Páginas vistas en total

jueves, 25 de septiembre de 2014

SUEÑO Y REALIDAD

En esta tarde lluviosa de otoño, cuando ya la luz es gris y van quedando atrás los calores del estío, recomendamos una interesante lectura.

Con este verso de Salvatore Cuasimodo, “oscura monótona sangre”, titula el periodista argentino Sergio Olguín (Buenos Aires, 1967) su novela. Una historia que conquistó al jurado del V Premio Tusquets Editores de Novela.

Se trata de un relato vibrante que atrapa desde el primer momento, con un estilo inconfundiblemente periodístico por su sencillez, sobriedad y concisión, a la vez que de una rotunda calidad literaria.

Oscura monótona sangre (2010) está ambientada en Buenos Aires, con un vocabulario porteño auténtico que no hace a esta novela, sin embargo, localista, ya que puede ser entendida por cualquier lector y lo que aquí ocurre podría pasar en cualquier ciudad del mundo. El contraste entre la riqueza y la pobreza es algo tristemente universal, así como la lucha del ser humano consigo mismo.

La trama se nutre, como en anteriores novelas de Olguín (El equipo de los sueños, 2005, Lanús, reeditada en 2008), del propio medio de la ciudad, desde la corrupción hasta las drogas, pasando por la marginalidad y la violencia. Pero no se trata de un thriller al uso, sino que se narra la historia de una obsesión erótica, que lleva al personaje a una paulatina e inevitable degradación. Huyendo, además, de cualquier tipo de enjuiciamiento moral, el lector se sitúa en esa misma postura neutra. En este sentido, como el propio autor confiesa, es evidente la influencia de Simenon, maestro en relatos de intriga con incremento emocional, normalmente de base sexual amorosa.

Julio Andrada es un empresario boyante y ejemplar que somete su vida a una rigurosa rutina, lo que le permite tenerlo todo bajo control. De origen humilde, Andrada ha ido escalando posiciones en la sociedad hasta convertirse en un vecino respetable. No obstante un día, por el azar de una conversación, algo instintivo y superior a su voluntad lo arrastra a “la villa”, un barrio miseria de las afueras. Allí conoce a Daiana, una joven prostituta de quince años, que será el motor de su desgracia. A partir de aquí, el protagonista se debatirá entre lo que siente y lo que es correcto, entre lo que ha sido y lo que cree ser, entre la apariencia y la verdad. Dispuesto a traspasar todas las fronteras, Andrada se encontrará cayendo en un abismo mientras él creía subir al cielo. 

Efectivamente, este relato lineal y sin ostentaciones, nos muestra la progresión del personaje desde “la villa” hasta “el cielo”, donde finalmente éste se pregunta sobre la posibilidad de acariciar un sueño. Lo que se desea se convierte en real con sólo desearlo, pero las ilusiones, las fantasías, están hechas de ese material onírico que se nos escapa de las manos; la realidad se impone con dureza.

Las últimas novelas de Olguín, La fragilidad de los cuerpos (2013) y Las extranjeras (2014), que tampoco tienen desperdicio, las dejaremos para más adelante.

¡Feliz lectura!

CDR

2 comentarios:

  1. Es verdad, el otoño invita a recogerse y este es un buen motivo. No conzco a Olguín y su literatura, pero según la reseña, invita a meterse de lleno. Lo tendremos en cuenta.
    Pmd.

    ResponderEliminar