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martes, 22 de octubre de 2013

LA DIFERENCIA ESTÁ EN EL ARROZ

Preguntado un anciano japonés por un occidental cómo pudo Japón transformarse en una potencia mundial tras la Segunda Gran Guerra, su respuesta fue ofrecerle al joven un tazón de arroz. No ha entendido la pregunta, pensó. Pero el anciano, viendo su perplejidad, le contestó entonces: "Al término de la guerra no teníamos arroz para comer. Y entendimos que solo trabajando juntos e intensamente seríamos capaces de vencer el hambre y la miseria. Así que nos convertimos nosotros mismos en arroz cocido: cuanto más pegados unos granos a otros, más fuertes nos hacíamos."

Esta anécdota, con la que he tropezado hoy, nos lleva a reflexionar sobre la diferencia fundamental entre la cultura -o más aún, la naturaleza- oriental y la nuestra. Por medio de esta metáfora del arroz, los occidentales seríamos como granos de arroz sueltos, mientras que el arroz japonés queda pegajoso, unido. Distintas maneras de cocinar. Y distintas maneras de entender la vida, de afrontar las dificultades. La conclusión a la que llegamos, sin duda, es que si se antepone el bien común al bien individual, el progreso se derivará de este esfuerzo y el reparto de los beneficios será equitativo para todos. Cosa que, evidentemente, no pasa en nuestra sociedad.

Es posible que esta enseñanza sea demasiado utópica, no conozco los datos precisos que avalen que en Japón, o en cualquier otro país asiático, el espíritu solidario sea mayor que en otras sociedades. Sin embargo, creo que nos vendría bien extraer el ejemplo general, a ver si nos sirve para algo en los tiempos que corren. Puesto que está demostrado que nuestro sistema económico y productivo no es el mejor de los posibles. O quizá sí, -no pretendo discutir ahora sobre el capitalismo- si todo funcionara como debe, si los gobernantes no se ocupasen sólo de ellos mismos, si a niveles inferiores no ocurriera en cierta forma exactamente lo mismo, si fuésemos una ciudadanía cohesionada y nos lanzásemos a la calle a defender nuestros derechos, a luchar por un trabajo digno. Pues si no hay trabajo o las condiciones de este empeoran, si nos hacen creer que los derechos son privilegios, difícilmente podremos desempeñar bien nuestro oficio, sin atender a sus aspectos más ingratos, en aras del bien común.

Está demostrada la solidaridad de la ciudadanía española, cuando ocurre una desgracia la gente se lanza a la calle de modo altruista a darlo todo. Pero ¿es que no nos damos cuenta de la tragedia que se está gestando día a día en los órganos de Gobierno?

CDR

2 comentarios:

  1. Sí nos damos cuenta, pero esa sociedad del bienestar nos ha llevado a no movilizarnos, a no molestarnos, a ver impasibles las cosas, porque parece que no ocurre nada o alguien, con toda seguridad, lo solucionará por nosotros y así nos quedamos a la espera de que los "sin escrupulos" insistan en que no pasa nada.
    Lamentable, pero cierto.
    Pmd

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  2. La solidaridad diaria no existe, como no existe la honradez, ni la responsabilidad, ni muchas otras cosas que nos llevarían a augurar un mundo mejor.
    Tati

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