Pasado: dícese del tiempo pretérito, ese que tanto nos costaba aprendernos de niños en la escuela y que aún hoy sigue agobiando a los alumnos con sus matices de imperfecto, perfecto, pluscuamperfecto, anterior.
Pero el pasado no es solo un tiempo que pasó, sino también lo que en él sucedió; todos tenemos nuestro pasado, que nos acompaña a veces como una pesada carga, que forma parte de lo que somos, que guarda nuestros recuerdos. Aunque el pasado se fue y ya no existe, no conseguimos quitarle importancia.
Y más allá de todo eso, echando un vistazo al diccionario, descubrimos que en Cuba se dice pasado/-a a alguien muy inteligente, a una mujer atractiva y exuberante (con dos entradas distintas, ¿es que ambas cosas son incompatibles?), y a una cosa de buena calidad. ¡Qué pasada! decimos nosotros cuando algo nos parece genial.
Si ha desertado de un ejército para servir en el enemigo, es usted un pasado. Y si plancha la ropa de una manera ligera, está haciendo un pasado a sus prendas. Ya se sabe que hacer las cosas sin excesivo cuidado o a modo de repaso final, es simplemente dar una pasada. Aquel sitio por donde pasamos, correctamente sería llamado pasado. Por no hablar de aquella pasada que nos han hecho en alguna ocasión y tanto nos ha fastidiado. Tampoco nos gusta aquello que está pasado de moda. Y preferimos los huevos pasados por agua que, por ejemplo, los viajes en las mismas condiciones.
Nadie quiere sentir que han pasado de él en ningún contexto.
Pero lo más importante es no olvidar nunca que en este mundo estamos de pasada.
CDR
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domingo, 11 de noviembre de 2012
sábado, 10 de noviembre de 2012
MISTERIO GATUNO
Seguro que no les sorprende que confiese hoy abiertamente mi predilección por los gatos.
De estirpe de dioses egipcios, elegantes y misteriosos, independientes, amados u odiados y en todo caso indiferentes, no es que los gatos hayan sido domesticados, sino que ellos han elegido hacernos creer que los hemos sometido. Los gatos no necesitan vivir con nadie, si lo hacen es porque quieren.
Un gato puede transformar una casa en un hogar.
Un gato puede ser tu amigo inseparable, pero no tu esclavo.
Un gato es absolutamente sincero, nunca fingirá sus sentimientos.
Ningún gato es común.
Para homenajear a estos inteligentes, sinuosos y sugerentes orejones puntiagudos, no encuentro mejor manera que transcribir la "Oda al gato" de Pablo Neruda, que resume en sus versos todas las cualidades, habilidades y el encriptado carácter gatuno, superior a nuestro entendimiento. Un misterio que, a algunos, nos fascina:
Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.
El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.
No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche.
Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas
cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.
Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.
Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.
Como afirmó Leonardo Da Vinci, "El más pequeño gato es una obra maestra."
CDR
De estirpe de dioses egipcios, elegantes y misteriosos, independientes, amados u odiados y en todo caso indiferentes, no es que los gatos hayan sido domesticados, sino que ellos han elegido hacernos creer que los hemos sometido. Los gatos no necesitan vivir con nadie, si lo hacen es porque quieren.
Un gato puede transformar una casa en un hogar.
Un gato puede ser tu amigo inseparable, pero no tu esclavo.
Un gato es absolutamente sincero, nunca fingirá sus sentimientos.
Ningún gato es común.
Para homenajear a estos inteligentes, sinuosos y sugerentes orejones puntiagudos, no encuentro mejor manera que transcribir la "Oda al gato" de Pablo Neruda, que resume en sus versos todas las cualidades, habilidades y el encriptado carácter gatuno, superior a nuestro entendimiento. Un misterio que, a algunos, nos fascina:
Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.
El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.
No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche.
Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas
cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.
Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.
Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.
Como afirmó Leonardo Da Vinci, "El más pequeño gato es una obra maestra."
