Estos días de verano son apropiados, aparte de para la lectura -vetada la playa y otras diversiones- para ver películas. De todas se podría hablar, claro, pues, como los libros, no hay ninguna tan mala de la que no se saque algo bueno. Sin embargo, no me considero entendida en cine y por ello solo comento aquellas que verdaderamente me tocan alguna fibra, como hasta ahora llevo haciendo en este blog.
Es el caso de La familia Savages (The Savages), un largometraje de 2007, protagonizado por el recientemente desaparecido Philip Seymour Hoffman, Laura Linney -nominada al Oscar a la mejor actriz- y Philip Bosco en los papeles principales.
Jon y Wendy son dos hermanos que no han tenido una infancia fácil, su madre los abandonó y hace ya mucho que tampoco se hablan con su padre. Los tres llevan vidas independientes, la distancia emocional los ha llevado también a una distancia geográfica, cada uno vive en un extremo del país y ninguno se preocupa de los otros. Hasta que un día el anciano padre empieza a enfermar, su pareja muere y la familia de ella no quiere hacerse cargo de la situación, pues legalmente no es obligación suya. Así que los hermanos deben trasladarse a Arizona, recoger a su padre, decidir y afrontar qué hacer con él. Jon es un excéntrico catedrático de filosofía, que intenta escribir el ensayo de su vida sobre Bertol Brecht. Por su parte, Wendy es una autora teatral, freelance, cuya vida sentimental deja mucho que desear, cosa que tiene en común con su hermano mayor. Ambos son almas a la deriva que se verán unidas por las circunstancias. La repentina situación de su padre Lenny les ayudará a mejorar su relación fraternal e incluso la que mantienen con los demás. Las eventualidades que se les presentan les hacen reflexionar, volver al pasado, revisar su presente y en última instancia, hacer lo correcto con su progenitor a pesar de todo.
El traslado del padre, las cavilaciones acerca de dónde ingresarlo (la opción de hacerse cargo personalmente es inviable), las fluctuaciones emocionales por las que pasan los tres personajes, pues también el padre en su demencia tiene momentos de lucidez, y finalmente la muerte de Lenny, hacen que sin duda consideremos esta película como un drama. Sin embargo, existe en el desarrollo argumental un humor irreverente que no puede asociarse más que al realismo, porque la vida en sí suele mostrarse sarcástica.
Una historia cotidiana que intenta reflejar el individualismo, pero también la familia y sobre todo los sentimientos reprimidos. La directora y guionista Tamara Jenkins consigue un perfecto retrato realista de esta familia, cuyo peso recae en los hermanos pero con el padre como verdadero catalizador de su catarsis. Los magníficos diálogos, así como también las miradas y los silencios, nos van mostrando a un Jon pragmático que maneja la situación lo mejor que puede (la residencia de ancianos está próxima a su domicilio y aloja a su hermana en casa) y a una Wendy algo neurótica, vulnerable e insegura, que se siente culpable por dejar a su padre en una residencia. Lejos de todo sentimentalismo, sin embargo, los personajes incluso se podrían tildar de fríos en ocasiones, lo cual contribuye a la sonrisa en las situaciones más dramáticas. Magistral interpretación de los dos protagonistas en una película que nos hace reflexionar sobre el individualismo de la sociedad actual y que, sin llegar a la lágrima, nos deja un regusto amargo a pesar de la mejoría vital de los hermanos al final.
CDR
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miércoles, 13 de agosto de 2014
lunes, 16 de junio de 2014
AHORA
Ayer me tropecé con una película titulada El guerrero pacífico (The Peaceful Warrior), nada nuevo, por supuesto, un largometraje de 2006, coproducido entre Alemania y Estados Unidos. Se trata de una historia de superación personal, basada en una historia real, la del gimnasta olímpico Dan Millman. Protagonizada por Scott Mechlowicz, Nick Nolte y Amy Smart, cuenta con una emocionante banda sonora y una buena fotografía.
Dan, estudiante universitario, altamente cualificado para la gimnasia, tiene todo lo que él cree que se puede desear: sus padres son ricos, saca buenas notas, las chicas se rinden a sus pies, amigos y juerga aseguradas. Sin embargo, su verdadero anhelo es llegar a los Juegos Olímpicos. A raíz de un extraño sueño en que se cae de las anillas, se quiebra la pierna y ve cómo un hombre con zapatos desparejados recoge los pedazos, Dan cae en una espiral de insomnio que lo llevará de madrugada a una gasolinera. Allí encontrará a un empleado, viejo filósofo, que precisamente calza un zapato de cada manera. Sócrates, como Dan lo llamará sin que en realidad se sepa su verdadero nombre, partirá de la pregunta "¿eres feliz?" para hacer que el joven se cuestione su vida y su escala de valores.
A través de un duro viaje al propio interior -de la mano del maestro y de la espiritual Joy-, Dan descubrirá que es necesario vaciarse de todo aquello que te distrae de lo que verdaderamente importa, aparcar el ego y entender que el momento presente es lo único que cuenta. Un viaje que el muchacho inicia sin demasiado convencimiento -a pesar de que pronto ve sus frutos, le supone demasiado sacrificio- y que retomará con verdadero interés tras sufrir un duro accidente de moto que le deja, según los médicos, inútil para seguir compitiendo. Sin embargo, con la sabiduría que encuentra dentro de sí mismo, logra superarse, vencer todos los obstáculos exteriores y alcanzar por fin su sueño de llegar a las Olimpiadas. Pero no ya como algo superfluo, algo tan insignificante y efímero como subir al podio a que le cuelguen un oro, sino como un reto personal, una satisfacción íntima de hacer lo que en verdad te complace. Sin competiciones, como un guerrero pacífico.
El director de esta película, Víctor Salva, leyó el libro de Dan Millman, Way of the Peaceful Warrior, mientras estaba en la cárcel por abuso infantil y reconoció esta historia como algo que cambió su vida. Aunque no cambie nuestra vida, aunque no sea una película digna de Oscar, vale la pena verla -quizá cuando se cruce en nuestro camino sea el momento adecuado- y reflexionar un poco, para variar, sobre el materialismo, el propio ego, y cómo nos perdemos con el barullo exterior temiendo, eludiendo el encuentro con nosotros mismos.
¿Qué hora es? Ahora.
CDR
Dan, estudiante universitario, altamente cualificado para la gimnasia, tiene todo lo que él cree que se puede desear: sus padres son ricos, saca buenas notas, las chicas se rinden a sus pies, amigos y juerga aseguradas. Sin embargo, su verdadero anhelo es llegar a los Juegos Olímpicos. A raíz de un extraño sueño en que se cae de las anillas, se quiebra la pierna y ve cómo un hombre con zapatos desparejados recoge los pedazos, Dan cae en una espiral de insomnio que lo llevará de madrugada a una gasolinera. Allí encontrará a un empleado, viejo filósofo, que precisamente calza un zapato de cada manera. Sócrates, como Dan lo llamará sin que en realidad se sepa su verdadero nombre, partirá de la pregunta "¿eres feliz?" para hacer que el joven se cuestione su vida y su escala de valores.
A través de un duro viaje al propio interior -de la mano del maestro y de la espiritual Joy-, Dan descubrirá que es necesario vaciarse de todo aquello que te distrae de lo que verdaderamente importa, aparcar el ego y entender que el momento presente es lo único que cuenta. Un viaje que el muchacho inicia sin demasiado convencimiento -a pesar de que pronto ve sus frutos, le supone demasiado sacrificio- y que retomará con verdadero interés tras sufrir un duro accidente de moto que le deja, según los médicos, inútil para seguir compitiendo. Sin embargo, con la sabiduría que encuentra dentro de sí mismo, logra superarse, vencer todos los obstáculos exteriores y alcanzar por fin su sueño de llegar a las Olimpiadas. Pero no ya como algo superfluo, algo tan insignificante y efímero como subir al podio a que le cuelguen un oro, sino como un reto personal, una satisfacción íntima de hacer lo que en verdad te complace. Sin competiciones, como un guerrero pacífico.
El director de esta película, Víctor Salva, leyó el libro de Dan Millman, Way of the Peaceful Warrior, mientras estaba en la cárcel por abuso infantil y reconoció esta historia como algo que cambió su vida. Aunque no cambie nuestra vida, aunque no sea una película digna de Oscar, vale la pena verla -quizá cuando se cruce en nuestro camino sea el momento adecuado- y reflexionar un poco, para variar, sobre el materialismo, el propio ego, y cómo nos perdemos con el barullo exterior temiendo, eludiendo el encuentro con nosotros mismos.
