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martes, 10 de septiembre de 2013

LECCIÓN DE FILOSOFÍA

Avanza ya septiembre y es hora de pertrecharnos con buenas lecturas para los días lluviosos y fríos que nos esperan.
 
Pero como aún no nos hemos olvidado del calor, hoy una recomendación ligera, amena, con un curioso título: El asesino hipocondríaco.
 

Divertidísima, original, atrevida y además de todo instructiva. Así es esta novela de Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974). A pesar de su juventud, el malagueño cuenta ya con una dilatada carrera como profesor, columnista, crítico y autor de relato corto. Doctorado en filosofía, fundó en 1998 la revista Estigma, ha colaborado en publicaciones como Anthropos, Clarín, Ínsula o el diario El País. En la actualidad es profesor de los Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja de Madrid y dirige un par de programas literarios en Radio Nacional de España. Compagina todo ello con su labor como escritor, con la publicación de 88 Mill Lane (2006) y De mecánica y alquimia (2009), Premio Ignotus al mejor libro de cuentos del año y finalista del Premio Setenil. Su última novela es El sueño del otro (2013). Además de haber editado Perturbaciones y Ficción Sur, y haber sido incluido él mismo en numerosas antologías, como Cuento vivo de Andalucía (2006) o Atmósferas (2009). 
 
El asesino hipocondríaco (2012) es un extraordinario ejercicio literario, en el que se mezcla el humor con una concienzuda documentación.
 
El argumento se basa en la tarea que tiene que acometer el señor Y., contratado para liquidar a Eduardo Blaisten. Lo que ocurre es que el asesino a sueldo se muestra desde el principio un tipo peculiar, compendio de una serie de enfermedades, reales o imaginarias, que lo llevan a creer que cada día es el último de su vida. Por ende, este acopio de dolencias le impide continuamente realizar su encargo. De manera que la narración se convierte en una sucesión de intentos fallidos del escrupuloso asesino hipocondríaco. Hasta aquí, la excusa para la trama narrativa. Sin embargo, el acierto de Rengel consiste en el entramado que teje, capítulo a capítulo, a modo de analogía con escritores y pensadores famosos aquejados de los mismos males que nuestro personaje. Una verdadera galería de enfermos ilustres con los que el protagonista se identifica. Kant, Poe, Voltaire, Proust, Byron, Tolstói y muchos otros, como un selecto club de malditos a los que la mala fortuna y la enfermedad han asediado siempre. Sin que estas digresiones menoscaben para nada el desarrollo del argumento.
Hay que elogiarle a Muñoz Rengel, aparte de lo dicho, su hábil manejo de la palabra y su atinada manera de dejar aquí y allá cabos que el lector podrá ir atando fácilmente para encontrar un sentido a la historia. Si bien se podría decir que la acción no es trepidante ni intrigante, por consabida ya a lo largo de la lectura, sí sabe el autor mantener el pulso, con un lenguaje mezcla de sencillez y tecnicismos, prosa fluida y una gran dosis de ironía. Y culminar, asimismo, con un final abierto, en estructura circular, que reafirma la espiral en que se encuentra metido el desdichado M.Y. Una creación insólita y magistral este argentino de moral kantiana, un ser paradójico y delirante que representa en grado máximo al hipocondríaco, inspirador de compasión por mucho que fríamente pueda parecer incluso repulsivo. Como contrapunto, su objetivo, el señor Blaisten, tan seguro de sí mismo, de tan exultante salud, con una amante. Todo lo que Y. no tiene. Porque lo que él tiene es soledad, nulas relaciones sociales como buen asesino profesional, por eso se inventa amigos, muy sofisticados, por cierto. Quizá habría que reflexionar también sobre el mundo de las apariencias; que el lector decida.
En cualquier caso, una novela entretenida, diferente, con un falso transfondo de género negro, que más allá de la propia historia y de desvelarnos curiosas anécdotas sobre grandes literatos y pensadores, puede ponernos sobre aviso de los males de la soledad, de la excesiva sensibilidad y de hasta qué punto es posible distorsionar la realidad y lastrar nuestra vida hasta que nos llegue la hora. Porque eso sí, todos morimos al fin.  
¡Feliz lectura!
CDR

