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jueves, 19 de noviembre de 2015

TODOS SOMOS...

Seres humanos.

París
Siria
África
China
India...
¿Qué importa de dónde? ¿O sí?

¿Acaso todas las vidas humanas no valen lo mismo?

¿Cuántas banderas conocemos? ¿Por cuáles lloramos?

¿Cuántas manos hay manchadas de sangre? No solo las que empuñan las armas. También las de los que las venden. También las de los que solo nos venden una versión.

¿Cuántas conciencias compradas?

Ser. Estar. Parecer.
No son lo mismo, definitivamente.

"Todos los seres humanos nacen iguales, pero es la última vez que lo son." (Abraham Lincoln)

CDR

sábado, 24 de octubre de 2015

CONTRAFACTO

Hola. Me llamo Leo y tengo prejuicios.

Así empezó todo. Mi hermana me convenció para que asistiera a un taller de autoconocimiento, no porque tuviera ningún problema, solo por renovarme, abrir mi mente, probar algo diferente, según ella. Estaba seguro de que su invitación escondía algo más, algún reproche del tipo te dejas llevar por la ira, no sabes ponerte en el lugar del otro, nunca te quedas a solas contigo mismo porque te asusta. Lo peor es que tenía razón. Pero yo no quería reconocerlo. Y ella me lo hacía ver de formas sutiles como esta.

Hasta que conocí a Bibi en aquel taller. Porque no fue el contenido en sí lo que me transformó, fue ella, la manera de exponerlo, su voz cautivadora, sus estudiadas pausas y miradas perdidas para conmover, sus acercamientos para convencer, su ritmo al llevar la meditación, su personalidad me absorbió desde el primer momento.

Cuando nos repartió aquella hoja con unas instrucciones, yo no le presté mucha atención, embelesado en su forma de moverse por la sala, removido algo en mi interior. Pero tuve que leerlas, claro, de eso se trataba.

Cómo hacer desaparecer un prejuicio:

1. Busca un prejuicio en tu interior.

2. Reconoce el prejuicio y aíslalo.

3. Saca el prejuicio y sométete a él por un momento. Puedes dejárselo a alguien para que te lo aplique o pegarlo al espejo y mirarlo de frente hasta que te afecte, pero desde fuera.

4. Reflexiona sobre cómo te sientes.

5. Antes de que el prejuicio se escape y vuelva a colarse en tu cuerpo, agárralo fuerte y machácalo. Puedes pisotearlo, meterlo en la trituradora, pasarlo por el destructor de documentos... Tú eliges.

6. Comprueba que está hecho añicos, cuanto más hecho polvo quede, mejor, para que no se recomponga.

7. Sóplale.

8. Haz esto periódicamente con cada uno de tus prejuicios.

9. Ahora ya estás preparado para salir a relacionarte con los demás.

La verdad, me parecía una absoluta tontería el ejercicio que nos había mandado Bibi, más aún cuando salí de la sesión y ya no me encontraba bajo el influjo de su voz. Había quedado con unos amigos a tomar unas copas, no volví a pensar en el asunto.

Sin embargo, a mitad de noche me desvelé. Empecé a dar vueltas en la cama, me levanté ya totalmente espabilado y encontré el folio en la mesa de la cocina, al lado del vaso de agua que iba a llenarme, como apelando a mi responsabilidad, pues a la mañana siguiente debía volver al dichoso taller.

Cogí la hoja de instrucciones y fui al baño, a ponerme delante del espejo, como un idiota. Mentalmente, me puse a revisar mi interior intentando buscar lo que pudiera considerarse prejuicio, por supuesto yo pensaba no tener ninguno.

Y de pronto, uno de los muchos prejuicios que albergaban en mí me avisó desde el espejo, oye, sé lo que pretendes, ni se te ocurra agarrarme, no vas a poder conmigo. Empezó una ardua lucha entre el prejuicio y yo, me cogió por el cuello del pijama como un matón, se apropió de mi idea de triturarlo en la destructora de papel. Se me ocurrió que solo podría vencerlo disimulando. Así que me dejé hacer y cuando mi prejuicio ya sonreía maliciosamente su victoria, yo quise jugar mi última baza, dejar de pensar en él para que desapareciese. No sé dónde había escuchado la efectividad de esa técnica. Mas, al dejar de pensar, fui yo el que desapareció.

