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martes, 20 de noviembre de 2012

PALABRAS ENCENDIDAS (VI)

Hemos dejado pasar un tiempo para que el calor se fuese definitivamente y proseguir nuestro recorrido erótico-literario con temperaturas más agradables. No vendrá mal en estos días frescos y otoñales atemperar nuestro ánimo con las magníficas perlas que nos quedan aún por descubrir.

Retomamos el camino con el barón de Montesquieu (1689-1755), autor de las Cartas persas. Aunque tradicionalmente estas epístolas han sido consideradas una sátira política contra la Francia de la época, no es menos cierto que en ellas también se hace una reflexión sobre el estado de la mujer y su arraigado sometimiento al hombre. Anticipándose a los movimientos feministas de liberación de los siglos XIX y XX, Montesquieu toma partido por la libertad de la mujer. Su reivindicación de paridad entre el hombre y la mujer pasa por algo que resultaba sumamente escandaloso en la época, la igualdad sexual. Desde el punto de vista erótico, que aquí nos interesa, las Cartas persas manifiestan el influjo orientalista que por estos años inundaba Europa. Era reciente la traducción de Galland de Las mil y una noches y de ahí se asimilaban la sensualidad, el refinamiento y la voluptuosidad.
Usbek viaja a París dejando el serrallo en Ispahan al cuidado de su primer eunuco. El desarrollo de la acción se produce a través de las cartas que Usbek intercambia con diferentes personajes. Algunos pasajes morbosos de la obra de Montesquieu pasan por la cuestión sexual de los eunucos o los secretos del harén, pero quizá la historia más seductora es la que narra una cortesana  sobre el gobierno de un serrallo por el tiránico Ibrahin, que apuñala a Anais, una de sus concubinas. Antes del sangriento desenlace: "Tantos placeres solamente eran preludio de otros placeres más inefables. Lleváronla a su aposento, y habiéndola segunda vez desnudado, la metieron en una soberbia cama, donde la recibieron en sus brazos dos hombres de una hermosura sin par. Entonces sí que se embriagó en deleites que se dejaron muy atrás hasta sus más vivos deseos. Estoy fuera de mí, les decía, y creería que iba a morir si no estuviera cierta de mi inmortalidad. Ya es demasiado; dejadme, que no puedo bastar a la vehemencia de mis placeres." (El éxtasis en el paraíso).

Proseguimos con el caso de Pamela o La virtud recompensada, cuyo título no parece tener nada que ver con el erotismo. Sin embargo, en esta obra de Samuel Richardson (1689-1761) la protagonista, Pamela Andrews, pone tanto empeño en defender su inocencia que, paradójicamente, comienza a mostrarse ante el lector de un modo indecente, pues finalmente no es más que una hábil maquinadora cuyo propósito es encelar al conde de Belfart. Incluso finge el casamiento con uno de los criados del conde para enardecerlo. Su puritanismo inicial se va revelando como una estratagema. Además, la novela contiene un fondo de literatura gótica que refuerza su erotismo. Publicada en 1714, Pamela influyó decisivamente en la literatura amorosa posterior.

Por otra parte, en el Cándido de Voltaire (1694-1778) el erotismo se mezcla con la ciencia y la filosofía de la época de una forma excepcional. Encontramos pasajes en que se alude a lo sexual a través del humanismo, impregnado del inevitable humor del trasunto, pero también existen momentos en que el erotismo volteriano cobra tintes amargos, desprendiendo una crítica a la perversión humana. Para Voltaire no existe el amor puro, hay algo de suciedad rabelesiana en el erotismo que recorre su obra. La unión amorosa se produce siempre por una lascivia desenfrenada o por efecto del dinero. Y ni siquiera el inocente Cándido está libre de tal lacra. Un ejemplo de la visión más amable y humorística: "Se encontró con Cándido al volver al castillo, y se sonrojó; Cándido también se sonrojó; le dio los buenos días con voz entrecortada, y Cándido le habló sin saber lo que decía. Al día siguiente, después de cenar, al levantarse todos de la mesa, Cunegunda y Cándido se encontraron detrás de un biombo; Cunegunda dejó caer el pañuelo, Cándido lo recogió; le cogió inocentemente la mano; el joven besó inocentemente la mano de la joven con presteza, una sensibilidad, una gracia particular; sus bocas se encontraron, sus ojos se inflamaron, sus rodillas temblaron, sus manos se perdieron." (El aprendizaje de Cunegunda).

