Páginas vistas en total

miércoles, 20 de septiembre de 2017

SALUD MENTAL

No recuerdo exactamente en boca de quién, pero en una conferencia a la que asistí hace unos años el ponente afirmó que las enfermedades mentales serían el gran mal del siglo XXI y que, si de carreras con éxito asegurado hablamos, podemos aconsejar a nuestros hijos que estudien psiquiatría, que clientes no les van a faltar. Y tristemente me doy cuenta de que así es. Cada vez hay más diagnósticos, lo que se traduce en más y más personas -adultos y también niños- medicados por razones de salud mental.

Traigo este tema a colación hoy porque precisamente me he tropezado con una entrevista al doctor Jorge L. Tizón (psiquiatra, psicoanalista, psicólogo y neurólogo, profesor de la Universidad Ramón Llull de Barcelona), que asegura que la enfermedad mental no existe como tal. Y es lo que yo creo, al menos de algunas de ellas, como el TDHA -trastorno por déficit de atención e hiperactividad-, que no deja de ser una invención para simplificar determinados problemas infantiles y medicar a los niños con psicoestimulantes. Ya no solo como profesora, sino que en mi entorno privado cada vez conozco más casos. Y me parece muy triste, desalentador. Pero sobre todo, grave, muy grave. Porque estos medicamentos inciden directamente sobre el cerebro del niño, inhiben su comportamiento, merman sus capacidades emocionales y condicionan para siempre su futuro y su vida. Les damos anfetaminas de niños y luego les prohibimos que tomen drogas en la adolescencia, que beban y/o fumen cuando sean mayores y en definitiva, después de enseñarles que con una sustancia química todo tiene arreglo, esperamos que se conviertan en adultos sanos y resilientes. En esta sociedad nuestra lo que se busca es la solución fácil y rápida, y en este sentido han encontrado filón las farmacéuticas, que ofrecen sin remordimiento toda una gama de medicamentos para evitar que los niños sean inquietos, que les cueste concentrarse, que se enfaden... ¿Pero cómo van a concentrarse si están sobreestimulados? ¿Cómo puede un niño estar seis horas diarias sentado en un aula asimilando datos? ¿Es posible prestar atención tanto tiempo si los dispositivos móviles les permiten estar continuamente conectados sin estar centrados en nada realmente? ¿No es normal que estén irritados los niños que desde que nacen tienen múltiples cuidadores? ¿Es raro que estén agobiados si tienen agendas tan apretadas como altos ejecutivos? Y un largo etcétera. Me parece que existen muchas vías para solucionar estos problemas antes de recurrir a la pastilla diaria. Claro que eso es lo más fácil, lo más rápido, lo más rentable para la gran industria que crece cada día y nunca tiene bastante.

Además, lo cierto es que exactamente lo mismo es aplicable a los adultos.Según el doctor Tizón, España es el primer país del mundo en consumo de hipnosedantes y el segundo en antidepresivos, sin dejar atrás los neurolépticos. Hoy hay pastillas para todo. No reflexionamos sobre la realidad, sobre nuestra situación, no nos escuchamos, no nos permitimos estar mal, tenemos que ser invencibles, permanentemente felices, sin tregua. Empezando por la importancia de los primeros vínculos y experiencias en la infancia -cosa que si bien ya no podemos cambiar sí podemos reconocer y sanar-, hasta la gestión de las emociones, pasando por multitud de causas (además de las que puedan ser biológicas), como sociales o relacionales, hay que tener en cuenta que los trastornos mentales son complejos y van más allá de un simple diagnótico psiquiátrico y consiguiente receta. No digo que no exista la depresión, por ejemplo, solo digo que está sobrediagnosticada y por tanto, peor diagnosticada. Y que somos humanos, que debemos poder vivir a veces con pena, con angustia, con miedo... que hay que asimilar y dejar fluir también lo negativo, canalizarlo, no camuflarlo ni acallarlo. ¿De qué me sirve una pastilla que me ayude a dormir si no acepto aquello que me lo impide? Tampoco niego que haya veces que sea necesario tomar algo, hablo del exceso, de la hipermedicalización, de la cronificación, contraria a la curación.

