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miércoles, 26 de marzo de 2014

ESCLAVITUD

Ayer escuché casualmente una conversación entre dos mujeres jóvenes que hablaban de la esclavitud que les supone ir al gimnasio cada día para mantenerse delgadas. Y me sorprendió el uso de esta palabra.

En el siglo XXI, cuando el vocablo esclavo y sus derivados deberían ser solo un mal recuerdo del pasado, cuánta esclavitud existe todavía. Y nosotros, con nuestros orondos cuerpos sobrealimentados, pagamos por sudar en máquinas mucho más de lo que nos costaría apadrinar a un niño o hacer una donación a una ONG. Al salir del gimnasio, cogemos el coche para ir a la vuelta de la esquina, subimos al piso en ascensor, nos tumbamos en el sofá con el mando a distancia, y dormimos tranquilos en nuestra confortable cama después de una buena cena.

Sin darnos cuenta de que, efectivamente, somos esclavos, de alguna forma como esos niños que no pueden ir a la escuela y son explotados en trabajos inmundos. Porque no somos libres en realidad, y si nos paramos a pensar en ello, lo sabemos. Por eso mismo preferimos no hacerlo.

Pero yo hoy sí lo hago, al menos por un momento, pienso en esas dos mujeres y me dan lástima, me doy lástima, todos nosotros, ciudadanos orgullosos del primer mundo, ciegos de prepotencia, de falsa seguridad.

Pues al fin y al cabo cualquier sujeción excesiva por la que nos vemos sometidos es una esclavitud.

Vivir de apariencias.

Convenciones.

Prejuicios.

Seguir el camino marcado...

Una sola esclavitud, multitud de nombres.

Y aún así, qué injusto decir que somos esclavos de un gimnasio cuando millones de personas en el mundo sí son sometidas de verdad, no pueden elegir. Nosotros sí podemos elegir. Pero cuesta.

CDR

2 comentarios:

  1. ¡Gente, gente y más... gente! ¿Se está desmoronando nuestro (mi) mundo?
    Pmd.

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  2. Todos somos esclavos de algo o de alguien, pero con grandes diferencias.
    Tati.

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