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jueves, 28 de agosto de 2014

FINITOS Y MORTALES

Ser finitos y mortales nos limita. Pero precisamente gracias a esos límites podemos orientar nuestra existencia hacia un fin que debemos intentar llevar a cabo, y así dar sentido a la vida. Porque la vida es un proyecto y solo realizándolo podremos llenarla de sentido, a pesar de nuestras humanas limitaciones.

Existen muchos ejemplos en la literatura que nos muestran un mensaje claro: para que la vida sea tolerable, tiene que ser limitada. La protagonista de El caso Makropolus, de Karel Capel, condenada a vivir más de trescientos años, anclada en sus cuarenta y pico, solo anhela morir mientras ve pasar generación tras generación, sintiéndose ajena a todo y a todos. Marco Flaminio Rufo, del cuento "El inmortal" de Borges, viaja hacia la ciudad de unos trogloditas inmortales, donde reina un caos indescriptible, donde no existen la piedad ni el tiempo porque nada tiene fin. O el país de los Struldbruggs, al que llega Gulliver -el conocido personaje de Jonathan Swift- en uno de sus viajes. Son seres que nunca mueren, pero no escapan a los efectos del tiempo, envejecen física y mentalmente, la decrepitud les condena a la enfermedad y ansían desesperadamente la muerte. Ser inmortal es una condena.

Se podría decir que solo los límites estimulan el crecimiento. Ningún sabio, ningún filósofo o científico ha concebido nunca la inmortalidad como una bendición para el ser humano. No obstante, el deseo de desafiar a la naturaleza, derrotar el envejecimiento y lograr lo más parecido a la salud y la juventud eternas parece cada vez más fuerte en nuestra sociedad. Es difícil aceptar la muerte, la propia y la de los seres queridos que nos rodean, por mucho que la filosofía y la ciencia puedan razonarnos que la muerte no es temible, que la muerte biológica es incluso beneficiosa para la realización individual y el equilibrio del planeta, que la condición humana es finita por definición.

Sin embargo, nos olvidamos de todo ello, y pensamos en el envejecimiento como una enfermedad, un problema que de algún modo esperamos que la ciencia resuelva. Por supuesto que hay que luchar por la salud, es elogiable la labor científica de alargar la vida con una mayor calidad, así se intenta combatir la enfermedad, pero no la finitud. Lo descabellado es anhelar una longevidad sin fin, sin propósito. Heidegger definió al ser humano como "un ser para la muerte", y es esta declaración de impotencia la que nos explica que nuestra condición está orientada a un fin. Así, como hemos dicho, es la capacidad humana de elegir y preferir, pensando en el quehacer que es la vida, lo que da sentido a la existencia. A diferencia de los animales, que viven y se mueven arrastrados por el instinto, los hombres y las mujeres escogemos nuestra vida, y en ello reside nuestra dignidad.

Sobre esto último, me podrían discutir que nuestras posibilidades están limitadas. Cierto. Cada uno vive en el tiempo y en el espacio que le toca en suerte, por lo que su capacidad de elección está restringida. Pero aun así, cada ser humano sabe que su vida no está hecha de antemano, que es un compromiso de cada uno construirla y proyectarla. Cuando un niño alcanza la edad de la razón, se da cuenta de que es un ser autónomo y de que tendrá que tomar muchas decisiones a lo largo de su vida. Al hacerlo, dotará su vida de sentido. Bueno o malo, pero un sentido. Si no lo logra, vivirá en un estado caótico como el de la ciudad de Borges.

También es verdad que saber esto no implica que encontremos un sentido pleno y satisfactorio a nuestra vida. La perfección no es alcanzable, estamos destinados a vivir en un mundo sombrío a veces, por mucho que busquemos la luz. Más allá de los conceptos filosóficos, la realidad es que estamos sometidos al tiempo y nos vendría bien aceptar que nos desarrollamos dentro de esas limitaciones del espacio y el tiempo, entre las cuales están el envejecimiento y la muerte.

La Nobel de Medicina Rita Levi-Montalcini, escribió un libro cargado de entusiasmo a sus noventa años, El as en la manga, en el que expone que para que la vejez no nos coja desprevenidos ni nos sumerja en la amargura, hay que tener preparado un as en la manga que, a pesar de los años, nos abra siempre algún futuro. En sus propias palabras: "No debemos vivir la vejez recordando el tiempo pasado, sino haciendo planes para el tiempo que nos queda, tanto si es un día, un mes o unos cuantos años, con la esperanza de realizar unos proyectos que no pudieron acometerse en los años de juventud."

Es significativo, por otra parte, para la visión social de la vejez el título de los hermanos Cohen No es país para viejos, pues el aumento de ancianos se ve hoy en día como un auténtico problema social, se les relega a las clases pasivas y eso les condena a limitarse a esperar la muerte. Así, ya no hay fines que perseguir, ya no hay un quehacer. Y la vida, para muchos, deja de tener sentido precisamente por esto.

Aceptar la finitud es el primer paso para afrontar la vejez, pero no debe ser simple teoría, sino que implica proponerse objetivos y no dejar de hacerlo mientras se pueda. Es la inacción, no los años, lo que nos arroja a la desesperación y al aburrimiento.

Y por último, un resumen de todo lo dicho en palabras de algunos que entendieron esto:

"A vivir se aprende toda la vida, y toda la vida se ha de aprender a morir." (Séneca)

"Para envejecer bien hay que pensar en la vejez desde joven." (Cicerón)

"La vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada." (José Ortega y Gasset)

"La vida es breve, pero cabe en ella mucho más de lo que somos capaces de vivir." (José Saramago)

CDR

2 comentarios:

  1. Dede de ser casi "un arte" aprender a morir. Todos deberíamos tener ese don.
    Tati.

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  2. Ya tengo guardo mi as en la manga...por si acaso.
    Pmd.

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