Hoy es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Aunque no me gustan los días de... y este ya está a punto de acabar, quisiera hacer una breve reflexión al respecto.
Durante esta jornada se han realizado en los centros educativos diferentes actividades para concienciar al alumnado sobre este tema. Y es que ni nos imaginamos lo necesaria que es esta tarea. Porque es increíble la actitud que tienen los jóvenes, en general, ante el amor. En pleno siglo XXI, cuando creíamos que se había conseguido algo en materia de igualdad y de independencia de la mujer, nos encontramos con niñas y adolescentes que piensan que los celos son prueba de cariño, que permiten que sus "parejas" las dominen y que ven normal algún brote violento suyo e incluso que lleguen a golpearlas. Es como si asumieran algo así como que amar duele y es precisamente la ausencia de esa dominación lo que les preocupa.
Y así, un oscuro machismo se abre paso por los pasillos de los institutos, mientras los profesores nos devanamos los sesos inventando estrategias para incluir en nuestras clases la convivencia y el respeto. Por muchos contenidos trasversales que incluyamos, los jóvenes viven más allá de las vallas del centro y en su mundo se asocia amor con violencia.
Lo más triste es que no me lo estoy inventando, sino que hay datos que avalan esto. Estadísticas que demuestran que un alto porcentaje de adolescentes consiente algún tipo de abuso de sus novios. Para, casi sin darse cuenta, al cabo de pocos años, convertirse en víctimas de violencia doméstica, sufridoras silenciosas encerradas en casa. Lo que viene después es evidente: merma de la autoestima y perdón en una espiral interminable... o con el más horrible de los finales.
El amor está muy bien. Pero todos -toda la sociedad- debemos hacer algo para que nuestros adolescentes sepan distinguir la mano que les acaricia del puño que les golpea. Y decir no a la violencia, porque eso no es amor.
CDR
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lunes, 25 de noviembre de 2013
jueves, 21 de noviembre de 2013
FÁBULA RUSA
Tal día como hoy, hace ciento sesenta y nueve años, falleció Iván Andreyévich Krylov, comediógrafo y poeta ruso que escribió algunas de las mejores fábulas eslavas de la literatura.
Se dio a conocer como escritor satírico en San Petersburgo con obras como El correo de los espíritus (1789) y también escribió algunos dramas y diversas comedias, como Lecciones a las hijas (1807). Fue dos años después cuando publicó una primera colección de veintitrés fábulas que obtuvo un gran éxito. Entre 1810 y 1820 publicó otra serie del mismo género. En la actualidad es considerado el fabulista ruso por excelencia.
Inspiradas en Esopo y La Fontaine, las fábulas de Krylov atacan todos los vicios humanos, especialmente la incompetencia, la arrogancia y la estupidez, como crítica a su época. Algo que, pasados los años, podemos seguir aplicando.
Un buen ejemplo de la pluma de este ruso singular:
Cierto Cocinero, inteligente,
dejó sus ollas y se hizo una corrida
a la taberna (era de pías costumbres y ese día
conmemoraba a un compadre finado),
y a cuidar de las lauchas lo que había preparado
dejó al Gato.
Pero al volver ¿qué ve? En el suelo
restos del pastel; y Vaska el Gato en el rincón,
detrás del barrilito del vinagre,
ronroneando y gruñendo trajina con el pollo.
“¡Ay, angurriento, ay, malhechor!
le reprocha a Vaska el Cocinero,
¿Y no te da vergüenza, aun de estas paredes?
(Pero Vaska así y todo se afana con el pollo.)
¡Cómo! Siendo hasta ahora un Gato honrado,
te ponían como ejemplo de humildad
y mira un poco... ¡ay, qué bochorno!
Qué han de decir ahora los vecinos:
“¡Vaska es un taimado! ¡Vaska es un ladrón!
Y a Vaska no ya a la cocina,
no hay que dejar entrar siquiera al patio,
como a un lobo cebado a los corrales:
¡es lo peor, es la peste, la llaga de estos lares!”
(Y Vaska escucha, y come.)
Tras darle rienda suelta a sus palabras,
mi orador no encontraba final a su sermón.
¿Y bien? Mientras cantaba,
el Gato Vaska dio cuenta del asado.
––––––
Pero yo a algunos cocineros
mandaría llevar al paredón
por que no gasten labia en vano
donde es preciso dar con el bastón.
(El gato y el cocinero.)
En este caso, más que ácida sátira, agudeza e ingenio para terminar el día con una sonrisa.
CDR
miércoles, 20 de noviembre de 2013
ACEPTACIÓN
Aceptar...
Recibir voluntariamente o sin oposición lo que se da, ofrece o encarga.
Aprobar, dar por bueno, acceder a algo.
Asumir resignadamente un sacrificio, molestia o privación.