lunes, 9 de septiembre de 2013

PARENTESCOS INSÓLITOS: MARIDO Y MARIACHI

Ya se ha hablado alguna vez en este blog de etimología. Pero siendo un tema tan amplio y apasionante, volvemos sobre él ahora para centrarnos en algunas sorpresas inauditas que nos depara esta ciencia que estudia el origen de las palabras.

Algunas relaciones comunes son fáciles de deducir -neurona y neuralgia, por ejemplo-. Sin embargo hay otras que resultan bastante curiosas, como la que hoy nos ocupa. Se trata de parejas de palabras gráfica y fonéticamente semejantes, pero de muy distinto significado. Aunque, por increíble que parezca, comparten un origen común, tan remoto, eso sí, que solo podemos rescatarlo a través de un recorrido histórico por las raíces helénicas y latinas de nuestra lengua. Descubriremos así historias interesantes y extraordinarias.

Como es posible que se me acuse de decantarme habitualmente por temas y enfoques femeninos, empezamos esta nueva serie dedicando la entrada a los sorprendentes parientes etimológicos del sexo masculino. Es difícil encontrar algún descendiente directo del latín mas, maris (macho, varón), pero abundan los descendientes indirectos a través de alguno de sus derivados latinos. El diminutivo masculus, por ejemplo, nos ha dado por la vía coloquial el "macho" con toda su parentela -desde el "machismo" hasta los "machotes", pasando por los "marimachos"- y por la vía culta , palabras como "masculino" (tanto en biología como en gramática) o "emascular" (sinónimo culto de "capar").

En cuanto al latín maritus (marido), sigue utilizándose todavía hoy para dar nombre al hombre casado. Además, en latín servía para formar el verbo maritare (casarse). Esta identificación de matrimonio con el marido nos suena extraña a quienes hablamos un idioma que ha asociado tradicionalmente el matrimonio, como su propio nombre indica, a la "madre", pero se conserva todavía en muchos otros idiomas europeos, como demuestran el verbo francés marier y el inglés to marry, en todo equivalentes al latino. O como demuestra asimismo el nombre que las bodas reciben en inglés (marriage), catalán (maridatge), italiano (maritagio) y francés (mariage).

Y aquí viene la sorpresa. Porque si tienen ustedes presente la imagen del típico cantante jalisciense entonando "Allá en el rancho grande" acompañado de los mariachis (miren más abajo si no), apenas podrán dar crédito a la teoría etimológica sobre este término. Y es que, en efecto, los estudios filológicos afirman que del francés mariage -chapuceramente pronunciado en México- deriva el nombre de "mariachi", que denominó -por contagio semántico- a la música que se tocaba en los bodorrios mejicanos, con violines, arpas, jaranas, guitarras y trompetas.




Pues prepárense para otras sorpresas de este tipo... si es que les llegan a conmover estas curiosidades lingüísticas.    

CDR

sábado, 7 de septiembre de 2013

BUSCÁNDOME

El fin de semana es propicio para escuchar música, si es lluvioso, mucho más. Ya casi apurado el sábado, reflexiono sobre cómo el ser humano no deja nunca de buscarse a sí mismo. Aunque se vaya encontrando paulatinamente, conforme crece y madura, conforme va consiguiendo lo que quiere, siempre hay momentos en los que necesitaría una brújula para navegar por su interior, reconocerse, entenderse, aceptarse, librarse de miedos que, como lastres, hacen más dura la tarea de vivir.

Al menos es lo que me pasa a mí, ya no sé si por ser humano, si por mujer, si por géminis, o seguramente, y más simple, por ser yo.

