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domingo, 22 de septiembre de 2013

AMORES EN LA MITOLOGÍA (IV)

Nuestra entrada mitológica de hoy gira en torno a los amores (o mejor, amoríos) de Hermes.

Hijo de Zeus y Maya, una de las siete Pléyades, Hermes ocupó un lugar privilegiado en el universo olímpico, aunque lo cierto es que no todo comportamiento suyo fue ejemplar. Pongamos por caso que ya desde pequeño se dio a conocer por su gusto por lo ajeno, ocasionándole más de un problema con los dioses sus aventuras de ladronzuelo. Así, Hermes no solo es el dios mensajero, de los viajeros, sino también el dios de la astucia, de los mentirosos y los ladrones.

Como lo que no era suyo le atraía, en sus amoríos también mostraba esta tendencia. Como con Quione, amada a su vez por Apolo. Lo curioso es que el dios del sol no se opuso a compartir a su amante, pues sentía por Hermes especial afecto. Y no sería Quione la única mujer que ambos compartirían. Igualmente se alternaron en las sábanas de Acacalis, la hija de Minos. Con ella tuvo Hermes por hijo a Cidón, el que sería héroe fundador de la ciudad de Cidonia, en Creta. Otros hijos fruto de las hazañas eróticas del dios fueron Eudoro y Linos.

Pero Hermes no siempre fue aceptado por sus pretendidas. A pesar de sus pies ligeros, su elocuencia y otros dones, fue rechazado en no pocas ocasiones, teniendo que recurrir al abuso para saciar sus deseos. El episodio que mejor resume este hecho es el de Apemosina, doncella por quien el dios alado se sintió especialmente fascinado. Quizá porque, veloz como un rayo, no menos que el propio Hermes, la joven siempre lograba escapar de sus requerimientos. Hermes quedaba resoplando, excitado... y herido en el orgullo. Mas ya se sabe que los dioses no suelen aceptar bien las frustraciones. Tampoco Hermes, así que ideó una estratagema que finalmente dio el resultado deseado.

Cuenta el mito que:

Hermes aguardó la ocasión propicia para poner en marcha su plan. Y, tras comprobar un itinerario que debía ser seguido por la joven necesariamente, el astuto dios extendió decenas de pieles de animales recién degollados a lo largo de un estrecho sendero lateral al camino por el que pasaría Apemosina. Su propósito era desviarla y hacerla caer en su trampa. Luego se sentó a esperar, paladeando de antemano su triunfo.

Cuando la doncella apareció, Hermes volvió a ejercer sobre ella el consabido acoso, pero esta vez orientando sus pasos hacia el sendero previsto. La muchacha volaba en su carrera. Parecía que iba a burlarlo una vez más, pero al pisar las bien dispuestas pieles resbaló y, antes de que pudiera levantarse, Hermes ya estaba sobre ella.

El dios gozó. Apemosina mordió el polvo de la humillación. Y para mayor desdicha, el destino le tenía preparado un fatal desenlace. Pues la joven contó angustiada a su hermano lo sucedido y este no quiso creerla. Por el contrario, despreciándola, la mató a patadas.

No todas las historias acaban bien. Por desgracia, algunas no son mitos.

CDR

2 comentarios:

  1. El amor, los dioses, sus curiosidades, todo es importante para alimentar nuestro ego acerca de cuando debemos saber y aprender a diario. Y esta, no deja de ser una hermosa historia.
    Pmd

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  2. Porque no acabe bien no deja de ser preciosa.
    Tati.

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