¿Qué hora es? Ahora.
CDR
miércoles, 9 de abril de 2014
LOS MEJORES AMIGOS
Lo mío no es ver estrenos de cine, sino más bien descubrir películas de hace mucho tiempo, especialmente las que no suelen ser muy conocidas, ni siquiera en su momento. Es lo que ha ocurrido con The cure (1995) -en español, Que nada nos separe-, un largometraje americano que hace llorar a cualquiera que tenga algo de sensibilidad.
Se trata de la historia de Dexter, un niño de once años que contrajo sida accidentalmente en una transfusión de sangre. Marginado y aislado, un día conocerá a su vecino Erick, un chico algo mayor que él, objeto de crueles burlas homófobas en el colegio por el simple hecho de vivir en la casa de al lado. Erick es un adolescente cerrado en sí mismo, rebelde, cuya madre trabaja mucho y le dedica poco tiempo y atenciones. Comienza a hablar con Dexter desde el otro lado de la valla del jardín, pero finalmente se decide a cruzarla y pronto surge la amistad entre los dos chicos. En casa de Dexter, Erick encuentra lo que a él le falta, el calor de un hogar y el cariño de una madre amorosa. Y Dexter, solo y triste a causa de su enfermedad, por fin tiene lo que todo niño a su edad debe tener, alguien con quien divertirse y compartir sus experiencias.
Erick se da cuenta de que la enfermedad de su amigo es grave y de lo preocupada que está la madre de Dexter, Linda, por si su hijo muere antes de que se encuentre el remedio para curarla. Así, inflamada su imaginación por una película (sobre una expedición en busca de una medicina) y movido por el cariño que está tomando a Dexter, inicia una búsqueda propia de una posible cura para su amigo. Su plan comienza administrándole a Dexter toda clase de golosinas (le diseña una dieta completa a base de dulces), puesto que su madre lo obliga a comer mucha verdura y está visto que eso no le beneficia. Al no obtener resultado, comienza a probar con plantas del entorno, haciéndole infusiones y tomando puntual registro en un cuaderno. Hasta que un día una de las hojas que le hace tomar resulta ser venenosa, Dexter acaba en el hospital y su plan al descubierto. Es entonces cuando la madre de Erick, Gail, se entera de que su hijo es amigo del vecino enfermo de sida y monta en cólera, pues ya le había advertido de que se mantuviera a distancia de él. Tras una monumental bronca ("no es una simple rubeola o tosferina, es sida; ¿qué quieres?, ¿matarnos a los dos?"), le prohíbe volver a ver a Erick -previa llamada amenazadora a Linda- y le anuncia que al día siguiente se irá a un campamento de verano.
Consternado por la idea de marcharse, Erick convence a Dexter para escapar juntos a Nueva Orleans, porque en una de sus salidas leyeron en una revista que un médico de allí había encontrado en las plantas de los pantanos la cura para el VIH. Dexter deja una nota a su madre, coge sus medicinas y sus ahorros y emprende viaje con su amigo. El principio de la aventura es al más puro estilo Tom Sawyer, navegando en una balsa hinchable por el río Mississippi. Sin embargo, pronto se dan cuenta de que no avanzan al ritmo adecuado y de que las medicinas no durarán tanto. Entonces pagan a unos jóvenes para que los lleven en su barco. Tampoco así parece irles bien, porque al cabo de unos días los jóvenes montan una fiesta a bordo y dejan a los niños en la orilla, el viaje se retrasa y Dexter va empeorando. Esa noche, en un improvisado campamento, Dexter se despierta bañado en sudor y confiesa a su amigo que tiene miedo a la oscuridad, que es como si viajara millones de años hacia adelante hasta que no ve nada y le aterroriza no poder volver. Entonces Erick le ofrece una de sus zapatillas de baloncesto y le sugiere que se aferre a ella para dormir, así el apestoso objeto le recordará que sigue aquí y que él siempre estará a su lado. Finalmente, roban un dinero del barco y huyen para viajar en autobús lo que les queda hasta Nueva Orleans. Pero Erick se da cuenta de que Dexter está mal, llama a Linda y coge el autobús de vuelta a casa.
La hospitalización de Dexter es inevitable, está muy débil y su enfermedad empeora. Erick casi se instala al lado de su cama, juntos siguen inventando juegos e incluso gastando bromas al personal médico. Hasta que la realidad se impone y se acaba la diversión.
La escena del funeral, cuando Erick se queda a solas ante el cuerpo de Dexter en el ataúd, el bello gesto que tiene hacia su amigo, y la despedida en el río donde jugaban hacen saltar las lágrimas ya contenidas desde hace unos minutos.
Pese al dolor, la tristeza y el llanto, el mensaje es optimista, el regusto final no es del todo amargo. De hecho, es consciente esa mezcla, para quitar dramatismo, entre risas y tensión en los últimos momentos de la película.
Erick y Dexter se convirtieron en los mejores amigos, por encima de prejuicios y diferencias. La amistad lleva a defender al otro en las situaciones más complicadas, a aceptar al otro en todas sus facetas, a ayudar al otro a superar sus miedos.
Si todos fuésemos capaces de esa mirada límpida, de esa bondad, de esa franqueza... seguramente estaría más cerca la cura a muchos de los males de esta sociedad que no se encontrará nunca en los laboratorios.
CDR
Se trata de la historia de Dexter, un niño de once años que contrajo sida accidentalmente en una transfusión de sangre. Marginado y aislado, un día conocerá a su vecino Erick, un chico algo mayor que él, objeto de crueles burlas homófobas en el colegio por el simple hecho de vivir en la casa de al lado. Erick es un adolescente cerrado en sí mismo, rebelde, cuya madre trabaja mucho y le dedica poco tiempo y atenciones. Comienza a hablar con Dexter desde el otro lado de la valla del jardín, pero finalmente se decide a cruzarla y pronto surge la amistad entre los dos chicos. En casa de Dexter, Erick encuentra lo que a él le falta, el calor de un hogar y el cariño de una madre amorosa. Y Dexter, solo y triste a causa de su enfermedad, por fin tiene lo que todo niño a su edad debe tener, alguien con quien divertirse y compartir sus experiencias.
Erick se da cuenta de que la enfermedad de su amigo es grave y de lo preocupada que está la madre de Dexter, Linda, por si su hijo muere antes de que se encuentre el remedio para curarla. Así, inflamada su imaginación por una película (sobre una expedición en busca de una medicina) y movido por el cariño que está tomando a Dexter, inicia una búsqueda propia de una posible cura para su amigo. Su plan comienza administrándole a Dexter toda clase de golosinas (le diseña una dieta completa a base de dulces), puesto que su madre lo obliga a comer mucha verdura y está visto que eso no le beneficia. Al no obtener resultado, comienza a probar con plantas del entorno, haciéndole infusiones y tomando puntual registro en un cuaderno. Hasta que un día una de las hojas que le hace tomar resulta ser venenosa, Dexter acaba en el hospital y su plan al descubierto. Es entonces cuando la madre de Erick, Gail, se entera de que su hijo es amigo del vecino enfermo de sida y monta en cólera, pues ya le había advertido de que se mantuviera a distancia de él. Tras una monumental bronca ("no es una simple rubeola o tosferina, es sida; ¿qué quieres?, ¿matarnos a los dos?"), le prohíbe volver a ver a Erick -previa llamada amenazadora a Linda- y le anuncia que al día siguiente se irá a un campamento de verano.
Consternado por la idea de marcharse, Erick convence a Dexter para escapar juntos a Nueva Orleans, porque en una de sus salidas leyeron en una revista que un médico de allí había encontrado en las plantas de los pantanos la cura para el VIH. Dexter deja una nota a su madre, coge sus medicinas y sus ahorros y emprende viaje con su amigo. El principio de la aventura es al más puro estilo Tom Sawyer, navegando en una balsa hinchable por el río Mississippi. Sin embargo, pronto se dan cuenta de que no avanzan al ritmo adecuado y de que las medicinas no durarán tanto. Entonces pagan a unos jóvenes para que los lleven en su barco. Tampoco así parece irles bien, porque al cabo de unos días los jóvenes montan una fiesta a bordo y dejan a los niños en la orilla, el viaje se retrasa y Dexter va empeorando. Esa noche, en un improvisado campamento, Dexter se despierta bañado en sudor y confiesa a su amigo que tiene miedo a la oscuridad, que es como si viajara millones de años hacia adelante hasta que no ve nada y le aterroriza no poder volver. Entonces Erick le ofrece una de sus zapatillas de baloncesto y le sugiere que se aferre a ella para dormir, así el apestoso objeto le recordará que sigue aquí y que él siempre estará a su lado. Finalmente, roban un dinero del barco y huyen para viajar en autobús lo que les queda hasta Nueva Orleans. Pero Erick se da cuenta de que Dexter está mal, llama a Linda y coge el autobús de vuelta a casa.