CDR
jueves, 8 de noviembre de 2012
ESE PAR
Los
senos son objeto de deseo, qué duda cabe. O sí. Quizás la facilidad con que hoy
se muestran les resta algo de misterio y nos parecen ya simplemente una parte
corporal más, como un brazo o una oreja, permítaseme el ejemplo. Sin embargo,
la belleza y delicadeza de ese par de concavidades femeninas es indiscutible.
Dadores de placer, procuradores de vida, también a veces se ven afectados por
la terrible enfermedad del cáncer. Las estadísticas nos hablan de que hoy en día
un alto porcentaje de casos supera esta dolencia. Ello es gracias a los avances
en medicina, pero además debemos valorar la fuerza, el coraje y el optimismo
con que la mayoría de mujeres afrontan este problema. Es admirable la ilusión
por vivir, el afán de superación que demuestran estas personas, algo común en
la mayoría de enfermos de este horrible mal, pero más impresionante si cabe al
tratarse de esa parte tan susceptible de hacernos sentir bellas, vivas,
femeninas.
Cuando cayó en mis manos Un dulce par de senos (2011), de
Giuseppina Torregrosa, me llamó la atención la vistosa portada, sensual a la
vez que delicada, que muestra dos minne
de Santa Ágata, pasteles típicos italianos, redondos, suaves y blancos,
adornados con guinda roja. Después de leerlo, me ha impresionado la capacidad
de tratar un tema tan duro, que la autora -ginecóloga de profesión- ha sufrido
personalmente, con tanta sutileza, inteligencia y sentido del humor. Desde
luego, es necesario un enfoque así. Para que aquellas que lo conocen de primera
mano se reconforten, para que las demás -y los demás- aprendamos.
CDR
miércoles, 7 de noviembre de 2012
EL MONSTRUO QUE HEMOS CREADO
Cogemos a un bebé, lo criamos con todo nuestro amor, consentimos sus pequeñas travesuras conforme va creciendo, reímos sus faltas como gracias -qué simpático es nuestro chiquitín-, le consultamos decisiones como si se tratase de un adulto y, aún más, nos doblegamos a su voluntad, lo tratamos como a un igual, nos da miedo gritarle, no podemos ponerle una mano encima (un cachete en el culo podría traumatizarlo de por vida)... Y cuando queremos darnos cuenta, ya es tarde, el monstruo que hemos creado dispone por sí mismo. Ahora, donde dice "bebé" pongan "toda una generación" y el resultado es lo que tenemos hoy, una casta monstruosa, no por feos, sino por excesivos, hasta por crueles y perversos en ocasiones.
Que hay niños y jóvenes buenísimos, educadísimos y amabilísimos es indiscutible. Pero que la inmensa mayoría se incluirían en la descripción anteriormente dada, tampoco admite duda. Y lo peor es que, en realidad, ellos no tienen culpa. Así los hemos moldeado. Son el producto de nuestra educación. Les hemos fomentado tanto la autoestima que sólo piensan en sí mismos; les hemos inculcado tan bien el concepto de libertad que no entienden que la suya acaba donde empieza la de los demás; les hemos infundido tan profundamente el respeto, que no admiten más que el que a ellos se les debe; de la dicotomía derechos/deberes sólo aceptan la primera parte. No conocen límites, sólo aspiran a su propia satisfacción y nos tratan con indiferencia, como si estuvieran de vuelta de lo que tengamos que decirles. Nuestras palabras no son para ellos más que sermones inútiles.
Con este panorama entramos los docentes cada día al aula, debemos ir con pies de plomo para no herir sensibilidades adolescentes, hemos de reprenderlos o corregirlos en voz baja para que no piensen que les estamos gritando, les entregamos nuestro conocimiento, nuestra experiencia, hasta nuestro cariño y, en general, recibimos desaires, malas contestaciones y toda una gama de demostración de su dominio de las leyes. Lejos queda ya la tarima, eliminada de las clases para declarar igualdad entre profesor y alumnos, algo que debería ser simbólico y que, sin embargo, se ha convertido en un fiel reflejo de la realidad. Si seguimos así, pronto habrá que poner las mesas del alumnado en una gran plataforma, para que ellos hagan gala de su superioridad.
