Por si no lo saben, el primer estilo que aparece en el Diccionario de la Real Academia es el punzón con el que escribían nuestros antepasados griegos y romanos en tablillas de cera. ¿Por eso hay algunas marcas de bolígrafos y plumas que se llaman Stylo? Seguramente.
Más conocidos son los modos, maneras y formas de comportamiento. Cuánto dejan que desear algunos de estos. No menos que ciertos usos, prácticas, costumbres o modas.
Y hablando de moda, si una persona viste con gusto, elegancia o distinción se dice que tiene estilo. Aunque ya saben que el hábito no hace al monje. O que aunque la mona se vista de seda... Y es que es demasiado habitual encontrar personas con estilo en el vestir sin la más mínima clase en su conducta.
Por otra parte, a la manera de escribir o de hablar peculiar de un escritor o de un orador se le llama estilo. Y se puede crear escuela. ¿Qué me dicen del estilo cervantino? Siguiendo en el arte, también el carácter propio que da a sus obras un artista plástico o un músico es un estilo. Igualmente tiene sus adeptos. Más en general, se define como estilo al conjunto de características que individualizan una tendencia dentro de una época determinada. Todo esto suele clasificarse a posteriori, claro. O solía, porque actualmente somos muy dados a la imitación prematura y desmedida, sin necesidad, por cierto, de que los modelos sean genios.
En el deporte, también encontramos estilos, ya que así se denominan las diferentes formas de realizar una modalidad deportiva.
En botánica, un estilo es una columna pequeña, hueca o esponjosa, existente en la mayoría de las flores, que arranca del ovario y sostiene el estigma.
Y en el léxico marino, la púa sobre la cual está montada la aguja magnética, ¿adivinan?, se llama estilo.
Ahora saltamos el charco para averiguar que en Argentina y Uruguay, el estilo es una composición musical de origen popular, para guitarra y canto, de carácter evocativo y espíritu melancólico.
Ya ven, volvemos a la melancolía con que arrancábamos ayer. Mezclada hoy con una especie de cabreo y cansancio retestinado. Enciende una la televisión después del letárgico mes de agosto y se encuentra exactamente lo mismo de siempre, si no peor. Señoras muy arregladas y caballeros trajeados despotricando unos de otros -con estilo pero sin el menor estilo-, reuniones para reflexionar sobre las pensiones, fechas para la inminente reforma de la ley del aborto, transferencias millonarias del papá soberano a su princesita, y una cuestión lanzada al aire para que ahora, con la vuelta al cole, se ponga más en entredicho la profesionalidad de los docentes. Y yo me pregunto, imitando el estilo de quienes nos bombardean día sí, día también con su mierda: ¿están nuestros políticos suficientemente preparados para gobernar un país, para hacer oposición, para hacer algo más allá de llenar sus bolsillos y machacar a los demás en una búsqueda de autodefensa a su ineptitud? Sus errores son mucho más graves que no saber que un caracol es un molusco. O algo por el estilo. Como soy profesora no lo sé seguro.
CDR
Vistas de página en total
lunes, 2 de septiembre de 2013
domingo, 1 de septiembre de 2013
EL POETA DE LA VIDA
Empieza septiembre. Y no quiere decir que haya terminado el verano, aún quedan veinte días, pero parece que la nostalgia se nos instala ante el preludio del otoño, la rutina.
Al menos yo hoy, no sé por qué, me he levantado nostálgica. Y llevo buena parte de la mañana leyendo poesía de José Hierro, uno de mis autores predilectos. Por eso, después de este paréntesis en el blog -no a causa de unas maravillosas vacaciones en un lugar lejano, sino por la gota fría que ha debido de hacer estragos también en las conexiones-, quiero rendir un pequeño homenaje al poeta madrileño, aunque no se cumpla hoy ningún aniversario suyo.
Fue Madrid la ciudad que lo vio nacer y morir, pero José Hierro pasó gran parte de su vida en Cantabria, donde sus padres se trasladaron cuando el niño apenas tenía dos años. Allí cursó sus estudios primarios en el Colegio de los Salesianos y posteriormente comenzó la carrera de perito industrial, que no pudo terminar al estallar la guerra civil en 1936. Cuando finalizó la contienda, Hierro fue detenido por pertenecer a una organización de ayuda a los presos políticos, según la acusación, e ingresó en prisión, donde estaría hasta 1944. Si algo positivo tuvo esta etapa fue la productividad literaria, pues el autor trata los acontecimientos vitales como materia poética (el abandono de los estudios, la muerte de su padre, la guerra, la cárcel) y el amargo poso autobiográfico que destilan estos poemas les dota de una madurez no muy común en un poeta joven. En esta época de reclusión descubre la Generación del 27 a través de Gerardo Diego, quien se convertirá en su padre espiritual, como el propio Hierro reconocerá más tarde. Una vez puesto en libertad, se trasladó a Valencia, donde permanecerá varios años, dedicado por completo a escribir. Participó en la fundación de la revista "Corcel" y perteneció igualmente al grupo fundador de "Proel", junto a Ricardo Gullón. En esta revista apareció su primer libro de poemas, Tierra sin nosotros (1947), donde arraiga ya la imagen que perseguirá al poeta por muchos años, la de una patria destruida, inhabitable. Ese mismo año se publica también su segunda obra, Alegría, por la que recibirá el premio Adonais, temáticamente una continuación de la anterior. Al regresar a Santander, José Hierro ejerce de profesor y de redactor jefe de las revistas de la Cámara de Comercio y de la Cámara Agraria. Por estas fechas comienza además su labor como crítico pictórico, en el Diario "Alerta" sobre la obra del pintor burgalés Modesto Ciruelos, quien llegó a ser gran amigo del poeta y falleció precisamente el mismo año que él.
En 1949 contrajo matrimonio con María de los Ángeles Torres. De 1950 es su poemario Con las piedras, con el viento. Dos años después decide instalarse en Madrid con su esposa y sus dos hijos. En la capital prosigue su carrera de escritor, aparece Quinta del 42 (1952), donde Hierro se muestra ya como poeta solidario sin que su lírica, sin embargo, sea poesía social al uso. Empieza a trabajar en esta época en el CSIC, en la Editora Nacional y en el Ateneo. Fue asiduo colaborador de numerosas revistas literarias, como "Espadaña", "Garcilaso", "Juventud Creadora" o "Poesía de España", entre otras. Y participó en Radio Exterior y Radio 3 hasta que se incorporó a Radio Nacional de España, donde permanecerá hasta 1987. De marcada tendencia antirrealista es el poemario Cuanto sé de mí (1957), en el que, alejándose de la historia y del tiempo, su preocupación se centra en el lenguaje y en lo imaginativo. Elementos que culminarán en el Libro de las alucinaciones (1964), vertebrado por un fuerte irracionalismo que se plasma en el uso del versículo como ruptura total. Tras unos años de silencio creativo, en que seguían apareciendo reediciones de sus obras y el poeta continúa su variada labor, en 1991 se publicó Agenda y Emblemas neurorradiológicos en 1995. A finales de la década, Hierro se consagra más si cabe con Cuaderno de Nueva York (1998), auténtica obra maestra de la poesía contemporánea.
Otra de las pasiones de José Hierro fue la pintura, arte que conoció y dominó casi al mismo nivel que la literatura, utilizando el lenguaje pictórico como complemento perfecto a su poesía. Asimismo, la música también es parte esencial de su obra, pues sus versos no son otra cosa que una cadencia musical que sirve para explicar la vida. En este sentido, no hay más que escuchar alguno de los poemas en la propia voz del autor para darnos cuenta de la musicalidad y plasticidad enlazada en los versos. La poesía es ritmo y en el caso de Hierro, precisamente, la emoción surge con el compás de sus palabras. El poeta, que consideraba que no existen palabras bellas o feas sino adecuadas o no para el poema, buscaba y trataba con cariño las palabras hasta encontrar su música idónea.