La hospitalización de Dexter es inevitable, está muy débil y su enfermedad empeora. Erick casi se instala al lado de su cama, juntos siguen inventando juegos e incluso gastando bromas al personal médico. Hasta que la realidad se impone y se acaba la diversión.
La escena del funeral, cuando Erick se queda a solas ante el cuerpo de Dexter en el ataúd, el bello gesto que tiene hacia su amigo, y la despedida en el río donde jugaban hacen saltar las lágrimas ya contenidas desde hace unos minutos.
Pese al dolor, la tristeza y el llanto, el mensaje es optimista, el regusto final no es del todo amargo. De hecho, es consciente esa mezcla, para quitar dramatismo, entre risas y tensión en los últimos momentos de la película.
Erick y Dexter se convirtieron en los mejores amigos, por encima de prejuicios y diferencias. La amistad lleva a defender al otro en las situaciones más complicadas, a aceptar al otro en todas sus facetas, a ayudar al otro a superar sus miedos.
Si todos fuésemos capaces de esa mirada límpida, de esa bondad, de esa franqueza... seguramente estaría más cerca la cura a muchos de los males de esta sociedad que no se encontrará nunca en los laboratorios.
CDR
domingo, 16 de febrero de 2014
MUJERES INTELIGENTES
Hace tiempo que vi La sonrisa de Mona Lisa (2003) y me gustó la película; hoy me sigue gustando. Aunque no obtuvo un gran éxito de taquilla y recibió de la crítica pocos elogios, no se puede negar el buen trabajo tanto de Julia Roberts como del elenco de jóvenes actrices que la acompañan (Kristen Dunst, Julia Stiles, Marcia Gay Harden, Maggie Gyllenhaal, etc.)
Ambientada a principios de los años cincuenta en Nueva Inglaterra, se trata de la historia de Katherine Watson, una profesora que se traslada desde California al campus de la prestigiosa y estricta universidad de Wellesley, donde encontrará a las chicas más inteligentes y preparadas del país, sin otro plan de futuro, sin embargo, que el de casarse, tener hijos y cuidar de su familia. En este mundo elitista y conservador no encaja la profesora soltera a sus treinta y pico, de mente abierta, defensora del papel de la mujer en la sociedad, de la emancipación femenina y del derecho a elegir por sí mismas.
Según la profesora de etiqueta, un anillo de compromiso en el dedo de una joven es el mayor premio que una puede recibir. Cuando Katherine anima a sus alumnas a pensar por sí mismas, se enfrenta a las facciones más conservadoras del profesorado e incluso de algunas de sus estudiantes, como la superficial Betty Warren. Recién casada, esta joven se convierte en la adversaria de Katherine, porque según ella está en contra de la sagrada institución del matrimonio e intenta inmiscuirse en sus vidas, poniendo en tela de juicio sus tradiciones. Para cada una de las chicas, la osada profesora de Historia del Arte supondrá un contrapunto en sus previsibles vidas. Joan, tras comprobar que es admitida en Yale para estudiar Derecho, reivindica su opción de irse a Philadelphia con su marido y dedicarse al hogar. Giselle, la más alocada, tomará a la profesora como modelo, reafirmando su comportamiento liberal. La dulce y tímida Connie adquirirá valor para superar sus inseguridades. Y la propia Katherine, al final, también aprenderá una importante lección sobre ella misma.
Quizá no sea una película de gran calidad. Desde luego el tema no es el apropiado para que la gente acuda en masa al cine, y así pasa desapercibida fácilmente. No obstante, es una muestra de lo que suponía ser mujer no hace tantos años. Mujeres inteligentes cuyo talento se reconvertía en la capacidad de estar siempre perfecta para el marido, sin descuidar las tareas de la casa, tener la cena preparada a determinada hora, suspirar por un nuevo electrodoméstico y sonreír, poner buena cara pase lo que pase. Como si su vida tuviese que ser una fotografía con una sonrisa perfecta, no importa si fingida.
No creo que se pueda entender una crítica subyacente a las amas de casa, por supuesto. Se basa simplemente en el hecho de que la mujer sea capaz de pensar por sí misma, decidir, no adaptarse a lo que se espera de ella. Y más concretamente, no seguir permitiendo que el éxito en la vida de estas chicas se mida por el estatus que aporta el matrimonio sino por el desarrollo personal.
Me quedo con una frase que escribe Betty en el que será su último editorial en Wellesley -después de varios artículos incendiarios, uno de los cuales incluso supuso el despido de la enfermera del centro-: "La profesora Watson nos hizo ver el mundo con ojos nuevos." ¿No es gracias a eso que tantas cosas han cambiado, y seguirán cambiando (esperemos)?
CDR
Ambientada a principios de los años cincuenta en Nueva Inglaterra, se trata de la historia de Katherine Watson, una profesora que se traslada desde California al campus de la prestigiosa y estricta universidad de Wellesley, donde encontrará a las chicas más inteligentes y preparadas del país, sin otro plan de futuro, sin embargo, que el de casarse, tener hijos y cuidar de su familia. En este mundo elitista y conservador no encaja la profesora soltera a sus treinta y pico, de mente abierta, defensora del papel de la mujer en la sociedad, de la emancipación femenina y del derecho a elegir por sí mismas.
Según la profesora de etiqueta, un anillo de compromiso en el dedo de una joven es el mayor premio que una puede recibir. Cuando Katherine anima a sus alumnas a pensar por sí mismas, se enfrenta a las facciones más conservadoras del profesorado e incluso de algunas de sus estudiantes, como la superficial Betty Warren. Recién casada, esta joven se convierte en la adversaria de Katherine, porque según ella está en contra de la sagrada institución del matrimonio e intenta inmiscuirse en sus vidas, poniendo en tela de juicio sus tradiciones. Para cada una de las chicas, la osada profesora de Historia del Arte supondrá un contrapunto en sus previsibles vidas. Joan, tras comprobar que es admitida en Yale para estudiar Derecho, reivindica su opción de irse a Philadelphia con su marido y dedicarse al hogar. Giselle, la más alocada, tomará a la profesora como modelo, reafirmando su comportamiento liberal. La dulce y tímida Connie adquirirá valor para superar sus inseguridades. Y la propia Katherine, al final, también aprenderá una importante lección sobre ella misma.
Quizá no sea una película de gran calidad. Desde luego el tema no es el apropiado para que la gente acuda en masa al cine, y así pasa desapercibida fácilmente. No obstante, es una muestra de lo que suponía ser mujer no hace tantos años. Mujeres inteligentes cuyo talento se reconvertía en la capacidad de estar siempre perfecta para el marido, sin descuidar las tareas de la casa, tener la cena preparada a determinada hora, suspirar por un nuevo electrodoméstico y sonreír, poner buena cara pase lo que pase. Como si su vida tuviese que ser una fotografía con una sonrisa perfecta, no importa si fingida.
No creo que se pueda entender una crítica subyacente a las amas de casa, por supuesto. Se basa simplemente en el hecho de que la mujer sea capaz de pensar por sí misma, decidir, no adaptarse a lo que se espera de ella. Y más concretamente, no seguir permitiendo que el éxito en la vida de estas chicas se mida por el estatus que aporta el matrimonio sino por el desarrollo personal.
Me quedo con una frase que escribe Betty en el que será su último editorial en Wellesley -después de varios artículos incendiarios, uno de los cuales incluso supuso el despido de la enfermera del centro-: "La profesora Watson nos hizo ver el mundo con ojos nuevos." ¿No es gracias a eso que tantas cosas han cambiado, y seguirán cambiando (esperemos)?
CDR
miércoles, 13 de noviembre de 2013
SIN COMPLEJOS
Quizá fuese de las pocas personas que aún no había visto el éxito del cine francés Intocable (2011), pero ya he subsanado la situación.Y aunque es cierto que posiblemente por las grandes expectativas que tenía acerca de la película, quedé ligeramente decepcionada, en general me gustó bastante. Tanto como para hablar de ella aquí.