Lo cierto es que siempre me he sentido muy identificada con la letra de esta canción de Bebe -Búscome- que a continuación reproduzco. Hoy, en concreto, no podría definirse mejor cómo me siento:

Un día aprenderé el porqué de algunas cosas,
empiezo a aprender cómo camina mi corazón,
me precipito, me lanzo al vacío,
luego me vengo abajo por miedo.
Pero yo sigo buscándome,
búscome, busco,
búscome, busco,
busco, busco.

Y no paro de buscarme más
y doy vueltas y pienso sin parar
y me miro en el espejo despacito,
me analizo y me enfado otra vez conmigo.
Y me digo "anda ya, mujer,
si todo tiene solución menos la muerte".
Y me levanto muy segura
y me echo a llorar como una niña a oscuras.

"Ya no me divierto", pienso algunos días,
y al otro día no hay sol que me acueste.
Me echo a correr buscando no sé qué,
pensando que tal vez es posible reponerme.
Y mientras búscome, busco,
búscome, busco,
busco, busco.

Y cuando mi cuerpo termine de llorar,
echaré una ramita al mar
que sea balsa para un marinero náufrago
y para que no vaya a tientas le pondré yo un faro.
Y ahora que he caído al fondo de una piscina,
que ni una gotita de agua tenía,
voy a recoger mis alitas rotas
y las pegaré trocito a trozo
y volaré...

Yo soy una montaña rusa
que sube, que baja,
que ríe, que calla,
confusa,
me dejo llevar, llevar,
por lo que los días me quieran mostrar.

Y yo busco, me busco
y no me encuentro.

¿Entienden a qué me refiero?

CDR

jueves, 5 de septiembre de 2013

¿Y EL CALOR HUMANO?

Si ayer hablaba del cerebro, hoy hablaré del corazón, otro dispositivo humano que se ve resentido por esta irrefrenable expansión de las tecnologías.

Aun los que hemos vivido este cambio paulatinamente, sentimos vértigo ante los avances que cada día se nos presentan. Las nuevas generaciones, por supuesto, lo tienen más que asimilado, parece que ya les venga dado genéticamente. Pero creo que si una persona hubiera estado hibernando los últimos veinte años y despertara en el mundo de hoy, quedaría perpleja en un primer momento y después apreciaría algo que quizá a nosotros ya nos pasa desapercibido. Y es que la expansión del uso de las tecnologías como medio de comunicación está suponiendo una reducción de las comunicaciones estrictamente humanas. La verdadera comunicación viva se está empobreciendo de un modo alarmante, aunque aparentemente las tecnologías la faciliten.

Por correo electrónico, sms y no digamos por whatsapp somos capaces de decir cosas que no diríamos en persona al mismo interlocutor. Los mensajes están cargados de emoticonos, pero cada vez hay más problemas de habilidades sociales, porque se está agostando la capacidad de transmitir las cosas en vivo, porque se está debilitando el tú a tú, esa transferencia de corazón a corazón imprescindible para no sentirse aislado, para no caer en el fanatismo y/o en la inanidad.

Porque se está enfriando el calor humano.

Y ningún aparato puede sustituir eso.

CDR

miércoles, 4 de septiembre de 2013

EN DESUSO

Así está últimamente nuestro cerebro, el dispositivo natural que todos tenemos, con capacidad ilimitada, y que estamos abandonando en aras de aparatos de los que cada vez dependemos más.

Un ejemplo: ¿verdad que antes eran ustedes capaces de marcar de memoria el número de teléfono de sus familiares y amigos más allegados al menos? ¿Y ahora? Imposible. Buscamos el nombre en la agenda de nuestro móvil, le damos a la tecla y... voilà. Y estamos contentísimos.

Otro ejemplo: ¿no es cierto que antes eran ustedes capaces de llegar a un sitio por sus propios medios, preguntando, mirando el mapa, fijándose en los detalles del recorrido? ¿Y ahora? Cada vez menos. Insertamos el destino en nuestro navegador, le damos a la tecla... y voilà. Y estamos orgullosos.

