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domingo, 27 de julio de 2014

CI

El cociente de inteligencia (CI) es un producto psicológico controvertido, polémico y confuso a partes iguales. Su valor se obtiene de la división entre la edad mental de la persona -calculada mediante un examen de la capacidad intelectual- y la edad cronológica, resultado que se multiplica por cien.

Si ya de por sí, los debates sobre la importancia del CI han sido agrios desde que en 1912 el alemán William Stern inventará el fatídico concepto, la publicación de La curva de Bell (1994, R. Herrstein y Ch. Murray), avivó la discusión afirmando que la inteligencia tiene una base genética, es inalterable y, en gran medida, responsable de la integridad moral de las personas. Uno de los puntos más polémicos que tratan estos autores es la de las diferencias de los CI según los grupos étnicos analizados, lo cual fue criticado por fomentar el racismo y la discriminación.

Sin dilatarnos mucho en el tema, pues aquí simplemente pretendemos motivar una reflexión y no somos especialistas, lo cierto es que a partir de la aparición en psicología del CI, la individualidad de la persona se convirtió en una especie de obsesión para esta ciencia. No se puede negar, por otra parte, que el cociente de inteligencia ayuda a diagnosticar ciertos problemas de desarrollo intelectual en niños. Sin embargo, también es verdad que con demasiada frecuencia es utilizado como argumento para justificar la superioridad de las "élites intelectuales" sobre otros grupos considerados biológicamente menos valiosos.

De hecho, en nuestra cultura narcisista y competitiva, el CI es hoy un potente símbolo. En realidad, se podría decir que la inteligencia cognitiva o académica que mide el cociente intelectual se sitúa en un puesto más alto del que se merece. Pues su identificación con las mejores cualidades de la persona es errónea desde el punto de vista meramente humano. En primer lugar, numerosos estudios revelan que un CI alto no garantiza la prosperidad, ni el prestigio, ni las amistades, ni una familia dichosa, ni siquiera la felicidad. Existen numerosos ejemplos en la historia de personas con altas habilidades cognitivas, cuyos casos nos demuestran que los genios no solo nacen sino que se hacen. Es indudable el componente innato del intelecto, pero además entran en juego las emociones, la personalidad, la educación, las experiencias vitales, el ambiente, y un largo etcétera. Más allá de nuestra lógica matemática, científica o lingüística, nuestra verdadera capacidad pasa por aprender, realizarnos como individuos, convivir con los demás, adaptarnos, evolucionar y forjar nuestro propio destino. Así, deberemos tener en cuenta otras muchas otras inteligencias: la emocional (hombres y mujeres preparados emocionalmente tienen ventaja en cualquier ámbito de la vida), la social, la musical, la artística, la comunicativa... incluso la inteligencia inconsciente que rige la intuición. No son pocos los ejemplos de personas con altos CI que no son capaces de conducir su propia vida, así como otras de "cifras" más modestas que funcionan en la vida y se adaptan increíblemente bien. Como dijo Saint-Exupery en El principito, "Vemos bien con el corazón, lo más esencial es invisible a los ojos". Es decir, para salir adelante y afrontar los desafíos de la vida, necesitamos una mente que piensa y otra que siente.

El 20% de éxito que pueda garantizar un alto cociente intelectual no es suficiente para otorgarle a este baremo demasiada importancia. Ya que, además de ser inteligentes académicamente, necesitaremos en esta vida moderarnos en determinadas situaciones, superar retos y frustraciones, retener nuestros impulsos, regular los sentimientos, controlar el estrés, resolver conflictos, tomar decisiones, hacer y conservar relaciones... por no hablar de entender las emociones de los demás, en una indispensable empatía.

En fin, el CI es simplemente un indicador más, válido para ciertas medidas. Pero no puede convertirse en una etiqueta, en un clasificador de personas. Porque nuestro cerebro es el objeto más complejo que se conoce, no es una estructura fría y rígida, sino una masa caliente, blanda y pulsátil. De manera que la inteligencia humana (las inteligencias) no puede cuantificarse con las respuestas a una serie de preguntas estandarizadas.

La polémica puede continuar, pero los más recientes estudios -así como el sentido común- evidencian que esta prueba resulta altamente engañosa.

CDR

3 comentarios:

  1. No sé, no sé, sobre ese CI; quizá más corazón, más humanidad, más amor... en fin, las cosas sencillas.
    Pmd.

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  2. ¿Y quién dijo que la inteligencia es la capacidad de adaptación del individuo al medio?

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  3. Alguien lo diría. Sería alguien "muy inteligente".
    Tati.

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