Se trata de un argumento basado en un hecho real, que queda muy conseguido gracias a la complicidad entre los dos protagonistas, que no podrían ser más diferentes en todos los sentidos. La historia de un millonario que queda tetrapléjico y contrata como asistente personal a un inmigrante en paro, recién salido de la cárcel, que vive en un barrio marginal y tiene problemas familiares. El senegalés no tiene ninguna formación, no es el candidato más adecuado, y pese a ello es elegido para el trabajo.
A partir de ahí los dos mundos enfrentados que cada uno de ellos representa irán acercándose progresivamente hasta reconciliarse e incluso necesitarse de tal modo que parecería imposible a priori. Driss aporta a la anodina vida de Philippe chispa, diversión, informalidad y hasta seguridad en sí mismo. Pero el aristócrata también tiene mucho que enseñar al joven. Es una relación de reciprocidad y de ahí que se convierta en una amistad que duraría para siempre.
Además de la música, la fotografía, la interpretación, en mi opinión lo mejor de esta película es la forma de tratar asuntos tan serios como la marginalidad, la enfermedad, los problemas económicos... y abordarlos sin complejos, sin prejuicios, con un enfoque hilarante que les quita hierro. Se podría decir que es una huida de la compasión. ¿No es magnífico reírse sin culpabilidad de esas cosas? Eso es lo que consigue esta película con su frescura y gamberrismo.
Alegre, disparatada...como puede ser la vida misma si se encuentran las personas adecuadas y la actitud necesaria para afrontar las dificultades.
CDR
Se trata de un argumento basado en un hecho real, que queda muy conseguido gracias a la complicidad entre los dos protagonistas, que no podrían ser más diferentes en todos los sentidos. La historia de un millonario que queda tetrapléjico y contrata como asistente personal a un inmigrante en paro, recién salido de la cárcel, que vive en un barrio marginal y tiene problemas familiares. El senegalés no tiene ninguna formación, no es el candidato más adecuado, y pese a ello es elegido para el trabajo.
A partir de ahí los dos mundos enfrentados que cada uno de ellos representa irán acercándose progresivamente hasta reconciliarse e incluso necesitarse de tal modo que parecería imposible a priori. Driss aporta a la anodina vida de Philippe chispa, diversión, informalidad y hasta seguridad en sí mismo. Pero el aristócrata también tiene mucho que enseñar al joven. Es una relación de reciprocidad y de ahí que se convierta en una amistad que duraría para siempre.
Además de la música, la fotografía, la interpretación, en mi opinión lo mejor de esta película es la forma de tratar asuntos tan serios como la marginalidad, la enfermedad, los problemas económicos... y abordarlos sin complejos, sin prejuicios, con un enfoque hilarante que les quita hierro. Se podría decir que es una huida de la compasión. ¿No es magnífico reírse sin culpabilidad de esas cosas? Eso es lo que consigue esta película con su frescura y gamberrismo.
Alegre, disparatada...como puede ser la vida misma si se encuentran las personas adecuadas y la actitud necesaria para afrontar las dificultades.
CDR
lunes, 5 de agosto de 2013
¿PERDEDORES?
Todo es relativo, pero el éxito y el fracaso mucho más. Hoy, después de ver la película Pequeña Miss Sunshine (2006), me reafirmo en esta idea.
No soy entendida en cine, es cierto, pero sé cuándo una película me gusta y cuándo no, independientemente de que coincida con la crítica o con la taquilla en la fecha del estreno. Quizá esta película no merezca un puesto entre las mejores, no obstante, es una historia que te hace reflexionar, con eso me basta. Si además añadimos una buena interpretación, una buena banda sonora y una acertada mezcla de humor y emoción, el resultado es una agradable tarde de verano frente al televisor.
Los Hoover son una familia un tanto peculiar. Richard, el padre, trabaja como motivador profesional pero su plan para alcanzar el éxito no consigue despegar; Sheryl, la madre, lidia como puede con los problemas económicos y familiares, una mujer libre de prejuicios que busca la felicidad de los que la rodean, incluida la de su hermano Frank, un homosexual, experto en Proust, que ha intentado suicidarse tras ser abandonado por su novio; Dwayne, el hijo mayor, es un adolescente inadaptado, fanático de Nietszche, y que ha hecho un voto de silencio hasta que consiga ser piloto de pruebas; la niña, Olive, sueña con ser una reina de la belleza infantil a pesar de ser un poco gordita, pálida y con unas grandes gafas; y por último, el abuelo,un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que vive en casa por haber sido expulsado de la residencia de ancianos por comportamiento indebido, consume heroína y mantiene una estrecha relación con su nieta.
La niña es seleccionada en un concurso local para participar en el certamen Little Miss Sunshine en California. Como la familia no anda bien económicamente, deciden hacer el viaje por carretera, juntos, pues por una razón o por otra, todos deben ir. Y así inician un largo trayecto de más de mil kilómetros en una destartalada Wolkswagen Combi.
En este momento, la película se convierte en una road movie. Todas las tensiones entre los miembros de la familia saldrán a la luz, mientras que se verán inmersos en las situaciones más inesperadas, habrán de ayudarse unos a otros y llegarán incluso a comprenderse. Tres días en la carretera para llegar in extremis al concurso de belleza. Una estúpida competición entre niñas que juegan a ser mayores, peinadas, maquilladas y ataviadas para la ocasión, exponiendo sus diferentes facetas, sus estudiados gestos y poses. Los que acompañan a Olive se dan cuenta de que va a hacer el ridículo, de que ella no está preparada para ese tipo de prueba. Pero la niña, dedicando el número a su abuelo, quien la había ayudado en los ensayos, sale al escenario. Ante los boquiabiertos espectadores, Olive demuestra su seguridad, su sencillez, y, en definitiva, cuán equivocados estamos al juzgar qué es el éxito y qué es el fracaso. Finalmente, la familia unida en el escenario, apoyando a Olive, demuestra que todos tenemos nuestro lugar en el mundo, que no está tan claro quiénes son los perdedores en esta vida.
Me quedo con dos secuencias de la película. La primera es una conversación entre el abuelo y Olive, cuando esta le muestra su temor a fracasar en el concurso y que su padre la desprecie: "Pero, ¿tú sabes qué es un fracasado? Un fracasado es aquel que tiene tanto miedo de perder que ni siquiera lo intenta. Y tú lo estás intentando con todas tus fuerzas. No eres una fracasada." Y la segunda, cuando Dwyne habla con su tío Frank, tras descubrir que es daltónico y por tanto no podrá ser piloto: "La vida es un maldito concurso de belleza tras otro."
Lo importante, al final, es ser auténtico. Nunca podremos ser los más guapos, ni los más listos, ni los más afortunados. Pero cada uno de nosotros somos únicos.
CDR
No soy entendida en cine, es cierto, pero sé cuándo una película me gusta y cuándo no, independientemente de que coincida con la crítica o con la taquilla en la fecha del estreno. Quizá esta película no merezca un puesto entre las mejores, no obstante, es una historia que te hace reflexionar, con eso me basta. Si además añadimos una buena interpretación, una buena banda sonora y una acertada mezcla de humor y emoción, el resultado es una agradable tarde de verano frente al televisor.
Los Hoover son una familia un tanto peculiar. Richard, el padre, trabaja como motivador profesional pero su plan para alcanzar el éxito no consigue despegar; Sheryl, la madre, lidia como puede con los problemas económicos y familiares, una mujer libre de prejuicios que busca la felicidad de los que la rodean, incluida la de su hermano Frank, un homosexual, experto en Proust, que ha intentado suicidarse tras ser abandonado por su novio; Dwayne, el hijo mayor, es un adolescente inadaptado, fanático de Nietszche, y que ha hecho un voto de silencio hasta que consiga ser piloto de pruebas; la niña, Olive, sueña con ser una reina de la belleza infantil a pesar de ser un poco gordita, pálida y con unas grandes gafas; y por último, el abuelo,un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que vive en casa por haber sido expulsado de la residencia de ancianos por comportamiento indebido, consume heroína y mantiene una estrecha relación con su nieta.
La niña es seleccionada en un concurso local para participar en el certamen Little Miss Sunshine en California. Como la familia no anda bien económicamente, deciden hacer el viaje por carretera, juntos, pues por una razón o por otra, todos deben ir. Y así inician un largo trayecto de más de mil kilómetros en una destartalada Wolkswagen Combi.
