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domingo, 20 de enero de 2013

EN EL VACÍO

Jon era escalador desde niño, desde que su padre lo llevó por primera vez a la Peña Roja y lo puso ante sus paredes, llenas de pequeñas hendiduras invisibles a sus inexpertos ojos, pero que poco a poco se iban descubriendo al tacto de sus dedos y las puntas de sus pies de gato.
 
Llevaba unos diez años trepando por las vías más complicadas del Pirineo y abriendo otras nuevas con un osado atrevimiento cuando ocurrió el trágico accidente. Uno de los seguros saltó, a pesar de la meticulosidad con que los colocaba, y Jon cayó con tan mala fortuna que su cabeza primero y después su espalda dio fuertemente contra la roca antes de quedar suspendido, sujeto por el siguiente anclaje instalado. Quedó inconsciente y sólo el sexto sentido de su padre, que pensó que algo iba mal cuando Jon no volvía a la hora de comer, logró salvarle la vida. El equipo de rescate pudo llegar hasta él, porque afortunadamente llevaba el reloj localizador que su padre le regaló en su último cumpleaños. A Jon no le gustaban los móviles ni las tecnologías en general, pero su padre le convenció de que era imprescindible llevar ese aparato para su seguridad.
 
Cuando informaron a Luis de que su hijo quedaría tetrapléjico, con daños irreversibles en la función cerebral, el mundo se le vino encima. Lo primero que se le pasó por la cabeza fue que gracias a Dios su esposa no tendría que pasar ese trago, pues había fallecido dos años antes. Ella temía tanto su amado deporte. Aceptaba a duras penas que él lo practicara porque sabía que era su pasión, pero no podía soportar el sufrimiento de imaginarse a Jon colgado de una pared de roca. ¿Cómo afrontaría ahora la culpa de haberlo iniciado en la escalada y de este fatal desenlace? Al menos estaba solo para cargar con la losa que a partir de ahora llevaría. Y esa certeza le desgarró el alma y lo arrasó en lágrimas.
 
Aparentemente, Jon no se enteraba de nada, su cuerpo postrado en la cama, conectado al respirador, no era más que un montón de huesos y carne sin sensibilidad. La rehabilitación sólo servía para mantener el tono muscular, a lo que contribuía su juventud, y el trabajo de la especialista no estaba dando frutos a nivel cerebral. Sin embargo, Jon no estaba muerto ni era un vegetal, algo dentro de él seguía soñando con escalar las altas cumbres de los Alpes suizos, del Himalaya, se veía a sí mismo desafiando los abismos que se abrían entre las verticalidades que conquistaba. No tenía forma alguna de expresarlo, todo era tragado por el vacío de esa impotencia.
 
Luis salía a escalar cuando ya no podía resistir la presión que le oprimía el pecho, tras el trabajo y llegar a casa para encontrar un improvisado hospital que poco a poco iba extendiéndose por todas las estancias, para ver a su único hijo inútil ya para la vida. Entonces, se agarraba con fuerza a la roca, miraba hacia abajo y sentía deseos de dejarse caer, para desaparecer en el vacío. Pero no podía hacerlo, Jon le necesitaba.
 
CDR    

3 comentarios:

  1. La vida, lo real, el deporte de riesgo y las dificultades se aunan para pese a todo, aferrarse a una cruda esperanza.
    Buen relato,
    Pmd.

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  2. Arriesgar y asumir las consecuencias. La vida es así.
    Tati.

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  3. Duro y triste, me ha dejado el estómago encogido.
    Y, como todos tus relatos, engancha.

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