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martes, 4 de febrero de 2014

LA RED

La palabra red proviene del latín rete y en su acepción original se refiere a un aparejo hecho con hilos, cuerdas o alambres trabados en forma de mallas, y convenientemente dispuesto para pescar, cazar, cercar, sujetar, etc.

Hoy en día están muy de moda las redes sociales, y no parece casual su nombre, pues estas no son más que un entramado que nos enreda sin apenas darnos cuenta, como una pegajosa tela de araña que no nos permite ya movernos con total libertad. Es paradójico, sí, porque hoy, cuando más amigos tenemos y cuando más enterados estamos de todo al momento, es precisamente cuando más esclavos somos de esos equipos informáticos continuamente interconectados que llamamos red.

Este problema se multiplica considerablemente en el caso de los jóvenes -aunque también muchos adultos están enganchados-, porque en estas comunidades virtuales encuentran el lugar apropiado para ser quienes realmente no son, para estar con quienes de verdad no pueden estar, y son una herramienta que algunos utilizan para controlar a sus amigos, parejas y conocidos. Nunca había sido tan elevada la falta de intimidad como ahora, en el momento en que te conectas todo el mundo lo sabe, no tienes escapatoria. Incluso si lo haces desde el móvil aparece tu ubicación. Si alguien te menciona o cuelga una foto contigo, debes realizar el comentario pertinente para no hacerle el vacío. Cuando se inicia una conversación, es preciso contestar aunque no te venga bien para no herir sensibilidades. Y si no contestas y se te ocurre hablar con otra persona para algo más urgente, la otra se enfada porque has pasado de ella. Además, las conversaciones suelen alargarse más de lo que tenías previsto cuando contestaste o saludaste y a posteriori te das cuenta de que has perdido un tiempo que deberías haber aprovechado para otra cosa. Y esto en el mejor de los casos. Cuando eres consciente de cuánto estás dispuesto a dedicar, porque si ya no controlas ni eso, está perdido. Enredado.

Además, la gente más adicta a la red no entiende que tú no lo seas tanto. Que prefieras leer, salir a caminar, irte con tus amigos, o simplemente no hacer nada antes que pasar horas y horas delante del ordenador o dándole a los pulgares con el móvil. No parece que las redes fomenten el respeto y la tolerancia, más bien resulta que pueden llegar a sacar lo peor de cada uno. Por no hablar, como ya se ha mencionado en este blog, de la diferencia entre la persona "virtual" y la persona "real", pues la mayoría no son capaces de mantener conversaciones cara a cara mientras pasan las horas chateando. Las habilidades sociales están de capa caída, no me extraña.

Y si no eres asiduo de las redes sociales, da igual, también estás atrapado, vigilado por ese ojo que todo lo ve. En el momento en que accedes al navegador de internet, se conocen tus gustos, tus preferencias. No queremos reconocerlo, pero no somos libres, las tecnologías nos subyugan en mayor o menor medida. El simple hecho de pagar con una tarjeta de crédito remite una información sobre nosotros que antes de ningún modo era conocida. No digamos las miles de cartillas de plástico de establecimientos varios que, con el pretexto de los descuentos o acumulación de puntos, espían nuestros hábitos de consumo. Ese fue el comienzo y hoy nos dirigimos por un camino incierto hacia el control total de la mano del atractivo internet.

¿Quién no ha sucumbido a colgar una foto suya aunque en principio pensó que jamás lo haría? ¿Quién no ha pasado más tiempo del que hubiera imaginado chateando con alguien? ¿Quién no sigue navegando cuando sale el aviso de las cookies, aceptando así que toda la información que se desprende de tu búsqueda es almacenada y puede usarse posteriormente? Sí, nos tragamos la galletita de chocolate tranquilamente.

Por supuesto, como ya he dicho en alguna ocasión, internet son todo ventajas... A costa de sacrificar nuestra privacidad e incluso nuestra libertad.

Pues como hoy ya tenía previsto escribir sobre este tema -me anda rondando todo el día por la cabeza-, parece que el castigo ha sido, al llegar a casa después del trabajo, descubrir la muerte súbita de mi smartphone. No les negaré que al principio me he sentido horrorizada, repasando rápidamente qué cosas podían suceder ante semejante pérdida. Al poco tiempo, sin embargo, me he sentido un poco liberada, como si se me devolviera ese tiempo que invierto en consultar mensajes y contestarlos, como si se me eximiera hoy de esa inquietud que siempre produce una posible llamada inesperada. Ahora lo que siento es un cabreo importante al consultar en internet -por supuesto- el caso y darme cuenta de que es algo de lo más frecuente. Mi "ladrillo" de hace diez años aún funciona, sin embargo este móvil ultraligero y superinteligente, que tiene un año recién cumplido, ha sucumbido a esa moda de la obsolescencia programada por las empresas al lanzar al mercado sus aparatos.

En esta tarde tranquila, silenciosa, libre de los pitidos, con diferentes tonos, que emite mi móvil continuamente, pienso que todo va demasiado rápido. Y que la red que nos atrapa es más tupida de lo que podemos imaginar.

CDR

7 comentarios:

  1. Maravillas y miserias de la tecnología, aunque debemos sopesar su uso, utilidad o tiranía.
    Bien, bloggera.
    Pmd.

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  2. Pues... tienes que aprovechar "la liberación", poco durará, me temo yo.
    Tati.

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  3. Lo que más siento yo es el tiempo que dedico a olisquear por el face se lo quito a la lectura y, como tengo sentimiento de culpa, me justifico diciendo que no puedo leer en la cama. Nunca me hubiera imaginado yo enganchada a estas maquinarias endemoniadas, ni una misma se conoce.

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  4. Entonces en resumen las redes sociales no sirven para nada y la gente que conociste en ella tambien

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    Respuestas
    1. No es eso exactamente lo que he querido decir. Pero, claro, tú eres libre de entenderlo como mejor te parezca.

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    2. Puede ser que me exprese mal pero no te enfades

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