Páginas vistas en total

lunes, 30 de octubre de 2017

(J)AULAS

Hoy ha empezado para mí el curso escolar, un mes y medio después del comienzo oficial. El motivo es que hasta ayer estuve disfrutando de mi permiso por maternidad, a la vez que mi alumnado ha sufrido estar sin nadie que le dé clase, porque aún tratándose de una baja con tanta antelación como desde abril, no se ha mandado sustituto en mi puesto, desconozco por qué razones aunque se me ocurren algunas y ninguna de ellas tiene que ver con la calidad de la enseñanza, los derechos de los alumnos ni la consecución de objetivos, cosas que sí se nos exigen a nosotros a diario desde la Administración. Una vez más es el de abajo, el débil el que paga las consecuencias.

...

Hoy he conocido a muchos niños y niñas de entre once y trece años, ya en la preadolescencia, y todos ellos me han caído bien, he visto mucha diversidad y muchísimas cosas en común. Y he llegado a casa con las mismas preguntas de siempre rondándome la cabeza, esta vez con una descarada insistencia. Las dos más importantes serían: por qué están etiquetados tanto como individuos como por grupos y por qué los centros, las materias, las clases siguen anquilosadas en el pasado. ¿No estamos en pleno siglo XXI? Eso no significa solo aulas repletas de ordenadores y pantallas digitales, es algo más, es una actitud, un cambio que poco a poco se va gestando en algunos centros pero que en la mayoría está a años luz. Y a mí me parece que ya está bien de agrupar a los alumnos solo por el criterio de la edad. Que ya está bien de cargarles sobre la espalda el "listo" o "tonto" (así o con otros términos políticamente correctos pero igual de limitadores) solo por notas que no cuantifican más que la inteligencia digamos académica. Que ya está bien de que el instituto sea un mundo pararelo, con materias especializadas sin conexión alguna ni entre ellas ni con la realidad, con horarios rígidos, con un funcionamiento, en definitiva, que más recuerda a una fábrica, a una cadena de producción, que a un lugar agradable donde aprender y crecer. Que ya está bien de que no aprovechemos los años que los alumnos pasan con nosotros para ayudarles a que todos puedan alcanzar su máximo potencial, independientemente de su nivel social o de su capacidad intelectual.

...

Tengo mucho, muchísimo que decir sobre esto, y diré más en otras entradas, seguro. Pero hoy terminaré aferrándome a la esperanza (a la vez que a la tristeza de la soledad) de que al menos yo -este curso más que nunca, ya me he cansado de las medias tintas- voy a trabajar de otra manera con mi alumnado, ofrecerles algo más que conocimientos, divertirme con ellos y sembrar en su interior la semillita de la confianza, la autoestima, la colaboración... para que después puedan florecer y contribuir a un mundo mejor.

El futuro ya está aquí y tarde o temprano las (j)aulas tendrán que abrirse.

CDR

domingo, 8 de octubre de 2017

LO IMPORTANTE

Lo importante es
saborear las cosas buenas
de la vida,
que suelen ser
pequeñas,
concretas,
que suelen pasar
desapercibidas,
mientras buscamos
hechos grandes,
abstractos,
que nos nublan la vista.

La excusa, siempre,
es que nos falta tiempo,
pero, ¿cuánto necesitas
para mirar al cielo?
¿Cuánto requiere pararse
y respirar tranquilo?
¿Llamar a un amigo?
¿Preparar una comida?
¿Escuchar una risa?
¿Sentir un abrazo?
¿Dar un paseo?
¿Oler una rosa?

Es importante
vivir las emociones
plenamente,
sin miedo,
siente.

Es importante
aceptar las cosas
como son,
aunque causen dolor,
crece.

Es importante
hacerte preguntas,
aunque no encuentres
respuestas,
vive.

Es importante
ser responsable
de tus errores,
pero sin culpa,
pide perdón,
aprende.

Es importante
fracasar con una sonrisa
y levantarse,
comienza.

Es importante
ser auténtico,
tener paciencia,
no juzgar,
observa.

Lo importante es
vivir más despacio,
reflexionar con calma,
alejarse de los titulares
estridentes
y acercarnos a lo verdaderamente
esencial.