Entre sus muchos reconocimientos y galardones destacan el Premio Nacional de Poesía en 1953 y en 1999; el Premio de la Crítica en 1958 y 1965; el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1981, el Premio Nacional de las Letras Españolas en 1990; el IV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1995; o el Premio Cervantes en 1998. Además, fue nombrado hijo adoptivo de Cantabria en 1982 y un busto suyo se halla en el paseo marítimo de Santander. En 1999 fue elegido miembro de la Real Academia Española, aunque nunca leería su discurso de ingreso, pues su salud empezó a complicarse a raíz de un infarto sufrido al poco tiempo, derivando en un enfisema pulmonar que le provocaría la muerte el 21 de diciembre de 2002.
José Hierro pertenece a un grupo de jóvenes poetas que empiezan a darse a conocer a partir de 1940, sobre todo a través de las revistas literarias de la época. Poco podía interesar la poesía en un momento en que el país estaba sumido en la mayor tragedia de su historia, sin embargo estos inconformistas vates, cada uno a su manera, dieron testimonio de lo que estaba ocurriendo y expresaron sus más hondos sentimientos al respecto. Entre ellos encontramos nombres que ensalzan el prestigio de nuestra literatura contemporánea, como Blas de Otero, Rafael Montesinos, Leopoldo de Luis, y el propio José Hierro. Las diferentes publicaciones literarias representaban las diversas tendencias que se daban en la lírica de la época. Aunque Hierro publicó en muchas de ellas, estuvo principalmente ligado a "Proel" (Santander), cuyas colaboraciones indagaban en la existencia del ser humano y en su papel en el mundo.
En líneas generales, la obra de José Hierro se puede dividir en dos etapas. La primera abarcaría desde su primer poemario hasta Lo que sé de mí, donde ya se notaría un cambio en el estilo y en la actitud lírica. Es su poesía más testimonial, cada poema es como un pequeño “reportaje”, según denominación del propio autor. En la segunda, desde el Libro de las alucinaciones hasta Cuaderno de Nueva York, se acentúa la complejidad, el tratamiento de las metáforas, pero se gana en riqueza lírica y significativa. En Hierro encontramos, por tanto, un poeta completo que supo encarnar el panorama español de medio siglo, respetando siempre su visión personal originaria a pesar de su lógica evolución. El tema principal de la poesía de José Hierro es el tiempo. Una de sus obsesiones, como él mismo reconocía, era perpetuar el instante para disfrutarlo antes de que pase. Se diría que el impulso lírico viene de la necesidad del poeta de hallar una verdad que le dé refugio ante la fugacidad temporal. Así, el símbolo más recurrente de su poesía es el mar, representación de lo eterno, no tiene pasado, está siempre presente. También muy importante es la conciencia de que el dolor y la felicidad van unidos en la vida, suponen la plenitud de la misma. Como dicen los versos Llegué por el dolor a la alegría. / Supe por el dolor que el alma existe (del poemario Alegría), la conclusión, a la vez lógica y absurda, a que llega el poeta es que el dolor y la alegría son lo mismo. Por otra parte, una de las características que se han señalado como más originales de la poesía de Hierro es la “alucinación”, que él mismo definió como “Una confusión de tiempos y espacios, un no saber si las cosas están realmente ocurriendo o soy yo quien está anticipando algo que va a ocurrir, una realidad visionaria.” Y así, la obra de este magnífico poeta se va impregnando poco a poco de ambigüedad, de caos y de irracionalidad, a partir de los sesenta, como ya se ha mencionado. Aunque mantendrá su elección de palabras sencillas y su alejamiento del hermetismo conceptual, la expresión poética se tornará más compleja, más sugerente y misteriosa. La distinción, pues, entre “reportaje” y “alucinación” podría parecer imprescindible, sin embargo no lo es más que para la obra en conjunto, ya que poema a poema descubrimos que la diferencia no es neta, sino que se mezcla (hasta en el poema titulado Reportaje se cuelan ráfagas visionarias y alucinaciones) e incluso ambos se superponen.
José Hierro es un poeta fruto de sus circunstancias y de su tiempo, que supo enraizar en la vida que le tocó vivir, sin intentar en ningún momento una poesía abstracta o de evasión. Él quiso que su poesía fuese testimonial y no una poesía estética, de la que fácilmente se podría prescindir, sin descuidar por ello la belleza de la palabra (en principio, sus poemas responden a las formas clásicas, como el soneto o el romance), que no es lo mismo que el recargamiento y el ornato excesivo. Y tampoco gustó mucho de la denominación de “social” para su poesía, pues no veía clara tal etiqueta. Poco le preocupaba, en todo caso, el encasillamiento de su obra, pues con la honestidad que lo caracterizaba llegó a afirmar que él escribía lo que le salía y que lo hacía para conocerse a sí mismo y entender lo que le rodeaba. Para Pepe Hierro, como le gustaba que lo llamaran, la poesía es cuestión de inspiración además de trabajo. Sus silencios poéticos se debían a que no le venía la poesía, para escribir necesitaba sentir una especie de cosquilleo en la conciencia, como una música que oyes en tu mente y debes plasmar en versos. Y si algo más destaca, aparte de lo dicho, en la obra de Hierro es la esencia de vida que se capta en su poesía. En general desnuda, pobre en imágenes, la poesía de este cántabro de adopción es lisa y llana como un espejo para el lector. Y aunque se pueden extraer bellos versos aislados, la verdadera hondura de su lírica se saborea paladeando el poema completo. Como pequeños trozos de vida.
Comprometido con el terrible tiempo que le tocó vivir y las injusticias sufridas en su propia carne y en la de los otros, quienes conocieron personalmente a Pepe Hierro lo quisieron y lo admiraron por su personalidad arrolladora, por su talento y por su integridad moral. Hablan de él como un enamorado de la vida, un ser intranquilo y nervioso que no podía estar quieto, bromista, fumador empedernido, a quien fascinaba el mar, las plantas, la cocina, la música, los animales. Sin temer nunca el brillo ajeno, era un poeta de verdad y un ser humano excepcional que nunca fue mezquino ni egoísta, ni envidioso, siempre noble. ¿Quién puede ser inmune a este hechizo?
CDR
Al menos yo hoy, no sé por qué, me he levantado nostálgica. Y llevo buena parte de la mañana leyendo poesía de José Hierro, uno de mis autores predilectos. Por eso, después de este paréntesis en el blog -no a causa de unas maravillosas vacaciones en un lugar lejano, sino por la gota fría que ha debido de hacer estragos también en las conexiones-, quiero rendir un pequeño homenaje al poeta madrileño, aunque no se cumpla hoy ningún aniversario suyo.