¿Eso es lo que somos?, ¿nuestros prejuicios?, ¿pensamiento? - pregunté a mi profesor de filosofía cuando terminó de leer el relato. 

- No estoy aquí para darte respuestas, sino para meterte en las preguntas.

CDR

martes, 20 de octubre de 2015

CONTRA EL OLVIDO

Ya inmersos de lleno en el otoño, en este martes gris de llovizna, una buena lectura para esos ratos de té y manta en el sofá.



Caballero de la orden de los Finnegans, José Antonio Garriga Vela (Barcelona, 1954), no es un narrador de éxito, entendiéndose como tal aparecer en la lista de los más vendidos. Y quizá esto precisamente nos hable de su calidad literaria. Este escritor catalán, licenciado en Derecho y afincado en Málaga debutó como novelista con Una visión del jardín (1985), si bien el verdadero reconocimiento le llegó con Muntaner, 38 (Premio Jaén de Novela 1996). Con El vendedor de rosas (2000) fue comparado por algunos críticos con Paul Auster, por el desasosiego y extrañamiento de sus personajes. Su cuarta novela, Los que no están, ganó el Premio Alonso García-Ramos de Novela 2001, historia en la que ya ahonda en los tortuosos caminos de la memoria. En 2009 obtuvo el Premio Dulce Chacón a la mejor novela publicada en lengua española en 2008 por Pacífico. Además, ha escrito algunos libros de cuentos, como El anorak de Picasso (2010) y también varias obras de teatro, Formas de la huida (1989), por ejemplo. No es prolífico este autor, posiblemente debido a su interés por hilar fino y hacer corresponder cada pensamiento con cada palabra escrita, con cada personaje proyectado de su pluma. 

En cuanto a su última novela, El cuarto de las estrellas, ha sido galardonada con el Premio Café Gijón 2013. Una historia que parte de un episodio personal del autor, un mareo que le hizo caer, se golpeó en la sien y cuando despertó no recordaba nada del presente ni del pasado reciente, ni siquiera que estaba escribiendo una novela. Así, el protagonista, realiza una vuelta atrás en el tiempo, regresando al pueblo de su infancia, La Araña, para escribir la historia familiar. Poco a poco se van desvelando los secretos de su familia desde los años de posguerra hasta los setenta, cuando el padre compra un billete de lotería de Navidad, que resulta premiado con el Gordo y por fin pueden realizar el viaje soñado por el progenitor a Nueva York. Sin embargo, esta situación que debería de ser afortunada –el padre acaba de renunciar a su trabajo– supondrá el principio del fin. Para el protagonista, por su parte, este tiempo recluido en la antigua casa de su infancia, conformará el proceso de reconstrucción de la propia identidad. El hilo conductor de la historia será el amigo común de sus padres, Javier Cisneros, cuya muerte supone el inicio de la caída en picado del padre, de la relación matrimonial, como si esta fuera el detonante que hace saltar los silencios reprimidos y una cotidianeidad forzada. 

Este excelente relato, construido con materiales sencillos, pues la historia gira sobre sí misma a partir de unos pilares asentados desde el principio, consigue sin embargo explorar acertadamente los recovecos de la intimidad y convertir la literatura, a través de sus páginas, en una forma de conocimiento. Garriga Vela continúa en la línea de sus obras anteriores, en las que la memoria y el recuerdo son protagonistas. En forma de espiral, el lector es llevado hacia atrás continuamente para descubrir algo más de la historia, lo que en realidad le encamina hacia adelante. Finalmente, el círculo se cierra y todo cobra sentido. La indagación del protagonista sobre las extrañas relaciones entre los otros personajes, sus padres, el Comunista, el Polaco, el propio Cisneros, así como la influencia subyacente de la cementera Goliat, le llevan a una comprensión del pasado que solo desde la edad adulta puede alcanzar, pues su mirada infantil le impedía desentrañar el verdadero significado de esos recuerdos. Descubre así la desdicha y la culpa de sus padres por el pasado, la identificación de él mismo con su padre –alcanzada la edad que él tenía cuando sucedieron los hechos– y finalmente la reconstrucción de su propia personalidad. Lo que busca en realidad el protagonista es precisamente eso, explicarse a sí mismo, hasta el punto de que en algún momento siente haber usurpado la identidad de sus padres, al introducirse de lleno en sus secretos y desvelar sus más íntimas inquietudes y anhelos. Se trata de rehacer esas vidas en el pasado para dar sentido a la suya presente. Lo cual entronca con la preocupación constante del autor por la memoria, el pasado y el olvido. “Sin memoria no somos nada”, dice el protagonista. Y es que la memoria no solo preserva el recuerdo de las cosas que ya no están, sino que además es fundamental para la construcción del yo. Este motivo manejado habitualmente por Garriga Vela de una forma casi confesional, cobra en El cuarto de las estrellas un tono más ficcional, sea real o aparente, demostrando la madurez literaria alcanzada. Siendo el tema principal la memoria, por otra parte no se deben obviar el tratamiento de otros motivos como las relaciones amorosas y familiares, o cómo afecta a las personas un contexto asfixiante e incluso opresor. 