CDR

lunes, 2 de octubre de 2017

POTENCIAL

Hace poco leí este cuento de tradición budista -que tiene muchas versiones- y me ha apetecido compartirlo hoy aquí:

"Érase una vez un hombre que iba andando por el campo. En un hueco en la roca encontró un nido de águila real, donde la hembra y el macho estaban muertos y junto a sus cadáveres habían dejado un huevo. El hombre se llevó el huevo a su granja y lo metió en el gallinero con todas sus gallinas.

Las gallinas empollaron el huevo como si fuera de gallina, lo cuidaron y finalmente el pequeño águila nació. Al salir del huevo, empezó a imitar a las gallinas, a picotear, a andar igual que ellas… y vivió como una gallina durante años.

Un buen día, una sombra cruzó el gallinero, y al mirar arriba vio un águila real que sobrevolaba la granja a toda velocidad. Asombrado por su majestad, su figura y su velocidad le preguntó a la gallina más cercana qué era ese animal, a lo que la gallina contestó:

– Eso es un águila real. Alcanza velocidades de hasta 200 kilómetros por hora, ve con ocho veces la precisión de los hombres y puede cazar a su presa desde distancias totalmente impresionantes.

Mientras escuchaba la explicación, el pequeño águila real miraba admirado hacia arriba y la gallina prosiguió:

– Pero no mires así. Tú eres una gallina como yo, y nosotras las gallinas jamás podremos ser como ese águila, tan majestuoso.

Y durante muchos años, el águila vivió como una gallina, y al final de sus días murió como una gallina, siempre recordando admirado cómo había visto una vez un águila real sobrevolar su granja.”

¿Qué hubiera pasado si mamá gallina le hubiera dicho a su hijo que lo intentara? ¿No hubiera conseguido el águila descubrir su capacidad para volar, su verdadera naturaleza, si no hubiese sido víctima de unas creencias limitantes?

Numerosos factores en la vida provocan que creamos tener muros donde en realidad tenemos ventanas. Busquemos en nuestro interior para reconocer nuestro potencial y aprovechemos las oportunidades para desplegarlo.

CDR

martes, 26 de septiembre de 2017

MEDITACIÓN

Meditar no tiene nada que ver con ninguna religión,
ni hay que ser especialmente espiritual.

Meditar es gratis, legal, y no tiene contraindicaciones,
no necesitas a nadie para practicar.

Meditar, resumiendo, es respirar conscientemente,
respirar y expandir esa sensación por todo el cuerpo.

Meditar, sí, es ser consciente de tu cuerpo, de tus emociones,
de tus pensamientos, y conectar contigo misma.

Meditar es conocerte, prestarte atención, darte cariño,
aceptarte y sumergirte en tu propia experiencia.

Meditar es reconocer que la vida es maravillosa,
que la muerte es inevitable y que nada permanece.

Meditar es entender que todo lo que haces tiene consecuencias,
no solo para ti misma, positivas y negativas.

Meditar es, por ejemplo, atrapar la mente mirando el cielo azul
y alejar los malos pensamientos.

Meditar es, por ejemplo, dedicar diez minutos, solo diez,
a estar a solas y volver al hogar que tienes dentro.


CDR

viernes, 22 de septiembre de 2017

INDIGNADA

En los últimos meses me han ocurrido tres anécdotas que voy a relatar a continuación, porque necesito contarlas. La primera ya me removió las ganas de escribir, pero la dejé pasar, recién empezado el verano. Cuando me sucedió la segunda, me prometí que escribiría sobre ello, ya que clamaba al cielo. Pero con lo que me pasó ayer dije basta, considero que este trío debe, sí o sí, ser expuesto, a ver si al menos escribiendo se me pasa un poco el enfado.

