cuenta. Muy pronto muestra una extraordinaria capacidad para componer versos; sus primeros poemas los escribió con diez años. Una lírica espontánea motivada por amores imposibles. La catalepsia crónica que padecía pudo acentuar también su carácter romántico, pues Carolina se obsesionó con la posibilidad de ser enterrada viva. A los treinta y dos años se casó con Justo Horacio Perry, secretario de la embajada de Estados Unidos en Madrid. Con él tuvo un hijo y dos hijas, de las que sólo sobrevivió la última, Matilde. La literatura siempre fue un refugio para Carolina, desde su infancia -en la que el entorno familiar no era propicio para sus aspiraciones- hasta las crisis nerviosas ocasionadas por su debilidad física, así como por la pérdida de sus hijos. Sin embargo, la imagen de esta mujer débil y enfermiza contrasta con su fortaleza de carácter y una larga vida en la que consiguió desarrollar una respetable carrera.

A causa de su enfermedad, la escritora pasó una larga temporada en Cádiz, pero tras quedar casi paralítica en 1848, los médicos le recomiendan que tome las aguas en Madrid y se establece allí. A su despedida, escribió algunos poemas a la tierra andaluza. La Coronado se instaló en un palacete situado en lo que hoy es la calle Lagasca. Esta residencia pronto se hizo famosa por las tertulias literarias que en ella se realizaban. Punto de encuentro de escritores progresistas y refugio de perseguidos por sus ideas revolucionarias, fue censurado y se convirtió en un lugar clandestino.

A pesar de ello, Carolina Coronado consiguió publicar en periódicos y revistas literarias de la época y obtuvo cierta fama, reforzada además por su belleza (a la que el mismo Espronceda dedicó unos versos.) Junto a sus novelas, obras teatrales, ensayos y poesías, contamos con un valiosísimo testimonio personal (las cartas de Carolina Coronado a Juan Eugenio Hartzenbusch que se conservan en la Biblioteca Nacional) para conocer las inquietudes de una joven escritora que, además de plasmar sus sentimientos y emociones, reflexiona sobre asuntos que trascienden lo lírico. A pesar de la ayuda que le prestó su maestro -principal sostén y apoyo a su carrera literaria-, Carolina muestra su desánimo ante la oposición de ciertos círculos que resultaron un muro difícil de derribar.

Esta escritora extremeña murió en Lisboa en 1911.

De sus numerosos poemas, elegimos el siguiente como muestra de su talento:

¿Teméis de ésa que puebla las Montañas
turba de brutos fiera el desenfreno?...
¡más feroces dañinas alimañas
la madre sociedad nutre en su seno!

Bullen, de humanas formas revestidos,
torpes vivientes entre humanos seres,
que ceban el placer de sus sentidos
en el llanto infeliz de las mujeres.

No allá a las lides de su patria fueron
a exhalar de su ardor la inmensa llama;
nunca enemiga lanza acometieron,
que otra es la lid que su valor inflama.

Nunca el verdugo de inocente esposa
con noble lauro coronó su frente:
¡Ella os dirá temblando y congojosa
las gloriosas hazañas del valiente!

Ella os dirá que a veces siente el cuello
por sus manos de bronce atarazado,
y a veces el finísimo cabello
por las garras del héroe arrebatado.

Que a veces sobre el seno trasparente
cárdenas huellas de sus dedos halla;
que a veces brotan de su blanca frente
sangre las venas que su esposo estalla.

¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado
más sangre, más dolor la herida brota,
que el delicado seno macerado,
y que la vena de sus sienes rota!

Así hermosura y juventud al lado
pierde de su verdugo; así envejece:—
así lirio suave y delicado
junto al áspero cardo arraiga y crece.

Y así en humanas formas escondidos,
cual bajo el agua del arroyo el cieno,
torpes vivientes al amor uncidos
la madre sociedad nutre en su seno.

("El marido verdugo")


autógrafo
 
Carolina Coronado, y otras escritoras de mediados del siglo XIX -igualmente olvidadas-, abrieron la senda de la creación literaria sujetas al ideario romántico que impulsaba la libertad individual. El peso de valores morales, como la virtud y la modestia, y una escasa proyección personal fuera del espacio doméstico, marcaron la dificultad por desasirse de ese yugo.
 
CDR

3 comentarios:

  1. La desconocía. Una puerta más, abierta, hacia la creación literaria de la mujer.
    Tati.

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  2. Como tantos olvidados de la historia literaria española, poco importa que sean hombres o mujeres, lo importante es sacarlos, de vez en cuando, a la luz.
    Pmd.

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  3. Resulta que Care Santos en su, creo, último libro "El aire que respiras" también la hace personaje. Es importante que se conozca desprendiéndola de sus leyendas y valorándola en su trabajo. Y es una extremeña. Esperanza

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