En el siglo XVIII, como vemos, el erotismo tiene una rama libertina y otra filosófica o analítica. Henry Fielding (1707-1754), con su Tom Jones, es representante de la segunda corriente: no le interesa el vicio, sino las pasiones humanas que conducen a él. Aunque el novelista hace gala de un casto pudor en su obra, al querer detallar al máximo los movimientos del alma humana, no le queda más remedio que adentrarse en lo escabroso, si bien lo hace de una manera circunstancial y un tanto elíptica. Los personajes principales de esta novela forman parte de una densa atmósfera erótica: Tom Jones, un expósito que ha crecido en compañía de Blifil, el sobrino y legítimo heredero de Mr. Allworthy, su tutor. Blifil se promete con Sophia, hija del rico hacendado Mr. Western, pero esta se halla enamorada de Tom y huye para no tener que casarse con su prometido. Sophia se refugia en casa de su prima lady Bellaston, con la que Tom ha tenido una aventura y que, celosa, trata de frustrar el amor entre ambos. En el siguiente pasaje vemos cómo lady Bellaston manipula a uno de los pretendientes de Sophia para que la viole y así, perdida su honra, tenga que casarse con él y no pueda estar con Tom: "La siguiente noche, a las siete, fue la decidida para estos funestos designios, ocupándose en que Sophia se encontrase sola y que el lord fuese introducido a su presencia. La mayor parte de los sirvientes, por diversos pretextos, fueron enviados fuera de la casa, y de la señora Honour, que para evitar recelos había de consentir en que permaneciese junto a su señora hasta que llegase el lord, se ocuparía la propia lady Bellaston, entreteniéndola en una estancia, lo más alejada posible del lugar en el que el meditado desaguisado había de tener lugar, y a donde la voz de Sophia no podía llegar."

Llegamos, por último, a Los dijes indiscretos, de Denis Diderot (1713-1784), una deliciosa obra llena de lucidez, humor y erotismo, claro. El punto de partida de esta original obra es el cuento fantástico, si bien el autor subvierte su pretendido sentido didáctico. Mangogul, el sultán del Congo, convoca al genio Cucufa para combatir el aburrimiento y este le entrega un anillo de plata que hace hablar los dijes de las mujeres. Diderot juega -y así se aprecia en la genial traducción de Juan Furió, 1911- con el doble sentido de la palabra "dije", como joya y como forma verbal de decir. Mangogul no tarda en hacer funcionar el anillo, de modo que las mujeres pronto comienzan a revelar sus secretos. El gran acierto de Diderot es despertar una sensual hilaridad en el lector por medio de la delicadeza y el respeto con que trata el tema. Aunque La religiosa es considerada la obra más provocativa de este autor, no cabe duda de que la que nos ocupa la supera por su fantasía, su humor y su desbordante sensualidad. Veamos un ejemplo: "El sultán aprovechó la ocasión para conocer algunas particularidades de la vida de aquellas jóvenes. Su anillo interrogó al dije de una reclusa llamada Cleantis, el cual, aunque virginal, confesó dos jardineros, un bramín y tres caballeros; contando además cómo gracias a cierta medicina y a dos sangrías, había logrado evitar el escándalo. Zefirina confesó por el órgano de su dije que debía a un mandadero de la casa el honroso título de madre. Mas lo que extrañó al sultán fue que, no obstante expresarse aquellos dijes secuestrados en los términos más indecentes, las vírgenes a quienes pertenecían los escuchaban sin ruborizarse, lo cual le hizo pensar que si en tales retiros faltaba el ejercicio, abundaba en cambio la especulación."

Quedamos así a la espera de la próxima entrega, avanzando en el XVIII, que no por siglo ilustrado, exento de erotismo.

CDR 

lunes, 19 de noviembre de 2012

LA EXTRAÑA PAREJA

De larga y acreditada tradición es el trato que mantienen cine y literatura, literatura y cine. Difícil explicar si una influye más en otro, o viceversa. Polémico tema sobre el que habría mucho que hablar. Es indudable la existencia de trasvases culturales –de la poesía a la escultura, de la pintura a la poesía, de la música a la novela… y, por supuesto, de la literatura al cine‒, creando una verdadera telaraña de influencias artísticas.

