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domingo, 30 de junio de 2013

VERANO

Estío.

Del latín vulgar veranum (tempus).

En el Ecuador, donde las estaciones no son sensibles, temporada de sequía, que dura aproximadamente unos seis meses, con algunas intermitencias y alteraciones.

Época más calurosa del año, que en el hemisferio septentrional comprende los meses de junio, julio y agosto. En el hemisferio austral corresponde a los meses de diciembre, enero y febrero.


Respecto a la iconología, en las representaciones más antiguas de las cuatro estaciones como diosas, el Estío suele aparecer corriendo con una antorcha encendida en cada mano o bien con una hoja de trébol en la mano. También se encuentran pinturas en que el Verano aparece como una figura vestida de amarillo con una azada de muchas puntas. Sobre la urna cineraria que representa las bodas de Tetis y Peleo, se le representa más gallardamente vestido (provisto de una corona) que al Invierno y al Otoño. Se le designaba también por la caza del león. Se le pintaba además con una túnica amarilla, con un manto azul celeste, color que indica la constante serenidad del cielo durante esta estación, sobre todo en los países cálidos. El amarillo indica la madurez de las mieses. En épocas posteriores, lo simbolizan ya como una joven vestida de amarillo coronada de espigas y portando una antorcha encendida, o casi desnuda, coronada de espigas, sosteniendo en una mano el cuerno de la abundancia, rebosante de toda clase de granos y frutas, y en la otra una hoz.


No es por desentenderme de nada, pero ya estoy de verano. Y voy a disfrutarlo, a pesar del tiempo inusitadamente fresco, el tijeretazo en la paga extra (que no es un regalo, sino lo que nos corresponde y nos vienen robando últimamente) e incluso la penalización por estar de baja.

Disturbios, disgustos pasajeros que, como nubes de verano, se presentan con lluvia fuerte y repentina pero que pasarán pronto, dejando de nuevo que brille el sol.

Baños en el mar, temperatura agradable y días largos. Merecido descanso. Olvidarse de lo malo. Ese va a ser mi verano.

CDR

lunes, 24 de junio de 2013

UN SUCULENTO MENÚ

No, no voy a recomendarles un buen restaurante, sino una buena lectura. Ahora que llega el tiempo estival, perezoso, de largas tardes e incluso noches insomnes, este libro es un buen comienzo para no dejarse vencer por el letargo veraniego.
 
Tras su  exitoso debut con Y punto (2008) y la fuerza arrolladora del personaje de la policía Clara Deza, que se abre camino en un mundo de hombres, de nuevo una mujer protagoniza Mantis (Alfaguara, 2010), la última novela de Mercedes Castro (Ferrol, A Coruña). Es difícil no dejarse arrastrar por esta absorbente historia desde la primera a la última página, como también lo es no percibir la gruesa ironía que se despliega en ellas. Dotada de un humor negro, que la propia autora prefiere denominar “gallego”, esta novela feminista expone una serie de defectos masculinos, que son castigados por Teresa Sinde, cocinera profesional con todos los atributos de una femme fatale. Los exquisitos platos que ofrece en su prestigioso restaurante están elaborados según lo que cada presa le inspira, desde el joven admirador gótico, hasta el pretencioso artista bohemio, pasando por un consejero delegado o un librero con pasado anarquista. Solo Germán, paparazzi interesado por su misteriosa vida, será capaz de reconducir el destino de Teté, apodo infantil que aborrece por los dolorosos recuerdos que éste le trae. Esta glamurosa chef es una mujer hecha a sí misma, renacida de sus propias cenizas tras una infancia desgraciada, marcada por el desamor de su madre, la muerte de su padre y una funesta relación con Agustín, jefe de la revista donde trabajaba. El personaje de Teresa eclipsa totalmente al resto de figurantes; dura a la vez que apasionada, fría, cautivadora y letal, la dueña de “Barbantesa” representa todas las cualidades de una heroína vengadora que nos inspira cariño y comprensión, más allá de sus actos.
 