No quiero parecer (demasiado) agorera. Claro que tengo alumnos ejemplares, claro que algunos me demuestran su afecto y hasta su admiración. Pero, lo siento, mi impresión es que esto es paulatinamente más improbable.
El monstruo que hemos creado con nuestro complejo de autoridad, con nuestra laxitud en la disciplina, con nuestra falta de tiempo para educar, sigue creciendo y amenaza con engullirnos.
CDR
Que hay niños y jóvenes buenísimos, educadísimos y amabilísimos es indiscutible. Pero que la inmensa mayoría se incluirían en la descripción anteriormente dada, tampoco admite duda. Y lo peor es que, en realidad, ellos no tienen culpa. Así los hemos moldeado. Son el producto de nuestra educación. Les hemos fomentado tanto la autoestima que sólo piensan en sí mismos; les hemos inculcado tan bien el concepto de libertad que no entienden que la suya acaba donde empieza la de los demás; les hemos infundido tan profundamente el respeto, que no admiten más que el que a ellos se les debe; de la dicotomía derechos/deberes sólo aceptan la primera parte. No conocen límites, sólo aspiran a su propia satisfacción y nos tratan con indiferencia, como si estuvieran de vuelta de lo que tengamos que decirles. Nuestras palabras no son para ellos más que sermones inútiles.
Con este panorama entramos los docentes cada día al aula, debemos ir con pies de plomo para no herir sensibilidades adolescentes, hemos de reprenderlos o corregirlos en voz baja para que no piensen que les estamos gritando, les entregamos nuestro conocimiento, nuestra experiencia, hasta nuestro cariño y, en general, recibimos desaires, malas contestaciones y toda una gama de demostración de su dominio de las leyes. Lejos queda ya la tarima, eliminada de las clases para declarar igualdad entre profesor y alumnos, algo que debería ser simbólico y que, sin embargo, se ha convertido en un fiel reflejo de la realidad. Si seguimos así, pronto habrá que poner las mesas del alumnado en una gran plataforma, para que ellos hagan gala de su superioridad.
No quiero parecer (demasiado) agorera. Claro que tengo alumnos ejemplares, claro que algunos me demuestran su afecto y hasta su admiración. Pero, lo siento, mi impresión es que esto es paulatinamente más improbable.
El monstruo que hemos creado con nuestro complejo de autoridad, con nuestra laxitud en la disciplina, con nuestra falta de tiempo para educar, sigue creciendo y amenaza con engullirnos.
CDR
martes, 6 de noviembre de 2012
MUJERES: ANTROPÓLOGA LIBERAL
Continuamos nuestra serie de homenajes a grandes mujeres con Margaret Mead (1901-1978), una figura importantísima dentro del ámbito de la antropología del siglo XX. Un personaje complejo, enigmático, del que daremos aquí algunas claves para entender su grandiosidad y su singularidad.
Hija de un economista, profesor universitario, y de una socióloga, Margaret nació en Filadelfia. Por cuestiones laborales, la familia tenía que mudarse a menudo y la niña pronto empezó a desarrollar su carácter. A los once años se bautizó en contra de la voluntad de sus padres, que no eran creyentes. A los veintidós años, también sin el consentimiento familiar, contrajo matrimonio con un joven sacerdote protestante, pero conservó su apellido de soltera, algo impensable en la época. Margaret engañó a su marido con un colega antropólogo, se divorció y volvió a casarse hasta tres veces, hecho igualmente inusual. Tuvo fama de ser una mujer con numerosos amantes. Sin embargo, a partir de 1955 vivió con una compañera antropóloga, Rhoda Metraux, lo que avivó entonces los rumores sobre su homosexualidad, aunque no está demostrado que esta fuese una relación lésbica. A Margaret le gustaba vivir en comuna y practicaba el amor libre. No es de extrañar que fuera criticada y denostada por sus coetáneos.