Como en tantas otras cosas, respecto a esta cuestión mental, el problema está en que se atiende al beneficio económico inmediato. No seamos ingenuos y pensemos que el sistema vela por nosotros. Ante la actualidad imperante, de horarios incompatibles con la familia, agendas sobrecargadas, conexión ad infinitum... hemos de retomar en la medida de lo posible las riendas de nuestras vidas, cuidar nuestra alimentación, hacer ejercicio, cultivar las relaciones personales, colmar de amor a nuestros hijos, disfrutar con lo que hacemos, tomar el sol, respirar, ser conscientes.

Porque el modelo social imperante está caduco, no sirve, atenta contra nuestro desarrollo personal y el de nuestros niños y jóvenes. La situación, de verdad, es injusta y peligrosa.

CDR

domingo, 17 de septiembre de 2017

APRENDIZAJE

En este domingo preotoñal, ya con temperaturas fresquitas y rutina casi vuelta a instalar en casa, es una magnífica opción retomar también el hábito de la lectura y coger entre manos un buen libro. Mi recomendación hoy es una interesante novela de Muñoz Molina, con tintes policíacos, mucha introspección, y asentada sobre hechos reales. 


La larga y prolífica trayectoria literaria de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaen, 1956) avala esta última novela del autor, titulada Como la sombra que se va (2014), una ingente obra tanto por su argumento, como por su volumen, muy ambiciosa. Desde que en 1986 apareciera su primera novela, Beatus Ille, Muñoz Molina no ha dejado de escribir, colaborando con sus novelas, relatos, ensayos, con su vocación literaria en fin, al engrandecimiento de la literatura hispánica contemporánea. En 1995 fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua y ha recibido numerosos reconocimientos. Galardonado en 2013 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, los soportes argumentales que utiliza en esta novela son, por un lado, los días que pasa en Lisboa el asesino de Martin Luther King, James Earl Ray, tras el crimen y, por otro, los días transcurridos en la misma ciudad de un joven funcionario con fuerte inclinación a la escritura, que resulta ser el propio Muñoz Molina, para terminar su novela. Así, de la rememoración del proceso de El invierno en Lisboa (1987) y de la lectura de los archivos del FBI sobre el crimen racial de King, surge hoy una trama que nada tiene que envidiarle a las novelas policíacas y, al mismo tiempo, una profunda reflexión sobre la escritura, que se convierte en una verdadera teoría de la novela, sin abandonar ingredientes tan importantes como el amor, la familia o la condición humana.

La curiosidad nunca saciada del lector por saber si lo que lee tiene que ver verdaderamente con el autor de la novela queda en este caso totalmente satisfecha por la franqueza que se muestra en un relato introspectivo a la vez que pulcramente escrito, como ya nos tiene acostumbrados el escritor jienense. Una novela a tres voces que no presenta, sin embargo, ningún tipo de desequilibrio ni supone confusión alguna para el lector. De hecho, uno de sus grandes aciertos es la unidad de la que está dotada. Por momentos, el joven escritor, el escritor de hoy –que siendo la misma persona, se diferencian por un espacio temporal de casi treinta años– y el asesino parecen mezclarse en una conciencia única coincidente en el sufrimiento vital. Mientras que la ciudad de Lisboa vertebra el argumento con su omnipresencia y su poderosa influencia sobre los personajes. Ambos huyen de algo y Lisboa es el refugio que encuentran para de una u otra forma solucionar sus problemas; y es Lisboa donde se desatan los recuerdos del escritor presente, como si de una especie de palpitación se tratase, que le llevan a elaborar esta trama. 