Mercedes Castro ha logrado perfectamente hilar un argumento cuya intriga nos engancha desde el principio, aderezado en su justa medida con pensamientos de la protagonsita, alusión a canciones conocidas, cotidianeidad, glamur, alta cocina y pasajes que van desde lo poético a lo gore. Un suculento menú que no se indigesta, porque está bien elaborado, documentado y presentado como una parodia de los males que se ciernen sobre la sociedad. A partir de las anotaciones de la protagonista en un cuaderno rojo a modo de confesión íntima, con un estilo fluido y ligero, y un lenguaje sin excesos, esta impresionante novela nos deja al final una sensación agridulce, confusa. Y es que la autora va hasta las últimas consecuencias en su postura; no siempre los malos son tan malos y puede ser justo lo que convencionalmente parece ilícito.
 
Hombre o mujer, Mantis atrapará al lector en sus redes.
 
 
 
¡Feliz lectura!
 
CDR

domingo, 23 de junio de 2013

BESOS

Besos hay de muchos tipos, seguro que no les descubro nada nuevo. Y sin embargo, una sola palabra para nombrarlos a todos. Porque a ver quién es el que hoy conoce (y menos usa) el vocablo ósculo, que más que un sinónimo, se refiere a un beso concreto, de respeto o afecto.

Lo cierto es que nuestros antepasados romanos sí usaban tres palabras distintas para designar el beso: saevium (beso amoroso), osculum (beso de amistad y religioso -de ahí nuestro cultismo-) y basium (beso entre amantes o como saludo.) Explicado por Servio, el osculum pertenece a lo sagrado, puede dársele a los niños sin mesura, el saevium se utiliza para el placer, y el basium queda reservado para la esposa. Los matices son importantes.

Como explica Ramón de Campoamor en la siguiente definición:
En la mejilla es bondad,
en los ojos ilusión,
en la frente majestad,
y entre los labios pasión.

O, como dice la célebre canción: "Le puede dar usted un beso en la mano, o puede darle un beso de hermano, así la besará cuanto quiera, pero un beso de amor no se lo da a cualquiera."

En cuanto al origen del beso, ¿se lo han preguntado alguna vez? Algunos antropólogos sostienen que el hombre primitivo, a imitación de los animales, lamía la cara de sus congéneres en señal de cariño. Otros estudiosos afirman que se trata de la transformación de un acto materno, tal como lo hacen los pájaros con sus crías. En diversas especies de primates se desarrolló el beso como una vía de alimentación en la que la madre premasticaba el alimento para depositarlo en la boca de la cría, ya que esta era incapaz de masticar lo sólido por ausencia de piezas dentales.

Por contra, también hay quien se aferra a que lo que nos distingue de los animales, precisamente, es la capacidad de los besos (y las caricias).

Históricamente, el beso entre humanos representa un elemento fundamental en el estudio de los patrones en las relaciones sexuales de la actualidad. La evidencia más antigua que describe la práctica de la unión de labios como componente imprescindible en las relaciones extrapersonales de carácter sexual se remonta a la cultura india hacia 1500 a.C.

Más recientemente, Sigmund Freud, en una de sus teorías sobre la sexualidad exponía: "Individuos que besan con pasión los labios de una bella muchacha no podrían emplear sin repugnancia su cepillo de dientes, aun no teniendo razón alguna para suponer que su propia cavidad bucal, que no les produce asco, esté más limpia que la de la muchacha."

Se sabe, por otra parte, que en algunas civilizaciones orientales, como la japonesa, el beso se desconocía hasta que descubrieron las películas norteamericanas. Sin embargo, entre los musulmanes el beso sí era cosa deseada y apreciada. Leemos en unos versos del andalusí Ibn Quzman (1078-1160): "Boca pequeñita y dulce saliva, cielo garantizado para quien la besa."

Sea como sea, el beso es un acto maravilloso que quizá hoy en día se prodiga en exceso. Al menos eso pensaría Bécquer, quien escribió: por un beso... ¡yo no sé / qué te diera por un beso!