Mead se graduó en Antropología en 1923 y obtuvo el doctorado de la Universidad de Columbia en 1929. Pronto se dio a conocer por su trabajo de campo en Samoa (Polinesia), además de colaborar como asistente del director del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Llegó a ser directora de enología en esa misma institución entre 1946 y 1969. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en el "Comité de hábitos alimenticios" del Consejo Nacional de Investigación. A mitad de los años cincuenta trabajó también como profesora adjunta de la Universidad de Columbia. Sus estudios se centraron en los problemas de crianza infantil, personalidad y cultura, motivada por su instructora, Ruth Benedict, con quien también mantuvo una ambigua relación.
Si algo caracterizó a esta pequeña mujer (medía solo metro y medio) fue su energía -hoy quizá la denominaríamos como hiperactiva-. Vivía a toda velocidad. Se levantaba antes de amanecer y escribía todos los días para después irse al trabajo. Así llegó a firmar treinta y nueve libros, más de mil artículos, más de cuarenta obras filmadas y hasta una quincena de trabajos de campo en lugares remotos. Por si esto fuera poco, Mead dio un sinfín de conferencias, concedió numerosas entrevistas, y utilizó a su propia hija (que también sería antropóloga) como objeto de estudio para sus investigaciones.
Margaret era una mujer que no paraba de hablar, como para acallar su propio interior, aunque también fue experta en escuchar, de ahí el interés de su obra: adolescentes de Samoa, mujeres y niños de Nueva Guinea, nativos de Bali, etc. Aunque vivió en una época de transgresión y audacia femenina, Margaret Mead no materializó este espíritu cortándose la falda (aunque sí la melena) ni en juergas nocturnas, pues ella se acostaba temprano para trabajar mucho al día siguiente, sino en su afán aventurero. En su primera estancia en Samoa, Margaret contrajo paludismo, una enfermedad que la acompañaría el resto de su vida. El relato de sus vivencias, con un estilo ameno y divertido, lo encontramos en Cartas de una antropóloga y Experiencias personales y científicas, donde se refleja la soledad del trabajo, la fuerza de la naturaleza, la enfermedad o el placer de recibir el correo. Son sus escritos más personales. Aunque ella no alardea de las dificultades, es fácil imaginar cuántas sufriría.
Dos de sus obras más influyentes en antropología son Adolescencia, sexo y cultura en Samoa, que escandalizó a la sociedad de la época, al mostrar, entre otras muchas cosas, que las jóvenes samoanas postergaban el matrimonio mientras disfrutaban del sexo casual, si bien una vez se casaban sentaban cabeza y criaban a sus hijos con éxito; y Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, donde se exponía, por ejemplo, que las mujeres dominaban algunas tribus de Nueva Guinea, lo que supuso un argumento de peso en el movimiento liberal femenino de mitad del siglo XX. El mayor éxito de Margaret Mead fue popularizar la antropología, pues en aquellos años esta era una ciencia muy joven y poco conocida. Pero no sólo eso, ya que Mead desarrolló y mejoró los métodos de trabajo y planteó cuestiones que nadie antes había propuesto.
Quienes la conocieron hablan de Margaret Mead como una mujer dominante, mandona, fastidiosa y egocéntrica. Sin embargo, también sabía mostrarse amable y generosa, dotada de un magnetismo que le hacía tener alrededor una corte de amigos incondicionales. Desde niña, aprendió a programar su vida y se decidió a triunfar. Lo consiguió. No obstante, tuvo que rendirse a un cáncer de páncreas en 1978.
