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martes, 30 de septiembre de 2014

MECIDOS POR EL VIENTO

Como seres superiores que somos, orgullosos, creemos que lo controlamos todo, pero un hecho fortuito, una decisión no suficientemente meditada o una simple casualidad, pueden cambiar nuestras vidas. Incluso, ¿de verdad controlamos lo que pensamos y decidimos?

Si hacemos un repaso mental a nuestro pasado, ¿no les parece que, en cierto modo, nuestra vida está sujeta a los caprichos del destino? Piensen en por qué viven donde viven o en por qué se dedican a su trabajo... Al menos en mi caso, aunque yo me engañe diciendo que es lo que siempre he querido y fue planeado conscientemente -en cierta medida sí-, lo cierto es que ambas cosas han dependido mucho del azar. Y así, cualquiera de nuestras acciones, por pequeñas que sean, acarrean consecuencias insospechadas que solo más tarde podemos analizar.

Y, ¿qué me dicen de las desgracias? Cuando nos sucede algo malo empezamos a imaginar qué hubiese pasado si hubiésemos hecho esto o lo otro, si hubiésemos estado o no estado... Lo mismo sucede con cualquier enfermedad. ¿Nos habremos cuidado suficiente? Quizá si hubiera comido más de esto y menos de aquello, si caminara diariamente, etc. En definitiva, nos sentimos culpables, aunque en el fondo sabemos que el destino está regido por combinaciones de factores que ni conocemos ni por supuesto controlamos.

Así pues, nada depende enteramente de nosotros, por más que sea muy buen consejo tomar las riendas de nuestra vida. Pero no olviden, como dijo Francis Thompson, que "todas las cosas están unidas entre sí, de tal modo que no puedes agitar una flor sin trastornar una estrella". Seguro que muchos han oído hablar del efecto mariposa.


Científicamente está demostrado que cuando pensamos hacer algo, nuestro cerebro va por delante, es decir, las decisiones se materializan unos 300 milisegundos después de que el cerebro mande el impulso de hacerlo. Esto es, en realidad las decisiones las toma nuestra parte inconsciente. A este respecto otra cita, esta vez de Freud, quien aseguró que esta evidencia era un atentado contra nuestro amor propio, pues "nuestra mente consciente no controla nuestra forma de actuar, sino que simplemente nos cuenta un cuento sobre nuestras acciones".

Por último, siendo así, ¿cuántas justificaciones nos sacamos del bolsillo? Como si todo dependiera exclusivamente de nosotros, nos sentimos culpables por infortunios producidos por fuerzas ingobernables, nos desilusionamos cuando no se cumplen nuestras desmesuradas expectativas, nos rompemos la cabeza indagando sobre porqués sin respuesta... Sin entender que sufriríamos menos si hiciésemos un ejercicio de humildad sobre nuestra capacidad de control, si nos entendiéramos como seres influenciados por cosas tan sencillas tales que un encuentro casual, el color del cielo una mañana, un perfume o una canción que nos trae recuerdos, unos versos recitados en un momento concreto, etc.

Seres mecidos por el viento.

Según Oscar Wilde, "la vida no la gobiernan ni la voluntad ni la intención."

CDR

1 comentario:

  1. Hermosa reflexión para tiempos tan extraños. Y no sigo a Wilde, quizá con algo de más voluntad sin poner demasiada intención, no sé, no sé.
    Pmd.

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