Fue Madrid la ciudad que lo vio nacer y morir, pero José Hierro pasó gran parte de su vida en Cantabria, donde sus padres se trasladaron cuando el niño apenas tenía dos años. Allí cursó sus estudios primarios en el Colegio de los Salesianos y posteriormente comenzó la carrera de perito industrial, que no pudo terminar al estallar la guerra civil en 1936. Cuando finalizó la contienda, Hierro fue detenido por pertenecer a una organización de ayuda a los presos políticos, según la acusación, e ingresó en prisión, donde estaría hasta 1944. Si algo positivo tuvo esta etapa fue la productividad literaria, pues el autor trata los acontecimientos vitales como materia poética (el abandono de los estudios, la muerte de su padre, la guerra, la cárcel) y el amargo poso autobiográfico que destilan estos poemas les dota de una madurez no muy común en un poeta joven. En esta época de reclusión descubre la Generación del 27 a través de Gerardo Diego, quien se convertirá en su padre espiritual, como el propio Hierro reconocerá más tarde. Una vez puesto en libertad, se trasladó a Valencia, donde permanecerá varios años, dedicado por completo a escribir. Participó en la fundación de la revista "Corcel" y perteneció igualmente al grupo fundador de "Proel", junto a Ricardo Gullón. En esta revista apareció su primer libro de poemas, Tierra sin nosotros (1947), donde arraiga ya la imagen que perseguirá al poeta por muchos años, la de una patria destruida, inhabitable. Ese mismo año se publica también su segunda obra, Alegría, por la que recibirá el premio Adonais, temáticamente una continuación de la anterior. Al regresar a Santander, José Hierro ejerce de profesor y de redactor jefe de las revistas de la Cámara de Comercio y de la Cámara Agraria. Por estas fechas comienza además su labor como crítico pictórico, en el Diario "Alerta" sobre la obra del pintor burgalés Modesto Ciruelos, quien llegó a ser gran amigo del poeta y falleció precisamente el mismo año que él.
En 1949 contrajo matrimonio con María de los Ángeles Torres. De 1950 es su poemario Con las piedras, con el viento. Dos años después decide instalarse en Madrid con su esposa y sus dos hijos. En la capital prosigue su carrera de escritor, aparece Quinta del 42 (1952), donde Hierro se muestra ya como poeta solidario sin que su lírica, sin embargo, sea poesía social al uso. Empieza a trabajar en esta época en el CSIC, en la Editora Nacional y en el Ateneo. Fue asiduo colaborador de numerosas revistas literarias, como "Espadaña", "Garcilaso", "Juventud Creadora" o "Poesía de España", entre otras. Y participó en Radio Exterior y Radio 3 hasta que se incorporó a Radio Nacional de España, donde permanecerá hasta 1987. De marcada tendencia antirrealista es el poemario Cuanto sé de mí (1957), en el que, alejándose de la historia y del tiempo, su preocupación se centra en el lenguaje y en lo imaginativo. Elementos que culminarán en el Libro de las alucinaciones (1964), vertebrado por un fuerte irracionalismo que se plasma en el uso del versículo como ruptura total. Tras unos años de silencio creativo, en que seguían apareciendo reediciones de sus obras y el poeta continúa su variada labor, en 1991 se publicó Agenda y Emblemas neurorradiológicos en 1995. A finales de la década, Hierro se consagra más si cabe con Cuaderno de Nueva York (1998), auténtica obra maestra de la poesía contemporánea.
Otra de las pasiones de José Hierro fue la pintura, arte que conoció y dominó casi al mismo nivel que la literatura, utilizando el lenguaje pictórico como complemento perfecto a su poesía. Asimismo, la música también es parte esencial de su obra, pues sus versos no son otra cosa que una cadencia musical que sirve para explicar la vida. En este sentido, no hay más que escuchar alguno de los poemas en la propia voz del autor para darnos cuenta de la musicalidad y plasticidad enlazada en los versos. La poesía es ritmo y en el caso de Hierro, precisamente, la emoción surge con el compás de sus palabras. El poeta, que consideraba que no existen palabras bellas o feas sino adecuadas o no para el poema, buscaba y trataba con cariño las palabras hasta encontrar su música idónea.
Entre sus muchos reconocimientos y galardones destacan el Premio Nacional de Poesía en 1953 y en 1999; el Premio de la Crítica en 1958 y 1965; el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1981, el Premio Nacional de las Letras Españolas en 1990; el IV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1995; o el Premio Cervantes en 1998. Además, fue nombrado hijo adoptivo de Cantabria en 1982 y un busto suyo se halla en el paseo marítimo de Santander. En 1999 fue elegido miembro de la Real Academia Española, aunque nunca leería su discurso de ingreso, pues su salud empezó a complicarse a raíz de un infarto sufrido al poco tiempo, derivando en un enfisema pulmonar que le provocaría la muerte el 21 de diciembre de 2002.
José Hierro pertenece a un grupo de jóvenes poetas que empiezan a darse a conocer a partir de 1940, sobre todo a través de las revistas literarias de la época. Poco podía interesar la poesía en un momento en que el país estaba sumido en la mayor tragedia de su historia, sin embargo estos inconformistas vates, cada uno a su manera, dieron testimonio de lo que estaba ocurriendo y expresaron sus más hondos sentimientos al respecto. Entre ellos encontramos nombres que ensalzan el prestigio de nuestra literatura contemporánea, como Blas de Otero, Rafael Montesinos, Leopoldo de Luis, y el propio José Hierro. Las diferentes publicaciones literarias representaban las diversas tendencias que se daban en la lírica de la época. Aunque Hierro publicó en muchas de ellas, estuvo principalmente ligado a "Proel" (Santander), cuyas colaboraciones indagaban en la existencia del ser humano y en su papel en el mundo.
En líneas generales, la obra de José Hierro se puede dividir en dos etapas. La primera abarcaría desde su primer poemario hasta Lo que sé de mí, donde ya se notaría un cambio en el estilo y en la actitud lírica. Es su poesía más testimonial, cada poema es como un pequeño “reportaje”, según denominación del propio autor. En la segunda, desde el Libro de las alucinaciones hasta Cuaderno de Nueva York, se acentúa la complejidad, el tratamiento de las metáforas, pero se gana en riqueza lírica y significativa. En Hierro encontramos, por tanto, un poeta completo que supo encarnar el panorama español de medio siglo, respetando siempre su visión personal originaria a pesar de su lógica evolución. El tema principal de la poesía de José Hierro es el tiempo. Una de sus obsesiones, como él mismo reconocía, era perpetuar el instante para disfrutarlo antes de que pase. Se diría que el impulso lírico viene de la necesidad del poeta de hallar una verdad que le dé refugio ante la fugacidad temporal. Así, el símbolo más recurrente de su poesía es el mar, representación de lo eterno, no tiene pasado, está siempre presente. También muy importante es la conciencia de que el dolor y la felicidad van unidos en la vida, suponen la plenitud de la misma. Como dicen los versos Llegué por el dolor a la alegría. / Supe por el dolor que el alma existe (del poemario Alegría), la conclusión, a la vez lógica y absurda, a que llega el poeta es que el dolor y la alegría son lo mismo. Por otra parte, una de las características que se han señalado como más originales de la poesía de Hierro es la “alucinación”, que él mismo definió como “Una confusión de tiempos y espacios, un no saber si las cosas están realmente ocurriendo o soy yo quien está anticipando algo que va a ocurrir, una realidad visionaria.” Y así, la obra de este magnífico poeta se va impregnando poco a poco de ambigüedad, de caos y de irracionalidad, a partir de los sesenta, como ya se ha mencionado. Aunque mantendrá su elección de palabras sencillas y su alejamiento del hermetismo conceptual, la expresión poética se tornará más compleja, más sugerente y misteriosa. La distinción, pues, entre “reportaje” y “alucinación” podría parecer imprescindible, sin embargo no lo es más que para la obra en conjunto, ya que poema a poema descubrimos que la diferencia no es neta, sino que se mezcla (hasta en el poema titulado Reportaje se cuelan ráfagas visionarias y alucinaciones) e incluso ambos se superponen.