CDR
Hija de un economista, profesor universitario, y de una socióloga, Margaret nació en Filadelfia. Por cuestiones laborales, la familia tenía que mudarse a menudo y la niña pronto empezó a desarrollar su carácter. A los once años se bautizó en contra de la voluntad de sus padres, que no eran creyentes. A los veintidós años, también sin el consentimiento familiar, contrajo matrimonio con un joven sacerdote protestante, pero conservó su apellido de soltera, algo impensable en la época. Margaret engañó a su marido con un colega antropólogo, se divorció y volvió a casarse hasta tres veces, hecho igualmente inusual. Tuvo fama de ser una mujer con numerosos amantes. Sin embargo, a partir de 1955 vivió con una compañera antropóloga, Rhoda Metraux, lo que avivó entonces los rumores sobre su homosexualidad, aunque no está demostrado que esta fuese una relación lésbica. A Margaret le gustaba vivir en comuna y practicaba el amor libre. No es de extrañar que fuera criticada y denostada por sus coetáneos.
Mead se graduó en Antropología en 1923 y obtuvo el doctorado de la Universidad de Columbia en 1929. Pronto se dio a conocer por su trabajo de campo en Samoa (Polinesia), además de colaborar como asistente del director del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Llegó a ser directora de enología en esa misma institución entre 1946 y 1969. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en el "Comité de hábitos alimenticios" del Consejo Nacional de Investigación. A mitad de los años cincuenta trabajó también como profesora adjunta de la Universidad de Columbia. Sus estudios se centraron en los problemas de crianza infantil, personalidad y cultura, motivada por su instructora, Ruth Benedict, con quien también mantuvo una ambigua relación.
Si algo caracterizó a esta pequeña mujer (medía solo metro y medio) fue su energía -hoy quizá la denominaríamos como hiperactiva-. Vivía a toda velocidad. Se levantaba antes de amanecer y escribía todos los días para después irse al trabajo. Así llegó a firmar treinta y nueve libros, más de mil artículos, más de cuarenta obras filmadas y hasta una quincena de trabajos de campo en lugares remotos. Por si esto fuera poco, Mead dio un sinfín de conferencias, concedió numerosas entrevistas, y utilizó a su propia hija (que también sería antropóloga) como objeto de estudio para sus investigaciones.
Margaret era una mujer que no paraba de hablar, como para acallar su propio interior, aunque también fue experta en escuchar, de ahí el interés de su obra: adolescentes de Samoa, mujeres y niños de Nueva Guinea, nativos de Bali, etc. Aunque vivió en una época de transgresión y audacia femenina, Margaret Mead no materializó este espíritu cortándose la falda (aunque sí la melena) ni en juergas nocturnas, pues ella se acostaba temprano para trabajar mucho al día siguiente, sino en su afán aventurero. En su primera estancia en Samoa, Margaret contrajo paludismo, una enfermedad que la acompañaría el resto de su vida. El relato de sus vivencias, con un estilo ameno y divertido, lo encontramos en Cartas de una antropóloga y Experiencias personales y científicas, donde se refleja la soledad del trabajo, la fuerza de la naturaleza, la enfermedad o el placer de recibir el correo. Son sus escritos más personales. Aunque ella no alardea de las dificultades, es fácil imaginar cuántas sufriría.
Dos de sus obras más influyentes en antropología son Adolescencia, sexo y cultura en Samoa, que escandalizó a la sociedad de la época, al mostrar, entre otras muchas cosas, que las jóvenes samoanas postergaban el matrimonio mientras disfrutaban del sexo casual, si bien una vez se casaban sentaban cabeza y criaban a sus hijos con éxito; y Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, donde se exponía, por ejemplo, que las mujeres dominaban algunas tribus de Nueva Guinea, lo que supuso un argumento de peso en el movimiento liberal femenino de mitad del siglo XX. El mayor éxito de Margaret Mead fue popularizar la antropología, pues en aquellos años esta era una ciencia muy joven y poco conocida. Pero no sólo eso, ya que Mead desarrolló y mejoró los métodos de trabajo y planteó cuestiones que nadie antes había propuesto.
