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martes, 16 de junio de 2015

CAMBIAR EL MUNDO

Dando clase aprendemos, qué duda cabe, porque los alumnos nos enseñan, si es que sabemos reconocer sus enseñanzas, si es que no somos tan prepotentes como para creer que al ser sus profesores, no pueden ellos aleccionarnos en nada.

Hoy ha sido uno de esos días en que se ha afianzado en mí la sensación de que a veces no estamos a la altura y de que por más que a algunos alumnos no les guste la asignatura que imparto, no merecen ser evaluados (medidos, etiquetados) según los parámetros que la ley nos marca. Porque si un chaval de dieciséis años "no es capaz" de aprobar un examen de Lengua, pero sabe argumentar y defender una idea con correctísima expresión -no en un trabajo preparado para exponer, sino en un debate improvisado-, y demuestra una pasmosa madurez, quizás (no, seguro) no merezca un boletín de notas plagado de suspensos y por tanto de frustraciones, tal vez (no, seguro) merezca que se le considere como individuo y se le valoren sus capacidades, sus destrezas y sus competencias. Sí, eso es muy bonito a nivel teórico, hasta se supone que se refleja en su expediente (las famosas ocho competencias), pero en la práctica, la realidad es que el currículo sigue basado en contenidos y la evaluación, en notas objetivas arrojadas de un examen escrito.

Y no es culpa de los docentes, creo que muchos somos conscientes de ello, es culpa de los Gobiernos (este, ese, aquel) que no legislan para mejorar la educación, para adecuarla a los tiempos -al fin y al cabo, lo que interesa no es precisamente una ciudadanía formada, preparada para pensar por sí misma, crítica-, sino que se limitan a retocar para apropiarse de la ley en cuestión, sin abordar los profundos cambios que son necesarios (insisto, no les interesa, les da miedo.) Y nosotros, el profesorado, con aulas masificadas, una programación que cumplir, estadísticas que mejorar, lo único que podemos hacer es aportar nuestro granito de arena si tenemos la suerte de darnos cuenta de ese diamante en bruto cuyo brillo asoma casi por casualidad en el día a día anodino, programado al milímetro. Y lamentarnos cuando acaba el curso de no haber podido descubrir siquiera el potencial de todos y cada uno de nuestros alumnos, porque se cuentan hasta por centenares.

En momentos así me rebelo y me digo que no voy a seguir aborregando chavales, me prometo que voy a introducir más cambios, a flexibilizar más la programación, a sacrificar más el temario. Y entonces el pitido de un correo me devuelve a la realidad. Ya urge finalizar evaluaciones, estadísticas, informes, memorias... Firmado: Dirección.

¿No somos más que números? (algo de lo que tanto nos quejamos), ¿también nuestros alumnos?

Sin embargo, sé que el cambio es posible.

"Mucha gente pequeña en lugares pequeños haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo." (Eduardo Galeano)

CDR

miércoles, 3 de junio de 2015

10 EN LECTURA

"Un niño que lee es un adulto que piensa."

A raíz de una intervención de Elvira Lindo en La ventana de Carles Francino (programa radiofónico de la Ser), espoleado mi interés como profesora y ahora también como madre, he reflexionado sobre la importancia de la lectura desde edad temprana y comento a continuación los diez puntos fundamentales, creo, para conseguir que leer sea el placer que realmente es y no se convierta en una obligación tediosa.

1. Paciencia. Enseñar a los niños, desde bebés, a ser pacientes, pues esta capacidad está muy relacionada con la concentración y la calma necesarias para leer. Las pantallas están muy bien (son útiles para infinidad de cosas), pero dejar aparcado a un niño delante de la televisión o entretenerlo con un móvil propicia una sobreestimulación nociva a varios niveles, anulando la tendencia natural a la relajación y la autoescucha.