Pero aún hay más: antes contábamos cómo nos habían ido las vacaciones, qué habíamos hecho el fin de semana, rememorando momentos y expresándonos para que el receptor tuviera una idea clara de lo bien que lo habíamos pasado. Hoy esto ya no es necesario. Como una imagen vale más que mil palabras, hacemos una foto con nuestro móvil, la compartimos y no hay más que hablar. Ya se sabe claramente qué hacemos y cómo lo estamos pasando.

Una tecla para todo. Sin palabras. Sin esfuerzos.

En definitiva, y a grosso modo: el móvil sustituyó al teléfono fijo para hablar a distancia, en este momento estamos muy cerca ya no solo de que desbanque a otros dispositivos (cámara de fotos, TomTom, podómetro, etc.) con sus múltiples aplicaciones, sino además de que nos prive de la capacidad de memorizar, almacenar, retener... y hasta hablar. Qué paradoja.

Denle al botón de encendido de su cerebro y díganme: ¿se acuerdan de cómo era la vida -hace tan solo quince o veinte años- sin móvil (y ya puestos, sin internet, sin tropecientos canales televisivos)?

Claro que habrá quien me rebata diciendo que el cerebro se puede usar para muchas cosas aparte de para las tres que aquí describo. Pero, ¿acaso a la larga no mermará esto su capacidad?

A mí ciertamente me preocupa.

CDR

lunes, 2 de septiembre de 2013

ESTILOS

Por si no lo saben, el primer estilo que aparece en el Diccionario de la Real Academia es el punzón con el que escribían nuestros antepasados griegos y romanos en tablillas de cera. ¿Por eso hay algunas marcas de bolígrafos y plumas que se llaman Stylo? Seguramente.

Más conocidos son los modos, maneras y formas de comportamiento. Cuánto dejan que desear algunos de estos. No menos que ciertos usos, prácticas, costumbres o modas.

Y hablando de moda, si una persona viste con gusto, elegancia o distinción se dice que tiene estilo. Aunque ya saben que el hábito no hace al monje. O que aunque la mona se vista de seda... Y es que es demasiado habitual encontrar personas con estilo en el vestir sin la más mínima clase en su conducta.

Por otra parte, a la manera de escribir o de hablar peculiar de un escritor o de un orador se le llama estilo. Y se puede crear escuela. ¿Qué me dicen del estilo cervantino? Siguiendo en el arte, también el carácter propio que da a sus obras un artista plástico o un músico es un estilo. Igualmente tiene sus adeptos. Más en general, se define como estilo al conjunto de características que individualizan una tendencia dentro de una época determinada. Todo esto suele clasificarse a posteriori, claro. O solía, porque actualmente somos muy dados a la imitación prematura y desmedida, sin necesidad, por cierto, de que los modelos sean genios.

En el deporte, también encontramos estilos, ya que así se denominan las diferentes formas de realizar una modalidad deportiva.

En botánica, un estilo es una columna pequeña, hueca o esponjosa, existente en la mayoría de las flores, que arranca del ovario y sostiene el estigma.

Y en el léxico marino, la púa sobre la cual está montada la aguja magnética, ¿adivinan?, se llama estilo.

Ahora saltamos el charco para averiguar que en Argentina y Uruguay, el estilo es una composición musical de origen popular, para guitarra y canto, de carácter evocativo y espíritu melancólico.