José Hierro es un poeta fruto de sus circunstancias y de su tiempo, que supo enraizar en la vida que le tocó vivir, sin intentar en ningún momento una poesía abstracta o de evasión. Él quiso que su poesía fuese testimonial y no una poesía estética, de la que fácilmente se podría prescindir, sin descuidar por ello la belleza de la palabra (en principio, sus poemas responden a las formas clásicas, como el soneto o el romance), que no es lo mismo que el recargamiento y el ornato excesivo. Y tampoco gustó mucho de la denominación de “social” para su poesía, pues no veía clara tal etiqueta. Poco le preocupaba, en todo caso, el encasillamiento de su obra, pues con la honestidad que lo caracterizaba llegó a afirmar que él escribía lo que le salía y que lo hacía para conocerse a sí mismo y entender lo que le rodeaba. Para Pepe Hierro, como le gustaba que lo llamaran, la poesía es cuestión de inspiración además de trabajo. Sus silencios poéticos se debían a que no le venía la poesía, para escribir necesitaba sentir una especie de cosquilleo en la conciencia, como una música que oyes en tu mente y debes plasmar en versos. Y si algo más destaca, aparte de lo dicho, en la obra de Hierro es la esencia de vida que se capta en su poesía. En general desnuda, pobre en imágenes, la poesía de este cántabro de adopción es lisa y llana como un espejo para el lector. Y aunque se pueden extraer bellos versos aislados, la verdadera hondura de su lírica se saborea paladeando el poema completo. Como pequeños trozos de vida.
Comprometido con el terrible tiempo que le tocó vivir y las injusticias sufridas en su propia carne y en la de los otros, quienes conocieron personalmente a Pepe Hierro lo quisieron y lo admiraron por su personalidad arrolladora, por su talento y por su integridad moral. Hablan de él como un enamorado de la vida, un ser intranquilo y nervioso que no podía estar quieto, bromista, fumador empedernido, a quien fascinaba el mar, las plantas, la cocina, la música, los animales. Sin temer nunca el brillo ajeno, era un poeta de verdad y un ser humano excepcional que nunca fue mezquino ni egoísta, ni envidioso, siempre noble. ¿Quién puede ser inmune a este hechizo?
CDR
domingo, 25 de agosto de 2013
CUENTO MASAI
Las historias y leyendas tradicionales, los cuentos que los hombres se han contado unos a otros durante siglos abren una puerta a un mundo mágico, a un universo fantástico. Además, estos relatos nos descubren dudas y preocupaciones universales que desde el principio de los tiempos han conmovido a la humanidad, intentando dar respuesta a los interrogantes sobre el origen de la vida, del hombre, de la naturaleza, de sus criaturas y de sus fenómenos. Asimismo, nos invitan a reflexionar sobre la esencia del amor, la soledad, la amistad... todos los sentimientos, virtudes y defectos que forman nuestra existencia.
A continuación, un ejemplo. Un cuento masai titulado "Las enseñanzas del dios de la lluvia":
Un día, el elefante dijo al dios de la lluvia:
- Te sientes muy orgulloso de haber cubierto de verde la tierra, pero si yo arrancara toda la hierba, todos los árboles y arbustos, ya no quedaría nada verde. ¿Y qué harías entonces?.
El dios de la lluvia replicó:
- Si yo suprimiera la lluvia, tampoco habría nada verde, ni tú tendrías nada que comer. ¿Qué sucedería entonces?
Pero el elefante quería desafiarlo y, a golpe de trompa, comenzó a arrancar todos los árboles, los arbustos y la hierba, para destruir todo el verdor de la tierra.
Así pues, el dios de la lluvia, ofendido, hizo que cesara la lluvia y los desiertos se extendieron por todas partes.
El elefante se moría de sed; excavó en los lechos de los ríos, pero no encontró ni una gota de agua. Por fin, se dio por vencido e imploró al dios de la lluvia:
- Señor, me he portado mal. Fui soberbio y me arrepiento. Por favor, olvídalo y haz que llueva.
El Dios de la Lluvia permaneció callado. Los días se fueron sucediendo, uno tras otro, cada cual más abrasador que el anterior.
El elefante envió al gallo para que intercediera por él ante el dios de la Lluvia.
Después de mucho buscar, el gallo encontró al dios de la lluvia escondido detrás de una nube y le suplicó que hiciera llover, con tanta elocuencia que el dios se ablandó y prometió enviar algo de lluvia.
La lluvia cayó tal como el dios de la lluvia le había prometido al gallo y se formó un pequeño charco cerca de donde vivía el elefante.
Ese mismo día, el elefante salió al bosque a comer y dejó a la tortuga encargada de proteger el charco con estas palabras:
-Tortuga, si alguien viene aquí a beber, les dirás que este es mi charco personal y que nadie puede beber de aquí.
Cuando el elefante se fue, muchos animales sedientos vinieron al charco, pero la tortuga no les dejó beber diciendo:
- Esta agua pertenece a su majestad el elefante; no podéis beber de esta charca.
Pero cuando llegó el león, no le impresionaron las palabras de la tortuga. La miró, le dijo que se fuera y bebió agua hasta calmar su sed. Se fue sin decir palabra. Cuando el elefante volvió quedaba muy poca agua en el charco.
La tortuga intentó defenderse:
- Señor, no soy más que un animal pequeño y los otros animales no me respetan. Vino el león, y yo me aparté. ¿Qué podía hacer? Después de eso, todos los animales bebieron libremente.
El elefante, furioso, levantó la pata y la dejó caer sobre la tortuga con intención de aplastarla. Por suerte, su caparazón la protegió, pero desde entonces está aplastado por debajo.
De pronto, todos los animales oyeron la voz del dios de la lluvia, que dijo:
- No sigáis el ejemplo del elefante. No desafiéis a alguien más poderoso, ni destruyáis lo que luego podáis necesitar, ni encarguéis a alguien más débil que vigile vuestras pertenencias , ni castiguéis a un servidor inocente. Y sobre todo, no seáis orgullosos ni tratéis de quedaros con todo; dejad que los necesitados compartan vuestra buena suerte.
Este sencillo cuento nos muestra nuestra vulnerabilidad ante la naturaleza. No podríamos vivir sin agua. Sin embargo, cortamos los árboles para construir casas, carreteras, en aras de un progreso que no tiene en cuenta la función de los árboles como cobijo y sostén de la tierra, por ejemplo. Además, si el agua no fluye como debe, destruye todo aquello que encuentra a su paso, por muy fuerte que sea. El ser humano es ese elefante exterminador. Y a pesar de que existe suficiente tierra y agua para todos, el hombre se ha empeñado en desertificar la tierra y sobreexplotar y contaminar el agua...
No creo que haga falta decir más, la enseñanza está clara.
CDR
A continuación, un ejemplo. Un cuento masai titulado "Las enseñanzas del dios de la lluvia":
Un día, el elefante dijo al dios de la lluvia:
- Te sientes muy orgulloso de haber cubierto de verde la tierra, pero si yo arrancara toda la hierba, todos los árboles y arbustos, ya no quedaría nada verde. ¿Y qué harías entonces?.
El dios de la lluvia replicó:
- Si yo suprimiera la lluvia, tampoco habría nada verde, ni tú tendrías nada que comer. ¿Qué sucedería entonces?
Pero el elefante quería desafiarlo y, a golpe de trompa, comenzó a arrancar todos los árboles, los arbustos y la hierba, para destruir todo el verdor de la tierra.
Así pues, el dios de la lluvia, ofendido, hizo que cesara la lluvia y los desiertos se extendieron por todas partes.
