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lunes, 11 de enero de 2016

A MANO

El siglo XXI avanza peligrosamente.

En muchos sentidos. Pero hoy se me ha ocurrido pensar en esto:

¿Conocen muchas casas en las que no haya microondas, secadora, lavavajillas, nevera gigantesca, lavadora de gran carga, robot de cocina, máquina para hacer pan, gofrera, heladera, horno eléctrico para pizzas, elegante cafetera, vinoteca y un largo etcétera...? Utensilios que supuestamente nos hacen la vida más fácil, pero inútiles a la hora de la verdad. Y eso repasando tan solo una de las estancias de la casa, ni que decir tiene que la tecnología campa a sus anchas en nuestros hogares, incluso con aplicaciones en nuestro móvil para controlar las tareas cotidianas cuando estemos fuera.

Sin embargo, lo cierto es que para simplificarnos de verdad la vida deberíamos huir de todos estos aparatos. Ir a pasear por la naturaleza solo con una mochila, dormir en una tienda de campaña, darnos cuenta de que la verdadera felicidad y el lujo de verdad, en el fondo, es el silencio, el espacio y el tiempo.

Porque sueño la autenticidad de una vida sin tecnología.

Pero aún hay más:

Cuando dejamos el coche aparcado y vamos caminando a nuestro lugar de trabajo e invertimos, pongamos, media hora en un trayecto que podría hacer en cinco minutos, pensamos que estamos perdiendo el tiempo. Del mismo modo que cuando lavamos los platos a mano, tendemos la ropa, preparamos el café con un filtro o pelamos y troceamos verduras en lugar de meter un envase preparado en el microondas. Estamos perdiendo el tiempo. Sin embargo, ¿no es cierto que en el coche solemos ponernos nerviosos en los continuos atascos o por falta de aparcamiento? Y, ¿qué hay de bonito en el monótono zumbido de un microondas desangelado en medio de una fría cocina? Se me ocurre pensar hoy en la belleza de preparar una comida juntos, de las sábanas tendidas al sol y no dando vueltas en una secadora aséptica. ¿Cuánta energía desperdiciamos? Energía mental y física, con cada enfado por las prisas; energía del Planeta con cada botón que apretamos cuando podemos realizar esa misma acción de manera natural. ¿Cuántos momentos nos perdemos? ¿Qué recuerdo tendrán nuestros hijos creciendo entre envases plastificados y artefactos para todo?

Así, mis propósitos para este nuevo año son: adiós al estrés, adiós a los aparatos innecesarios. Voy a hacer (todavía) más cosas a mano, así tendré más tiempo para meditar y hacer pausas, así nacerán ideas y temas de conversación en casa. Porque estoy segura de que con menos aparatos, además de ganar espacio y dinero, recuperamos tiempo, recuperamos diálogo.

Ahora, de hecho, voy a poner el hervidor antiguo al fuego y voy a escuchar la poesía de su silbido, la que forma parte del juego de servir el té.

A contra corriente sigo adentrándome en este siglo futurista.

CDR

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