Ya ven, volvemos a la melancolía con que arrancábamos ayer. Mezclada hoy con una especie de cabreo y cansancio retestinado. Enciende una la televisión después del letárgico mes de agosto y se encuentra exactamente lo mismo de siempre, si no peor. Señoras muy arregladas y caballeros trajeados despotricando unos de otros -con estilo pero sin el menor estilo-, reuniones para reflexionar sobre las pensiones, fechas para la inminente reforma de la ley del aborto, transferencias millonarias del papá soberano a su princesita, y una cuestión lanzada al aire para que ahora, con la vuelta al cole, se ponga más en entredicho la profesionalidad de los docentes. Y yo me pregunto, imitando el estilo de quienes nos bombardean día sí, día también con su mierda: ¿están nuestros políticos suficientemente preparados para gobernar un país, para hacer oposición, para hacer algo más allá de llenar sus bolsillos y machacar a los demás en una búsqueda de autodefensa a su ineptitud? Sus errores son mucho más graves que no saber que un caracol es un molusco. O algo por el estilo. Como soy profesora no lo sé seguro.

CDR

domingo, 1 de septiembre de 2013

EL POETA DE LA VIDA

Empieza septiembre. Y no quiere decir que haya terminado el verano, aún quedan veinte días, pero parece que la nostalgia se nos instala ante el preludio del otoño, la rutina.

Al menos yo hoy, no sé por qué, me he levantado nostálgica. Y llevo buena parte de la mañana leyendo poesía de José Hierro, uno de mis autores predilectos. Por eso, después de este paréntesis en el blog -no a causa de unas maravillosas vacaciones en un lugar lejano, sino por la gota fría que ha debido de hacer estragos también en las conexiones-, quiero rendir un pequeño homenaje al poeta madrileño, aunque no se cumpla hoy ningún aniversario suyo.

Fue Madrid la ciudad que lo vio nacer y morir, pero José Hierro pasó gran parte de su vida en Cantabria, donde sus padres se trasladaron cuando el niño apenas tenía dos años. Allí cursó sus estudios primarios en el Colegio de los Salesianos y posteriormente comenzó la carrera de perito industrial, que no pudo terminar al estallar la guerra civil en 1936. Cuando finalizó la contienda, Hierro fue detenido por pertenecer a una organización de ayuda a los presos políticos, según la acusación, e ingresó en prisión, donde estaría hasta 1944. Si algo positivo tuvo esta etapa fue la productividad literaria, pues el autor trata los acontecimientos vitales como materia poética (el abandono de los estudios, la muerte de su padre, la guerra, la cárcel) y el amargo poso autobiográfico que destilan estos poemas les dota de una madurez no muy común en un poeta joven. En esta época de reclusión descubre la Generación del 27 a través de Gerardo Diego, quien se convertirá en su padre espiritual, como el propio Hierro reconocerá más tarde. Una vez puesto en libertad, se trasladó a Valencia, donde permanecerá varios años, dedicado por completo a escribir. Participó en la fundación de la revista "Corcel" y perteneció igualmente al grupo fundador de "Proel", junto a Ricardo Gullón. En esta revista apareció su primer libro de poemas, Tierra sin nosotros (1947), donde arraiga ya la imagen que perseguirá al poeta por muchos años, la de una patria destruida, inhabitable. Ese mismo año se publica también su segunda obra, Alegría, por la que recibirá el premio Adonais, temáticamente una continuación de la anterior. Al regresar a Santander, José Hierro ejerce de profesor y de redactor jefe de las revistas de la Cámara de Comercio y de la Cámara Agraria. Por estas fechas comienza además su labor como crítico pictórico, en el Diario "Alerta" sobre la obra del pintor burgalés Modesto Ciruelos, quien llegó a ser gran amigo del poeta y falleció precisamente el mismo año que él.