CDR

sábado, 22 de junio de 2013

LA CORAZA

El estado ideal es la felicidad, por supuesto. Sin embargo, en muchas ocasiones, aun teniendo numerosos motivos para ser feliz, la tristeza y el desánimo se instalan en algún lugar recóndito de nuestro ser. Y es entonces cuando la mejor solución pasa por colocarse la coraza, esa capa de protección que, como a algunos animales, nos sirve para defendernos, para recluirnos en nosotros mismos, mientras que mostramos nuestra mejor cara al exterior. No estoy hablando de hipocresía, sino de un mecanismo de protección tanto para nosotros como para aquellos que nos rodean, quienes nos quieren y a quienes tanto estimamos.

Es insoportable estar junto a alguien que está triste, porque nos duele, nos sentimos impotentes si nuestras palabras de ánimo no surten efecto, e incluso llegamos a pensar que parte de esa insatisfacción es culpa nuestra. Si la situación se alarga, además, consideraremos que esa persona no es suficientemente fuerte, que hay cosas peores, que no tiene tantos motivos para quejarse... y eso aun queriéndola con todo el corazón.

Por otra parte, si somos nosotros quienes estamos mal y nos piden cuentas continuamente de qué nos pasa, qué significado tiene cada lágrima que derramamos, o se nos exige una sonrisa perpetua como muestra de nuestro bienestar, acabamos agobiados y dolidos, víctimas de incomprensión.

Cuando nos hundimos, nuestros seres queridos nos ayudan. Pero el consuelo es limitado. Quiero decir que no se puede estar consolando a alguien permanentemente. Después de las palabras, los gestos, queda simplemente estar ahí, que ya es mucho.

Todo pasa. El tiempo todo lo cura. Uno tiene que apañárselas consigo mismo.

Hago míos estos versos de Borges, sacados de contexto, para expresar lo que siento:

Dime por favor en qué rincón,
nadie podrá ver mi tristeza.

Además de proteger como ya he explicado, otra de las ventajas de la coraza es que, por costumbre de llevarla, consigue que llegues a estar bien. Poco a poco la tristeza se va amortiguando, la coraza se va haciendo prescindible y un buen día, de verdad vuelves a ser feliz.

CDR

lunes, 17 de junio de 2013

MUCHO OJO (I)

Sabido es que al órgano de la vista se le llama ojo. Tenemos un par. Los cíclopes solo uno.

Tan valiosos son que podemos usarlos como expresión del gran cariño que sentimos hacia alguien. Mis ojos. Más literalmente lo hará quien, efectivamente, no vea bien y otra persona sea sus ojos.

Puede que no estemos muy bien de la vista, pero aún así nos dirán que tenemos buen ojo si poseemos una aptitud singular para apreciar certera y fácilmente las circunstancias que concurren en algún caso o para calcular magnitudes. Si lo que calculamos son aspectos más intangibles, entonces lo nuestro es ojo clínico. El que precisamente deben tener los médicos para diagnosticar lo que nos ocurre a partir de una sintomatología dada. Que no es lo mismo que ojo de boticario, lugar seguro en las boticas para guardar estupefacientes y ciertos medicamentos.

Algo de eso podemos necesitar si nos encontramos con un ojo a la funerala. Hemos recibido un buen golpe.

Esperemos que no haya sido nada y no quedemos con ojos de bitoque, de mirar atravesado.

¡Ojo!, interjección que se pone como señal al margen de manuscritos o impresos para llamar la atención hacia algo.

Por un mecanismo semántico de metáfora antropomórfica, al agujero que tiene la aguja para que pase el hilo también se le conoce como ojo. Lo mismo ocurre con el espacio entre dos estribos o pilas de un puente. O con cada uno de los anillos de la tijera en los que entran los dedos. Son solo algunos ejemplos. Es evidente la semejanza.