Porque el punto de partida es un viaje del autor en 2012 a la capital portuguesa para encontrarse con su hijo menor, el que tenía apenas un mes de vida cuando él se ausentó de casa en las entrañables fechas navideñas, con el consecuente sentimiento de lucha interna entre la empecinada vocación literaria y las obligaciones familiares. El recuerdo doloroso del pasado y de la historia de Earl Ray, magistralmente enlazados, desencadenan una narración en dos tiempos desde la perspectiva del presente. Sin embargo, no es tan sencillo como pueda parecer: tres voces, una ciudad, ausencia de diálogos, acción latente, proceso creativo. Todos estos elementos, sometidos a la pluma soberbia de Muñoz Molina, dan como resultado una visión sobre la cara más desoladora de la historia americana, así como un pormenorizado recorrido por lo que es la confección de una novela, elección de la voz narrativa, desarrollo de la trama e inevitable desenlace. Efectivamente, la descripción del hombre blanco, lector de novelas de detectives, obras esotéricas y enciclopedias obsoletas, profundamente racista, que decide acabar con la vida del carismático líder negro, cobra absoluto sentido con la propia descripción de la víctima en las últimas horas antes de morir. No importa el brillo del personaje, su capacidad retorica ni de mover a las multitudes, sino que se muestran sus debilidades y su agobio existencial. De modo que la sordidez, la miseria y la mezquindad humanas arrojan luz sobre los grandes misterios humanos y, en este caso, incluso políticos. Expuesta queda también, como nexo de unión, la propia desdicha del autor ante las elecciones que uno mismo hace pero a las que parece estar abocado fatalmente; lo casual, lo inopinado suele dirigir la realidad. Destaca, desde luego, la magnífica labor de documentación realizada por el de Úbeda para ambientar la historia y dejar bien atado todo lo que se refiere a la realidad histórica. No obstante, empezamos leyendo una novela sobre el asesino de Luther King, que se hace pasar por otro en su huida, y acabamos sabiendo muchísimo del autor que escribe su propia historia de rencuentro consigo mismo y con el amor, amparándose en la recreación de este importante episodio americano. Finalmente, el resultado es un apasionante relato de intriga, secretos, recuperación de la memoria y reflexión literaria.

Como la sombra que se va aborda temas recurrentes en la obra de Muñoz Molina, desde el juicio que aportan los años y la experiencia. La atmósfera asfixiante, la meticulosa descripción del mal en Plenilunio (1997) aparecen aquí claramente, o el perfil del psicópata al que se enfrenta el protagonista nos recuerda sobremanera al dibujo del asesino Ray; la dificultad para encontrar el punto de vista narrativo, que llevó a un proceso de siete años para Beatus Ille, está tratado aquí de forma soberbia; la fragilidad del instante, la construcción de la propia identidad, la evocación del pasado como forma de entender el presente, manejados en todos sus escritos, sobresalen en esta novela madura de transparencia narrativa. Si la publicación de El invierno en Lisboa cambió la vida del autor, al consagrarlo como escritor y sacarlo de su anodina existencia de funcionario, es en el presente, con esta magnífica novela, cuando se consolida el proceso de aprendizaje. Un relato sobre la dificultad de aprender a vivir, de aprender a escribir. En cuanto a las confesiones personales que se realizan, suponen, por su franqueza y claridad, un verdadero examen de conciencia que conecta con el interés de Muñoz Molina por la vulnerabilidad de los derechos humanos. Una vez abiertos los archivos del FBI sobre el magnicidio y situado en la misma Lisboa por la que vagó el asesino durante diez días, como él años después con sus cargas a cuestas, escribir esta historia de obsesiones se convierte en un perfecto ejercicio expiatorio. Un autorretrato del propio autor, donde aparecen sus ideales literarios, su maestro Onetti, sus culpas, su salvación.

No tiene desperdicio.

¡Feliz lectura!

CDR

miércoles, 13 de septiembre de 2017

PIEL(ES)

La piel es una frontera
que nos envuelve
y protege nuestros límites.

Piel es (mi), (tu), su color.

La piel es un latido
que se oye hacia afuera
y acoge nuestras emociones.

Piel es (mi), tu, (su) sabor.

La piel es una playa
de arenas doradas
surcadas por el viento.

Piel es mi, (tu), (su) tacto.

La piel es como el alma
que se muestra desnuda
y silenciosa lo dice todo.

Piel es mi, tu, su oído.

La piel es un sentido
que son cinco sentidos
y nos recorre todo el cuerpo.

La piel es nuestro olfato.

La piel nos diferencia
y nos hace iguales en esencia.

La piel es una roca,
la piel es una esponja,
la piel es un tira
y afloja.

La piel muerde a empellones,
habla a roces y caricias,
siente, palpita, toca,
duele y huele a vida.

La piel es un arcoiris
de tonos
humanos,
que son los colores
(más de siete)
de la existencia.

