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martes, 1 de julio de 2014

AMORES EN LA MITOLOGÍA (VI)

En este primer día del mes de julio, vamos a recordar uno de los amores dionisíacos más conocidos: el del caprichoso dios con la bella Ariadna.

Dioniso es hijo de Zeus y Selene, hija de Cadmo. Un inmortal embriagador, inspirador, con una belleza natural y salvaje, en el que todo es impulso y prodigio. Nada hay en su historia que no esté tocado con el sello de lo divino. Su crianza estuvo a cargo de las ninfas, por tanto no es extraño que Dioniso se convirtiera en un inimitable seductor. Efectivamente, el dios sedujo a no pocos hombres y mujeres, si bien la narración que nos ocupa hoy es la de sus amores con Ariadna, hija de Minos y Pasifae. Dioniso decidió llevar a esta mujer al Olimpo.

La historia se remonta al momento en que Teseo llegó a Creta para combatir al Minotauro. Entonces fue cuando Ariadna conoció al héroe y se enamoró perdidamente de él al instante. Como se sabe, la joven lo ayudó a encontrar la salida del tortuoso laberinto de Dédalo, de una forma muy sencilla: dándole un ovillo de lana que este fue devanando cuando entró al laberinto y luego siguió para salir del mismo, una vez hubo matado al monstruo.

Y cuenta el mito que:

"En realidad, Ariadna ayudó a Teseo a cambio de que se casara con ella. Y ciertamente después de la aventura, ambos escaparon rumbo a Atenas. Sin embargo, los prometidos no llegarían a su destino. Una escala en la isla de Naxos trastocó los planes, como se tuercen las cosas ante el capricho de un dios. Pues en la isla se hallaba Dioniso, quien al ver a Ariadna quedó prendido por su belleza y decidió hacerla suya a toda costa. Por supuesto, antes tenía que deshacerse de Teseo, para lo que recurrió a sus dotes divinos. Así, durante la noche, mientras el héroe dormía profundamente, Dioniso se le presentó en sueños, sin esconder su identidad, y le aconsejó que partiera de inmediato, dejando en la isla a su prometida. Si no lo hacía, le previno el dios, una terrible desgracia le sucedería. Teseo, siempre en sueños, le contestó que la boda ya estaba planeada y que no podía echarse atrás. Dioniso se sorprendió ante tal resistencia, pero insistió en que si no salía de la isla sin ella, lo pagaría con grandes calamidades. Además, apeló al buen corazón de Teseo, diciéndole que el futuro de la joven sería más venturoso con él, pues le otorgaría la inmortalidad de los dioses.

Al día siguiente, cuando Teseo despertó, tenía el convencimiento de que lo correcto era llevarse a Ariadna. De todos modos, sentía una gran desazón y apresuró a sus hombres para partir lo antes posible. Mas de pronto, cuando se disponía a buscar a la muchacha, se desató una tormenta de gran virulencia. La desesperanza de Teseo se acrecentó porque no encontraba a Ariadna por ningún lado. Entonces comprendió que su sueño había sido algo más que eso y que Dioniso se había salido con la suya. La desgracia anunciada era la desaparición de Ariadna, que seguramente ya estaba con el dios, y no podría recuperarla nunca. Así, Teseo se marchó invadido por la pena.

Mientras Teseo se angustiaba por la desaparición de Ariadna, Dioniso ya se había encargado de llevársela. La joven también estaba desesperada por la pérdida de su amado, pero pronto el dios consiguió seducirla con vino y con la promesa de una vida eterna en el Olimpo. Sin poder reaccionar, Ariadna se vio repentinamente envuelta en una nube divina, que la condujo a la morada de los dioses. Allí le aguardaba una bienvenida propia de una diosa y los preparativos de la boda estaban ya dispuestos. Algo casi imposible de rechazar... La pareja se casó y compartió lecho en el Olimpo. Como regalo de bodas, Dioniso le regaló a Ariadna una diadema de oro confecionada por el mismo Hefesto."

Pero, por supuesto, pronto el dios se desdijo de su amor eterno y se marchó sin más a la India. Ariadna se quedó sola y finalmente se convirtió, junto con su regalo, en una constelación: la corona Boreal. Mientras, Dioniso siguió con sus amoríos -de alguno más nos ocuparemos en otra ocasión.-

No es poca la herencia que los dioses han dejado a los hombres.

CDR

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