1. Principios de julio. Tuve que llevar a mi madre a renovarse el DNI a una comisaría de policía. La cita fue sacada con muchísima antelación y llegado el día, se dio la circunstancia de que mi madre estaba con ataques de vértigo. Unas horas antes de acudir a la cita, la mujer había avisado al centro de asistencia y cuando yo fui a buscarla no se encontraba nada bien. Aún así, valorado por la médica que el empeoramiento se debería seguramente a haberse lavado la cabeza poniéndola hacia abajo, mi madre se hizo la valiente y nos desplazamos con el coche a unos veinticinco kilómetros de casa para la renovación. Porque resulta que sacar cita previa es una odisea y tener una es como un tesoro, además de que si te pasas de la fecha de validez, hay que pagar (más), por supuesto. Les diré que mi madre tiene setenta y nueve años, y aparte del mencionado vértigo, sufre artrosis en las rodillas y prácticamente en todos los huesos, por lo que camina con dificultad, agravado si cabe por un ictus leve que le dio en febrero. Por si esto fuera poco, padece hipertensión y todas las mañanas se toma una medicación que la obliga a ir al año a menudo. Creo que se harán una idea de lo que todo esto supone y de que después de un viaje de veinte minutos, bajar del coche y subir unas escaleras hasta la sala de espera, la mujer necesitara urgentemente un aseo. Cuál fue mi sorpresa cuando yo llegué unos minutos más tarde cargada con mis dos hijos, el mayor, pequeño pero andando y el otro en un carro que el portero no me ayudó a subir, y mi madre me dijo que no la dejaban entrar al servicio. Me dirigí al guarda, portero o lo que fuese aquel hombre tan amable y me explicó que no había aseo disponible para la gente, que era un baño de hombres para los policías y empleados y que ya lo había preguntado al sargento y no podía ser. Le hice ver que era urgente y siguió en sus trece, no sin indicarme que bajando la calle seguro encontraríamos algún bar al que poder entrar. Perdone, es que mi madre no puede casi andar y tiene vértigo... No es no y yo no puedo hacer nada. Con la mandíbula desencajada me esforcé en preguntarle cuánto nos quedaba para entrar porque ya estábamos en hora y no quería que al volver de buscar un baño me dijese que se nos había pasado el turno. Y me dijo tan tranquilo, como si encima fuera una enorme suerte, que nos quedaba mucho todavía, que había retraso. Genial. Volví a bajar el carro sin ayuda, salí a la calle mirando de reojo a mi mareada madre y descubrí que, a simple vista, no parecía haber ningún bar cerca. Descubrimos unos portales más abajo una peluquería y allí fue mi madre a pedir por favor que la dejasen orinar. Afortunadamente cuando sacas licencia de apertura de un establecimiento público te obligan a tener un servicio, y más afortunadamente aún la dueña de la peluquería era una persona amable y empática, porque todos sabemos que aún teniendo aseo no existe la obligación de dejarte entrar si no eres cliente del negocio. Sin embargo, lo que me parece increíble es que en un lugar público, de servicio al ciudadano, donde se expone con orgullo un cuadro con el código ético que rige tan noble Cuerpo de Policía, y donde se producen esperas de más de una hora, donde acude tanta gente a diario, desde niños hasta personas mayores, para tramitar documentos, no haya un aseo a disposición de los usuarios. Y bien, aún suponiendo que no lo haya, que no sea obligatorio, ¿no hubiese sido lo correcto dejar pasar a mi madre estando en tales circunstancias? Y por otra parte, ¿no hay en esa comisaría ninguna mujer agente, ni trabaja ninguna empleada? Perdón, pero, ¿dónde mean ellas?, ¿en el bar de la esquina?, ¿en la peluquería de enfrente? Me dirán que si hubiesen dejado a mi madre entrar como una urgencia, eso se podría desmadrar y entonces todas las personas que había allí pedirían desaforadamente un váter. Pues lo siento, es verdad que a veces los aseos públicos dan asco, pero no por ello va a dejar de haberlos y vamos a ir haciendo nuestras necesidades por la calle, es responsabilidad de cada uno hacer un uso correcto de ellos. Y les diré que no puse reclamación ni pedí hablar con nadie porque estaba preocupada por mi madre, atenta a que por fin nos tocara entrar y acompañarla, y con un bebé lactante de dos meses, cosas todas ellas que no me permitían ir libremente a expresar mi queja, ni quería montar un espectáculo delante de mi hijo mayor -soy su ejemplo y no estaba tranquila- y sí largarme de allí lo antes posible.