Quienes la conocieron hablan de Margaret Mead como una mujer dominante, mandona, fastidiosa y egocéntrica. Sin embargo, también sabía mostrarse amable y generosa, dotada de un magnetismo que le hacía tener alrededor una corte de amigos incondicionales. Desde niña, aprendió a programar su vida y se decidió a triunfar. Lo consiguió. No obstante, tuvo que rendirse a un cáncer de páncreas en 1978.
CDR
lunes, 5 de noviembre de 2012
EL MUNDO
Del latín mundus y este del griego cosmos, es el conjunto de todas las cosas creadas. Todas iguales, todas complementarias, necesarias para la armonía del universo. Desde que el mundo es mundo.
El mundo es el planeta que habitamos y que no respetamos, que tratamos como si fuésemos dueños y no pasajeros moradores. Como si sólo el género humano habitase en él, aún peor, como si sólo algunos seres humanos tuviesen derecho a una vida digna en él. El gran mundo.
Algunos, efectivamente, presumen de tener mucho mundo, sin saber que eso lo da la experiencia, la sabiduría, el trato con los demás, la empatía, y no el dinero ni las posesiones materiales. Más cultivar el mundo interior para que irradie al exterior y menos vivir hacia afuera, vacuo vivir.
Dígase mundo, planeta, globo, Tierra, lo cierto es que resulta increíble que siga girando y no se descompense con el desequilibrio que existe en su interior. Cómo no cae en picado por el peso de la injusticia, desigualdad y malicia que existe es algo que no se entiende, pues hasta las leyes de la física deberían rendirse ante tamaño atropello.
¿Por qué existe el tercer mundo? ¿Quién ha inventado el primero y el segundo?
No es de extrañar que a veces sintamos ganas de que se pare el mundo para apearnos de él.
Así, el mundo se nos viene encima cuando nos ocurre algo desgraciado, o simplemente cuando no podemos ver el vaso medio lleno.
Pero por nada del mundo debemos tirar la toalla. Aunque nos parezca que este mundo nuestro, hoy, está un poco al revés.
CDR
El mundo es el planeta que habitamos y que no respetamos, que tratamos como si fuésemos dueños y no pasajeros moradores. Como si sólo el género humano habitase en él, aún peor, como si sólo algunos seres humanos tuviesen derecho a una vida digna en él. El gran mundo.
Algunos, efectivamente, presumen de tener mucho mundo, sin saber que eso lo da la experiencia, la sabiduría, el trato con los demás, la empatía, y no el dinero ni las posesiones materiales. Más cultivar el mundo interior para que irradie al exterior y menos vivir hacia afuera, vacuo vivir.
Dígase mundo, planeta, globo, Tierra, lo cierto es que resulta increíble que siga girando y no se descompense con el desequilibrio que existe en su interior. Cómo no cae en picado por el peso de la injusticia, desigualdad y malicia que existe es algo que no se entiende, pues hasta las leyes de la física deberían rendirse ante tamaño atropello.
¿Por qué existe el tercer mundo? ¿Quién ha inventado el primero y el segundo?
No es de extrañar que a veces sintamos ganas de que se pare el mundo para apearnos de él.
Así, el mundo se nos viene encima cuando nos ocurre algo desgraciado, o simplemente cuando no podemos ver el vaso medio lleno.
Pero por nada del mundo debemos tirar la toalla. Aunque nos parezca que este mundo nuestro, hoy, está un poco al revés.
CDR
jueves, 1 de noviembre de 2012
GLOSARIO AL LIPOGRAMA
Cuando una se pone a escribir cree que lo que quiere transmitir queda claro para los demás, pero no siempre es así. Sobre todo, si se escribe sobre algo en general desconocido o no muy común. Me parece que es lo que ha ocurrido con la entrada del lipograma.
