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lunes, 24 de septiembre de 2012

DÍA DE SUERTE

El coche pasó por su lado a toda velocidad, sin ninguna precaución, dejándole los zapatos y buena parte de los pantalones empapados. En realidad daba lo mismo, porque la lluvia la había pillado totalmente desprevenida, no llevaba paraguas, ni calzado adecuado, llegaría al trabajo tarde y calada hasta los huesos. No se molestó en imprecar al descuidado conductor, había desaparecido de su vista en cuestión de segundos por la larga avenida.
 
Cuando llegó a la tienda, su compañera la esperaba ya refugiada en el soportal del edificio contiguo y la saludó con poca simpatía. Apenas pasaban cinco minutos de la hora de apertura, casi nunca se retrasaba, a menos que, como hoy, Javi le diese algún problema. El niño se había levantado con unas décimas de fiebre, no se encontraba bien y se negaba a ir al colegio. Mami, duele cabeza, decía con su lengua de trapo, voz nasal y ojos suplicantes. Las opciones de Lidia eran mínimas, o dejaba al niño en el cole a pesar de todo, o se quedaba en casa con su hijo y se olvidaba de su empleo. Lo cierto es que sopesó el asunto, estaba harta de su jefe, de su compañera, de sus horarios, de no poder disfrutar de Javi mientras el niño crecía entre la escuela y la compañía de la abuela. De inmediato recordó que su madre tenía visita con el cardiólogo y pasaría toda la mañana en el hospital. Dios, espero que todo vaya bien, pensó mientras salía acarreando con el niño como un peso muerto, obstinado en quedarse. Últimamente su madre andaba delicada de salud. Había tenido dos amagos de angina de pecho en poco tiempo, le estaban haciendo pruebas por si había que operarla. A Lidia se le llenaron los ojos de lágrimas ante la idea de perderla, era lo único que tenía, el muro contra el que se apoyaba para no caer desmoronada ante la adversidad de la vida. Su fuerza emanaba de su madre, por ella había tenido a Javi y por ella seguía adelante. Cuando supo que estaba embarazada tras la violación -Iván, el chico de sus sueños, que no le hacía ni caso, se aprovechó de ella y la tomó brutalmente la noche de la graduación-, su mundo se paralizó, se hundió más si cabe en el profundo hoyo en que cayó por aquel suceso. Y fue su madre quien la salvó, la rescató, la sacó a la luz y le enseñó a querer a Javi, él no tenía la culpa de nada, su niño precioso.
 
En esto pensaba mientras abría la persiana automática, encendía las luces, conectaba la calefacción y los ordenadores. Vaya pinta traes, tía, le dijo Susi con su habitual manera de tratarla. Ella la veía como un bicho raro, un hijo con veintidós años, qué fuerte. Ella soñaba con ser modelo, ese trabajo era sólo un medio para pagarse sus posados, hasta que algún agente avispado la descubriera y la lanzara a la fama, estaba convencida. Vivía por y para su cuerpo, los problemas de Lidia se le antojaban tan lejanos. En cuanto pudo, Lidia entró al baño y se secó el pelo, lo recogió en una cola, se acicaló mínimamente peinando las cejas con los dedos y aplicando brillo de labios en los labios, era el único accesorio de maquillaje que llevaba en el bolso. Se quitó la camiseta mojada y se puso la camisa de la empresa, los pantalones tendrían que secarse puestos a lo largo de la mañana. Salió dispuesta a una jornada más de trabajo, aburrido, monótono. Cuando estudiaba bachillerato, había soñado con hacer la carrera de Periodismo, estaba todo planeado, pero ya ni siquiera se presentó a la Prueba de Acceso, durante los exámenes ella estaba hospitalizada. Después, ya no quiso oír hablar del tema nunca más. Su madre la animó, diciéndole que cuando el niño fuera mayor ella aún sería joven y podría seguir estudiando. El futuro, a él se encomendaba, porque el presente ya estaba comprometido. Y no era la única que se había sacrificado, pues su madre también tuvo que dejar el trabajo para poder ayudarla, llegó un momento en que descubrieron que la ayuda moral y la disponibilidad de tiempo eran más importantes que lo económico. Así que vivían los tres de la pensión de viudedad y de su exiguo sueldo.
 
Una hora antes del cierre, su jefe se presentó en la tienda y la llamó a su despacho. Fríamente, como sólo él sabía, le dijo con total impavidez que estaba despedida, que se cerraba el negocio y no había forma de recolocarla en otro local. Tranquila, Susi corre la misma suerte que tú, y eso que está más buena. No le dio tiempo a Lidia de transmitirle con la mirada todo el odio y el desprecio que sentía por él, porque el suelo empezó a temblar a sus pies, un sonido ensordecedor precedió a una fuerte sacudida que hizo caer estanterías, sillas, ordenadores, trozos de escayola. Duró unos cuantos segundos, pero fue ese tipo de transcurso temporal que se ralentiza y se hace eterno. Lidia lo conocía, el terror, el instante congelado. Salió corriendo, entró al baño, pisando sin miramiento todo lo que había por el suelo, cogió el bolso y se marchó hacia el caos de la calle. Su único pensamiento era Javi, su madre, que estuvieran bien, por favor. Corrió y corrió, el colegio no quedaba lejos, pero era imposible transitar, gente gritando, algunos heridos en el suelo, coches parados en la calzada, escombros en las aceras. No llegó a percibir Lidia el desastre que se acababa de producir hasta que llegó a la puerta de la escuela y vio el pabellón de infantil medio derribado. El llanto se anticipó a la realidad, sus ojos avanzaron a su mente que lo peor había sucedido, su corazón amenazaba con explotar. Y entonces vio a la directora del colegio, con su hijo entre los brazos, venir hacia ella. Íbamos a llamarte para que vinieras a por él justo cuando ocurrió. Algunos niños... La mujer no pudo seguir hablando, en parte por la confusión, en parte por la emoción, sobre todo porque Lidia le arrancó a Javi de los brazos y le daba igual la fiebre o los vómitos de esa mañana, porque su hijo estaba vivo. Preocupada por posibles réplicas, la directora le dijo que se fueran a casa y entró al colegio a seguir al frente de la delicada situación. Javi le preguntó por la abuela entre hipidos y Lidia se dio cuenta de que por unos instantes se había olvidado de ella. Cogió el móvil mientras intentaban hacer el camino de vuelta y dio a la marcación automática. Los tonos se sucedían y no había respuesta. Se cortó la línea, vuelva a intentarlo más tarde. Poco después sonó, Lidia ni siquiera miró la pantalla, mecánicamente contestó ¿mamá? Sí, hija, ¿estáis bien? ¿Y tú? Sí.

Todos bien. En ese momento comprendió que ese había sido su día de suerte.
 
CDR 

1 comentario:

  1. Bonito relato que nos hace reflexionar sobre las prioridades que podemos establecer en la vida. Sin lugar a dudas fue un día de suerte para Lidia.
    Tati.

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