El elefante se moría de sed; excavó en los lechos de los ríos, pero no encontró ni una gota de agua. Por fin, se dio por vencido e imploró al dios de la lluvia:
- Señor, me he portado mal. Fui soberbio y me arrepiento. Por favor, olvídalo y haz que llueva.
El Dios de la Lluvia permaneció callado. Los días se fueron sucediendo, uno tras otro, cada cual más abrasador que el anterior.
El elefante envió al gallo para que intercediera por él ante el dios de la Lluvia.
Después de mucho buscar, el gallo encontró al dios de la lluvia escondido detrás de una nube y le suplicó que hiciera llover, con tanta elocuencia que el dios se ablandó y prometió enviar algo de lluvia.
La lluvia cayó tal como el dios de la lluvia le había prometido al gallo y se formó un pequeño charco cerca de donde vivía el elefante.
Ese mismo día, el elefante salió al bosque a comer y dejó a la tortuga encargada de proteger el charco con estas palabras:
-Tortuga, si alguien viene aquí a beber, les dirás que este es mi charco personal y que nadie puede beber de aquí.
Cuando el elefante se fue, muchos animales sedientos vinieron al charco, pero la tortuga no les dejó beber diciendo:
- Esta agua pertenece a su majestad el elefante; no podéis beber de esta charca.
Pero cuando llegó el león, no le impresionaron las palabras de la tortuga. La miró, le dijo que se fuera y bebió agua hasta calmar su sed. Se fue sin decir palabra. Cuando el elefante volvió quedaba muy poca agua en el charco.
La tortuga intentó defenderse:
- Señor, no soy más que un animal pequeño y los otros animales no me respetan. Vino el león, y yo me aparté. ¿Qué podía hacer? Después de eso, todos los animales bebieron libremente.
El elefante, furioso, levantó la pata y la dejó caer sobre la tortuga con intención de aplastarla. Por suerte, su caparazón la protegió, pero desde entonces está aplastado por debajo.
De pronto, todos los animales oyeron la voz del dios de la lluvia, que dijo:
- No sigáis el ejemplo del elefante. No desafiéis a alguien más poderoso, ni destruyáis lo que luego podáis necesitar, ni encarguéis a alguien más débil que vigile vuestras pertenencias , ni castiguéis a un servidor inocente. Y sobre todo, no seáis orgullosos ni tratéis de quedaros con todo; dejad que los necesitados compartan vuestra buena suerte.
Este sencillo cuento nos muestra nuestra vulnerabilidad ante la naturaleza. No podríamos vivir sin agua. Sin embargo, cortamos los árboles para construir casas, carreteras, en aras de un progreso que no tiene en cuenta la función de los árboles como cobijo y sostén de la tierra, por ejemplo. Además, si el agua no fluye como debe, destruye todo aquello que encuentra a su paso, por muy fuerte que sea. El ser humano es ese elefante exterminador. Y a pesar de que existe suficiente tierra y agua para todos, el hombre se ha empeñado en desertificar la tierra y sobreexplotar y contaminar el agua...
No creo que haga falta decir más, la enseñanza está clara.
CDR
sábado, 24 de agosto de 2013
MUJERES: ROMÁNTICA OLVIDADA
¿Alguien sabe quién fue Carolina Coronado Romero de Tejada? Pues se trata de una escritora española, destacada por su poesía, nacida en Almendralejo (Badajoz) en 1820, y considerada por los críticos como la equivalente extremeña de Rosalía de Castro -sin duda más conocida, aunque no tan reconocida como sus coetáneos masculinos-. Carolina Coronado fue incluso denominada como "el Bécquer femenino", un apelativo machista que nos habla de la notoriedad de esta escritora romántica.
Carolina nació en el seno de una familia acomodada, de ideas progresistas. Cuando tenía cuatro años, se trasladaron a Badajoz, al ser el padre encarcelado por cuestiones políticas. La niña fue formada según el uso de la época, costura y labores del hogar especialmente, pero ella, de forma autodidacta, alimentó su interés por la literatura, leía todo lo que caía en sus manos y aprendió idiomas por su cuenta. Muy pronto muestra una extraordinaria capacidad para componer versos; sus primeros poemas los escribió con diez años. Una lírica espontánea motivada por amores imposibles. La catalepsia crónica que padecía pudo acentuar también su carácter romántico, pues Carolina se obsesionó con la posibilidad de ser enterrada viva. A los treinta y dos años se casó con Justo Horacio Perry, secretario de la embajada de Estados Unidos en Madrid. Con él tuvo un hijo y dos hijas, de las que sólo sobrevivió la última, Matilde. La literatura siempre fue un refugio para Carolina, desde su infancia -en la que el entorno familiar no era propicio para sus aspiraciones- hasta las crisis nerviosas ocasionadas por su debilidad física, así como por la pérdida de sus hijos. Sin embargo, la imagen de esta mujer débil y enfermiza contrasta con su fortaleza de carácter y una larga vida en la que consiguió desarrollar una respetable carrera.
A causa de su enfermedad, la escritora pasó una larga temporada en Cádiz, pero tras quedar casi paralítica en 1848, los médicos le recomiendan que tome las aguas en Madrid y se establece allí. A su despedida, escribió algunos poemas a la tierra andaluza. La Coronado se instaló en un palacete situado en lo que hoy es la calle Lagasca. Esta residencia pronto se hizo famosa por las tertulias literarias que en ella se realizaban. Punto de encuentro de escritores progresistas y refugio de perseguidos por sus ideas revolucionarias, fue censurado y se convirtió en un lugar clandestino.
A pesar de ello, Carolina Coronado consiguió publicar en periódicos y revistas literarias de la época y obtuvo cierta fama, reforzada además por su belleza (a la que el mismo Espronceda dedicó unos versos.) Junto a sus novelas, obras teatrales, ensayos y poesías, contamos con un valiosísimo testimonio personal (las cartas de Carolina Coronado a Juan Eugenio Hartzenbusch que se conservan en la Biblioteca Nacional) para conocer las inquietudes de una joven escritora que, además de plasmar sus sentimientos y emociones, reflexiona sobre asuntos que trascienden lo lírico. A pesar de la ayuda que le prestó su maestro -principal sostén y apoyo a su carrera literaria-, Carolina muestra su desánimo ante la oposición de ciertos círculos que resultaron un muro difícil de derribar.
Esta escritora extremeña murió en Lisboa en 1911.
De sus numerosos poemas, elegimos el siguiente como muestra de su talento:
¿Teméis de ésa que puebla las Montañas
turba de brutos fiera el desenfreno?...
¡más feroces dañinas alimañas
la madre sociedad nutre en su seno!
Bullen, de humanas formas revestidos,
torpes vivientes entre humanos seres,
que ceban el placer de sus sentidos
en el llanto infeliz de las mujeres.
No allá a las lides de su patria fueron
a exhalar de su ardor la inmensa llama;
nunca enemiga lanza acometieron,
que otra es la lid que su valor inflama.
Nunca el verdugo de inocente esposa
con noble lauro coronó su frente:
¡Ella os dirá temblando y congojosa
las gloriosas hazañas del valiente!
Ella os dirá que a veces siente el cuello
por sus manos de bronce atarazado,
y a veces el finísimo cabello
por las garras del héroe arrebatado.
Que a veces sobre el seno trasparente
cárdenas huellas de sus dedos halla;
que a veces brotan de su blanca frente
sangre las venas que su esposo estalla.
¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado
más sangre, más dolor la herida brota,
que el delicado seno macerado,
y que la vena de sus sienes rota!