2. Mediados de agosto. A mi bebé le toca la revisión del niño sano y la vacuna de los cuatro meses, y vamos tranquilamente a su pediatra a tales menesteres. El doctor, con su barba y su bata blanca, me formula las cuestiones de rigor, revisa y mide al niño, como protocolo manda. Pero mientras escribe el informe en el ordenador, me pregunta si voy a ponerle la vacuna de la meningitis b. Le digo que no. Les explico antes de reproducir su respuesta: vacunar no es obligatorio; hay unas vacunas establecidas como importantes, según zonas epidemiológicas -de hecho varían por comunidades- y estas configuran un calendario de vacunaciones financiado por la Seguridad Social. Y aparte hay otras vacunas que no entran en el calendario prescrito y no son financiadas. Es decir, los padres elegimos, en primer lugar, si vacunamos o no, y después, si hemos decidido que sí, si ponemos o no las vacunas que no entran en el calendario. Bien, pues este señor, tan tranquilamente, por lo visto con el poder que le otorga su título, nos dijo que pesaría una gran culpa de por vida si nuestros hijos morían de tal enfermedad y que, es más, no vacunar a los niños se considera maltrato infantil. De verdad, me dejó de piedra y sin palabras. No pude decirle, ¿perdone?, lo primero, ¿quién es usted para hablarnos así? y, ¿quiere decir que las familias que no pueden costear una vacuna de cuatro o dos dosis, según la edad, que vale más de cien euros por dosis son unos maltratadores?, ¿significa eso que no somos libres de decidir sobre la salud de nuestros hijos?, ¿me podría explicar si esta vacuna es tan importante y vital por qué no está financiada, teniendo en cuenta que el gasto en vacunas supone una nimiedad en comparación con otros gastos sanitarios?, ¿sabe usted que el Ministerio de Sanidad tiene un comunicado sobre este medicamento, que solo lleva tres años en circulación, afirmando que no está justificada su inclusión según las características epidemiológicas de este país y que además aún no se conocen sus efectos a largo plazo? y, sobre todo, ¿qué le da a usted Bexero a cambio de defender tan encarecidamente su vacuna? No quiero abrir la caja de Pandora con este tema porque cada uno tenemos nuestra opinión, todas respetables, y es extenso y complejo. Pero me toca mucho las narices que los médicos en general y los pediatras en particular se dejen comprar por los laboratorios y las farmacéuticas y usen el miedo para obligarnos a usar sus fórmulas. En otra ocasión trataré otra cosa que me parece flagrante también y es la falta de formación y actualización de algunos especialistas, porque este señor también dejó caer que a partir de los seis meses ya hablaríamos de alimentación, que mi hijo empezaría a pasar hambre pues lo alimento solo con leche materna. Ay, ¿pero es que, aparte de no tener ni idea y venderse a las empresas de leche y alimentos infantiles, no ve usted a mi mayor, fuerte como un roble, amamantado en exclusiva hasta los ocho meses y que sigue mamando, como, por cierto, recomienda la OMS? Lo dicho, sobre esto escribiré otro día.

3. Ayer. Se acerca el tercer cumpleaños de Marcos y su tía de Alemania, que debe de ser tan ingenua como yo, tiene ilusión de hacerle llegar algo de dinero a su sobrino junto con una postal. Y no se le ocurre otra cosa que, como ahora ya sabemos, la locura de enviarla por correo ordinario. Cuando vi el sobre roto por la parte de bajo y fui consciente de que habían sustraído el dinero, no podía creerlo. Mi cerebro no procesaba el hecho de que alguien hubiese sabido que ahí iba dinero -un miserable billete de cincuenta euros- y lo hubiese abierto. Al enterarme de que la postal había llegado dentro de una bolsita de plástico que rezaba: "deteriorado en este servicio", comprendí que el robo había sucedido dentro del proceso de envío, es decir, que alguien, tras pasar la carta por un escáner y saber a ciencia cierta lo que había dentro, cogió el dinero y muy amablemente dejó que la postal llegara a casa. Qué mala suerte. Pero ya quedé estupefacta al contarlo a algunas personas y escucharles que estaba claro que iba a pasar, que a quién se le ocurre y, ah, si eso lo hacen aposta para que la gente no envíe dinero así, sin pagar más, o por medios "legales", porque de esa manera se puede blanquear dinero, etc. En serio, aún estoy en shock. Porque esta mañana he estado husmeando por internet y efectivamente parece que es de lo más normal que las cartas con dinero lleguen vacías. Eso me ha llevado a buscar si es que es ilegal mandar dinero en una carta y resulta que no, no lo es. Sin embargo, sí es un delito abrir correo ajeno y robar, ¿no? A ver, es que no me cuadra, que para que mi cuñada no pueda usar cincuenta euros y mi hijo recibirlos sin declararlos, alguien de Correos se los quede. ¿Los funcionarios tienen un apartado para declarar "dinero recaudado de las cartas"?, ¿o cómo? Es que no me entero. Porque si es ilegal mandar dinero por correo ordinario, que pongan un cartel en las oficinas y avisen, como tantas otras prohibiciones se exhiben. O también me parecería más coherente y sobre todo mucho más ético, que al detectar el dinero en la carta la devolvieran a su remitente en un plastiquito con una cruz marcada en la casilla "dinero no". Que supongo era evidente para la minuciosa inspección que no se trataba de ningún fraude. Ah, no, es que las normas se aplican a grosso modo, a rajatabla, para todos igual. Pero, ¿norma tácita, ley o qué? Por favor, explíquenme cómo se pueden evadir impuestos, llevar dinero a paraísos fiscales, hacer desaparecer fondos públicos o de alguna empresa... si está todo tan controlado. Ah, es que los que más roban son precisamente los que controlan. Ah, es que los que en realidad estamos controlados somos los currantes, los que vivimos solo con un sueldo y lo declaramos y no podemos gastar ni un céntimo sin que se sepa. ¡Cuánta libertad! Cada vez se aprietan más las tuercas de un sistema que favorece a los de arriba y machaca a los de abajo. No tardará mucho en llegar el día en que no exista el dinero en metálico y nosotros, felices y contentos de tanta facilidad para pagar, nos hundamos en la esclavitud total.