En este momento, la película se convierte en una road movie. Todas las tensiones entre los miembros de la familia saldrán a la luz, mientras que se verán inmersos en las situaciones más inesperadas, habrán de ayudarse unos a otros y llegarán incluso a comprenderse. Tres días en la carretera para llegar in extremis al concurso de belleza. Una estúpida competición entre niñas que juegan a ser mayores, peinadas, maquilladas y ataviadas para la ocasión, exponiendo sus diferentes facetas, sus estudiados gestos y poses. Los que acompañan a Olive se dan cuenta de que va a hacer el ridículo, de que ella no está preparada para ese tipo de prueba. Pero la niña, dedicando el número a su abuelo, quien la había ayudado en los ensayos, sale al escenario. Ante los boquiabiertos espectadores, Olive demuestra su seguridad, su sencillez, y, en definitiva, cuán equivocados estamos al juzgar qué es el éxito y qué es el fracaso. Finalmente, la familia unida en el escenario, apoyando a Olive, demuestra que todos tenemos nuestro lugar en el mundo, que no está tan claro quiénes son los perdedores en esta vida.
Me quedo con dos secuencias de la película. La primera es una conversación entre el abuelo y Olive, cuando esta le muestra su temor a fracasar en el concurso y que su padre la desprecie: "Pero, ¿tú sabes qué es un fracasado? Un fracasado es aquel que tiene tanto miedo de perder que ni siquiera lo intenta. Y tú lo estás intentando con todas tus fuerzas. No eres una fracasada." Y la segunda, cuando Dwyne habla con su tío Frank, tras descubrir que es daltónico y por tanto no podrá ser piloto: "La vida es un maldito concurso de belleza tras otro."
Lo importante, al final, es ser auténtico. Nunca podremos ser los más guapos, ni los más listos, ni los más afortunados. Pero cada uno de nosotros somos únicos.
CDR
miércoles, 1 de mayo de 2013
NO SOMOS ISLAS
He elegido hoy este tópico como título para resumir el mensaje de una curiosa película que he tenido oportunidad de ver, Un cuento chino (2011), una coproducción hispano-argentina, protagonizada por Ricardo Darín. Se trata de una comedia dramática en la que el director, Sebastián Borensztein, traza personajes muy humanos y perfila una sonrisa en el espectador, pues la difícil situación se palantea sin melodrama. Esta película nos habla de la necesidad del afecto. No podemos vivir aislados, ni física ni emocionalmente.
Jun (Huang Sheng Huang) está a punto de declararse a su novia cuando una vaca cae del cielo y la mata. Todo puede pasar. Deshecho, el muchacho viaja a Argentina para encontrar consuelo en la figura de su tío, único pariente vivo que le queda. Pero el destino le abandonará a la suerte que decida Roberto (Ricardo Darín), un malhumorado pero noble ferretero bonaerense, que lo encuentra tras sufrir un atraco y ser arrojado de un taxi, sin documentación alguna. Nadie quiere hacerse cargo de él, ni la policía, ni la embajada, y Jun no habla ni palabra en español, al igual que Roberto no domina precisamente el chino.
Sin saber qué hacer, Roberto se lleva a Jun a su casa, el tiempo pasa y no hay forma de solucionar el problema. Pronto se da la confontración entre dos seres tan alejados, conflicto que se desarrolla de forma fluida, en tono cómico y humano, acertadamente apoyado además por el aspecto técnico: genial banda sonora y magnífica fortografía, que expresan muy bien, sobre todo, el cambiante ánimo del personaje principal. Ambos personajes se irán haciendo más interesantes a medida que se conoce su pasado. Y se ganan el afecto del espectador, a pesar de su carácter huraño, uno, por su desamparo y sumisión, el otro. Jun se rinde ante quien lo acoge, aparentemente porque no le queda más remedio. Pero los dos, en el fondo, al final, se necesitan. Como todos.
Además del argumento que vertebra la película, no obvia el director la autocrítica social e institucional, algo común en la filmografía argentina. Una propuesta agradable, lúdica y con mensaje para estos días, u otros, de asueto.
CDR
Jun (Huang Sheng Huang) está a punto de declararse a su novia cuando una vaca cae del cielo y la mata. Todo puede pasar. Deshecho, el muchacho viaja a Argentina para encontrar consuelo en la figura de su tío, único pariente vivo que le queda. Pero el destino le abandonará a la suerte que decida Roberto (Ricardo Darín), un malhumorado pero noble ferretero bonaerense, que lo encuentra tras sufrir un atraco y ser arrojado de un taxi, sin documentación alguna. Nadie quiere hacerse cargo de él, ni la policía, ni la embajada, y Jun no habla ni palabra en español, al igual que Roberto no domina precisamente el chino.
Sin saber qué hacer, Roberto se lleva a Jun a su casa, el tiempo pasa y no hay forma de solucionar el problema. Pronto se da la confontración entre dos seres tan alejados, conflicto que se desarrolla de forma fluida, en tono cómico y humano, acertadamente apoyado además por el aspecto técnico: genial banda sonora y magnífica fortografía, que expresan muy bien, sobre todo, el cambiante ánimo del personaje principal. Ambos personajes se irán haciendo más interesantes a medida que se conoce su pasado. Y se ganan el afecto del espectador, a pesar de su carácter huraño, uno, por su desamparo y sumisión, el otro. Jun se rinde ante quien lo acoge, aparentemente porque no le queda más remedio. Pero los dos, en el fondo, al final, se necesitan. Como todos.
Además del argumento que vertebra la película, no obvia el director la autocrítica social e institucional, algo común en la filmografía argentina. Una propuesta agradable, lúdica y con mensaje para estos días, u otros, de asueto.
CDR
martes, 29 de enero de 2013
MÁS VIOLENCIA
Una película de más de dos horas de duración puede resultar un tostón si no tiene los ingredientes necesarios para enganchar al espectador. Seguramente, muchos de los que hayan visto La cinta blanca (Alemania, 2009) pensarán esto mismo. Sin embargo, aunque carente de acción y por tanto bastante lenta, considero que es todo un acierto de Michael Haneke, su director. Así como que el reparto es soberbio y la fotografía, la puesta en escena, el montaje son excepcionales.
La gravedad del tema que trata este filme requiere mucha sutileza, pero también mucha frialdad para el enfoque, porque presenta unos personajes mezquinos con actitudes despreciables. Y lo que hace Haneke es plantear preguntas al espectador para que él mismo busque las respuestas. Más que una película, parece una sucesión de fotografías de época. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, el argumento se desarrolla en un pequeño pueblo alemán dominado por el poder del terrateniente. Unos misteriosos incidentes, rayanos en el crimen, comienzan a perturbar la tranquila vida de los habitantes del pueblo. Narrada con la voz en off del maestro, la historia muestra la rigidez moral de la educación de la época, la sórdida concepción sobre el sexo, el autoritarismo salvaje al que se sometía a los niños. Por tanto, no es difícil interpretar que la violencia genera más violencia y, más aún, se puede entender como una crítica al germen del nazismo, pues estos niños, afectados por el determinismo de su educación, no podían ser de otra manera.
La cinta blanca que el predicador ata a sus hijos para dar pábulo a su inocencia no es más que una señal de la hipocresía dominante. Los padres se abandonaron a sus vicios y pecados al abrigo de la oscuridad, mientras que los hijos actuarán orgullosos a plena luz del día, ensalzando su propia concepción de la pureza. Cuando llega el momento de asumir las consecuencias, es demasiado tarde. En una sociedad donde prevalece el castigo y la risa está condenada, todo es engaño y falsedad, violencia contenida, hasta que estalla.
No es, en fin, una película de entretenimiento, se ve como se admira un cuadro o se escucha una pieza de música sin intención alguna de bailar y divertirse. Sin embargo, es una propuesta sobre algo que tal vez nunca nos habíamos planteado, con la que podemos estar de acuerdo o no, sin quitarle el valor artístico que tiene la obra a nivel cinematográfico.
Una auténtica película en blanco y negro del siglo XXI.
CDR
La gravedad del tema que trata este filme requiere mucha sutileza, pero también mucha frialdad para el enfoque, porque presenta unos personajes mezquinos con actitudes despreciables. Y lo que hace Haneke es plantear preguntas al espectador para que él mismo busque las respuestas. Más que una película, parece una sucesión de fotografías de época. En vísperas de la Primera Guerra Mundial, el argumento se desarrolla en un pequeño pueblo alemán dominado por el poder del terrateniente. Unos misteriosos incidentes, rayanos en el crimen, comienzan a perturbar la tranquila vida de los habitantes del pueblo. Narrada con la voz en off del maestro, la historia muestra la rigidez moral de la educación de la época, la sórdida concepción sobre el sexo, el autoritarismo salvaje al que se sometía a los niños. Por tanto, no es difícil interpretar que la violencia genera más violencia y, más aún, se puede entender como una crítica al germen del nazismo, pues estos niños, afectados por el determinismo de su educación, no podían ser de otra manera.