No es casual, efectivamente, la ambientación de la novela en el pueblo de La Araña, un pueblo aislado, sometido por la omnipresencia de la cementera, que nos introduce en un ambiente hosco, claustrofóbico, invisible para los demás. Como el resto de escenarios de la novela, desde el bar del Comunista, al que se accede por un pasadizo bajo tierra, hasta el claroscuro estanco de Cisneros, acabando en el sótano de la casa de este, donde se ubica ese cuarto de las estrellas que da título a la novela. Un lugar que entierra, literalmente, muchos de los secretos de la familia y que se relaciona con la afición compartida por el niño protagonista y Javier por el cine y los actores que interpretaban las películas que veían juntos.

Esta inusual novela, de gran calidad expresiva, muestra una forma de escribir intimista y sencilla, pero a la vez llena de potentes metáforas –impactante el uso metafórico que hace el autor a lo largo de la historia del funambulista Philippe Petit haciendo equilibrio en una cuerda entre las Torres Gemelas–, mezcolanza que dota su relato de notas de realidad y de ficción. El misterio es un ingrediente que se desliza sutilmente por los recovecos del argumento, de manera que lo que parecía en principio tan sencillo está realmente elaborado y engarzado de forma magistral. La información se va dosificando y relacionando para dar lugar a una atenta composición, en la que destacan, asimismo, el cuidado de los detalles y el manejo de las alusiones. No en vano, Garriga Vela es un buen contador de cuentos.

Un autor, un relato, que requiere de lectores avezados para descubrir y disfrutar de su verdadera altura literaria.

¡Feliz lectura!

CDR

lunes, 5 de octubre de 2015

SOY MAMI: MARCOS

Hace un año no pude escribir porque tenía entre mis brazos a un niño recién nacido y porque mi estado anímico y físico tampoco me lo permitían.

No pude escribir y describir la oleada de sentimientos que me invadía, las sensaciones que se inauguraban para mí, los cambios que se empezaban a producir y de los que aún no tenía plena conciencia. En alguna entrada hablé aquí al respecto, pero la verdad es que echo de menos no tener constancia escrita de aquellos días, que no volverán -como cada día de nuestras vidas-, tan intensos y tan importantes.

Hoy, un año después del nacimiento de Marcos, inmersa de pleno en el trabajo, igualmente no puedo escribir todo lo que me gustaría, casi nada, la verdad. Hoy es un niño de doce meses, activo, inquieto, despierto y curioso el que me impide sentarme tranquila a reflexionar sobre lo que sigue ocurriendo en mi interior, es tan fuerte que a veces me deja sin respiración, es inexplicable lo que supone para mí ser su mamá. No dudo que será lo mismo que cada madre siente hacia su hijo o hija, hacia cada uno de ellos. Pero para mí es inédito, era impensable hace unos años cuando ser madre no formaba parte de mis preferencias. Y hoy es lo primero, no lo único, pero sí lo más importante.

Hoy mi vida va a otro ritmo, porque Marcos no tiene prisa, él afortunadamente no entiende de obligaciones, ni de horarios, ni de lo que viene bien o no ahora o luego, ni de lo que es políticamente correcto. Él solo quiere descubrir, tocar, morder, mirar, subir, bajar, reptar, gatear, dar pasitos, balbucear, aprender. Se me ensancha el corazón cada vez que sus ojos limpios se sorprenden de las cosas más insignificantes y consabidas para nosotros, los adultos. Qué bonito vivir en el asombro. Ojalá pueda seguir así mucho tiempo. Lástima que no, dirán, y yo digo que lástima que no seamos capaces de conservar esa capacidad, la de admirarnos por las cosas pequeñas, disfrutar sin complejos, ser como verdaderamente somos, dejar a veces lo que debemos hacer y recordarnos lo que de verdad queremos hacer, reírnos, llorar, expresarnos... cuidar y conservar siempre al niño que llevamos dentro. Pero en todo caso, si no esto, al menos dejar a los niños que lo sean mientras lo son, alimentar sus ilusiones, no obligarlos a crecer, a someterse a reglas de adultos sin sentido. Ya tendrán tiempo para eso.