La piel es mi, tu, su piel,
la piel del mundo,
diverso,
uno.

CDR

lunes, 11 de septiembre de 2017

PERMISO PARA BAILAR

Creo que hasta hoy no lo había confesado públicamente, pero quienes me conocen un poquito más a fondo saben que bailar ha sido siempre una de mis pasiones. De hecho, cuando era niña y adolescente inventaba coreografías y soñaba con dedicarme a ello, hasta que se me hizo ver la inutilidad de tal aspiración, relegando entonces el baile en pro de cosas más prácticas y que, sí es cierto, también me apasionaban, como son los libros, estudiar... ser docente y escritora aficionada.

Pero a día de hoy me pregunto, ¿acaso son cosas excluyentes? Y me parece que no, sin embargo, bailar es algo que tengo totalmente abandonado en todos los sentidos, porque no hace falta dedicarse a ello profesionalmente o no bailar en absoluto. ¿Entonces? Adivino lo que están pensando, y tienen razón, quizás no sea ahora el mejor momento de mi vida para retomar esta afición, criando dos niños, trabajando y todas las actividades que ambas cosas conllevan, más otras extra como escribir este blog. No obstante, ¿qué le vamos a hacer? Hoy me he levantado con esta idea en la cabeza y no descarto, en este inicio de septiembre, con el nuevo curso, que es una especie de año nuevo, y buen momento para iniciar un hábito, darme permiso para bailar.

Porque al reflexionar sobre ello me doy cuenta de que el baile debiera ser obligado en nuestra vida. Sí, quiero. Moverme libremente, celebrar mi cuerpo al son de la música y olvidarme de problemas, de normas, del tiempo, conectar conmigo misma y escuchar los latidos de mi corazón.

Y es que, ¿por qué somos tan rígidos?, ¿por qué olvidamos algo que es inherente al ser humano, el movimiento, la unión con la música, la expresión corporal?, ¿por qué no está presente el baile en las escuelas, en los trabajos? ... Bueno, esto sería otro tema, relacionado, pero que no me apetece abordar ahora. Por tanto, en singular, ¿por qué me olvidé de la maravilla de sentir la música y dejar a mi cuerpo expresarse?

Sí, quiero. Firmemente me propongo volver a disfrutar, sin instrucciones, dejándome llevar, permitirme de nuevo esa alegría, introducir esa rutina en mi vida. Y bailar. Vivir.

¿Se apuntan?

CDR

miércoles, 6 de septiembre de 2017

VENENOS

Según el Diccionario de la Real Academia, el veneno, sea del tipo que sea, es algo nocivo para la salud, capaz de producir graves alteraciones funcionales e incluso causar un daño mortal.

Y cierto es que de todas las formas de morir (sobre todo a manos ajenas), el envenenamiento es un continuo en la historia del mundo. Esto lo sabe muy bien Adela Muñoz Páez, catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla y autora de un libro muy interesante que ha caído en mis manos por casualidad, Historia del veneno. De la cicuta al Polonio (Debate, 2012)


Se trata de un magnífico recorrido por la historia de los tóxicos, en el que Muñoz Páez hace gala de sus conocimientos profesionales, pero además, relata de forma muy amena las diferentes maneras de ser de este afán ancestral por deshacerse del prójimo de un modo, digamos, no sangriento. Desde el instinto criminal puro y duro, hasta las más variadas motivaciones inspiradas por el poder, el dinero y el amor. Los tres grandes.

El repaso que hace la autora nos acerca al último suspiro de Sócrates -la gracias a él conocida cicuta-, para nombrar los venenos de Estado usados para ejecutar a los condenados. Y nos lleva de paseo por los senderos del también famoso cianuro, el talio y hasta el polonio, ya en la actualidad, como parte del refinamiento tecnológico en envenenamiento. Volvemos en sus páginas a la  muerte de Cleopatra por mordedura de una serpiente que nunca se encontró; los asesinatos a la carta en el Imperio Romano; la creación de un tribunal especial para investigar el uso de los venenos en la corte del Rey Sol (s. XVII), debido a la proliferación de estos; el asesinato de Rasputín en la corte de los zares; sin olvidar el misterio de las pócimas secretas de las hechiceras o de los alquimistas; o incluso el singular ensayo de Mitríades VI para encontrar el antídoto universal.