Así pues, y con mucho gusto, voy a descifrar su contenido:
Un lipograma es un texto que se construye prescindiendo voluntariamente de alguna letra del abecedario. Su grado de dificultad es directamente proporcional a la frecuencia de la aparición de la letra que se elide. Por esta razón decidí titular la entrada sobre este juego de palabras "Faja al vocalismo", pues yo quité la vocal "e", y escribir algo así supuso ponerle una faja a las vocales que puedes usar, ya que se comprimieron en cuatro. Creo adivinar que de ahí proviene precisamente el nombre: "lipo" es grasa y "grama" es escrito. Es como hacerle una liposucción al texto.
El lipograma más antiguo que se conoce es un poema del griego Laso de Hermione (siglo VI a.C.), titulado "Oda a los centauros", escrito sin la letra sigma. (Primo patrón: / Más antiguo y conocido, / sin la sigma transcrito.)
Por otra parte, nuestro Enrique Jardiel Poncela publicó cinco lipogramas entre 1926 y 1927, en el diario La voz. Uno de los más conocidos es "Un marido sin vocación". (Otro patrón: / "Un marido sin vocación" / ¿Su autor? / Prohibido citarlo aquí hoy.)
Actualmente, el lipogramista británico Giles Brandreth está lipogramando las obras completas de Shakespeare. Ya ha finalizado "Hamlet", "Macbeth" y "Otelo". (Lipogramista lo llaman / si firma lipogramas, / como un británico / cuya labor pasa por / lipogramar las obras dramáticas / del antonomástico anglosajón. / Tres van ya: / Una por H, otra por M y otra por O.)
¿Cómo se me ocurrió esta idea? Un día escuché en la tele, en un programa cultural, que el escritor norteamericano Ernest Vincent Wright publicó una novela de cincuenta mil palabras, titulada "Gadsby", en la que no aparece ni una sola vez la letra "e". Se dice que el autor quitó de su máquina de escribir dicha letra para evitar usarla. Desgraciadamente, Wright murió el mismo día en que se presentaba su novela.
No es nada fácil, ahora seguro que lo entienden mejor.
CDR
Así pues, y con mucho gusto, voy a descifrar su contenido:
Un lipograma es un texto que se construye prescindiendo voluntariamente de alguna letra del abecedario. Su grado de dificultad es directamente proporcional a la frecuencia de la aparición de la letra que se elide. Por esta razón decidí titular la entrada sobre este juego de palabras "Faja al vocalismo", pues yo quité la vocal "e", y escribir algo así supuso ponerle una faja a las vocales que puedes usar, ya que se comprimieron en cuatro. Creo adivinar que de ahí proviene precisamente el nombre: "lipo" es grasa y "grama" es escrito. Es como hacerle una liposucción al texto.
El lipograma más antiguo que se conoce es un poema del griego Laso de Hermione (siglo VI a.C.), titulado "Oda a los centauros", escrito sin la letra sigma. (Primo patrón: / Más antiguo y conocido, / sin la sigma transcrito.)
Por otra parte, nuestro Enrique Jardiel Poncela publicó cinco lipogramas entre 1926 y 1927, en el diario La voz. Uno de los más conocidos es "Un marido sin vocación". (Otro patrón: / "Un marido sin vocación" / ¿Su autor? / Prohibido citarlo aquí hoy.)
Actualmente, el lipogramista británico Giles Brandreth está lipogramando las obras completas de Shakespeare. Ya ha finalizado "Hamlet", "Macbeth" y "Otelo". (Lipogramista lo llaman / si firma lipogramas, / como un británico / cuya labor pasa por / lipogramar las obras dramáticas / del antonomástico anglosajón. / Tres van ya: / Una por H, otra por M y otra por O.)
¿Cómo se me ocurrió esta idea? Un día escuché en la tele, en un programa cultural, que el escritor norteamericano Ernest Vincent Wright publicó una novela de cincuenta mil palabras, titulada "Gadsby", en la que no aparece ni una sola vez la letra "e". Se dice que el autor quitó de su máquina de escribir dicha letra para evitar usarla. Desgraciadamente, Wright murió el mismo día en que se presentaba su novela.
No es nada fácil, ahora seguro que lo entienden mejor.
CDR
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