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domingo, 21 de agosto de 2016

SIEMPRE CONMIGO

Cierro los ojos y respiro, una vez, dos, tres veces... Me concentro en mi respiración, me fijo en los acompasados latidos de mi corazón y siento cómo fluye la sangre a través de mis venas, cómo el aire entra y sale de mi cuerpo. Tomo conciencia del espacio que ocupo, mi cabeza, mis hombros, mis brazos extendidos, mi tronco, mis glúteos, mis piernas, mis pies. Subo ahora hacia arriba como si un torrente de agua tranquila inundara la habitación y siento cómo me voy sumergiendo lentamente.

Ahora camino por un sendero, entre prados llenos de flores, que me adentra en un bosque. Disfruto de la luz del sol que se filtra entre los altos árboles, me embeleso con el canto diverso de los pájaros, se oye el rumor del agua y sé que pronto llegaré a un río. Camino tranquila y relajada, no tengo prisa, me recreo en el momento, en cada uno de mis pasos y en la belleza que me rodea. Cuando llego al puente que cruza el río, me detengo a contemplar el agua cristalina, los pececillos y las piedras, las hierbas, la espuma que se forma en la superficie. Aspiro el aroma de la naturaleza en estado puro, miro el cielo despejado, me dejo deslumbrar por el sol y reanudo mi marcha.

El camino empieza a ascender, pero no tengo dificultad para subir. La vegetación ya va escaseando y de pronto me encuentro rodeada de majestuosas montañas. Al poco tiempo, en lo alto de una de las colinas, diviso una casa y me dirijo a ella. Mis pasos son firmes y seguros, mi respiración sigue tranquila y constante, mi pecho está henchido de aire puro y de tranquilidad. Llego a la casa y abro la puerta. Entro y miro la estancia, es grande y no hay muchos muebles. Veo varias puertas, abro una y allí te veo, papá, sentado en una silla en el centro de una habitación. Sonríes al verme, te levantas y vienes a abrazarme. Me fundo contigo en un abrazo y me siento feliz de verte tan bien, de sentirte conmigo. Te digo al oído todo lo que no pude decirte en tus últimos momentos, que te quiero, agradecerte todo lo que has hecho por mí, pedirte que cuides a Marcos. Entonces me doy cuenta de que él está allí, hasta ahora no había sido consciente, pero de pronto sé que ha venido conmigo todo el camino, montado en su mochila a mi espalda, como tanto le gusta. Y tú le tocas la cara y le das un beso.

Me dices que es hora de irte, pero no siento tristeza. Las lágrimas corren por mi cara, pero soy feliz. La casa desaparece y solo queda un espacio infinito en el que se abre un túnel de luz y poco a poco te vas alejando. Sigues sonriendo y me tiendes la mano. Marcos te dice adiós con su manita y yo siento en mi corazón que estarás conmigo para siempre.

Porque como seres materiales necesitamos despedirnos, nos entristecemos por la ausencia del ser querido, pero más allá de eso, nuestra energía nos conecta con el universo, donde no existe el tiempo, ni el espacio, ni el cuerpo tal y como la mayoría lo concebimos.

Por eso hoy, papá, dos años después de tu muerte terrenal, te envío mis pensamientos de amor con la convicción de que en algún momento nos encontraremos de nuevo. Sé que esta vida no es el fin, sino tan solo un eslabón de la eterna cadena que me une a a ti.

El océano del Espíritu se ha convertido
en la pequeña burbuja de mi alma.
Ya sea que flote, al nacer, en el océano de la consciencia cósmica,
o desaparezca en él al morir,
la burbuja de mi vida no puede perecer.
Soy consciencia indestructible;
me encuentro por siempre protegido
en el seno de la inmortalidad del Espíritu.
                                                              (P.Y) 

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