Y el tiempo pasa rápido, hoy Marcos tiene un año y parece que fue ayer cuando era un bebé pequeñito y frágil. Es algo que acuso más desde que soy mamá, cómo vuelan los días y los meses, y los años. No quiero que crezca, o mejor dicho, sí, quiero que crezca, sano y fuerte, y despacio, a su ritmo y no al nuestro, que sea un niño, que juegue, que se ensucie, que grite en lugares donde no se puede gritar, que vaya descalzo, que corra, que trepe, que coma con los dedos... que sea feliz y que siga siéndolo a pesar de crecer.

Y es ahora cuando tiene que estar a mi lado, dormir conmigo, entre mis brazos, refugiarse en mi pecho, llorar si me voy, sonreír cuando llego, porque ahora es cuando más me necesita. Después, ya se alejará solo, ya rechazará mis besos, ya no querrá compartir su espacio conmigo... o tal vez sí, si ahora le dejo hacerlo. Eso ya llegará, ya veremos qué ocurre, pero mientras tanto, sigo disfrutando de mi pequeño Marcos, comiéndomelo a besos, te quiero te quiero te quiero te quiero...



CDR

jueves, 17 de septiembre de 2015

ESPINAS

En esta medianoche de septiembre he abierto un libro antes de acostarme. Ha sido algo casual, ojear un libro ordenado junto con otros encima del mueble del dormitorio. Y he encontrado este cuento de Jorge Bucay que a continuación reproduzco:

"En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas...

Había una vez...
Un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...
Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia.

Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas, las dos, entraron al estanque.
La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida -sin saber por qué- se baño rápidamente y más rápidamente aún salió del agua...

Pero la furia es ciega, o por lo menos, no distingue claramente la realidad, así que desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró...

Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza...

Y así vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre, a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.

En la orilla encontró que su ropa ya no estaba.

Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos, es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad... está escondida la tristeza."

Y justo este cuento, en este justo momento, me ha parecido estar escrito para mí.

Además, al cuento acompaña una ilustración muy sencilla, en blanco y negro, de una flor algo mustia que enseguida me ha hecho pensar en espinas.

No haré ahora una entrada de pequeñeces con las diferentes acepciones de la palabra, me refiero a espinas clavadas, heridas de vida.

Pero ha sido solo un momento, cuando cierre este texto se me habrá pasado. La furia hace tiempo desapareció, siempre quedará la tristeza, agazapada, pero sobre todo, mucha felicidad, que aunque no aparece en este cuento, afortunadamente también es protagonista en la historia de la vida.

CDR

viernes, 21 de agosto de 2015

UN AÑO SIN TI

Lo peor de la muerte es que la vida sigue.

Y no entiendo cómo todo puede seguir igual sin ti, papá, cómo podemos continuar adelante con ese vacío tan grande que dejaste ya hace un año. Entonces esperábamos a Marcos y no pude acompañarte. Y tú no pudiste esperarle porque tenías que estar en otro lugar para él.

Después de este tiempo comprendo un poco más, no mucho, tengo momentos muy oscuros, como al principio cuando te fuiste y no pude decirte cuánto te quiero, cuánto te agradezco todo lo que me has dado y cuánto me hubiera gustado ayudarte más. Pero entiendo que todo pasa por alguna razón, por incomprensible que nos resulte y sobre todo, agradezco que no tuvieras que sufrir más. Ahora, lo sé, estás con nosotros de otra manera, porque no eras un cuerpo con un alma, siempre fuiste y serás un alma, que en un momento dado tuvo un cuerpo físico. Y tuvimos la suerte de que fueses nuestro padre, ahora eres eso y mucho más. No sé cómo, pero lo sé. No lo entiendo, pero lo sé. No me lo creía, pero ahora lo sé.

