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domingo, 17 de junio de 2012

VACACIONES

Se acerca el final de curso. Y la gente ya me va preguntando, pero entonces ¿aún tenéis dos meses de vacaciones? Sí, culpable, voy a pasarme julio y agosto sin hacer nada, tomando fuerzas para enfrentarme a otros diez meses de madrugones, clases agotadoras, horas interminables de correcciones, etcétera, etcétera.
Además, en julio no estamos exactamente de vacaciones. Si somos parte de la directiva nos dedicamos todo el mes a encajar el puzle del siguiente año académico. Si tenemos la fortuna de que nos toque en un tribunal de oposiciones, nos pasamos todo el mes achicharrándonos en institutos sin condiciones, valorando exámenes y el futuro de potenciales compañeros. Y nos pagan por ello, claro. Al menos hasta ahora. A nadie le gusta trabajar gratis. Y si queremos formarnos en nuestro trabajo, es en este mes cuando podemos hacerlo tranquilamente, pues tenemos una amplia oferta que es imposible aprovechar mientras trabajamos. En definitiva, en julio todo el profesorado nos encontramos "a disposición de la administración". Asimismo el uno de septiembre ya estamos al pie del cañón, no empezamos cuando los niños, como la gente cree.
Por cierto, ¿qué hago dando explicaciones sobre esto? ¿Dar explicaciones no es como justificarse? Pues sí, a partir de ahora a quien me pregunte le contestaré con un escueto: por supuesto, estoy de vacaciones.

CDR

jueves, 14 de junio de 2012

LO QUE QUIEREN LAS ADOLESCENTES

No se puede generalizar. Pero me temo que un gran número de niñas -ahora llamadas adolescentes- a partir de doce años han retrocedido cinco décadas por lo menos en sus aspiraciones y deseos. Ayer escuché una conversación entre tres de mis alumnas mientras estaban en el aula de castigo y me quedé con una sensación mezcla de congoja y estupefacción que aún no he logrado quitarme de encima. Ya había tenido indicios otras veces, pero ayer pude cerciorarme de que la mayoría de niñas sueña con casarse y que sus maridos las mantengan mientras ellas cocinan, friegan y planchan. Lo normal. No anhelan independencia económica, ya están pensando en tener hijos y, claro, los estudios les parecen una pérdida de tiempo que nada tienen que aportarles a su plan de futuro. Están muy informadas, eso sí, de lo que hay que hacer para atrapar a un hombre. Lo peor, que no hablaban de broma.
Desde luego que sé que estas tres niñas no son representativas de una generación completa, afortunadamente, pero también noto que las niñas de hoy tienden a asumir un rol femenino propio del manual de la perfecta señorita de los años cuarenta. Y eso me indigna, me rebela por dentro. No menosprecio a las mujeres que desean seguir por el camino, digamos, tradicional. Sin embargo, no entiendo dónde están tantos años de lucha, tanto terreno ganado al machismo para que ahora las mujeres del futuro piensen en dedicarse a sus labores y se queden tan frescas cuando les hablas de igualdad, de emancipación, de un lugar propio en la vida.
Cuando trabajamos en tutoría temas de paridad entre hombres y mujeres, no salgo de mi asombro al escuchar viejos esquemas en bocas de niños y niñas. Los estereotipos se reproducen al cien por cien. Hay trabajos femeninos, como si las mujeres naciésemos con los genes de la limpieza de la casa, la organización de la colada, o el cuidado de los ancianos y enfermos. Hay cosas que los hombres no pueden hacer, desde llorar hasta hacer la cama, pasando incluso por entendernos, como si nacieran con una especie de inutilidad para las tareas domésticas y la emocionalidad. Por supuesto, profesora, los chicos tienen más fuerza, nosotras somos más sensibles, en casa mi madre lo hace todo, a veces mi padre baja la basura, yo ni me muevo del sofá mientras mi hermana pone la mesa, es que somos diferentes...
He comprobado muchas veces que a mí, por ser mujer, ya me encasillan directamente. Mis alumnos dan por supuesto que no me gusta el fútbol, por ejemplo, me hablan de algún jugador mundialmente conocido como si fuera un extraterrestre para mí. O que mis alumnas me admiran, no por las cosas que les enseño, sino por la ropa que llevo. Les encanta que lleve las uñas pintadas de lila, pongamos por caso, pero ni se inmutan cuando les explico lo que es la libertad.
Quizás es que aún son muy pequeños e inmaduros, seguro que es eso. Con los alumnos y las alumnas más mayores no suelo tratar estos asuntos porque el temario me lo impide. Pero veo y oigo cosas. Y no me gustan.

