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sábado, 25 de enero de 2014

APOLOGÍA

Casi a diario, mi alumnado -y por qué no decirlo, también numerosos padres, compañeros...- cuestiona la utilidad de la asignatura que imparto. Justificar el uso correcto de nuestra lengua materna y el conocimiento de nuestra literatura como parte de una formación integral me parece absurdo. Sin embargo, resulta casi obligatorio cuando te enfrentas a determinadas situaciones en las que te sientes infravalorada e incluso menospreciada, como si lo que exiges a tus alumnos fuera algo desorbitado, inútil, que no conduce a nada.

A raíz de una conversación con una amiga, profesora de Latín y Griego, he estado pensando en cuánto más difícil tiene que ser para ella esta misma labor, defender esas materias que son consideradas hoy poco menos que fósiles o momias, reductos del pasado. En la era de la tecnología, de la inmediatez y la modernidad, ¿qué sentido tiene aprender declinaciones de lenguas muertas?

No es una justificación sino una apología lo que hago seguidamente, del latín y por supuesto del griego -aunque voy a centrarme en el primero- y, por extensión, de todas aquellas disciplinas humanísticas que, con diferentes aportaciones y por causas distintas, nutren igualmente las bases educativas del ser humano.

El estudio del latín requiere mucho esfuerzo, como mínimo algo de atención y dedicación. Y eso, ¿solamente para conocer mejor nuestra lengua? Desde luego, se puede vivir y llegar muy alto sin noción alguna de latín. Como de tantas otras cosas que no nos sirven de forma práctica e inmediata en nuestro día a día. Sin embargo, el latín nos ayuda a ampliar nuestra visión del mundo, a abrir nuestra forma de pensar, pues con su estudio descubriremos que antes hubo otros valores, diferentes a los nuestros, pero coherentes y respetables igualmente. En los planes de estudios, el latín va asociado al conocimiento de la vida social en Roma, lo que nos permite vislumbrar cuántas cosas permanecen hoy. Efectivamente, la base del funcionamiento político, social y cultural de nuestra sociedad occidental proviene de los romanos. Además, las obras arquitectónicas que perduran aún y cuyo diseño se sigue estudiando, el calendario... Lo que hemos heredado del Imperio Romano y de esa lengua que ha perdurado veintisiete siglos no es poco. Entonces, ¿cómo no estudiar latín?

De muerta no tiene nada esta lengua, sigue viva en la nuestra, pues es su descendiente directa. ¿Nunca han oído hablar del hábeas corpus? ¿Y de la falta de quórum? Tal vez en alguna ocasión habrán utilizado el latín al elaborar su currículum vítae o cuando han escrito la posdata en una carta. También lo hacen al ampliar una enumeración con el consabido etcétera. Y seguro que les gustaría que sus hijos sacaran unas notas cum laude. ¿Nunca han tenido un lapsus? Pues hasta en los modernos avances lo encontramos, ahí está cada vez que mandamos un fax o se realiza una fecundación in vitro en algún laboratorio. Y esa instrucción informática que sirve para borrar archivos (to delete), que proviene del inglés, tiene su origen en el latín deleo, que significa "destruir". Tan entrañado en nuestra lengua está el latín que se confunde con ella: ídem, grosso modo, per cápita, alias, sui géneris, modus vivendi, statuo quo... y lo demás (et cetĕra).

Y esto es solo una parte, las palabras que perviven literalmente en el español, pero además la mayor parte de nuestro léxico posee una etimología latina, con lo cual a través del latín podemos conocer "la verdad" de nuestras palabras. Es curioso como poco el hecho de que convivan en castellano parejas de palabras, llamadas dobletes, con una misma etimología pero con distinta evolución fonética. Por ejemplo "equino" y "caballo", donde la primera conserva la raíz latina (equus - caballo), y se llama cultismo, mientras que la segunda siguió su evolución, denominándose patrimonial. Habría mucho que hablar sobre esto, pero lo resumiré diciendo que conocer la etimología de las palabras es mucho más que saber sobre su origen, es entender la razón de su existencia. Al fin y al cabo... somos palabras, ¿no?

Así que me parece que la cuestión a debate no es aprender o no el latín, pues él ya convive con nosotros, lo adquirimos con nuestra lengua castellana, es como su alma. La cuestión es valorar el latín, reconocerlo, ampliar con este nuestro horizonte lingüístico y salir de la mediocridad.

Sin embargo, cada vez que un Gobierno hace una nueva Ley de Educación, el profesorado de clásicas se echa a temblar, con toda razón, porque cada vez se reduce más el espacio de estas materias. Así, el latín (y el griego) queda relegado a una optativa en el itinerario menos valorado, que es el de Humanidades, por supuesto. El conocimiento cultural y lingüístico no se considera una base fundamental para entender el mundo e incluso para entenderse uno mismo.

Me extenderé con esto último en otra ocasión. Ahora solo diré que las Humanidades son imprescindibles para desarrollar algunas destrezas (de ninguna otra forma se desarrollan) y que la obsesión por la "utilidad" de las asignaturas, la preocupación por el bienestar económico están expulsando de la educación aspectos esenciales para una convivencia noble y justa. Parece que solo las ciencias, la informática, el inglés, la tecnología son importantes, mientras que las "letras" son como un adorno tal que aprender costura o música, por ejemplo. Esto sí es una verdadera crisis.

CDR

3 comentarios:

  1. Claro, si nuestros políticos y quienes nos gobierna no son "cultos" qué se puede esperar, darles más velocidad en el Congreso para que ellos mismo puedan jugar con sus maquinitas, como alguna foto que circula por ahí, y acaso está reñido el latín, o la lengua, o la historia, o el arte con la tecnología... Siempre es más fácil comprale un móvil a nuestros hijos para que se entretengan y nos dejen en paz. que hablar con ellos, mostrarles la importancia de ciertas cosas y el esfurezo personal y los retos, que abandonarlos al silencio de teclear un aparatito. Y con eso somos buenos padres y, por añadidura, muy, muy modernos... ¡pues, ya veremos donde acaba esto!
    Pmd.

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  2. Siempre he admirado a aquellas personas que se han dedicado a la Ciencia y que a su vez han sentido gran curiosidad por la Palabra, la Lectura, las Humanidades, en general.
    En cuanto a nuestros políticos, ¡qué podemos pedir de ellos! Su falta de sensibilidad, de destreza y su machacada tozudez, hace que elaboren leyes donde dejan totalmente marginadas y aisladas todas esas materias. Su mollera no da para más. ¡Qué pena.
    Tati

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  3. Pensamiento y lenguaje van íntimamente unidos. ¿Dónde llegaremos si relegamos la Lengua y las Humanidades en general? ¡Ah, ya! ... a la idiotez, que por cierto va avanzando en nuestra sociedad a pasos agigantados.

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