Todos conocemos las versiones cinematográficas de El tercer hombre, El nombre de la rosa, Tirano Banderas o El gran Gatsby, por nombrar solo algunas. Y, ¿conocen películas basadas en relatos cortos? También las hay, adaptaciones de historias de Agatha Christie, Stephen King, Jorge Luis Borges, Edgar Allan Poe.

Pues para ahondar en este extraordinario mundo, les recomiendo un libro delicioso, Cuentos de cine (Asociación Cultural Mucho Cuento, 2010). Como una pequeña joya, en él encontrarán cuentos inspirados en películas. Si el relato, en su brevedad, debe obtener una perfecta conjunción entre la palabra y la imagen que evoca, estos dieciocho la consiguen. Desde el homenaje al reconocido guionista Rafael Azcona, en La llamada, a propósito de la película Ana y los lobos, hasta Los Goonies en el planeta desconocido, recordando aquel filme ochentero que marcó la adolescencia de una generación, esta acertada antología viene a confirmar esa fascinante relación entre ambos géneros, dispares, pero que, al fin, buscan transmitir sentimientos y mover emociones.

CDR

viernes, 16 de noviembre de 2012

DE VIAJE

Los viajes siempre son algo emocionante. Te sacan de la rutina diaria, llenos de expectativas, dispuestos a aportar nuevas vivencias.

Preparar un viaje, aunque sea de pocos días, conlleva un verdadero un ritual; ahí comienza todo. Pensar qué llevarás y qué no puedes permitirte llevar, organizar, planear, imaginar. Además, los días previos nos dedicamos a consultar el pronóstico del tiempo cada media hora, sobre todo si se prevee adverso, por si acaso hay cambios que nos beneficien. Si no, finalmente echamos el paraguas a la maleta y nos hacemos a la idea de que un chaparrón no aguará nuestra ilusión.

En general, no viajamos tanto como quisiéramos, pero conservamos el espíritu viajero intacto, a la espera de la ocasión.

Como dijo Jardiel Poncela: "Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia."

Por eso, viajar siempre que sea posible. Es otra fuente de enriquecimiento.

CDR

jueves, 15 de noviembre de 2012

EL ESFUERZO

Hoy he tenido oportunidad de escuchar en la radio una entrevista con la doctora Mara Dierssen, neurobióloga cántabra de padre alemán. No tenía ni idea de su existencia, por supuesto, y la neurociencia no es uno de mis temas favoritos, ni siquiera poseo la más mínima noción sobre el mismo. Sin embargo, esta mujer, que está acostumbrada a trabajar en los laboratorios, ha demostrado un gran don de palabra, así como una magnífica capacidad divulgativa.

Sus investigaciones neuronales enfocadas a las personas con síndrome de Down revelan que el cerebro es un músculo plástico, sujeto a cambios y que puede ampliar su capacidad intelectual con los incentivos y estímulos necesarios. De tal manera que los afectados por este síndrome pueden integrarse en la sociedad y relacionarse normalmente. La clave está en el esfuerzo, en el aprendizaje continuo, en hacerlos partícipes. Invalidadas quedan estrategias como el aislamiento, ya que estos cerebros, que según la doctora simplemente tienen un sistema de frenado muy potente que les impide avanzar con normalidad, pueden expandirse y crecer.

Pero las neuronas funcionan igual en todos los cerebros y, según Dierssen, en la sociedad actual corremos el riesgo de que la falta de entrenamiento mental nos pase factura en el futuro. El uso abusivo de las nuevas tecnologías, permanecer horas delante del televisor... derivará en un mayor número de casos de demencia senil y alzhéimer. Afirma la doctora que lo que no nos cuesta esfuerzo no deja huella en nuestro cerebro y, por tanto, no nos supone un aprendizaje. El ejemplo que ha puesto, por cierto, me ha entusiasmado, pues en un tiempo en que el latín pende de un hilo en la enseñanza pública, esta mujer de ciencias ha explicado que la disciplina que requiere aprender esa lengua, con su sistema de declinaciones, es un aprendizaje maravilloso y un enriquecimiento de por vida para los adolescentes.

Me parecía estar escuchándome explicándoles a mis alumnos para qué puede servirles la sintaxis, pongamos por caso, en esta realidad tecnológica, vibrante y práctica. Para ordenar vuestros esquemas mentales, para que asimiléis la estructura de la lengua y eso os ayude a comprender lo que leéis, a mejorar vuestra expresión. Recordaba las numerosas ocasiones en que he intentado persuadirles para que dieran su opinión crítica sobre un tema, motivarles a que no recurran siempre a la ley del mínimo esfuerzo.