CDR

lunes, 11 de junio de 2012

CASI DESPEDIDA

"Irse dando un portazo nunca arregla las cosas. Más bien al contrario. Porque a ese desaire se unen las palabras dichas y las miradas lanzadas, unas y otras como flechas ponzoñosas destinadas a herirnos de muerte. Todas las parejas pasan sus crisis. Esto es normal, no se acaba el mundo. Incluso a veces es dulce la reconciliación y borrón y cuenta nueva. Después nos queremos más que nunca, borramos con besos el rastro de las lágrimas en nuestra cara y el resto de hiel en nuestros labios. Pero, en realidad, las huellas de cada pelea quedan indelebles en el corazón.
No te reprocho nada. He sido tan culpable como tú. No es la primera vez que pasa esto ni tampoco ha sido más grave que en otras ocasiones. Simplemente, ya no puedo más. No entiendo cómo el amor puede destilar ese desprecio con que nos tratamos mientras discutimos, no entiendo cómo se alza esa barrera impenetrable entre nosotros ni cómo se agranda el abismo que nos separa por momentos. Ya no sé volver, ya no sé franquear el muro y ya no quiero lanzarme al vacío por ti más.
Lo que hemos vivido juntos nunca lo olvidaré y no seré la misma sin ti..."

Laura dejó de escribir, releyó la nota y arrugó el papel para tirarlo a la papelera. Allí se unió a una docena más de folios desechados. Sabía que era sólo una forma de matar el tiempo mientras esperaba oír la llave en la cerradura, anunciando que él volvía a casa.

CDR

domingo, 10 de junio de 2012

"RESCATE"

Después de tantos días de incertidumbre, por fin nos han rescatado. Perdón, no se trata de un rescate, sino de un "préstamo en inmejorables condiciones" y, además, sólo para sanear la banca. Los mismos que hace unos días decían que no era necesaria la ayuda y que España podía solventar por sí misma la situación, hoy nos aseguran que esto es buenísimo, que es una inyección para mover la economía y que es la mejor solución posible. ¿Cómo puede ser que una cosa y su contraria resulten verdaderas en el plazo de una semana? Yo no me entero de nada.
Escucho a los políticos y quedo alucinada. Los que ahora están en el Gobierno echan la culpa de todo a los otros. Y los que dejaron el puesto hace seis meses se echan las manos a la cabeza y piden comisiones de investigación, como si esto pudiese haberse gestado en tan poco tiempo. Como en un partido de tenis, asistimos a un intercambio de pelotas entre unos a otros. Lo malo, que al menos en un torneo existe emoción, mientras que este pseudopartido resulta patético.
Espero que realmente sea bueno este rescate, línea de crédito, ayuda, o lo que sea. Que esas cifras que a los de una simple nómina mensual nos parecen desorbitadas sean asumibles y podamos salir de esta. Dicen que sin más costes para la ciudadanía. Cosa que me parece imposible. ¿Quién avala ese préstamo? ¿Quizás nosotros? La entrega ya está hecha. Bien, no pasa nada. Hoy estamos más pendientes de nuestra selección, a ver si nos cargamos a los italianos. Pero falta enterarnos de la letra pequeña de este acuerdo. Y me parece que dicha letra tiene ganada una mal fama que por algo será, ¿no?
Siempre nos quedará la gratitud del señor Presidente, que al menos tiene el detalle de elogiar nuestro estoicismo. Agradece que entendamos lo que está haciendo. Repito, yo no entiendo nada. ¿Y ustedes?