En 1949 contrajo matrimonio con María de los Ángeles Torres. De 1950 es su poemario Con las piedras, con el viento. Dos años después decide instalarse en Madrid con su esposa y sus dos hijos. En la capital prosigue su carrera de escritor, aparece Quinta del 42 (1952), donde Hierro se muestra ya como poeta solidario sin que su lírica, sin embargo, sea poesía social al uso. Empieza a trabajar en esta época en el CSIC, en la Editora Nacional y en el Ateneo. Fue asiduo colaborador de numerosas revistas literarias, como "Espadaña", "Garcilaso", "Juventud Creadora" o "Poesía de España", entre otras. Y participó en Radio Exterior y Radio 3 hasta que se incorporó a Radio Nacional de España, donde permanecerá hasta 1987. De marcada tendencia antirrealista es el poemario Cuanto sé de mí (1957), en el que, alejándose de la historia y del tiempo, su preocupación se centra en el lenguaje y en lo imaginativo. Elementos que culminarán en el Libro de las alucinaciones (1964), vertebrado por un fuerte irracionalismo que se plasma en el uso del versículo como ruptura total. Tras unos años de silencio creativo, en que seguían apareciendo reediciones de sus obras y el poeta continúa su variada labor, en 1991 se publicó Agenda y Emblemas neurorradiológicos en 1995. A finales de la década, Hierro se consagra más si cabe con Cuaderno de Nueva York (1998), auténtica obra maestra de la poesía contemporánea.

Otra de las pasiones de José Hierro fue la pintura, arte que conoció y dominó casi al mismo nivel que la literatura, utilizando el lenguaje pictórico como complemento perfecto a su poesía. Asimismo, la música también es parte esencial de su obra, pues sus versos no son otra cosa que una cadencia musical que sirve para explicar la vida. En este sentido, no hay más que escuchar alguno de los poemas en la propia voz del autor para darnos cuenta de la musicalidad y plasticidad enlazada en los versos. La poesía es ritmo y en el caso de Hierro, precisamente, la emoción surge con el compás de sus palabras. El poeta, que consideraba que no existen palabras bellas o feas sino adecuadas o no para el poema, buscaba y trataba con cariño las palabras hasta encontrar su música idónea.

Entre sus muchos reconocimientos y galardones destacan el Premio Nacional de Poesía en 1953 y en 1999; el Premio de la Crítica en 1958 y 1965; el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1981, el Premio Nacional de las Letras Españolas en 1990; el IV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1995; o el Premio Cervantes en 1998. Además, fue nombrado hijo adoptivo de Cantabria en 1982 y un busto suyo se halla en el paseo marítimo de Santander. En 1999 fue elegido miembro de la Real Academia Española, aunque nunca leería su discurso de ingreso, pues su salud empezó a complicarse a raíz de un infarto sufrido al poco tiempo, derivando en un enfisema pulmonar que le provocaría la muerte el 21 de diciembre de 2002.

José Hierro pertenece a un grupo de jóvenes poetas que empiezan a darse a conocer a partir de 1940, sobre todo a través de las revistas literarias de la época. Poco podía interesar la poesía en un momento en que el país estaba sumido en la mayor tragedia de su historia, sin embargo estos inconformistas vates, cada uno a su manera, dieron testimonio de lo que estaba ocurriendo y expresaron sus más hondos sentimientos al respecto. Entre ellos encontramos nombres que ensalzan el prestigio de nuestra literatura contemporánea, como Blas de Otero, Rafael Montesinos, Leopoldo de Luis, y el propio José Hierro. Las diferentes publicaciones literarias representaban las diversas tendencias que se daban en la lírica de la época. Aunque Hierro publicó en muchas de ellas, estuvo principalmente ligado a "Proel" (Santander), cuyas colaboraciones indagaban en la existencia del ser humano y en su papel en el mundo.

