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miércoles, 24 de abril de 2013

LIMITADOS

Hace unos años, quizá ya demasiados, cualquier lugar podía convertirse en una biblioteca improvisada. Los viajes en autobús, en el tedioso trayecto al trabajo o al lugar de estudio, se llenaban de cabezas inclinadas sobre libros. En los parques se podía ver a personas leyendo. También era frecuente esa escena en las salas de espera de los centros de salud. Tampoco era extraño encontrar algún lector solitario en la mesa de un bar.

Hoy por hoy lo raro es encontrar en un sitio público -no me atrevo a meterme en la intimidad- a alguien con un libro en las manos. Para qué si tenemos una gran variedad de artefactos que nos entretienen en esos momentos vacíos. Cómo se va a poner uno a leer si puede echar un vistazo al mundo a través de internet, chatear con los cientos de amigos que tiene, aprovechar para cargarse a algunos marcianitos. Quedarse embobado, en fin, limitado el entendimiento a lo que sucede en una pantalla. Y dicen que leer es aburrido.

Por otra parte, los niños, antes, se solían esconder a leer en secreto o utilizaban linternas bajo las sábanas para cambiar las horas de sueño por horas de aventuras. El regalo de un libro era un acontecimiento, la promesa de un nuevo mundo por descubrir.

Ahora están demasiado ocupados, con el culo pegado a la silla y la vista nublada por las horas ante el monitor, o tumbados en la cama moviendo los dedos frenéticamente sobre los botones hasta la madrugada. El regalo preferido, cada vez a más temprana edad, es un aparato tecnológico, sin duda. 

Me preocupan sobre todo los jóvenes, que en su mayoría afirman que es impensable dedicar tiempo a leer con la cantidad de cosas que les ofrece la vida de hoy. Que hay jóvenes lectores no lo pongo en duda, pero yo cada vez conozco a menos. Y me refiero a chicos y chicas que lean por voluntad propia, no a esos buenos estudiantes que se leen los libros que les prescribimos en los centros escolares como hacen cualquier cosa que les sirva para su nota.

Me inquieta el hecho de que se rían ante la absurda idea de que a alguien le entusiasme leer e invierta su valioso tiempo en ello. Que opinen que es más atractiva una persona que está a la última en tecnología, que conoce al dedillo los programas de televisión, que sale de juerga los fines de semana, que aquel ser monótono al que le gustan los libros y los prefiere a todo lo anteriormente citado. Porque ellos creen que todas esas cosas son excluyentes, que si te gusta leer no te gusta salir a divertirte con tus amigos, que si te interesa la lectura eres un muermo. Y no me estoy inventando esto, son conclusiones que saco de las conversaciones que tengo con mis alumnos. ¿Es que son de lo peorcito que hay? No, creo que son representativos de una generación apática, desinteresada y limitada por el bombardeo propagandístico, por la dirección de una sociedad que nos encarrila hacia unos intereses superfluos y nos aleja de la esencia de las cosas. Pues tengo entre mis alumnos chicos y chicas, entre doce y dieciocho años, buenos y malos estudiantes, de diferentes condiciones sociales, es decir, heterogeneidad que permite realizar un amplio sondeo de cómo es la juventud a esas edades.

Supongo que no está bien escribir algo así a la vuelta de la esquina del Día del Libro, pero para qué engañarnos o dejarnos seducir por lo bien que han respondido nuestros alumnos a las actividades propuestas con tal motivo, si en realidad los hemos de alguna forma obligado. Si sabemos que al salir del instituto, aún antes de llegar a la calle, ya por los pasillos, empiezan a darle a los botones y no pararán hasta bien entrada la noche.

CDR  

4 comentarios:

  1. Quizás debamos ayudar a que les guste leer con los antiguamente llamados "libro-fórums", algo así como hablar de un libro después de leído, no hace falta explicar recursos y figuras literarias de principio, con el tiempo todo se andará, si no empezar con si les ha gustado, porqué y qué han visto en lo que han leído que les ha llamado la atención. Así funcionan dos talleres de gente joven por aquí y faltan plazas con la lista de espera que hay. No es un consejo, ni siquiera una idea pero hablar de un libro leído puede ser una buena terapia para desconectar de botones. Iria.

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  2. ¿Debemos cambiar las tácticas de animación lectora? ¿Debemos empezar por los hogares donde todo está tecnificado? ¿Debemos devolver el gusto y el amor por la letra impresa y el tacto de los libros? No quiero creer que todos los niños, alumnos, adolescentes, hombres y mujeres sean así. Ayer unos padres vinieron a leer con sus hijos a nuestro instituto, y esos padres leyeron: una rima de Bécquer, fragmento de La Plaza del Diamante, El Principito...
    ¡Quizá aun nos queda esperanza a quienes amamos los libros y la lectura.
    Pmd.

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  3. Si yo no digo que no haya quien lea. Y entre ellos, muchos niños y jóvenes. Ni tampoco digo que nosotros, como docentes, tengamos que conseguir que todos nuestros alumnos se conviertan en devoradores de libros, aunque eso sea lo que nos gustaría a algunos. Sólo noto que existe una tendencia general al absoluto rechazo a la lectura por parte de los más jóvenes. Claro que seguiremos fomentando el amor por los libros y habrá quien lo consolidará, y quien lo traiga ya de casa, claro que hay técnicas alternativas a la lectura académica. Lo que intento reflejar es que, agotado todo ello, prevalece el gusto por la tecnología y la falta de respeto y la más mínima curiosidad por esa antigualla del libro. Ejemplo: un chico que se ufana de no tener ni uno.

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  4. Se ha perdido, en general, el placer de tocar el libro. Desde luego, ahora, lo que es extraño es pasear por la calle y no ver a alguien tecleando. hace tiempo que no he subido en el metro de una gran ciudad; antes, cuando en alguna ocasión lo he hecho, tengo el bonito recuerdo de ver a la mayoría de las personas con un libro en la mano, para cubrir esa trayectoria, más o menos larga, que le llevaría al trabajo o a cualquier otro destino. Estoy casi segura que ahora el panorama ha cambiado. De cualquier manera creo que siempre quedará alguien que sienta ese amor infinito por los libros y por todos los sueños que pueden aportarnos.
    Tati.

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