Y otros tipos de ojo son los inspirados en los animales: ojo de buey, por donde entra la luz del exterior; ojo de besugo, medio vuelto; ojo de gallo (o de pollo), dolorosa dureza entre los dedos de los pies; ojo de gato, piedra de color amarillo con una veta negra; ojo de tigre, ágata similar a la anterior pero más valiosa; ojo de perdiz, complicada labor de pasamanería; ojos de carnero degollado...

Mucho ojo, esta entrada acaba aquí, pero da para más.

CDR

jueves, 13 de junio de 2013

UN MOMENTO DE DESCANSO

Con la mesa abarrotada, hasta arriba de exámenes por corregir, notas medias que sacar, decisiones que tomar, documentos que rellenar, papeles que entregar... bajo el peso del reloj acuciante, me tomo un momento para relajarme con los siguientes pensamientos:

"No sabe lo que es el descanso quien no sabe lo que es el trabajo." (Refrán popular)

"El etcétera es el descanso de los sabios y la excusa de los ignorantes." (Enrique Jardiel Poncela)

¡Oh, memoria, enemiga mortal de mi descanso! (Miguel de Cervantes)

"Gran descanso es estar libre de culpa." (Cicerón)

¡Y tanto, tanto te amo
que mis palabras mueren
en un rumor de besos sin descanso!
(Gabriel Celaya)

Escribe sin descanso, con fe, cólera, envidia,
amor, ilusionadamente, sin esperanza.
Escribe como quien cierra una puerta
de una a otra nada.
(Antonio Brañas)

"Después de cumplido el deber, el descanso es un placer." (Refrán popular)


CDR

martes, 11 de junio de 2013

VIVIR EL MOMENTO

El paso del tiempo es una preocupación constante para el ser humano en todas las épocas. Ante este hecho inevitable, son diversas las actitudes y posturas a lo largo de la Historia. Una de las más conocidas, por haberse impuesto ya en nuestra sociedad, es la de aprovechar el momento, o como decían los latinos, carpe diem. Disfrutar del día por si no hay un mañana. No malgastar el tiempo dado en espera del que vendrá.


Así, como las palabras escritas en la arena, son los instantes que se encadenan, formando nuestra vida. Exprimir cada uno de ellos antes de que venga la próxima ola y no quede nada.

Preocuparse por el futuro no tiene sentido, pues aún no existe. Lo único que existe verdaderamente es el momento presente, en el que nos encontramos, el que respiramos ahora mismo. Tendemos a planificar, a prever, y está muy bien, pero en ocasiones no nos sirve de nada, nosotros vamos por un camino y la vida nos lleva por otro distinto, nuestras expectativas no siempre se ven cumplidas.

Jóvenes o viejos, ricos o pobres, guapos o feos... ninguno tenemos asegurado el porvenir. Aprovechar el hoy, lo que de verdad tenemos, lo que se nos presenta en un instante determinado y quizá no volverá. Porque el día de hoy no se repetirá jamás. El tiempo es el único bien que todos poseemos y este se materializa en el presente inmediato.

Esto no significa vivir alocadamente, sino cuidar cada detalle, no malgastar inútilmente nuestra capacidad de amar, de cumplir los sueños, de vivir... en aras de un trabajo absorbente, un éxito efímero, un futuro incierto.

En este sentido, vivir a corto plazo, ponerse metas cercanas, andar el camino paso a paso, sin adelantarse a lo que vendrá más adelante, saltando los obstáculos cuando se presentan y disfrutando del terreno cuando se presenta llano.

Y para expresarlo mejor, este bello soneto de Horacio:

No pretendas saber, pues no está permitido,
el fin que a mí y a ti, Leucónoe,
nos tienen asignados los dioses,
ni consultes los números Babilónicos.
 
Mejor será aceptar lo que venga,
ya sean muchos los inviernos que Júpiter
te conceda, o sea éste el último,
el que ahora hace que el mar Tirreno
rompa contra los opuestos cantiles.
 
No seas loca, filtra tus vinos
y adapta al breve espacio de tu vida
una esperanza larga.
 
Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el día de hoy. Captúralo.
No fíes del incierto mañana.

CDR