La cinta blanca que el predicador ata a sus hijos para dar pábulo a su inocencia no es más que una señal de la hipocresía dominante. Los padres se abandonaron a sus vicios y pecados al abrigo de la oscuridad, mientras que los hijos actuarán orgullosos a plena luz del día, ensalzando su propia concepción de la pureza. Cuando llega el momento de asumir las consecuencias, es demasiado tarde. En una sociedad donde prevalece el castigo y la risa está condenada, todo es engaño y falsedad, violencia contenida, hasta que estalla.
No es, en fin, una película de entretenimiento, se ve como se admira un cuadro o se escucha una pieza de música sin intención alguna de bailar y divertirse. Sin embargo, es una propuesta sobre algo que tal vez nunca nos habíamos planteado, con la que podemos estar de acuerdo o no, sin quitarle el valor artístico que tiene la obra a nivel cinematográfico.
Una auténtica película en blanco y negro del siglo XXI.
CDR
miércoles, 28 de noviembre de 2012
SUPERACIÓN
La capacidad de superación del ser humano es inconmensurable. Eso es lo que pienso siempre que veo cómo personas impedidas por alguna razón física, mental o algún inconveniente a priori insalvable, salen adelante y, aún más, hasta consiguen metas que el común de los mortales nunca conseguiremos. Lo cual me lleva a preguntarme si en realidad la capacidad no nos limita. No hay más que ver cada cuatro años los Juegos Paralímpicos para darnos cuenta de a dónde puede llegar la voluntad humana. El deporte, por lo que supone de esfuerzo y de autodominio, muestra muchos ejemplos de superación personal, pero los hay también en otros ámbitos.
Por si no estuviera ya convencida de esto, he tenido recientemente la oportunidad de ver la película Mi pie izquierdo (1989), basada en la autobiografía homónima de Christy Brown (1932-1981), pintor y escritor irlandés, víctima de una parálisis cerebral de nacimiento. La única parte del cuerpo que Chis puede controlar es su pie izquierdo, con el que demostrará a su familia primero, y después a todo el mundo, que es un ser humano, que puede aprender y expresarse, que no es un simple tullido inútil. En el Berlín de los años cuarenta, en el seno de una familia pobre, Chris es acarreado por sus hermanos y amigos en una carretilla de madera, arrinconado en los juegos, hacinado en su propia casa. Con ayuda de su madre -que ahorrará trabajosamente para conseguirle una silla de ruedas- y mucho amor propio, Christy logra superar los muchos obstáculos que se le presentan en el camino, hasta llegar a convertirse en un reconocido poeta, escritor y pintor en su país; totalmente autodidacta.
La magnífica interpretación de Daniel Day-Lewis -sin olvidar al actor que lo encarna de niño, Hugh O´Connor- da buena cuenta de la lucha de Christy Brown por conseguir sus sueños, más allá de las barreras sociales.
Así que deberíamos reflexionar sobre cómo nuestras manos, nuestras piernas, nuestra vista, nuestra habilidad... son solo herramientas para facilitarnos la vida. Pero la mente es la que nos hará avanzar hacia aquello que deseemos, porque ella es dueña de nuestro tesón y mueve nuestra voluntad.
"Llegar a ser lo que somos capaces de ser es el único fin de la vida."
(Robert Louis Stevenson)
CDR
Por si no estuviera ya convencida de esto, he tenido recientemente la oportunidad de ver la película Mi pie izquierdo (1989), basada en la autobiografía homónima de Christy Brown (1932-1981), pintor y escritor irlandés, víctima de una parálisis cerebral de nacimiento. La única parte del cuerpo que Chis puede controlar es su pie izquierdo, con el que demostrará a su familia primero, y después a todo el mundo, que es un ser humano, que puede aprender y expresarse, que no es un simple tullido inútil. En el Berlín de los años cuarenta, en el seno de una familia pobre, Chris es acarreado por sus hermanos y amigos en una carretilla de madera, arrinconado en los juegos, hacinado en su propia casa. Con ayuda de su madre -que ahorrará trabajosamente para conseguirle una silla de ruedas- y mucho amor propio, Christy logra superar los muchos obstáculos que se le presentan en el camino, hasta llegar a convertirse en un reconocido poeta, escritor y pintor en su país; totalmente autodidacta.
La magnífica interpretación de Daniel Day-Lewis -sin olvidar al actor que lo encarna de niño, Hugh O´Connor- da buena cuenta de la lucha de Christy Brown por conseguir sus sueños, más allá de las barreras sociales.
Así que deberíamos reflexionar sobre cómo nuestras manos, nuestras piernas, nuestra vista, nuestra habilidad... son solo herramientas para facilitarnos la vida. Pero la mente es la que nos hará avanzar hacia aquello que deseemos, porque ella es dueña de nuestro tesón y mueve nuestra voluntad.
"Llegar a ser lo que somos capaces de ser es el único fin de la vida."
(Robert Louis Stevenson)
CDR
lunes, 19 de noviembre de 2012
LA EXTRAÑA PAREJA
De
larga y acreditada tradición es el trato que mantienen cine y literatura,
literatura y cine. Difícil explicar si una influye más en otro, o viceversa.
Polémico tema sobre el que habría mucho que hablar. Es indudable la existencia
de trasvases culturales –de la poesía a la escultura, de la pintura a la poesía,
de la música a la novela… y, por supuesto, de la literatura al cine‒, creando
una verdadera telaraña de influencias artísticas.
Todos conocemos las versiones cinematográficas de El tercer hombre, El nombre de la rosa, Tirano Banderas o El gran Gatsby, por nombrar solo algunas. Y, ¿conocen películas basadas en relatos cortos? También las hay, adaptaciones de historias de Agatha Christie, Stephen King, Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe.
Pues para ahondar en este extraordinario mundo, les recomiendo un libro delicioso, Cuentos de cine (Asociación Cultural Mucho Cuento, 2010). Como una pequeña joya, en él encontrarán cuentos inspirados en películas. Si el relato, en su brevedad, debe obtener una perfecta conjunción entre la palabra y la imagen que evoca, estos dieciocho la consiguen. Desde el homenaje al reconocido guionista Rafael Azcona, en La llamada, a propósito de la película Ana y los lobos, hasta Los Goonies en el planeta desconocido, recordando aquel filme ochentero que marcó la adolescencia de una generación, esta acertada antología viene a confirmar esa fascinante relación entre ambos géneros, dispares, pero que, al fin, buscan transmitir sentimientos y mover emociones.
CDR
Todos conocemos las versiones cinematográficas de El tercer hombre, El nombre de la rosa, Tirano Banderas o El gran Gatsby, por nombrar solo algunas. Y, ¿conocen películas basadas en relatos cortos? También las hay, adaptaciones de historias de Agatha Christie, Stephen King, Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe.
Pues para ahondar en este extraordinario mundo, les recomiendo un libro delicioso, Cuentos de cine (Asociación Cultural Mucho Cuento, 2010). Como una pequeña joya, en él encontrarán cuentos inspirados en películas. Si el relato, en su brevedad, debe obtener una perfecta conjunción entre la palabra y la imagen que evoca, estos dieciocho la consiguen. Desde el homenaje al reconocido guionista Rafael Azcona, en La llamada, a propósito de la película Ana y los lobos, hasta Los Goonies en el planeta desconocido, recordando aquel filme ochentero que marcó la adolescencia de una generación, esta acertada antología viene a confirmar esa fascinante relación entre ambos géneros, dispares, pero que, al fin, buscan transmitir sentimientos y mover emociones.