2. Leer en voz alta. Desde el principio, incluso antes de nacer, está demostrado que el feto escucha la voz de su madre. Acostumbrar el oído infantil a la cadencia lectora, avivando su imaginación con diferentes tonos e implicándose verdaderamente en una lectura divertida y amena.

3. Alargar el momento. Buscar un rato cada día para leer, primero al niño, luego con el niño. Sin prisas. No posponer, no sustituir la lectura, inculcar en el pequeño ese hábito, demostrando que disfrutamos de su compañía y de compartir ese tiempo.

4. Ir a la librería. Acercarse con el niño a una buena librería, con sección infantil-juvenil, acostumbrarlo a ver y a tocar libros, y en cuanto tenga edad para ello, animarlo a que vaya solo e incluso asignarle una cantidad (semanal, mensual, como se pueda) para que compre sus propios libros, elegidos por él, por supuesto. Regalarle libros también, porque de este modo demostramos que para nosotros tienen valor. Desde luego, un libro es una inversión menor que otras que habitualmente hacemos hoy para nuestros hijos.

5. La biblioteca. El hecho de hacer socio al niño de la biblioteca pública revierte en varios aspectos: sentido de independencia (les encanta tener un carnet nominativo con su foto) y sentido de responsabilidad, ya que deben cuidar el libro y devolverlo en la fecha señalada. Además de potenciar su capacidad y su criterio para seleccionar las lecturas.

6. Espacio propio. Es bueno destinar desde el principio un espacio en la casa para guardar los libros del niño, puede ser como una pequeña biblioteca propia en algún rincón agradable, o un simple estante en la biblioteca común o en el salón, donde el pequeño acudirá a leer, a revisar su colección, sacará los libros que quizás ya no le interesen por su edad e irá incorporando nuevas lecturas.

7. La siesta. Volviendo al hábito de la tranquilidad, si enseñamos al niño a respetar nuestro tiempo de descanso, por ejemplo después de comer, seguramente le apetecerá leer o bien para coger el sueño también, o bien para aprovechar un rato de silencio cotidiano en vivir aventuras y sentir emociones entre las páginas. Se trata de favorecer tiempos en que la lectura sea una alternativa atractiva.

8. Bueno o malo. Mentalizarse de que leer es positivo, aunque según nuestro criterio adulto o incluso especializado los gustos de nuestros hijos sean malos. No censurar sus lecturas, aunque sí revisarlas, acompañarles en su evolución lectora e interesarnos por sus intereses, valga la redundancia.

9. Ilustraciones. La lectura no se nutre solo de palabras, no es mejor un libro con mucho texto solo por eso. Existen álbumes ilustrados, libros gráficos, cómics interesantísimos que no solo ampliarán el horizonte lector de nuestros pequeños y jóvenes, sino que además activarán su imaginación, potenciarán su sentido del humor y su creatividad.

10. Diversión. Nada que esté ligado al imperativo aparece a priori como atractivo. Leer debe ser voluntario, al principio por supuesto guiado, una semilla que plantamos e irá creciendo al compás de nuestros hijos. Para ellos somos nosotros el mejor ejemplo. Quizás algunos seamos lectores sin haber visto a nuestros padres leer, pero el acceso libre a los libros y la confianza en el criterio infantil, juvenil condicionan la seguridad adulta. Si leer se establece como parte de nuestra rutina familiar, será difícil evitarla. Hacer de esa rutina algo divertido puede parecer una tarea difícil que, por contra, se instaurará sola en poco tiempo. 

Este decálogo, indudablemente, se podría ampliar, simplificar, modificar, seguramente es discutible y no absoluto. Sin embargo, me parecen fundamentales estas premisas para hacer de nuestros hijos unos lectores que, como enuncia la frase inicial, sean unos adultos pensantes. Al menos no tan manipulables, con capacidad crítica, con criterio y gustos propios, con léxico variado, ortografía asimilada... Y, en definitiva, con mayores recursos y más vida leída.

CDR