Ojalá estas tres anécdotas fueran simplemente eso, pero no, para mí son algo más, ustedes saquen sus propias conclusiones . Que sí, claro, hay gente buena y amable, hay profesionales como la copa de un pino, hay quienes no se dejan corromper. Por supuesto, muchísimos, porque si no sería imposible vivir en este mundo.  No obstante, el sistema, en general,  apesta. Y yo, aún habiendo escrito sobre ello, sigo indignada.

CDR

miércoles, 20 de septiembre de 2017

SALUD MENTAL

No recuerdo exactamente en boca de quién, pero en una conferencia a la que asistí hace unos años el ponente afirmó que las enfermedades mentales serían el gran mal del siglo XXI y que, si de carreras con éxito asegurado hablamos, podemos aconsejar a nuestros hijos que estudien psiquiatría, que clientes no les van a faltar. Y tristemente me doy cuenta de que así es. Cada vez hay más diagnósticos, lo que se traduce en más y más personas -adultos y también niños- medicados por razones de salud mental.

Traigo este tema a colación hoy porque precisamente me he tropezado con una entrevista al doctor Jorge L. Tizón (psiquiatra, psicoanalista, psicólogo y neurólogo, profesor de la Universidad Ramón Llull de Barcelona), que asegura que la enfermedad mental no existe como tal. Y es lo que yo creo, al menos de algunas de ellas, como el TDHA -trastorno por déficit de atención e hiperactividad-, que no deja de ser una invención para simplificar determinados problemas infantiles y medicar a los niños con psicoestimulantes. Ya no solo como profesora, sino que en mi entorno privado cada vez conozco más casos. Y me parece muy triste, desalentador. Pero sobre todo, grave, muy grave. Porque estos medicamentos inciden directamente sobre el cerebro del niño, inhiben su comportamiento, merman sus capacidades emocionales y condicionan para siempre su futuro y su vida. Les damos anfetaminas de niños y luego les prohibimos que tomen drogas en la adolescencia, que beban y/o fumen cuando sean mayores y en definitiva, después de enseñarles que con una sustancia química todo tiene arreglo, esperamos que se conviertan en adultos sanos y resilientes. En esta sociedad nuestra lo que se busca es la solución fácil y rápida, y en este sentido han encontrado filón las farmacéuticas, que ofrecen sin remordimiento toda una gama de medicamentos para evitar que los niños sean inquietos, que les cueste concentrarse, que se enfaden... ¿Pero cómo van a concentrarse si están sobreestimulados? ¿Cómo puede un niño estar seis horas diarias sentado en un aula asimilando datos? ¿Es posible prestar atención tanto tiempo si los dispositivos móviles les permiten estar continuamente conectados sin estar centrados en nada realmente? ¿No es normal que estén irritados los niños que desde que nacen tienen múltiples cuidadores? ¿Es raro que estén agobiados si tienen agendas tan apretadas como altos ejecutivos? Y un largo etcétera. Me parece que existen muchas vías para solucionar estos problemas antes de recurrir a la pastilla diaria. Claro que eso es lo más fácil, lo más rápido, lo más rentable para la gran industria que crece cada día y nunca tiene bastante.