Plantas, sustancias químicas y farmacológicas, pruebas, experimentos, investigaciones, crímenes, suicidios... un surtidísimo catálogo venenoso que nos recuerda episodios tan tristes como el exterminio de la Segunda Guerra Mundial, para centrarse finalmente en la historia española, donde si bien no abundan los envenenamientos (aquí somos más de garrote, navaja, tiro), leemos no pocas historias de sustancias letales.

Un libro curioso que, aparte de ilustrarnos sobre venenos, deja, al menos esporádicamente, cierto regusto de inquietud...

CDR

viernes, 1 de septiembre de 2017

CON-TACTO

Entre besos y abrazos fuimos concebidos,
recibidos al llegar a este mundo
entre besos y abrazos,
que enseñaron a nuestra piel
los primeros afectos
y estabilizaron nuestra microflora,
porque somos animales de sangre caliente
y necesitamos el contacto para mantener
nuestras constantes, si no vitales,
aunque al principio incluso,
biológicas y ambientales.

Los primeros años de vida el remedio a todos los males
es el contacto directo con la madre,
besos y abrazos, piel con piel, corazón contra corazón,
bienestar, calidez, amor de calidad,
necesidad recíproca, dar y recibir
un poder reconfortante.
Y después también, pero lo olvidamos,
nos encorsetamos,
no hace falta estar enamorado,
pareja, sí, pero hijos, amigos, familia,
¿por qué no, desconocidos?
Huele, siente y sabrás si te conviene.

Si eres un ser solitario,
estés o no estés solo,
da igual que estés acostumbrado,
no naciste así, lo aprendiste después,
serás más débil y enfermarás más,
puede que mueras más joven.

¿Vergüenza?, ¿pudor?
Deja la inhibición y vuelve a tu niño interior,
achuchones, risas, fuertes abrazos y besos por todos lados.
Desbloquéate, que salgan tus emociones, que aumenten tu salud,
tu felicidad, tu bienestar.

Toca,
usa tus manos, pide otras manos,
masajea, explora, sé descubierto,
abraza,
abréte a los abrazos, pierdéte en unos brazos,
besa,
usa los labios, busca besos,
contacto
con tacto.

CDR

jueves, 31 de agosto de 2017

EL PODER

El verano pasado, mi polifacética e inquieta compañera y amiga Esperanza Manzanera me invitó a participar en un proyecto solidario que consistía en publicar un libro cuyos beneficios estarían destinados a la protectora de animales APA Nueva Vida de Huércal-Overa (Almería) Fue la manera que se le ocurrió de ayudar a los pobres animales abandonados y de contribuir a la maravillosa labor que realiza diariamente la protectora, con su presidenta, Eli Alheña, a la cabeza.

Se le ocurrió, se lo curró... y salió. El libro del perrillo solo vio la luz en diciembre de 2016, con la ayuda de otros tantos autores, escritores, fotógrafos, pintores, personas altruistas todas y, sobre todo, amantes de los animales, que dimos lo mejor de nosotros mismos en nuestros relatos, dibujos, fotografías, para hacer real y efectiva la ayuda que tan loablemente a Esperanza le nació dar.

Hoy el libro sigue a la venta, por supuesto. Y sigue teniendo tanta importancia como entonces su venta, porque desgraciadamente los animales siguen siendo abandonados, cuando no maltratados, y siguen necesitando comida y cuidados. Es, pues, algo más que un libro, una joya para regalar, para regalarte, para que continúe dando sentido a la conciencia y al talento que lo hicieron posible.

Si vives en Huércal, lo encontrarás en las papelerías Paqui y Bulevar. Y si no, date una vuelta por Amazon y te lo envían a casa rápidamente. Tú puedes cambiar la realidad si no te gusta. No hay excusas, sabes de sobra que los pequeños gestos cuentan.