CDR
miércoles, 29 de agosto de 2012
SUPERAR BARRERAS
El documental A ciegas (Blindsight), de 2006, dirigido por Lucy Walker, nos muestra todo un ejemplo de superación. El de seis adolescentes tibetanos que, siendo ciegos, aceptan el reto de escalar uno de los picos del Himalaya -el Lhakpa Ri- , de más de 7000 metros de altitud. Estos chicos son marginados en su propia cultura como si estuviesen poseídos o tuvieran que pagar por malas acciones cometidas en una vida anterior, despreciados hasta por sus familias. Sin embargo, la invidente alemana Sabriye Tenberken, fundadora de una escuela para ciegos en el Tíbet -Braille sin Fronteras-, y el montañista, también ciego, Erik Weihenmayer, ayudarán a estos jóvenes en la aventura más importante de sus vidas, la que les demostrará a ellos mismos y al mundo que se pueden superar las dificultades y llegar allá donde se propongan. Sabriye se puso en contacto con Erik después de saber que había conseguido alcanzar la cima del Everest, a pesar de su ceguera. Había leído a sus alumnos el libro del alpinista, titulado Touch the top of the world, y quiso hacerlos partícipes de ese espíritu de superación, convencerles de que podían participar de la sociedad y conseguir grandes cosas. Así surgió la expedición.
Una expedición que les hará afrontar desafíos inimaginables, como la alimentación, el mal de altura y otras enfermedades, las grietas de los glaciares y, sobre todo, caminar y escalar a ciegas en un terreno realmente peligroso, donde se juegan la vida a cada paso. Como dice uno de los integrantes, el sufrimiento te hace crear vínculos con las personas que te rodean. Una de las cosas más importantes que enseña esta película es que, afortunadamente, hay personas decididas a salir de lo preestablecido y comprometerse con causas que merecen la pena en esta vida y que no están relacionadas con el dinero, sino con algo mucho más profundo y satisfactorio. Porque además de los chicos invidentes, su monitora y el montañista estadounidense ciegos, este reto se logró gracias a todo un equipo que supo convivir durante tres meses más allá de prejuicios y estereotipos. Y por eso se alcanzó la cima. Y por eso esta historia llegó a la gran pantalla.
No supone lo mismo ser invidente en el Tíbet que en Alemania o en los Estados Unidos -moverse por una ciudad como Lhasa es un continuo sobresalto, llena de agujeros, charcos, excrementos; además de soportar las burlas de la gente de la calle- , pero en el fondo el desconcierto de que quedar ciego, la angustia primera que da paso lentamente a la confianza y a las ganas de superación y la reacción de los videntes viene a ser la misma en todo el mundo. Y aunque esta historia nos parezca lejana, lo cierto que es que no hay más que mirar a nuestro alrededor, al más próximo y cercano, para darnos cuenta de que sigue existiendo la marginación a causa de discapacidad. Es imprescindible, en pleno siglo XXI, cuando hemos alcanzado cotas impresionantes de progreso y desarrollo, luchar por la integración de estas personas y acogerlos como una parte más de nuestra sociedad. Porque si no, todo nuestro sistema no será más que una mera fachada.
Como el propio Erik Weihenmayer dice: "Perder la vista no significa perder la visión." Cuidado, no vaya a ser que nosotros, aún viendo, seamos los ciegos.
CDR
Una expedición que les hará afrontar desafíos inimaginables, como la alimentación, el mal de altura y otras enfermedades, las grietas de los glaciares y, sobre todo, caminar y escalar a ciegas en un terreno realmente peligroso, donde se juegan la vida a cada paso. Como dice uno de los integrantes, el sufrimiento te hace crear vínculos con las personas que te rodean. Una de las cosas más importantes que enseña esta película es que, afortunadamente, hay personas decididas a salir de lo preestablecido y comprometerse con causas que merecen la pena en esta vida y que no están relacionadas con el dinero, sino con algo mucho más profundo y satisfactorio. Porque además de los chicos invidentes, su monitora y el montañista estadounidense ciegos, este reto se logró gracias a todo un equipo que supo convivir durante tres meses más allá de prejuicios y estereotipos. Y por eso se alcanzó la cima. Y por eso esta historia llegó a la gran pantalla.
No supone lo mismo ser invidente en el Tíbet que en Alemania o en los Estados Unidos -moverse por una ciudad como Lhasa es un continuo sobresalto, llena de agujeros, charcos, excrementos; además de soportar las burlas de la gente de la calle- , pero en el fondo el desconcierto de que quedar ciego, la angustia primera que da paso lentamente a la confianza y a las ganas de superación y la reacción de los videntes viene a ser la misma en todo el mundo. Y aunque esta historia nos parezca lejana, lo cierto que es que no hay más que mirar a nuestro alrededor, al más próximo y cercano, para darnos cuenta de que sigue existiendo la marginación a causa de discapacidad. Es imprescindible, en pleno siglo XXI, cuando hemos alcanzado cotas impresionantes de progreso y desarrollo, luchar por la integración de estas personas y acogerlos como una parte más de nuestra sociedad. Porque si no, todo nuestro sistema no será más que una mera fachada.
Como el propio Erik Weihenmayer dice: "Perder la vista no significa perder la visión." Cuidado, no vaya a ser que nosotros, aún viendo, seamos los ciegos.
CDR
martes, 21 de agosto de 2012
MÁS QUE VINOS
Se puede ver la película Entre copas (2004) por ser aficionados a la enología, pero aun sin tener gusto alguno por el vino, este largometraje va mucho más allá, por tanto vale la pena verlo por numerosos motivos. Dirigido por Alexander Payne, fue galardonado con varios premios el año de su estreno, como dos Globos de Oro de las siete nominaciones que tenía, o el Oscar al mejor guion adaptado, contando con cinco nominaciones a este importante premio cinematográfico, entre otros.
Se trata de una comedia, con sus momentos dramáticos, que expone -con la excusa de un viaje de despedida de soltero por una ruta californiana de viñedos- la crisis de mediana edad que sufren dos amigos. Jack, actor fracasado, está a punto de casarse y quiere disfrutar a tope de sus últimos días de libertad. Y Miles, profesor de literatura, divorciado, escritor sin éxito y pesimista empedernido, sólo aspira a pasar unos días de tranquila diversión, catando vinos, comiendo bien y jugando al golf. Son muy diferentes, pero ambos tienen en común la pérdida de la juventud y la sensación de que con ella se esfuman las ilusiones.
El encuentro con Maya, camarera de un local del que Miles es cliente, y Stephanie, empleada en una bodega, en la que Jack se interesará, liará bastante el asunto. Estas mujeres sacarán lo mejor y lo peor de los protagonistas y les harán reflexionar sobre su vida. Temas como la amistad, el amor, el individualismo, la soledad o la autosuperación, son tratados por Payne con humor, serenidad y delicadeza. Aunque el trasfondo de esta película es bastante agridulce, lo cierto es que se puede adivinar como uno de sus mensajes el disfrute de la vida. Por ello está plagada de buen vino, comida contundente y hermosos paisajes a la luz del intenso sol de California.
De entre todas las magníficas escenas de este filme, me quedo con dos: la de Miles comiendo una hamburguesa mientras bebe furtivamente una botella de vino para coleccionistas, y la escena final -que no desvelaré-, de una belleza y elocuencia impactantes.
Entre copas desmiente por completo que la buena comedia norteamericana esté acabada. Porque esta es una película bien escrita, bien dirigida, bien interpretada, con una excelente banda sonora. Una aventura íntima a la vez que divertida que, cuando termina, deja ganas de repetir.
CDR
Se trata de una comedia, con sus momentos dramáticos, que expone -con la excusa de un viaje de despedida de soltero por una ruta californiana de viñedos- la crisis de mediana edad que sufren dos amigos. Jack, actor fracasado, está a punto de casarse y quiere disfrutar a tope de sus últimos días de libertad. Y Miles, profesor de literatura, divorciado, escritor sin éxito y pesimista empedernido, sólo aspira a pasar unos días de tranquila diversión, catando vinos, comiendo bien y jugando al golf. Son muy diferentes, pero ambos tienen en común la pérdida de la juventud y la sensación de que con ella se esfuman las ilusiones.
El encuentro con Maya, camarera de un local del que Miles es cliente, y Stephanie, empleada en una bodega, en la que Jack se interesará, liará bastante el asunto. Estas mujeres sacarán lo mejor y lo peor de los protagonistas y les harán reflexionar sobre su vida. Temas como la amistad, el amor, el individualismo, la soledad o la autosuperación, son tratados por Payne con humor, serenidad y delicadeza. Aunque el trasfondo de esta película es bastante agridulce, lo cierto es que se puede adivinar como uno de sus mensajes el disfrute de la vida. Por ello está plagada de buen vino, comida contundente y hermosos paisajes a la luz del intenso sol de California.
De entre todas las magníficas escenas de este filme, me quedo con dos: la de Miles comiendo una hamburguesa mientras bebe furtivamente una botella de vino para coleccionistas, y la escena final -que no desvelaré-, de una belleza y elocuencia impactantes.