Así hermosura y juventud al lado
pierde de su verdugo; así envejece:—
así lirio suave y delicado
junto al áspero cardo arraiga y crece.
Y así en humanas formas escondidos,
cual bajo el agua del arroyo el cieno,
torpes vivientes al amor uncidos
la madre sociedad nutre en su seno.
("El marido verdugo")
Carolina nació en el seno de una familia acomodada, de ideas progresistas. Cuando tenía cuatro años, se trasladaron a Badajoz, al ser el padre encarcelado por cuestiones políticas. La niña fue formada según el uso de la época, costura y labores del hogar especialmente, pero ella, de forma autodidacta, alimentó su interés por la literatura, leía todo lo que caía en sus manos y aprendió idiomas por su cuenta. Muy pronto muestra una extraordinaria capacidad para componer versos; sus primeros poemas los escribió con diez años. Una lírica espontánea motivada por amores imposibles. La catalepsia crónica que padecía pudo acentuar también su carácter romántico, pues Carolina se obsesionó con la posibilidad de ser enterrada viva. A los treinta y dos años se casó con Justo Horacio Perry, secretario de la embajada de Estados Unidos en Madrid. Con él tuvo un hijo y dos hijas, de las que sólo sobrevivió la última, Matilde. La literatura siempre fue un refugio para Carolina, desde su infancia -en la que el entorno familiar no era propicio para sus aspiraciones- hasta las crisis nerviosas ocasionadas por su debilidad física, así como por la pérdida de sus hijos. Sin embargo, la imagen de esta mujer débil y enfermiza contrasta con su fortaleza de carácter y una larga vida en la que consiguió desarrollar una respetable carrera.
A causa de su enfermedad, la escritora pasó una larga temporada en Cádiz, pero tras quedar casi paralítica en 1848, los médicos le recomiendan que tome las aguas en Madrid y se establece allí. A su despedida, escribió algunos poemas a la tierra andaluza. La Coronado se instaló en un palacete situado en lo que hoy es la calle Lagasca. Esta residencia pronto se hizo famosa por las tertulias literarias que en ella se realizaban. Punto de encuentro de escritores progresistas y refugio de perseguidos por sus ideas revolucionarias, fue censurado y se convirtió en un lugar clandestino.
A pesar de ello, Carolina Coronado consiguió publicar en periódicos y revistas literarias de la época y obtuvo cierta fama, reforzada además por su belleza (a la que el mismo Espronceda dedicó unos versos.) Junto a sus novelas, obras teatrales, ensayos y poesías, contamos con un valiosísimo testimonio personal (las cartas de Carolina Coronado a Juan Eugenio Hartzenbusch que se conservan en la Biblioteca Nacional) para conocer las inquietudes de una joven escritora que, además de plasmar sus sentimientos y emociones, reflexiona sobre asuntos que trascienden lo lírico. A pesar de la ayuda que le prestó su maestro -principal sostén y apoyo a su carrera literaria-, Carolina muestra su desánimo ante la oposición de ciertos círculos que resultaron un muro difícil de derribar.
Esta escritora extremeña murió en Lisboa en 1911.
De sus numerosos poemas, elegimos el siguiente como muestra de su talento:
¿Teméis de ésa que puebla las Montañas
turba de brutos fiera el desenfreno?...
¡más feroces dañinas alimañas
la madre sociedad nutre en su seno!
Bullen, de humanas formas revestidos,
torpes vivientes entre humanos seres,
que ceban el placer de sus sentidos
en el llanto infeliz de las mujeres.
No allá a las lides de su patria fueron
a exhalar de su ardor la inmensa llama;
nunca enemiga lanza acometieron,
que otra es la lid que su valor inflama.
Nunca el verdugo de inocente esposa
con noble lauro coronó su frente:
¡Ella os dirá temblando y congojosa
las gloriosas hazañas del valiente!
Ella os dirá que a veces siente el cuello
por sus manos de bronce atarazado,
y a veces el finísimo cabello
por las garras del héroe arrebatado.
Que a veces sobre el seno trasparente
cárdenas huellas de sus dedos halla;
que a veces brotan de su blanca frente
sangre las venas que su esposo estalla.
¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado
más sangre, más dolor la herida brota,
que el delicado seno macerado,
y que la vena de sus sienes rota!
Así hermosura y juventud al lado
pierde de su verdugo; así envejece:—
así lirio suave y delicado
junto al áspero cardo arraiga y crece.
Y así en humanas formas escondidos,
cual bajo el agua del arroyo el cieno,
torpes vivientes al amor uncidos
la madre sociedad nutre en su seno.
("El marido verdugo")
Carolina Coronado, y otras escritoras de mediados del siglo XIX -igualmente olvidadas-, abrieron la senda de la creación literaria sujetas al ideario romántico que impulsaba la libertad individual. El peso de valores morales, como la virtud y la modestia, y una escasa proyección personal fuera del espacio doméstico, marcaron la dificultad por desasirse de ese yugo.
CDR
martes, 20 de agosto de 2013
OLAS
Desde mi ventana hoy veo el mar.
Hoy escucho las olas como música de fondo mientras me duermo.
Hoy siento que estoy de vacaciones, y lo siento por aquellos que no pueden disfrutar de este placer.
Hoy, como siempre, tengo mucho que agradecer. Porque hay personas generosas en este mundo, personas que poco a poco se convierten en parte de tu vida.
Con un corazón tan grande, que un buen día te regalan estar mecida por las olas cuando más lo necesitas.
Ondas en la superficie del agua. Espejo del sol y de la luna.
Fenómeno atmosférico que varía repentinamente la temperatura de un lugar. A salvo.
Oleadas de gente. Tan lejos aquí de esas aglomeraciones.
Oleada de gripe. Aún falta para que llegue.
Oleada de cariño. Eso sí.
CDR
Hoy escucho las olas como música de fondo mientras me duermo.
Hoy siento que estoy de vacaciones, y lo siento por aquellos que no pueden disfrutar de este placer.
Hoy, como siempre, tengo mucho que agradecer. Porque hay personas generosas en este mundo, personas que poco a poco se convierten en parte de tu vida.
Con un corazón tan grande, que un buen día te regalan estar mecida por las olas cuando más lo necesitas.
Ondas en la superficie del agua. Espejo del sol y de la luna.
Fenómeno atmosférico que varía repentinamente la temperatura de un lugar. A salvo.
Oleadas de gente. Tan lejos aquí de esas aglomeraciones.
Oleada de gripe. Aún falta para que llegue.
Oleada de cariño. Eso sí.
Las olas vienen y van
en un incesante vals.
CDR
lunes, 19 de agosto de 2013
SABOTAJE LITERARIO
Merodea ya el verano por las afueras del mes de agosto. Pero desde aquí continuamos empeñados en recomendar algunas lecturas para los días de asueto que aún quedan.