Además, lo cierto es que exactamente lo mismo es aplicable a los adultos.Según el doctor Tizón, España es el primer país del mundo en consumo de hipnosedantes y el segundo en antidepresivos, sin dejar atrás los neurolépticos. Hoy hay pastillas para todo. No reflexionamos sobre la realidad, sobre nuestra situación, no nos escuchamos, no nos permitimos estar mal, tenemos que ser invencibles, permanentemente felices, sin tregua. Empezando por la importancia de los primeros vínculos y experiencias en la infancia -cosa que si bien ya no podemos cambiar sí podemos reconocer y sanar-, hasta la gestión de las emociones, pasando por multitud de causas (además de las que puedan ser biológicas), como sociales o relacionales, hay que tener en cuenta que los trastornos mentales son complejos y van más allá de un simple diagnótico psiquiátrico y consiguiente receta. No digo que no exista la depresión, por ejemplo, solo digo que está sobrediagnosticada y por tanto, peor diagnosticada. Y que somos humanos, que debemos poder vivir a veces con pena, con angustia, con miedo... que hay que asimilar y dejar fluir también lo negativo, canalizarlo, no camuflarlo ni acallarlo. ¿De qué me sirve una pastilla que me ayude a dormir si no acepto aquello que me lo impide? Tampoco niego que haya veces que sea necesario tomar algo, hablo del exceso, de la hipermedicalización, de la cronificación, contraria a la curación.

Como en tantas otras cosas, respecto a esta cuestión mental, el problema está en que se atiende al beneficio económico inmediato. No seamos ingenuos y pensemos que el sistema vela por nosotros. Ante la actualidad imperante, de horarios incompatibles con la familia, agendas sobrecargadas, conexión ad infinitum... hemos de retomar en la medida de lo posible las riendas de nuestras vidas, cuidar nuestra alimentación, hacer ejercicio, cultivar las relaciones personales, colmar de amor a nuestros hijos, disfrutar con lo que hacemos, tomar el sol, respirar, ser conscientes.

Porque el modelo social imperante está caduco, no sirve, atenta contra nuestro desarrollo personal y el de nuestros niños y jóvenes. La situación, de verdad, es injusta y peligrosa.

CDR

domingo, 17 de septiembre de 2017

APRENDIZAJE

En este domingo preotoñal, ya con temperaturas fresquitas y rutina casi vuelta a instalar en casa, es una magnífica opción retomar también el hábito de la lectura y coger entre manos un buen libro. Mi recomendación hoy es una interesante novela de Muñoz Molina, con tintes policíacos, mucha introspección, y asentada sobre hechos reales. 


La larga y prolífica trayectoria literaria de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaen, 1956) avala esta última novela del autor, titulada Como la sombra que se va (2014), una ingente obra tanto por su argumento, como por su volumen, muy ambiciosa. Desde que en 1986 apareciera su primera novela, Beatus Ille, Muñoz Molina no ha dejado de escribir, colaborando con sus novelas, relatos, ensayos, con su vocación literaria en fin, al engrandecimiento de la literatura hispánica contemporánea. En 1995 fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua y ha recibido numerosos reconocimientos. Galardonado en 2013 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, los soportes argumentales que utiliza en esta novela son, por un lado, los días que pasa en Lisboa el asesino de Martin Luther King, James Earl Ray, tras el crimen y, por otro, los días transcurridos en la misma ciudad de un joven funcionario con fuerte inclinación a la escritura, que resulta ser el propio Muñoz Molina, para terminar su novela. Así, de la rememoración del proceso de El invierno en Lisboa (1987) y de la lectura de los archivos del FBI sobre el crimen racial de King, surge hoy una trama que nada tiene que envidiarle a las novelas policíacas y, al mismo tiempo, una profunda reflexión sobre la escritura, que se convierte en una verdadera teoría de la novela, sin abandonar ingredientes tan importantes como el amor, la familia o la condición humana.

La curiosidad nunca saciada del lector por saber si lo que lee tiene que ver verdaderamente con el autor de la novela queda en este caso totalmente satisfecha por la franqueza que se muestra en un relato introspectivo a la vez que pulcramente escrito, como ya nos tiene acostumbrados el escritor jienense. Una novela a tres voces que no presenta, sin embargo, ningún tipo de desequilibrio ni supone confusión alguna para el lector. De hecho, uno de sus grandes aciertos es la unidad de la que está dotada. Por momentos, el joven escritor, el escritor de hoy –que siendo la misma persona, se diferencian por un espacio temporal de casi treinta años– y el asesino parecen mezclarse en una conciencia única coincidente en el sufrimiento vital. Mientras que la ciudad de Lisboa vertebra el argumento con su omnipresencia y su poderosa influencia sobre los personajes. Ambos huyen de algo y Lisboa es el refugio que encuentran para de una u otra forma solucionar sus problemas; y es Lisboa donde se desatan los recuerdos del escritor presente, como si de una especie de palpitación se tratase, que le llevan a elaborar esta trama. 