CDR

viernes, 8 de junio de 2012

VALIENTE TONTERÍA

Seguro que estarán conmigo en que lo menos que se puede esperar de la vida es ser feliz. Tengamos más o menos dinero, seamos más o menos guapos o agraciados, estemos más o menos bien de salud, levantarte cada día con cierto cosquilleo en el estómago es lo que este mundo nos debe por todas las penalidades. Yo ya ni me acuerdo de lo que es eso. Quizás el deseo de volver a sentirlo me ha hecho estos últimos días pensar insistentemente en ello, como si a fuerza de evocarla pudiese volver a instalarse en mí esa ilusión perdida.
Llevo cinco años encerrado en esta residencia y nadie viene a visitarme. Mis hijos se han olvidado de mí. Cati me dice que de eso nada, que pagan religiosamente la cuota todos los meses y que de vez en cuando llaman, pero que siempre coincide que no puedo ponerme o que ellos tienen prisa por colgar. A mí no me engaña la bella Cati. Ella es un pedazo de pan y me lo dice por lástima. Como si yo no supiera que los desagradecidos se han deshecho de mí y están esperando con impaciencia que me muera. Qué vida más perra. Crías a los hijos con esfuerzo y entrega, les das todo lo que tienes, les dedicas tus mejores años, y después te pegan la patada. Y no crean que no estoy bien aquí. Claro que sí. Yo no soy uno de esos viejos negados a irse a un geriátrico, como lo llaman ahora. Entiendo que los hijos deben hacer su vida y uno retirarse de escena cuando empieza a molestar. Lo que me duele es el abandono. No ver a mis nietos, pasar las Navidades solo, que no se acuerden de mi cumpleaños, que hayan desaparecido de mi vida, en fin, como si nunca hubiesen existido.
Cuando vivía mi Luisa todo era diferente. Ella y yo nos las apañábamos. No necesitábamos a nadie. Y la indiferencia de los chicos la sobrellevábamos compartiéndola. Pero cuando falleció, el mundo se me vino encima. ¿Qué iba a hacer yo sin mi querida esposa, después de tantos años juntos? Mis hijos me dieron la solución. Vender la casa, repartir la herencia y descansar tranquilo en un lugar apacible, donde me iban a tratar como un rey. Usted se lo merece, padre. Ofuscado como estaba, o por poco espabilado que siempre he sido, no sé, me convencieron. Y aquí estoy. Tragándome la bilis cada mañana por esta maldita suerte mía. No he padecido bastante y ahora esto.
Mi amigo Claudio está harto de oírme. Sobre todo cuando me pongo filosófico, como él dice. Si tan mal estás, Julio, lo que tienes que hacer es pedir la eutanasia esa. O qué sé yo, colgarte en la ducha. O acumular las pastillas dos o tres días y tomártelas todas de golpe. A tus hijos les remorderá la conciencia y tú descansarás por fin. Y yo, pesado.
¿Suicidarme? Valiente tontería. Aquí me quedo hasta que Dios quiera. Y ya encontraré yo la manera de recuperar mis mariposas en el estómago, joder.
CDR