Y por si sientes curiosidad -ojalá consiga que aumente y quieras, necesites, comprar el libro- aquí va mi aportación al mismo, mi relato "El poder":

Sofía inspecciona minuciosamente la nueva casa. Aris y Mine no son problema, porque puede acceder a lugares vedados para ellos, que se limitan a husmear por los rincones y olfatear el pasillo, las escaleras y los bajos de las puertas. Sofía es curiosa y, con la agilidad que la caracteriza, sube y baja, entra y sale, sin que los otros miembros de la familia ni siquiera se percaten. Todos están muy atareados con la mudanza, descargando cajas, abriendo bultos y colocando cosas. Además, Sofía se lleva muy bien con sus hermanos caninos. Ella llegó la última y los dos Terrier la recibieron con cordialidad, le hicieron en seguida un hueco e incluso se podría decir que la adoptaron, pues Sofía fue abandonada cuando tenía tan solo cuatro semanas y prácticamente no recordaba a su verdadera madre, si bien conservaba un vago recuerdo de su olor y del calorcito de su cuerpo. Cuando Alicia la encontró y la llevó a casa, a sus padres no pareció hacerles mucha gracia la idea, el piso era pequeño y ya tenían dos perros, pero su buen corazón les impidió dejarla, primero la tuvieron de acogida, pero antes del mes ya habían decidido quedársela. Ahora, no es que le entusiasmara, ¡era una gata!, pero hasta salía a dar paseos con Alicia, Aris y Mine. Lo que más le gustaba -aparte de la ilusión que le hacía a la niña y el orgullo de sus compañeros- era ver la cara de la gente cuando los veía. Ese era uno de los alicientes de mudarse, pues al fin y al cabo en el otro barrio ya estaban acostumbrados a verlos… Le encantaba entonces, cuando alguien cuchicheaba o abiertamente los señalaba, exagerar su paso y fingir su pose perruna, se lo pasaba bomba. Sofía, como buena felina, era independiente y orgullosa, pero lo cierto es que tenía verdadero cariño a su familia y no le importaba hacer algún pequeño sacrificio; les debía mucho, a todos.

En su revisión a la casa, Sofía descubre una estancia amplia y luminosa que promete ser su segundo hogar. La mesa grande debajo del ventanal, las estanterías y los sillones anuncian que se trata del despacho de Joan, donde ella pasa tantas horas. No cree que en esta casa sea diferente, siempre le ha permitido estar con él mientras trabaja, y no piensa abandonar esa costumbre. Le fascina la profesión de su dueño. Ya no solo por el rimbombante título que reza la placa: Joan Díaz, neurocientífico, bioquímico y quiropráctico, especialista en desarrollo personal. Sino también por el contenido de sus charlas, por la firmeza de sus palabras, por la pasión y entrega con sus pacientes. Y además, porque su estilo de vida era coherente con su trabajo, no era un mero charlatán, no, creía en lo que hacía y así lo reflejaba en su vida y en su personalidad. Sofía había aprendido mucho en los dos años que llevaba con él. Al principio, se refugiaba en el despacho porque era un lugar con mucho sol y oía la voz de Joan como música de fondo de sus dulces sueños gatunos. Pero poco a poco, su discurso fue calando en el pequeño cerebro de Sofía hasta que un día se dio cuenta de que acudía “a la consulta” y se mantenía con las orejas erguidas como dos antenas, aunque tuviera los ojos cerrados, así asimilaba mejor la información.

Rememorando esto, con cierta nostalgia por su antigua casa, la peluda gatita gris sube a la ventana y mira hacia abajo. Viven a partir de ahora en un dúplex y parece ser que en el piso inferior hay un bonito patio. Le llaman la atención a primera vista las macetas de coloridas plantas y los bonitos azulejos, sin embargo de pronto se fija en que hay una verja que divide el patio en dos partes muy desiguales y que en la más pequeña, detrás de la valla, está tumbado un chucho pardo y delgado, bajo el suave sol matinal. Quizás ahora se está bien ahí, pero Sofía no puede evitar pensar en que ya es casi pleno verano. Venga, no te adelantes, Sofi. Las cosas no siempre son lo que parecen. Seguro que es un lugar temporal. La gata aparta la vista y se sacude, quiere quitarse de encima la mala impresión que le ha causado el dichoso patio de abajo, y salta al suelo, deslizándose por la puerta entreabierta justo cuando Joan entra con una caja de libros para colocar.