Hoy, una propuesta muy original:
Rodeado de un halo de misterio y de una gran polémica sobre su identidad, Antoni Casas Ros (1972), tras el éxito de su primera novela, El teorema de Almodóvar (2008), regresó al panorama literario en 2010 con Enigma, título que sin duda es apropiado para él mismo, quien lleva una vida retirada en Roma y al que nadie puede poner rostro. Con estas características tan literarias, el propio Casas Ros pasa a formar parte de la galería de personajes, junto a otros autores mencionados, elogiados o censurados en este enigmático relato. Es Joaquim el precursor de la idea de montar una librería; profesor universitario frustrado como escritor, reconoce padecer un grave síndrome, que le impele a reescribir algunos finales que le parecen injustos o inadecuados. Su alumna favorita, de la que está enamorado, es Zoe, una chica bella e inteligente, que le ayudará en su labor literaria. Naoki también participará en el proyecto, una japonesa traductora y editora de poesía con un traumático pasado. Y por último, Ricardo, que entrará en la extraña sociedad publicando su primer libro de poemas, para dejar atrás su obligado oficio de asesino. Estos cuatro personajes, que empiezan a caminar solos, confluyen en las calles y locales dela Barceloneta , hasta tal
punto que llegan a convertirse en una suerte de ser andrógino, con múltiples
brazos, piernas, ojos, y un solo corazón. Movidos por un afán común y fustigados
por sus fantasmas personales, se abandonarán a un juego literario y sexual, que
tendrá serias consecuencias para sus vidas.
Adornado todo ello con un trasfondo de novela negra, con una preadolescente desnuda que lleva a cabo un rito espiritual, asesinos a sueldo e investigaciones policiales, el resultado es una historia un tanto curiosa, divertida, intrigante y sobre todo apasionada. Quizá excesivos los pasajes amorosos. El tema principal es la literatura y ella destila por cada uno de los poros de la escritura de Casas Ros. Con Enigma hace el autor un ejercicio metaliterario impresionante, si bien quedamos expectantes por conocer más finales desastrosos, dignos de la ira de “Los filósofos del tocador” y de todo el aparato de sabotaje literario que se monta en la librería, por cierto llamada Bartleby & Co. Tremendo guiño el que se hace al reconocido Vila-Matas en este libro, que bien pudiera haber escrito él mismo, según su impostura vital y literaria. Pero reconocemos aquí a un escritor joven, con un estilo ágil, un lenguaje sencillo y una gran capacidad para dar forma a la materia prima literaria. Finalmente, nos queda la duda: ¿somos todos personajes de ficción?
Feliz lectura.
CDR
Hoy, una propuesta muy original:
Rodeado de un halo de misterio y de una gran polémica sobre su identidad, Antoni Casas Ros (1972), tras el éxito de su primera novela, El teorema de Almodóvar (2008), regresó al panorama literario en 2010 con Enigma, título que sin duda es apropiado para él mismo, quien lleva una vida retirada en Roma y al que nadie puede poner rostro. Con estas características tan literarias, el propio Casas Ros pasa a formar parte de la galería de personajes, junto a otros autores mencionados, elogiados o censurados en este enigmático relato. Es Joaquim el precursor de la idea de montar una librería; profesor universitario frustrado como escritor, reconoce padecer un grave síndrome, que le impele a reescribir algunos finales que le parecen injustos o inadecuados. Su alumna favorita, de la que está enamorado, es Zoe, una chica bella e inteligente, que le ayudará en su labor literaria. Naoki también participará en el proyecto, una japonesa traductora y editora de poesía con un traumático pasado. Y por último, Ricardo, que entrará en la extraña sociedad publicando su primer libro de poemas, para dejar atrás su obligado oficio de asesino. Estos cuatro personajes, que empiezan a caminar solos, confluyen en las calles y locales de
Adornado todo ello con un trasfondo de novela negra, con una preadolescente desnuda que lleva a cabo un rito espiritual, asesinos a sueldo e investigaciones policiales, el resultado es una historia un tanto curiosa, divertida, intrigante y sobre todo apasionada. Quizá excesivos los pasajes amorosos. El tema principal es la literatura y ella destila por cada uno de los poros de la escritura de Casas Ros. Con Enigma hace el autor un ejercicio metaliterario impresionante, si bien quedamos expectantes por conocer más finales desastrosos, dignos de la ira de “Los filósofos del tocador” y de todo el aparato de sabotaje literario que se monta en la librería, por cierto llamada Bartleby & Co. Tremendo guiño el que se hace al reconocido Vila-Matas en este libro, que bien pudiera haber escrito él mismo, según su impostura vital y literaria. Pero reconocemos aquí a un escritor joven, con un estilo ágil, un lenguaje sencillo y una gran capacidad para dar forma a la materia prima literaria. Finalmente, nos queda la duda: ¿somos todos personajes de ficción?
Feliz lectura.
CDR
sábado, 17 de agosto de 2013
PALABRAS ENCENDIDAS (IX)
En pleno bochorno del mes de agosto, nos atrevemos a adentrarnos en el abundante erotismo del siglo XIX. Pero hoy, una dosis baja. No se puede jugar con el calor.
Como ya hemos visto en autores de cuentos infantiles -La Fontaine o Samaniego, por ejemplo- existe una tendencia, quizá compensatoria, hacia la licenciosidad. Es el caso de E.T.A. Hoffmann (1776-1822), famoso por relatos como Casacanueces o El caldero de oro. Tras años de paciente investigación, hoy apenas quedan dudas sobre la autoría de Sor Monika, atribuida al alemán. El autor se muestra en esta obra como un hombre de su tiempo: para él, la mujer siempre está dispuesta, los deseos surgen y se satisfacen sin la menor dificultad, sufrimiento y placer andan indisolublemente unidos, y quizá por esto último se siente atraído por la flagelación. Además, tiene una predilección "gótica" por los ambientes cerrados. Sin embargo, lo que destaca en Hoffmann y en su Sor Monika con respecto a los materiales de la época, es detenerse en los detalles, usar exquisitos eufemismos y la metáfora en momentos clave. Así, la obra cae en lo sugerente y lo erótico. Parece ser que en el momento en que Hoffmann escribió esta novela se encontraba perdidamente enamorado de una joven alumna suya, que además estaba ya comprometida. Como tantas veces, la literatura sirvió para dar salida a sus males. Esta novela fue publicada clandestinamente en 1815. A continuación unos fragmentos, que se desarrollan en una residencia de señoritas. Duros castigos para las jóvenes: "Yo debía sostener la palangana debajo de las vergüenzas de Rosalie, Chaudelüze tomó la lanceta y de un solo pinchazo, justo encima de los labios bermejos como una rosa en el todavía poco poblado monte de Venus, hizo brotar la sangre, de un rojo púrpura, de Rosalie. Las rosas de sus mejillas fueron perdiendo color y su espanto creció de tal modo, al ver fluir su sangre (cuya visión fue también horrible para las espectadoras), que al momento cayó en un benéfico desmayo." "Mientras Piano iba diciendo esto a mi madre, la tomaba de la mano, la conducía hacia un ventana, le levantaba las faldas y la enagua y la incudía a que con sus manos templase el más bello teclado de la naturaleza humana, hasta llegar finalmente a introducir el templador en la caja de resonancia. Madame Chaudelüze, con la ayuda de dos muchachas, me levantó y me hizo apoyar en la mesa; luego me lavaron las ronchas producidas por los palmetazos con un bálsamo curativo, tan bruscamente como si yo fuese una yegua joven, en a que se hubiese cebado la Hyppobosca equina, el culex equinus, y el caballerizo, con hábiles manos, quisiera que su piel recobrara el brillo."
