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martes, 11 de agosto de 2015

MUJERES: FEMINISTAS MEDIEVALES

Más allá de la imagen que construyeron sobre ella clérigos y trovadores, la mujer medieval no se limitó a ejercer de bruja o de santa, no solo se dedicó a coser y rezar, sino que en la vida real interpretó los más variados personajes.

Es cierto que el argumentario que encontramos en los textos de los monjes pasa por afirmaciones como "Llorar, hablar, hilar, es lo que Dios concedió a la mujer." Sin embargo, la misoginia que destilan estos escritos provenía solo en parte de la teología. Al fin y al cabo, los teólogos de la época reconocían que las mujeres tenían alma, de lo contrario habría estado prohibido bautizarlas; aunque las consideraban -siguiendo a Aristóteles- como un varón fallido. Pero son los clérigos mucho más rotundos. El bello sexo es para ellos "pérfido y fétido", "fuente insondable de todos los pecados", y la mujer virtuosa, "más rara que el ave fénix o el  cisne negro". Vamos, que el arsenal de improperios que manejaron los frailes es inabarcable. Y tan potente como la seducción de la carne que debía combatir, claro. De hecho, la demonización de la mujer fue la fórmula para exorcizar los placeres del sexo, a los que los monjes obligadamente debían renunciar, y contra los que toda propaganda era poca. Así, el medievo se pobló de brujas y sirenas dispuestas a arrastrar a los hombres a su perdición; aliadas con las fuerzas del mal o disfrazando su animalidad bajo formas hechiceras. No obstante, en contraste con la misoginia clerical, la Iglesia como institución otorga a la mujer un estatus inédito hasta entonces, casi revolucionario, en lo que a libertad y equiparación con el hombre se refiere: el derecho canónico le garantiza la libre elección de marido, en contra de lo que establecen el romano o el islámico. Como vemos, la ambivalencia y la contradicción caracterizan la consideración de la mujer en la Edad Media con sorprendente naturalidad. Pensemos en Eva, por un lado, y en la Virgen María, por otro, como ejemplo de estos extremos.

La Virgen, por cierto, representa un modelo de espiritualidad al que la aristocracia laica opuso otro no menos idealizado, el del amor cortés, difundido por la literatura en toda Europa a partir del siglo XII. Con él da un giro radical la relación hombre-mujer; la dama es la dominadora y el caballero, el que ofrece sumisión. Es más, la dama, en muchos casos -en la lírica occitana- era casada. El mundo caballeresco celebra la belleza carnal y ensalza el amor al margen del matrimonio. Desde luego, como modelos de vida, tanto la Virgen María como la dama del amor cortés resultaban inalcanzables. Pero el arte los reflejó masivamente y tuvieron su eco en la vida práctica.

Pongamos por caso la vida de la escritora Cristina de Pizán, un deslumbrante antecedente del feminismo en el siglo XV. No era noble ni religiosa. Aunque su padre era un sabio erudito -médico del rey de Francia-, a ella la educaron para el matrimonio y la maternidad. Pero, al enviudar con 25 años y seis hijos, decide recuperar el tiempo perdido y se dedica desde entonces al estudio, a escribir y, lo que es más insólito y audaz, a vivir de ello. "Solita estoy y solita quiero estar, para ser patrón de mi propia nave", diría. De Pizán defendió sus intereses financieros en los tribunales "ante jueces hartos de vino y gordos como cerdos", y escribió obras sin cesar que en seguida se hicieron famosas, como Sobre las mudanzas de la Fortuna, La ciudad de las damas, El libro de las Tres Virtudes, etc. En todas denuncia la desigualdad social de las mujeres y las anima a combatirla mediante la educación. "No hay que quedarse agazapada en un rincón como un perrillo. Instruiros y empuñad la pluma". Además, recomienda a las damas "tener corazón de hombre", para poder dirigir a sus vasallos en ausencia del marido. También es autora de algunas baladas, en las que rompe con el concepto de amor cortés, por considerarlo mero juego social. Pero no solo rompe esquemas literariamente, pues se convierte también en famosa polemista, al discutir con ilustres letrados sobre la misoginia de un "best seller" de la época, la Novela de la Rosa, y publicar ese intercambio epistolar en forma de libro.

Cristina de Pizán sabe por experiencia que las mujeres no son como las describen los autores de la época: santas o pecadoras, lúbricas o taimadas. Efectivamente, del centenar de oficios censados, hasta setenta y dos podían desempeñarlos mujeres: había tenderas, juezas, zapateras, panaderas, curtidoras, músicas, albañilas, juglaresas... Y veintiséis eran exclusivamente femeninos, la mayoría relacionados con la industria textil. Y sí, también con la prostitución, regulada y muy floreciente. Una "obrera del amor" ganaba en dos citas el equivalente al salario de una campesina. Aunque, a cambio, debía pagar impuestos y gastar parte en afeites y oropeles. Acudía a trabajara domicilio o recibía a las citas en la mancebía. Las cortesanas cubrían las necesidades tanto del corazón como de la carne. No entregaban sus favores a cualquiera y más que comprarse, se negociaban o se conquistaban. Presumían de sus éxitos y de sus audacias sexuales. Incluso algunas se vestían de hombre en alusión a la sodomía y eran motivo de escándalo porque desafiaban por igual la jerarquía del dinero y la de los sexos.

En el extremo opuesto de la escala moral, pero igualmente innovadoras de la corrección establecida, estaban las beguinas, monjas que consiguieron que la Iglesia les reconociera el derecho a vivir fuera del monasterio, desempeñando labores laicas de ayuda a los necesitados, y a romper con sus votos si querían.

Por otra parte, las abadesas lograron en muchas congregaciones un poder amplísimo y equivalente al de los hombres. Podían nombrar curas y capellanes, dirigir monasterios mixtos y reservados solo a hombres; asistir a concilios, incluso convocar sínodos. A no menor escala, las damas compartían el gobierno y la defensa de los señoríos, en ausencia del marido o con él. De hecho, no era raro ver a mujeres guerreando a la cabeza de tropas masculinas. Doña Urraca, reina de Castilla y León, pasó trece años combatiendo al mando de su propio ejército para defender el trono de su hijo. Además, en tiempos de las cruzadas, los cronistas árabes describen el brío con que luchaban las mujeres. No en vano, hasta podían formar órdenes de caballería, y en  España estaban presentes en la de Calatrava.

Así pues, nada más lejos de la imagen lánguida que el romanticismo nos dejó de la mujer gótica. Un libro, con el expresivo título de Bella dama sin piedad, se encargó en el siglo XV de dar la estocada mortal al alambicado mundo caballeresco y cortés. Aunque lo escribió un hombre, Alain Chartier, retrata la sensibilidad de la mujer de la época cuando la protagonista equipara al amante con el cortesano, vil y adulador; y, cuando antes sus ofrecimientos, afirma que es libre y piensa seguir siéndolo. ¿Qué mayor reivindicación que la del valor político y existencial masculino por excelencia, la libertad?

Un largo camino marcado ya, como ven, en las sombras del medievo -mujeres olvidadas- y que aún hoy seguimos recorriendo.

CDR

2 comentarios:

  1. Feliz vuelta, buena entrada, interesante e ilustrativa.
    Pmd.

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  2. Buena recomendación, "tener corazón de hombre", para ese momento, claro. Ahora debemos tener nuestro corazón, sea de hombre o de mujer, seguir sus palpitaciones, siempre que representen la libertad, la esperanza y una posible felicidad.
    Tati.

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