Entre copas desmiente por completo que la buena comedia norteamericana esté acabada. Porque esta es una película bien escrita, bien dirigida, bien interpretada, con una excelente banda sonora. Una aventura íntima a la vez que divertida que, cuando termina, deja ganas de repetir.
CDR
jueves, 9 de agosto de 2012
MANOS NEGRAS
Después de ver la película 14 kilómetros (2007), de Gerardo Olivares, ha quedado grabada en mi retina la imagen de las manos de los protagonistas, Buba y Violeta, enlazadas, antes de rendirse exhaustos debajo de unas acacias en el desierto. Un desierto que tuvieron que cruzar desde el sur de Níger hasta llegar, con muchísimas dificultades, a Marruecos para intentar pasar a España. Unas manos negras que me hicieron pensar en qué se diferencian de las nuestras. Qué nos separa a los seres humanos aparte de las distancias y los prejuicios, pues las ilusiones, las tristezas y alegrías son las mismas. Y, como apunta Rosa Montero al final del largometraje: "no hay muro capaz de contener los sueños."
Esos 14 kilómetros son los últimos, los que separan Europa de África, pero además la película nos muestra el largo y duro camino que tienen que recorrer los inmigrantes antes de llegar a las costas en que embarcarán, hacinados, en las pateras que vemos llegar en los informativos. Asimismo también se trata la corrupción policial y el negocio clandestino y sin escrúpulos de aquellos que se lucran con la inmigración ilegal, aprovechándose de la esperanza de las personas. Vean si no la grandísima paradoja, a modo de falacia, que expresa un traficante pidiéndole a Buba más dinero -después de haberle dado más de 700€- por el viaje en "una patera digna de un rey." Y por si esto fuera poco para reflexionar, mientras los protagonistas permanecen en el desierto del Sáhara, auxiliados por una familia de Tuaregs, se lanza la idea de que el futuro está en África, que en lugar de utilizar tanto esfuerzo y dinero para salir de allí, sus gentes deberían invertir eso mismo en hacer prosperar el continente.
Gerardo Olivares, experto en documentales, nos ofrece en esta película -digna merecedora de la Espiga de Oro en la 52 Semana Internacional de Cine (SEMINCI) de Valladolid- una mezcla entre la ficción del cine y la realidad del género documental, porque trabaja con personas que no son actores y nos acerca a la verdad del drama de la inmigración, centrándose además en la belleza de África y en el carácter de sus gentes. Su acierto, haber conseguido llegar a las salas de cine y que al menos, a poco sensibles que seamos, nos concienciemos siquiera por un momento con este problema que no ocupa tanto espacio como la economía o la política, pero que es uno de los más graves en la actualidad.
CDR
Esos 14 kilómetros son los últimos, los que separan Europa de África, pero además la película nos muestra el largo y duro camino que tienen que recorrer los inmigrantes antes de llegar a las costas en que embarcarán, hacinados, en las pateras que vemos llegar en los informativos. Asimismo también se trata la corrupción policial y el negocio clandestino y sin escrúpulos de aquellos que se lucran con la inmigración ilegal, aprovechándose de la esperanza de las personas. Vean si no la grandísima paradoja, a modo de falacia, que expresa un traficante pidiéndole a Buba más dinero -después de haberle dado más de 700€- por el viaje en "una patera digna de un rey." Y por si esto fuera poco para reflexionar, mientras los protagonistas permanecen en el desierto del Sáhara, auxiliados por una familia de Tuaregs, se lanza la idea de que el futuro está en África, que en lugar de utilizar tanto esfuerzo y dinero para salir de allí, sus gentes deberían invertir eso mismo en hacer prosperar el continente.
Gerardo Olivares, experto en documentales, nos ofrece en esta película -digna merecedora de la Espiga de Oro en la 52 Semana Internacional de Cine (SEMINCI) de Valladolid- una mezcla entre la ficción del cine y la realidad del género documental, porque trabaja con personas que no son actores y nos acerca a la verdad del drama de la inmigración, centrándose además en la belleza de África y en el carácter de sus gentes. Su acierto, haber conseguido llegar a las salas de cine y que al menos, a poco sensibles que seamos, nos concienciemos siquiera por un momento con este problema que no ocupa tanto espacio como la economía o la política, pero que es uno de los más graves en la actualidad.
CDR
martes, 24 de julio de 2012
GANA LA SENCILLEZ
El domingo vi la película de David Lynch Una historia verdadera (The Straight Story), de 1999, nominada a un Oscar al mejor actor, dos nominaciones al Globo de Oro, nominada también a la Palma de Oro a la mejor película en el Festival de Cannes, y que obtuvo dos premios del Círculo de críticos de Nueva York. Sin duda un gran éxito para un largometraje que se caracteriza por su sencillez, algo no muy común en las grandes producciones del cine norteamericano.
Se trata de la conmovedora historia de un anciano, Alvin Straight, que convive con una hija discapacitada. A pesar de su achacosa salud, decide emprender un viaje para visitar a su hermano Lyle, que acaba de sufrir un infarto, y con el que no se habla desde hace diez años. Lo sorprendente es que Alvin debe realizar el viaje en una cortacésped, puesto que ni tiene permiso de conducir ni su deteriorada vista se lo permitiría. Un gran reto personal recorrer más de 500 kilómetros en tan singular medio de transporte. A lo largo del camino, Alvin se encontrará con personas a las que ayudará y que también le echarán una mano, escuchará y será escuchado, de modo que esta road movie se convierte en un verdadero canto a la vida. Con importantes temas de trasfondo, como la experiencia de los combatientes en la Segunda Guerra Mundial, la añoranza de la juventud cuando se llega a la última parte de la vida, la solidaridad, la perseverancia y, por supuesto, las relaciones fraternales, esta historia verdadera del señor Straight nos hace reflexionar siquiera un momento sobre las cosas importantes y pone de relieve la naturaleza bondadosa del ser humano. Para el protagonista, este camino supone tanto una reflexión como una expiación de aquello de lo que no se siente orgulloso.
Por otra parte, uno de los aspectos que más me impresionó de la película fue su lentitud. En una época en que estamos condenados a la velocidad, a vivir deprisa, esta película nos permite un momento sosegado, en el que podemos detenernos en los detalles y apreciar el recorrido del personaje con detenimiento. A esto se une una maravillosa banda sonora y una fotografía impecable.
No crean que es una película sensiblera y bucólica. También aparecen la muerte, la mentira, el alcoholismo, el dolor, pero de una forma natural, como parte de la vida, sin recreaciones. Y el resultado es, como he dicho, sencillo -que no simplista- pero profundo.
Una película para sentirla.
CDR
Se trata de la conmovedora historia de un anciano, Alvin Straight, que convive con una hija discapacitada. A pesar de su achacosa salud, decide emprender un viaje para visitar a su hermano Lyle, que acaba de sufrir un infarto, y con el que no se habla desde hace diez años. Lo sorprendente es que Alvin debe realizar el viaje en una cortacésped, puesto que ni tiene permiso de conducir ni su deteriorada vista se lo permitiría. Un gran reto personal recorrer más de 500 kilómetros en tan singular medio de transporte. A lo largo del camino, Alvin se encontrará con personas a las que ayudará y que también le echarán una mano, escuchará y será escuchado, de modo que esta road movie se convierte en un verdadero canto a la vida. Con importantes temas de trasfondo, como la experiencia de los combatientes en la Segunda Guerra Mundial, la añoranza de la juventud cuando se llega a la última parte de la vida, la solidaridad, la perseverancia y, por supuesto, las relaciones fraternales, esta historia verdadera del señor Straight nos hace reflexionar siquiera un momento sobre las cosas importantes y pone de relieve la naturaleza bondadosa del ser humano. Para el protagonista, este camino supone tanto una reflexión como una expiación de aquello de lo que no se siente orgulloso.
Por otra parte, uno de los aspectos que más me impresionó de la película fue su lentitud. En una época en que estamos condenados a la velocidad, a vivir deprisa, esta película nos permite un momento sosegado, en el que podemos detenernos en los detalles y apreciar el recorrido del personaje con detenimiento. A esto se une una maravillosa banda sonora y una fotografía impecable.
No crean que es una película sensiblera y bucólica. También aparecen la muerte, la mentira, el alcoholismo, el dolor, pero de una forma natural, como parte de la vida, sin recreaciones. Y el resultado es, como he dicho, sencillo -que no simplista- pero profundo.
Una película para sentirla.
CDR
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