En líneas generales, la obra de José Hierro se puede dividir en dos etapas. La primera abarcaría desde su primer poemario hasta Lo que sé de mí, donde ya se notaría un cambio en el estilo y en la actitud lírica. Es su poesía más testimonial, cada poema es como un pequeño “reportaje”, según denominación del propio autor. En la segunda, desde el Libro de las alucinaciones hasta Cuaderno de Nueva York, se acentúa la complejidad, el tratamiento de las metáforas, pero se gana en riqueza lírica y significativa. En Hierro encontramos, por tanto, un poeta completo que supo encarnar el panorama español de medio siglo, respetando siempre su visión personal originaria a pesar de su lógica evolución. El tema principal de la poesía de José Hierro es el tiempo. Una de sus obsesiones, como él mismo reconocía, era perpetuar el instante para disfrutarlo antes de que pase. Se diría que el impulso lírico viene de la necesidad del poeta de hallar una verdad que le dé refugio ante la fugacidad temporal. Así, el símbolo más recurrente de su poesía es el mar, representación de lo eterno, no tiene pasado, está siempre presente. También muy importante es la conciencia de que el dolor y la felicidad van unidos en la vida, suponen la plenitud de la misma. Como dicen los versos Llegué por el dolor a la alegría. / Supe por el dolor que el alma existe (del poemario Alegría), la conclusión, a la vez lógica y absurda, a que llega el poeta es que el dolor y la alegría son lo mismo. Por otra parte, una de las características que se han señalado como más originales de la poesía de Hierro es la “alucinación”, que él mismo definió como “Una confusión de tiempos y espacios, un no saber si las cosas están realmente ocurriendo o soy yo quien está anticipando algo que va a ocurrir, una realidad visionaria.” Y así, la obra de este magnífico poeta se va impregnando poco a poco de ambigüedad, de caos y de irracionalidad, a partir de los sesenta, como ya se ha mencionado. Aunque mantendrá su elección de palabras sencillas y su alejamiento del hermetismo conceptual, la expresión poética se tornará más compleja, más sugerente y misteriosa. La distinción, pues, entre “reportaje” y “alucinación” podría parecer imprescindible, sin embargo no lo es más que para la obra en conjunto, ya que poema a poema descubrimos que la diferencia no es neta, sino que se mezcla (hasta en el poema titulado Reportaje se cuelan ráfagas visionarias y alucinaciones) e incluso ambos se superponen.

José Hierro es un poeta fruto de sus circunstancias y de su tiempo, que supo enraizar en la vida que le tocó vivir, sin intentar en ningún momento una poesía abstracta o de evasión. Él quiso que su poesía fuese testimonial y no una poesía estética, de la que fácilmente se podría prescindir, sin descuidar por ello la belleza de la palabra (en principio, sus poemas responden a las formas clásicas, como el soneto o el romance), que no es lo mismo que el recargamiento y el ornato excesivo. Y tampoco gustó mucho de la denominación de “social” para su poesía, pues no veía clara tal etiqueta. Poco le preocupaba, en todo caso, el encasillamiento de su obra, pues con la honestidad que lo caracterizaba llegó a afirmar que él escribía lo que le salía y que lo hacía para conocerse a sí mismo y entender lo que le rodeaba. Para Pepe Hierro, como le gustaba que lo llamaran, la poesía es cuestión de inspiración además de trabajo. Sus silencios poéticos se debían a que no le venía la poesía, para escribir necesitaba sentir una especie de cosquilleo en la conciencia, como una música que oyes en tu mente y debes plasmar en versos. Y si algo más destaca, aparte de lo dicho, en la obra de Hierro es la esencia de vida que se capta en su poesía. En general desnuda, pobre en imágenes, la poesía de este cántabro de adopción es lisa y llana como un espejo para el lector. Y aunque se pueden extraer bellos versos aislados, la verdadera hondura de su lírica se saborea paladeando el poema completo. Como pequeños trozos de vida.

Comprometido con el terrible tiempo que le tocó vivir y las injusticias sufridas en su propia carne y en la de los otros, quienes conocieron personalmente a Pepe Hierro lo quisieron y lo admiraron por su personalidad arrolladora, por su talento y por su integridad moral. Hablan de él como un enamorado de la vida, un ser intranquilo y nervioso que no podía estar quieto, bromista, fumador empedernido, a quien fascinaba el mar, las plantas, la cocina, la música, los animales. Sin temer nunca el brillo ajeno, era un poeta de verdad y un ser humano excepcional que nunca fue mezquino ni egoísta, ni envidioso, siempre noble. ¿Quién puede ser inmune a este hechizo?

CDR