Y paramos ahora en Del amor, de las primeras obras del conocido escritor francés Henry Beyle Stendhal (1783-1842) Publicada en 1822, esta novela viene a ser la respuesta analítica que da el autor a la desatada pasión que sentía por Matilde Viscontini, si bien termina siendo un manual erótico que bebe de la larga tradición -desde el Arte de amar de Ovidio hasta el Kamasutra-. La principal diferencia es el ansia de objetividad de Stendhal, para lo cual recurre a los procedimientos del cientificismo positivista. Como un experto psicólogo e historiador, el autor nos explica las clases de amor que existen, cómo nace este, cómo cristaliza, qué contrariedades produce, cómo lo afrontan cada uno de los sexos, etc. No obstante, a pesar de este derroche de inteligencia, es en la narración pura donde brilla el verdadero genio de Stendhal.Los fragmentos elegidos en este caso es de un relato titulado "Ernestina o el nacimiento del amor", que viene a ejemplificar lo que anteriormente se ha teorizado. Esta historia cuenta algo tan simple como el amor que va sintiendo Ernestina hacia un desconocido, pero la descripción de la joven, el crescendo de la acción, el suspense que genera y la sutil matización del amor hacen que esta narración sea equiparable a la mejor producción del autor (Rojo y negro, por ejemplo) Y pese a que no llega a haber contacto físico entre los protagonistas, el erotismo rezuma por doquier. Veamos -aunque en este caso es necesario leer el relato completo para apreciar la delicia que es-: "Una tarde de primavera, ya próxima la noche, Ernestina estaba en su ventana. Contemplaba el pequeño lago y el bosque más lejano. La extremada belleza del paisaje contribuía quizá a sumirla en una melancólica abstracción. De pronto volvió a ver al joven cazador que descubriera unos días antes; estaba tabmién en el bosquecillodel otro lado del lago. llevaba un ramillete de flores en la mano. Detúvose como para mirarla. Ella le vio besar el ramillete y, en seguida, colocarlo con una especie de respetuosa ternura en el hueco de una gran encina a la orilla del lago." "La imagen del lago y la de Ernestina, a la que acababa de ver de tan cerca en la iglesia, se grabaron profundamente en su corazón. Desde este momento, Ernestina tuvo algo para él que la distinguía de todas las demás mujeres, y sólo le faltaba la esperanza para amarla hasta la locura." "Ernestina, más feliz, era amada y amaba. El amor reinaba en aquella alma que hemos visto pasar sucesivamente por los siete diversos períodos que separan la indiferencia de la pasión, y en lugar de lo cuales el vulgo no percibe más que un solo cambio, y aun sin saber explicar la naturaleza del mismo."
Hoy no podemos subir más la temperatura. Sirva esto de introducción a lo que nos espera a lo largo de este ardiente siglo. Ya para cuando refresque un poco.
CDR
Como ya hemos visto en autores de cuentos infantiles -La Fontaine o Samaniego, por ejemplo- existe una tendencia, quizá compensatoria, hacia la licenciosidad. Es el caso de E.T.A. Hoffmann (1776-1822), famoso por relatos como Casacanueces o El caldero de oro. Tras años de paciente investigación, hoy apenas quedan dudas sobre la autoría de Sor Monika, atribuida al alemán. El autor se muestra en esta obra como un hombre de su tiempo: para él, la mujer siempre está dispuesta, los deseos surgen y se satisfacen sin la menor dificultad, sufrimiento y placer andan indisolublemente unidos, y quizá por esto último se siente atraído por la flagelación. Además, tiene una predilección "gótica" por los ambientes cerrados. Sin embargo, lo que destaca en Hoffmann y en su Sor Monika con respecto a los materiales de la época, es detenerse en los detalles, usar exquisitos eufemismos y la metáfora en momentos clave. Así, la obra cae en lo sugerente y lo erótico. Parece ser que en el momento en que Hoffmann escribió esta novela se encontraba perdidamente enamorado de una joven alumna suya, que además estaba ya comprometida. Como tantas veces, la literatura sirvió para dar salida a sus males. Esta novela fue publicada clandestinamente en 1815. A continuación unos fragmentos, que se desarrollan en una residencia de señoritas. Duros castigos para las jóvenes: "Yo debía sostener la palangana debajo de las vergüenzas de Rosalie, Chaudelüze tomó la lanceta y de un solo pinchazo, justo encima de los labios bermejos como una rosa en el todavía poco poblado monte de Venus, hizo brotar la sangre, de un rojo púrpura, de Rosalie. Las rosas de sus mejillas fueron perdiendo color y su espanto creció de tal modo, al ver fluir su sangre (cuya visión fue también horrible para las espectadoras), que al momento cayó en un benéfico desmayo." "Mientras Piano iba diciendo esto a mi madre, la tomaba de la mano, la conducía hacia un ventana, le levantaba las faldas y la enagua y la incudía a que con sus manos templase el más bello teclado de la naturaleza humana, hasta llegar finalmente a introducir el templador en la caja de resonancia. Madame Chaudelüze, con la ayuda de dos muchachas, me levantó y me hizo apoyar en la mesa; luego me lavaron las ronchas producidas por los palmetazos con un bálsamo curativo, tan bruscamente como si yo fuese una yegua joven, en a que se hubiese cebado la Hyppobosca equina, el culex equinus, y el caballerizo, con hábiles manos, quisiera que su piel recobrara el brillo."
Y paramos ahora en Del amor, de las primeras obras del conocido escritor francés Henry Beyle Stendhal (1783-1842) Publicada en 1822, esta novela viene a ser la respuesta analítica que da el autor a la desatada pasión que sentía por Matilde Viscontini, si bien termina siendo un manual erótico que bebe de la larga tradición -desde el Arte de amar de Ovidio hasta el Kamasutra-. La principal diferencia es el ansia de objetividad de Stendhal, para lo cual recurre a los procedimientos del cientificismo positivista. Como un experto psicólogo e historiador, el autor nos explica las clases de amor que existen, cómo nace este, cómo cristaliza, qué contrariedades produce, cómo lo afrontan cada uno de los sexos, etc. No obstante, a pesar de este derroche de inteligencia, es en la narración pura donde brilla el verdadero genio de Stendhal.Los fragmentos elegidos en este caso es de un relato titulado "Ernestina o el nacimiento del amor", que viene a ejemplificar lo que anteriormente se ha teorizado. Esta historia cuenta algo tan simple como el amor que va sintiendo Ernestina hacia un desconocido, pero la descripción de la joven, el crescendo de la acción, el suspense que genera y la sutil matización del amor hacen que esta narración sea equiparable a la mejor producción del autor (Rojo y negro, por ejemplo) Y pese a que no llega a haber contacto físico entre los protagonistas, el erotismo rezuma por doquier. Veamos -aunque en este caso es necesario leer el relato completo para apreciar la delicia que es-: "Una tarde de primavera, ya próxima la noche, Ernestina estaba en su ventana. Contemplaba el pequeño lago y el bosque más lejano. La extremada belleza del paisaje contribuía quizá a sumirla en una melancólica abstracción. De pronto volvió a ver al joven cazador que descubriera unos días antes; estaba tabmién en el bosquecillodel otro lado del lago. llevaba un ramillete de flores en la mano. Detúvose como para mirarla. Ella le vio besar el ramillete y, en seguida, colocarlo con una especie de respetuosa ternura en el hueco de una gran encina a la orilla del lago." "La imagen del lago y la de Ernestina, a la que acababa de ver de tan cerca en la iglesia, se grabaron profundamente en su corazón. Desde este momento, Ernestina tuvo algo para él que la distinguía de todas las demás mujeres, y sólo le faltaba la esperanza para amarla hasta la locura." "Ernestina, más feliz, era amada y amaba. El amor reinaba en aquella alma que hemos visto pasar sucesivamente por los siete diversos períodos que separan la indiferencia de la pasión, y en lugar de lo cuales el vulgo no percibe más que un solo cambio, y aun sin saber explicar la naturaleza del mismo."
Hoy no podemos subir más la temperatura. Sirva esto de introducción a lo que nos espera a lo largo de este ardiente siglo. Ya para cuando refresque un poco.
CDR
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