Cuando conseguimos algo con trabajo, decimos qué suerte, y es al contrario, asevera la investigadora. Desde el punto de vista neurológico, el aprendizaje es lo que te permite avanzar, el esfuerzo es lo que mantiene activo nuestro cerebro.

Mara Dierssen ha grabado un disco con algunos colegas para poder seguir financiando sus iniciativas con los beneficios. Ella se lo toma con humor, pero es una verdadera pena que un país que pretende progresar deje de invertir en investigación.

CDR

miércoles, 14 de noviembre de 2012

FANTASMAS

El mismo olor de siempre al despertar. La misma hora de costumbre. Un sobresalto y, como cada noche, a las cuatro de la madrugada, Lola salía del sueño para vagar por la casa. Se levantaba y por el pasillo sentía un frío helador que se le metía en los huesos. Iba al baño sin encender la luz, el vello se le erizaba como si una corriente eléctrica le recorriese la columna vertebral. Casi se había acostumbrado y no le daba importancia, aunque hubiese sido realmente inquietante para cualquiera. Cariño, sé que eres tú y no me asustas. Por más que lo intentes cada día. Lo decía con una firmeza que no sentía. Lola veía su tenue reflejo en el espejo de la entrada e imaginaba a su espalda una presencia incorpórea, aunque tan tangible y real que a veces podía notar su respiración en la nuca. Alardeaba para sí misma de su indiferencia, pero lo cierto era que, una vez se despertaba, Lola permanecía insomne, dando vueltas de habitación en habitación, y que en el fondo estaba intranquila, presa de un miedo impreciso, latente, casi irracional. Quizá hubiera sido lógico que encendiese la luz, la claridad diluye los temores y ahuyenta las sombras. Pero parecía que Lola no actuaba conscientemente. Seguía caminando pasillo arriba y abajo, frotándose los brazos, con la mirada perdida, murmurando no tengo miedo, no tengo miedo. Poco a poco iba perdiendo la determinación inicial. Hasta que, sin saber por qué, decidía sentarse en el sofá del salón, se acurrucaba cogiéndose las rodillas, luego se dejaba caer a un lado y así finalmente se quedaba dormida, ya al amanecer, cada día.
 
Cuando los primeros rayos de sol se filtraban por las rendijas de las persianas no bajadas del todo, Lola se despertó, como cada mañana. No se extrañó al encontrarse en el sillón. Incluso se levantó con total normalidad y se dispuso a arreglarse. Era jueves y tenía cita con el doctor Andrew. Se sentía cansada, con esa debilidad que no la abandonaba, que la había obligado a pedir una baja en el trabajo, fruto de su depresión, eso dijo el médico. Desde que Mario había fallecido, su vida había dado un brusco vuelco. En realidad, desde que había descubierto que Mario la engañaba nada había vuelto a ser igual. Y luego el accidente, Mario electrocutado en la bañera -ella le avisaba continuamente sobre el peligro de poner la estufa en la repisa-, el penetrante olor que tanto había costado de quitar de la casa. Definitivamente, había que ser muy fuerte para que ese cúmulo de infortunios no te afectase. En todo ello iba pensando Lola mientras caminaba por la calle de camino a la consulta. No debía avergonzarse de ir al psiquiatra, en esta época eso ya no era indicativo de estar mal de la cabeza, simplemente necesitaba un poco de ayuda para ordenar y rehacer su vida, eso dijo su madre. De forma maquinal, llamó al timbre, subió al primer piso, saludó a la auxiliar, se dirigió hacia el despacho, saludó al doctor, que se levantó a recibirla, dándole la mano y un toquecito en el hombro, se echó en el diván de polipiel. ¿Cómo se encuentra, Lola? ¿Ha mejorado su sueño en la última semana? Sí, doctor, ya duermo de un tirón. Entonces, si ya no se despierta en mitad de la noche, es que el tratamiento surte su efecto, ¿eh, Lola? Y tiene usted suerte porque le indiqué la dosis mínima. Sí, doctor, me encuentro mucho mejor. Gracias. Ahora tendremos que trabajar su ánimo. Como vengo diciéndole, es normal este estado después de una tragedia como la suya, es necesario un periodo de... Lola desconectaba, como siempre. Fijaba su pensamiento en una imagen y la reproducía sin cesar para no escuchar la perorata del médico. Hoy había elegido el momento en que tiraba las pastillas por el inodoro, justo a la hora en que debía tomárselas, se visualizaba a sí misma ejecutando esa acción y se regocijaba, con la voz del psiquiatra de música de fondo. Él aceptaba que Lola cerrase los ojos, así se concentraría mejor en sus palabras, las iría asimilando y se irían diluyendo en su sangre como si de una vitamina inyectada en vena se tratase. Cuando terminaba o quería que le respondiese a algo, la tocaba suavemente en la mano. Lola abría los ojos pero permanecía en silencio, confundida, para que el buen doctor le repitiera la pregunta compadeciéndose de ella. Entonces, Lola, ¿sigue usted pensando que el fantasma de su marido la visita? No doctor, ya no creo en fantasmas. Al concluir la visita, previo timbrazo del reloj que indicaba que habían pasado sesenta minutos justos, el psiquiatra se levantó como impulsado por un resorte, la despidió cordialmente y le dijo que pagase a su ayudante a la salida. Dinero de mamá, ella paga esta farsa.
 