lunes, 4 de junio de 2012

DESPISTE

Mi tío desapareció cuando yo tenía doce años. Era un hombre rudo, frío y solitario. Era pastor y no le gustaba que nadie le molestara. Se pasaba días enteros sin dar señales de vida, vagando por los montes de esta tierra nuestra. Lo contrataban para pastorear y estaba largas temporadas fuera. Cuando volvía, se dejaba ver poco. Habíamos aprendido a aceptarlo como era, a no saber nada de él en Navidades, a que no nos felicitase jamás en cumpleaños ni santos, a que no acudiese a las celebraciones familiares. Ni siquiera asistió a la boda de su hermana pequeña, mi madre.
A mí me fascinaba. Muchas veces iba a estar con él en el corral mientras trabajaba. Él me toleraba por allí siempre que no lo molestase. Era su único sobrino y físicamente me parecía bastante a él cuando era niño, había visto fotos que lo demostraban. Quizás por eso me tenía cierto aprecio, a su manera, sin muestra alguna de cariño pero tampoco de rechazo, como ocurría con otras personas. Yo lo observaba y me preguntaba cómo se podía vivir tan aislado, sin hablar con nadie. ¡Qué aburrimiento! Pero mi tío no parecía aburrirse en absoluto. Y en cierta manera me causaba envidia, porque él no tenía que hacer el paripé con los familiares pesados que te pellizcaban las mejillas y te revolvían el pelo cuando venían de visita. Él no estaba obligado a ir a misa todos los domingos. Él era libre, sin duda, y vivía como le apetecía.
Y un buen día desapareció. Al principio no lo echamos de menos por lo que ya he referido. Pero pasado un mes, comenzó cierta preocupación. ¿Dónde estará Rafael?, se preguntaba mi madre a sí misma. Yo no iba al corral porque era invierno y tenía que estudiar, estaba mejor en casa al lado de la lumbre. Lo cierto es que para mí, mi tío sólo existía en verano. Al final mi padre empezó a buscarlo. Fue  a pedir razón a todos aquellos que trataban con el tío por la ganadería. Pero nadie sabía nada. Y así fueron pasando los días.
Yo crecí, me fui del pueblo a estudiar el Bachillerato y después llegué a la Universidad. Cuando volví con mi licenciatura de arquitecto bajo el brazo, ya ni me acordaba del tío Rafael.
Uno de los fines de semana que pasé en el pueblo, mientras estaba echado en la cama leyendo, rememoré la vieja casa de mi tío y del corral donde pasé tantos ratos de mi infancia. De pronto, una idea me sacudió y no me dejó tranquilo en todo el día. El domingo le pedí a mi madre las llaves de la casa. Que no las tenía, me dijo. Estarán donde siempre, escondidas en la rendija de la ventana de atrás. Fui hacia allí con el corazón palpitando con fuerza. Busqué las llaves, que efectivamente estaban. No podía creerlo. Quince años metidas en una rendija, oxidadas, por supuesto, quince años. Las limpié en el pantalón. Probé hasta que conseguí abrir la puerta de la casa.
Y allí, en el pasillo, estaba el tío Rafael. Solo, como siempre. Más delgado que nunca. La ropa raída cubría sus huesos y una vaharada de polvo se removió con la corriente como dándome la bienvenida. Por fin os habéis acordado de mirar aquí. Corrí a contárselo a mi madre. Se me quedó mirando y sólo dijo: Qué despiste no haber mirado en la casa.
CDR

domingo, 3 de junio de 2012

EL FINAL


La vida y la muerte
son dos caras
de la misma moneda
y cuando ésta llega
todo queda atrás.
Dejas de existir
y sólo queda
el recuerdo que los tuyos
te puedan guardar.
Polvo al polvo,
tierra a la tierra.
En la rueda del tiempo,
desde que nacemos,
está escrito nuestro final.

Porque cuando alguien se nos muere nos deja un vacío imposible de llenar. La vida sigue y el tiempo cura, pero la vacuidad de nuestro alma sigue latente, agrandándose conforme nos dejan aquellos que queremos. Nunca mueren del todo mientras los recordemos, mas ya no están, ya no escuchamos su risa, ya no sentimos sus manos, ya no nos regalan su mirada...
Sin embargo, nos han dejado tanto que debemos aferrarnos a eso y seguir adelante. Porque es el ciclo de la vida. Un día nosotros también expiraremos y seremos afortunados si alguien nos llora, nos recuerda y nos agradece lo mucho que le hemos dado.

En memoria de todos los que se han ido.
Para quienes seguimos aquí, recordándolos.
Y, en especial, para un gran amigo que seguro entiende este mensaje.

CDR