El día transcurre rápido con el ajetreo de la mudanza. A la hora de la cena, Aris y Mine ya se han instalado en su cómodo sofá debajo del hueco de la escalera y Sofía dormita también en las rodillas de Alicia, aburrida momentáneamente de tanta novedad. Llega la hora de acostarse, Joan y Eva dan un beso a Alicia antes de retirarse y la niña coge a Sofía para llevársela a su habitación. Ella se deja llevar con mucho gusto y decide que sí, que dormirá con Alicia esta noche, pero todavía no tiene claro dónde se instalará. Espera que le compren una nueva cama, la suya la tiraron al dejar el otro piso porque estaba muy estropeada. Aris y Mine son más cuidadosos, le dicen, y qué culpa tiene ella de que la naturaleza la haya dotado de unas maravillosas uñas que debe afilar periódicamente. La verdad es que lleva ya tres rascadores y dos camas en su corta existencia, pero ese es el precio a pagar por no tocar nada de la casa, esas cortinas y esos respaldos y asientos tan tentadores. Al poco de dormirse, cuando aún estaba en el primer sueño, como suele decirse, Sofía se despierta sobresaltada por unos golpes y unos quejidos. Solo le hace falta centrarse un poco para entender que se trata del galgo que vio en el patio por la mañana. El pobre se lanza desesperado contra la verja de metal y gimotea queriendo llamar la atención de quienes no parecen hacerle caso. La gata no lo ve, pero se lo imagina nítidamente, tiene un fino oído y el ruido no deja lugar a dudas. Así continúa sobrecogida Sofía, preguntándose cómo es posible tal situación, recriminándose pensar mal, es la primera noche y puede que eso no sea lo habitual. No se imagina que alguien sea capaz de tener un animal en otras condiciones muy diferentes a las que ella y sus hermanos Terrier disfrutan. Aunque pensándolo bien, sí, ella misma fue víctima de un cruel abandono y ha escuchado muchas veces a Alicia hablar con sus padres de situaciones injustas para las pobres mascotas. Poco a poco, después de mucho tiempo, los golpes y lloros cesan y Sofía no puede evitar quedarse dormida, si bien con la firme idea en la cabeza de hacer algo al respecto.

Afortunadamente, Eva tiene la costumbre de airear la casa todas las mañanas. Ya hace algo de calor, pero Alicia es friolera y todavía no abre la ventana por la noche. Y en cuanto todos se levantan y se ponen a sus tareas, Alicia se va al cole, la lleva su madre que aprovechará la mañana para hacer unas compras, y Joan sigue acondicionando su despacho y, bueno, los perros aún dormirán un buen rato más después de su primer paseo, Sofía sale por la ventana y baja rápida y ágilmente por las repisas hasta el patio del vecino de abajo. El galgo parduzco parece adormecido, pero se levanta en cuanto nota la presencia felina y se pone a ladrar, como es normal. Suponía que reaccionarías así, quiero ayudarte, ser tu amiga, me llamo Sofía, ¿y tú? Como respuesta solo recibe silencio, un enérgico movimiento de rabo y un tímido acercamiento por debajo de la valla. No está mal para empezar, al menos creo que le he caído bien. Y de pronto, la puerta que comunica el patio con la casa se abre y sale un hombre, escoba en mano, calla, chucho. Largo de aquí, maldito gato. Sofía trepa veloz por las ventanas. No parece que a este señor le gusten mucho los animales, bufa Sofía, malhumorada.

Hoy la gata no tiene un buen día, todos lo han notado, porque se mueve inquieta por la casa, no ha jugado como de costumbre con Aris y Mine, casi ni ha comido, lo achacan a la mudanza, se está adaptando, dice Joan cuando Alicia se queja porque Sofía se revuelve cuando la niña intenta mantenerla en su regazo después de comer. Solo cuando escucha a Eva comentar a su marido algo sobre el perro de abajo, no es justo, se para frente a ellos y empieza a maullar. No puedo hacer nada, dice él, todavía es pronto, esperemos a ver. Sofía no piensa esperar. De él ha aprendido que uno tiene que tomar las riendas de su vida y que la realidad puede cambiar si cambian tus pensamientos, que no hay que conformarse con una existencia que no te gusta. Y efectivamente, cuando llega la noche, y se repiten los golpes y lloros del galgo, Sofía es presa ya de una fuerte determinación. El sueño la vence a ratos, pero pasa toda la noche concentrándose en lo que quiere conseguir, pidiendo que al día siguiente el vecino no esté y pueda hablar tranquilamente con Valentín, así ha decidido llamarlo, es el nombre que se le ocurrió al verlo, y le parece que le viene ni que pintado al delgaducho y triste de abajo.