Porque el punto de partida es un viaje del autor en 2012 a la capital portuguesa para encontrarse con su hijo menor, el que tenía apenas un mes de vida cuando él se ausentó de casa en las entrañables fechas navideñas, con el consecuente sentimiento de lucha interna entre la empecinada vocación literaria y las obligaciones familiares. El recuerdo doloroso del pasado y de la historia de Earl Ray, magistralmente enlazados, desencadenan una narración en dos tiempos desde la perspectiva del presente. Sin embargo, no es tan sencillo como pueda parecer: tres voces, una ciudad, ausencia de diálogos, acción latente, proceso creativo. Todos estos elementos, sometidos a la pluma soberbia de Muñoz Molina, dan como resultado una visión sobre la cara más desoladora de la historia americana, así como un pormenorizado recorrido por lo que es la confección de una novela, elección de la voz narrativa, desarrollo de la trama e inevitable desenlace. Efectivamente, la descripción del hombre blanco, lector de novelas de detectives, obras esotéricas y enciclopedias obsoletas, profundamente racista, que decide acabar con la vida del carismático líder negro, cobra absoluto sentido con la propia descripción de la víctima en las últimas horas antes de morir. No importa el brillo del personaje, su capacidad retorica ni de mover a las multitudes, sino que se muestran sus debilidades y su agobio existencial. De modo que la sordidez, la miseria y la mezquindad humanas arrojan luz sobre los grandes misterios humanos y, en este caso, incluso políticos. Expuesta queda también, como nexo de unión, la propia desdicha del autor ante las elecciones que uno mismo hace pero a las que parece estar abocado fatalmente; lo casual, lo inopinado suele dirigir la realidad. Destaca, desde luego, la magnífica labor de documentación realizada por el de Úbeda para ambientar la historia y dejar bien atado todo lo que se refiere a la realidad histórica. No obstante, empezamos leyendo una novela sobre el asesino de Luther King, que se hace pasar por otro en su huida, y acabamos sabiendo muchísimo del autor que escribe su propia historia de rencuentro consigo mismo y con el amor, amparándose en la recreación de este importante episodio americano. Finalmente, el resultado es un apasionante relato de intriga, secretos, recuperación de la memoria y reflexión literaria.

Como la sombra que se va aborda temas recurrentes en la obra de Muñoz Molina, desde el juicio que aportan los años y la experiencia. La atmósfera asfixiante, la meticulosa descripción del mal en Plenilunio (1997) aparecen aquí claramente, o el perfil del psicópata al que se enfrenta el protagonista nos recuerda sobremanera al dibujo del asesino Ray; la dificultad para encontrar el punto de vista narrativo, que llevó a un proceso de siete años para Beatus Ille, está tratado aquí de forma soberbia; la fragilidad del instante, la construcción de la propia identidad, la evocación del pasado como forma de entender el presente, manejados en todos sus escritos, sobresalen en esta novela madura de transparencia narrativa. Si la publicación de El invierno en Lisboa cambió la vida del autor, al consagrarlo como escritor y sacarlo de su anodina existencia de funcionario, es en el presente, con esta magnífica novela, cuando se consolida el proceso de aprendizaje. Un relato sobre la dificultad de aprender a vivir, de aprender a escribir. En cuanto a las confesiones personales que se realizan, suponen, por su franqueza y claridad, un verdadero examen de conciencia que conecta con el interés de Muñoz Molina por la vulnerabilidad de los derechos humanos. Una vez abiertos los archivos del FBI sobre el magnicidio y situado en la misma Lisboa por la que vagó el asesino durante diez días, como él años después con sus cargas a cuestas, escribir esta historia de obsesiones se convierte en un perfecto ejercicio expiatorio. Un autorretrato del propio autor, donde aparecen sus ideales literarios, su maestro Onetti, sus culpas, su salvación.

No tiene desperdicio.

¡Feliz lectura!

CDR