Hoy me imagino el océano con sus olas infinitas. Las veo, son diferentes, pero todas son agua.
Hoy te imagino como una ola. Veo cómo eres creado, veo cómo surges a a la superficie, te quedas un rato y luego regresas al océano. Veo cómo desapareces, pero sé que sigues en el agua.

Ojalá nos hubieran enseñado que cuando una nube está a punto de convertirse en lluvia no tiene miedo, porque sabe que transformarse en agua y caer sobre los campos es maravilloso. Ojalá nos hubieran enseñado que el momento de irse no es un momento de muerte, sino de continuación.

Echarte de menos, papá, es el precio que pagamos por haberte tenido, por haber tenido la suerte de que fueras como eras, por eso duele tu ausencia y por eso cuesta aceptar que ya no estás de la misma forma.

Un año sin ti. La vida sigue, pero no es igual.

"El ratón.
Al ratón le gusta meterse por todas partes, es animado y juguetón, y va siempre por delante de los demás.
El oso.
El oso es muy comodón y le encanta hibernar. Al recordar su mocedad, se ríe de las correrías del ratón.
El búfalo.
Al búfalo le gusta recorrer las praderas. Confortablemente instalado, repasa su vida y anhela desprenderse de su pesada carga para convertirse en águila.
El águila.
Al águila le entusiasma sobrevolar el mundo desde las alturas, no a fin de contemplar con desprecio a la gente, sino para animarla a  que mire hacia lo alto." (Elisabeth Kübler-Ross)

Todo tiempo nos parece poco, pero doy gracias de que pudieras completar la rueda de la vida, papá.
Te quiero.

CDR

martes, 11 de agosto de 2015

MUJERES: FEMINISTAS MEDIEVALES

Más allá de la imagen que construyeron sobre ella clérigos y trovadores, la mujer medieval no se limitó a ejercer de bruja o de santa, no solo se dedicó a coser y rezar, sino que en la vida real interpretó los más variados personajes.

Es cierto que el argumentario que encontramos en los textos de los monjes pasa por afirmaciones como "Llorar, hablar, hilar, es lo que Dios concedió a la mujer." Sin embargo, la misoginia que destilan estos escritos provenía solo en parte de la teología. Al fin y al cabo, los teólogos de la época reconocían que las mujeres tenían alma, de lo contrario habría estado prohibido bautizarlas; aunque las consideraban -siguiendo a Aristóteles- como un varón fallido. Pero son los clérigos mucho más rotundos. El bello sexo es para ellos "pérfido y fétido", "fuente insondable de todos los pecados", y la mujer virtuosa, "más rara que el ave fénix o el  cisne negro". Vamos, que el arsenal de improperios que manejaron los frailes es inabarcable. Y tan potente como la seducción de la carne que debía combatir, claro. De hecho, la demonización de la mujer fue la fórmula para exorcizar los placeres del sexo, a los que los monjes obligadamente debían renunciar, y contra los que toda propaganda era poca. Así, el medievo se pobló de brujas y sirenas dispuestas a arrastrar a los hombres a su perdición; aliadas con las fuerzas del mal o disfrazando su animalidad bajo formas hechiceras. No obstante, en contraste con la misoginia clerical, la Iglesia como institución otorga a la mujer un estatus inédito hasta entonces, casi revolucionario, en lo que a libertad y equiparación con el hombre se refiere: el derecho canónico le garantiza la libre elección de marido, en contra de lo que establecen el romano o el islámico. Como vemos, la ambivalencia y la contradicción caracterizan la consideración de la mujer en la Edad Media con sorprendente naturalidad. Pensemos en Eva, por un lado, y en la Virgen María, por otro, como ejemplo de estos extremos.

La Virgen, por cierto, representa un modelo de espiritualidad al que la aristocracia laica opuso otro no menos idealizado, el del amor cortés, difundido por la literatura en toda Europa a partir del siglo XII. Con él da un giro radical la relación hombre-mujer; la dama es la dominadora y el caballero, el que ofrece sumisión. Es más, la dama, en muchos casos -en la lírica occitana- era casada. El mundo caballeresco celebra la belleza carnal y ensalza el amor al margen del matrimonio. Desde luego, como modelos de vida, tanto la Virgen María como la dama del amor cortés resultaban inalcanzables. Pero el arte los reflejó masivamente y tuvieron su eco en la vida práctica.