La gata repite la operación de bajar al patio y hoy el galgo no le ladra, diría que te alegras de verme, amigo. Las persianas están bajadas y Sofía se siente satisfecha, no hay nadie en casa. Mira, Valentín, voy a ser clara, así no puedes seguir, debes ir con tu mente más allá del espacio y de tu cuerpo, visualizar la vida que quieres y cambiar tus pensamientos para que este cuchitril donde vives cambie. Tú ahora crees que esto es lo que te mereces, seguro que siempre te han tratado como si no valieses nada, pero no, todo lo bueno que puedas imaginar te espera ahí afuera. Al galgo le cuesta reaccionar, la escucha embelesado porque nadie nunca le había hablado con cariño… ¿Cómo me has llamado? Pero bueno, de todo lo que te he dicho, ¿solo te ha impresionado el nombre? Me gusta, y vuelve a mover el rabo con alegría.

Pasan los días y las noches. Al principio, Sofía cree que su amigo Valentín no le hace ni caso, sigue escuchando sus lamentos contra la verja, pero cada vez menos. Por eso baja cada mañana y le habla con una profunda convicción de todo lo que ha aprendido en la consulta de su amo, de los cambios que relatan los pacientes, de que todo está demostrado científicamente, de que ella misma también trabaja en pensar una vida mejor para él. Nunca más se ha vuelto a encontrar con el vecino. Sofía sabe cómo hacer realidad sus deseos. Y un día de finales de julio, cuando la peluda gata gris baja al patio, Valentín no está. No le sorprende, no duda ni un momento de que lo ha conseguido, pero cuando vuelve a casa y se acuesta en su cama nueva, no puede evitar una punzada de tristeza en el pecho.

La familia se va de vacaciones. Una semana en un pueblecito del interior, no muy lejos, para desconectar un poco. Sofía, como no podía ser de otra manera, se va con ellos, es una más de la familia, nunca la dejarían sola ni a cargo de nadie. Cuando llegan a la casa rural que han alquilado, llaman al dueño y le avisan para que venga a darles las llaves, mientras ellos dan una vuelta por los alrededores. Sofía va equipada con su arnés, cogida a la correa con sus inseparables Aris y Mine. Llega la furgoneta y baja una mujer mayor de aspecto jovial, seguida de un espléndido galgo pardo. Ambos le dan la bienvenida efusivamente, no se preocupen, no hace nada, Lord es muy bueno. Tranquila, nos encantan los animales. Alicia acaricia entusiasmada el lomo áspero del galgo, los Terrier lo olfatean y Sofía simplemente no cabe en sí de alegría. Entran a la casa y en cuanto los demás se despistan, el perro y la gata se lamen reconociéndose. Mi dueño fue denunciado y… Calla, no quiero saber los detalles, solo que eres feliz. Mucho. Y, ¿qué hiciste con tu nombre?, bromea Sofía. Se lo pusiste a un pobre chucho desvalido y atemorizado que ya no existe. Me diste un nombre viejo y una existencia nueva, me fui sin darte las gracias. Sofía ronronea complacida y se escabulle hacia el interior de la casa. No quiere ponerse sentimental. Se verían unas cuantas veces más Lord y Sofía en esa semana y sobre todo, por siempre, conservarían un vínculo más allá de la distancia.

El primer día de consulta de vuelta en septiembre, el doctor Díaz recibe una llamada de un paciente, mantienen una larga conversación. Sofía escucha sin prestar mucha atención esta vez, no se puede estar siempre al cien por cien. Sin embargo, de pronto planta las orejas cuando Joan despide a su interlocutor: No subestimes el poder de tus pensamientos. Ya ves que son capaces de alterar la realidad. Buen día, Luis. Sofía sonríe, se arrebuja sobre su cuerpo y se deja llevar a un nivel sin pensamientos, mientras disfruta de los rayos de sol que entran por la ventana.

Gracias.

CDR