Lola salió a la calle. Respiró el aire fresco, sintió el tibio sol en su piel, se puso las gafas y pensó que en la próxima visita recrearía el instante justo en que, aprovechando el relax absoluto de Mario escuchando música mientras se daba un baño al volver del trabajo de madrugada, ella empujó levemente la estufa para que cayera al agua. Oh, cuánto lo siento, cariño. Volveremos a estar juntos esta noche.
 
CDR

martes, 13 de noviembre de 2012

EL LADO OSCURO


Se me ponen los pelos de punta al pensar que todos tengamos un lado oscuro latente en nuestro interior. Que todos seamos capaces de cometer alguna atrocidad de las que se supone deben horrorizarnos. Y puede que sea cierto, teniendo en cuenta que cada vez es más frecuente que gente común, inesperadamente, haga uso de la violencia.
Todo acto delictivo está sujeto a un proceso judicial, claro. Y todo delincuente cuenta con un abogado defensor. No tiene que ser fácil defender a alguien que ha cometido un crimen horrible. Pues si leen Crímenes (Salamandra, 2011), de Ferdinand Von Schirach, la reflexión sobre la maldad del ser humano es inevitable. Pero también será preciso ver las cosas desde el otro lado, ponerse en lugar del asesino y preguntarnos seriamente: en esa situación, ¿yo no hubiera hecho lo mismo? Si somos sinceros, quizás nos asustemos de la respuesta.

No se trata de justificar lo injustificable. Sino de enfrentarnos al hecho de que la culpabilidad es muy relativa. Cuando las circunstancias son insoportables, es necesario sobrevivir o el amor es más fuerte que la muerte, el ser humano es capaz de las mayores miserias. Lo importante es recordar que somos iguales, que todos nosotros llevamos la misma carga sobre los hombros, aunque algunos tienen la suerte de poder soportarlo y seguir adelante con sus vidas, y otros muchos ceden al peso y caen. La suerte tiene mucho que decir en esto.

CDR

lunes, 12 de noviembre de 2012

CAMBIO DE IMAGEN

Todos necesitamos de vez en cuando un cambio de imagen, un soplo de aire fresco que nos ayude a subir el ánimo, a empezar una nueva etapa, o simplemente a divertirnos un poco.

Cerca ya de las seis mil visitas, a este blog que nació en abril le apetece cambiar de aspecto. No es que no esté a gusto con su apariencia, sino que, seguramente movido por el espíritu de su autora, no puede estar mucho tiempo con la misma vestimenta puesta.

Agradeciendo a todos mis seguidores, declarados y anónimos, su fidelidad, espero que les guste la nueva imagen. La anterior decía mucho de mi ánimo cuando creé el blog, sosegado, optimista, alegre, curioso... La que ahora ven igualmente cuadra conmigo, inquieta, abstracta, creativa, vivaz... Cada matiz de este blog es una pista sobre mí.

Y, como no podía ser de otra manera, ya que hablamos de mi forma de ser, cierro la entrada de hoy con esta ilustradora cita:

"La única revolución posible: meter luz en las cabezas y calor en los corazones." (Jacinto Benavente)

CDR