Pongamos por caso la vida de la escritora Cristina de Pizán, un deslumbrante antecedente del feminismo en el siglo XV. No era noble ni religiosa. Aunque su padre era un sabio erudito -médico del rey de Francia-, a ella la educaron para el matrimonio y la maternidad. Pero, al enviudar con 25 años y seis hijos, decide recuperar el tiempo perdido y se dedica desde entonces al estudio, a escribir y, lo que es más insólito y audaz, a vivir de ello. "Solita estoy y solita quiero estar, para ser patrón de mi propia nave", diría. De Pizán defendió sus intereses financieros en los tribunales "ante jueces hartos de vino y gordos como cerdos", y escribió obras sin cesar que en seguida se hicieron famosas, como Sobre las mudanzas de la Fortuna, La ciudad de las damas, El libro de las Tres Virtudes, etc. En todas denuncia la desigualdad social de las mujeres y las anima a combatirla mediante la educación. "No hay que quedarse agazapada en un rincón como un perrillo. Instruiros y empuñad la pluma". Además, recomienda a las damas "tener corazón de hombre", para poder dirigir a sus vasallos en ausencia del marido. También es autora de algunas baladas, en las que rompe con el concepto de amor cortés, por considerarlo mero juego social. Pero no solo rompe esquemas literariamente, pues se convierte también en famosa polemista, al discutir con ilustres letrados sobre la misoginia de un "best seller" de la época, la Novela de la Rosa, y publicar ese intercambio epistolar en forma de libro.

Cristina de Pizán sabe por experiencia que las mujeres no son como las describen los autores de la época: santas o pecadoras, lúbricas o taimadas. Efectivamente, del centenar de oficios censados, hasta setenta y dos podían desempeñarlos mujeres: había tenderas, juezas, zapateras, panaderas, curtidoras, músicas, albañilas, juglaresas... Y veintiséis eran exclusivamente femeninos, la mayoría relacionados con la industria textil. Y sí, también con la prostitución, regulada y muy floreciente. Una "obrera del amor" ganaba en dos citas el equivalente al salario de una campesina. Aunque, a cambio, debía pagar impuestos y gastar parte en afeites y oropeles. Acudía a trabajara domicilio o recibía a las citas en la mancebía. Las cortesanas cubrían las necesidades tanto del corazón como de la carne. No entregaban sus favores a cualquiera y más que comprarse, se negociaban o se conquistaban. Presumían de sus éxitos y de sus audacias sexuales. Incluso algunas se vestían de hombre en alusión a la sodomía y eran motivo de escándalo porque desafiaban por igual la jerarquía del dinero y la de los sexos.

En el extremo opuesto de la escala moral, pero igualmente innovadoras de la corrección establecida, estaban las beguinas, monjas que consiguieron que la Iglesia les reconociera el derecho a vivir fuera del monasterio, desempeñando labores laicas de ayuda a los necesitados, y a romper con sus votos si querían.

Por otra parte, las abadesas lograron en muchas congregaciones un poder amplísimo y equivalente al de los hombres. Podían nombrar curas y capellanes, dirigir monasterios mixtos y reservados solo a hombres; asistir a concilios, incluso convocar sínodos. A no menor escala, las damas compartían el gobierno y la defensa de los señoríos, en ausencia del marido o con él. De hecho, no era raro ver a mujeres guerreando a la cabeza de tropas masculinas. Doña Urraca, reina de Castilla y León, pasó trece años combatiendo al mando de su propio ejército para defender el trono de su hijo. Además, en tiempos de las cruzadas, los cronistas árabes describen el brío con que luchaban las mujeres. No en vano, hasta podían formar órdenes de caballería, y en  España estaban presentes en la de Calatrava.

Así pues, nada más lejos de la imagen lánguida que el romanticismo nos dejó de la mujer gótica. Un libro, con el expresivo título de Bella dama sin piedad, se encargó en el siglo XV de dar la estocada mortal al alambicado mundo caballeresco y cortés. Aunque lo escribió un hombre, Alain Chartier, retrata la sensibilidad de la mujer de la época cuando la protagonista equipara al amante con el cortesano, vil y adulador; y, cuando antes sus ofrecimientos, afirma que es libre y piensa seguir siéndolo. ¿Qué mayor reivindicación que la del valor político y existencial masculino por excelencia, la libertad?

Un largo camino marcado ya, como ven, en las sombras del medievo -mujeres olvidadas- y que aún hoy seguimos recorriendo.

CDR