Lo cierto es que las cosas no pueden salir como uno quiere y por ello lo mejor es aceptarlas tal y como suceden.
Dijo el pensador suizo Denis de Rougemont: "La felicidad solo puede existir en la aceptación."
Y dijo William James, filósofo estadounidense: "La aceptación de lo que ha sucedido es el primer paso para superar las consecuencias de cualquier desgracia."
¿Sí?
CDR
Recibir voluntariamente o sin oposición lo que se da, ofrece o encarga.
Aprobar, dar por bueno, acceder a algo.
Asumir resignadamente un sacrificio, molestia o privación.
Bellas definiciones, tan difíciles de realizar.
Lo cierto es que las cosas no pueden salir como uno quiere y por ello lo mejor es aceptarlas tal y como suceden.
Pero, ¿cómo?
Dijo el pensador suizo Denis de Rougemont: "La felicidad solo puede existir en la aceptación."
Y dijo William James, filósofo estadounidense: "La aceptación de lo que ha sucedido es el primer paso para superar las consecuencias de cualquier desgracia."
Todos estos pensamientos y formulaciones teóricas, ¿se pueden llevar a la práctica?
¿Sí?
Entonces, tarea pendiente: aceptar la realidad.
CDR
lunes, 18 de noviembre de 2013
NUESTRA TRADICIÓN
De pronto, el cálido otoño se ha tornado en invierno prematuro. Y qué mejor que tener un buen libro a mano, acurrucarse debajo de la manta en el sofá y viajar a otras épocas, vivir historias como la que nos plantea la siguiente lectura:
Cuando Javier Pérez Andújar (Sant Adrià de Besòs, 1965) estudiaba filología enla Universidad de Barcelona,
conoció la labor de Luis Bello en las escuelas de España. La fascinación que le
produjo el tema ha sido magníficamente plasmada en Todo lo que se llevó el diablo (2010), la segunda novela del
catalán. Conocido como ensayista, articulista, antólogo y colaborador en las
tertulias literarias de la televisión regional, Pérez Andújar se reafirma aquí
como narrador nato.
Absolutamente bien documentada, esta novela de tema serio nos ofrece además un relato para disfrutar, para reír con sus situaciones humorísticas, sus momentos casi delirantes, heredero de los mejores diálogos de Valle-Inclán y escenas propias de un admirador del maestro Berlanga. Todo ello salpicado con alusiones a cuentos populares, romances, canciones, películas, cuadros, cómics; y enhebrado con la aparición de ilustres personajes como Tomás Navarro Tomás, Zamora Vicente o García Lorca, entre otros.
No cabe duda, por tanto, de la preocupación del autor por nuestra cultura, como ya se mostraba en su anterior novela, Los príncipes valientes (2007). En esta va más allá, haciendo un auténtico homenaje a la lengua y a la literatura españolas, al arte en general, sobre todo a lo que estos le deben al acervo popular.
¡Feliz lectura!
CDR
Cuando Javier Pérez Andújar (Sant Adrià de Besòs, 1965) estudiaba filología en
El eje argumental básico de este
relato es el trabajo de las Misiones Pedagógicas en la España de la Segunda República.
Es la historia de un grupo de maestros, Mª Luisa, Maruja y Reposiano, y el
chófer, Arcos Paulín, con todo su equipo, que viajan por los caminos más
recónditos para llevar algo de cultura, entretenimiento y saber a los pueblos.
No se puede enmascarar el interés de Andújar por difuminar la línea entre la
alta y la baja cultura, representando a las Misiones como el nexo de unión
entre la cultura oral, tradicional, y la cultura académica. No obstante esto,
la novela se nutre de otros muchos temas y personajes, como la marginación de
Orfilio Velasco, el lobero, anarquista perseguido, que parece estar abocado a
un final fatal, igual que su sobrino Velasco Flaínez; la oposición del padre
Blas a todos los planes del Gobierno; la prepotencia del alcalde don Melitón
ante la incursión de extraños en su pueblo; o la violencia generada en gran
medida por la ignorancia y la necesidad. El narrador nos trasmite su simpatía
por el grupo de maestros, mientras que muestra su compasión por los lugareños,
víctimas inocentes de la injusticia social. A este respecto, hay que elogiar el
adecuado registro lingüístico para cada personaje, así como la oportunidad de las
frases y réplicas utilizadas, y la parte de diálogo, de narración y de
disertaciones, formando un todo impecable.
Absolutamente bien documentada, esta novela de tema serio nos ofrece además un relato para disfrutar, para reír con sus situaciones humorísticas, sus momentos casi delirantes, heredero de los mejores diálogos de Valle-Inclán y escenas propias de un admirador del maestro Berlanga. Todo ello salpicado con alusiones a cuentos populares, romances, canciones, películas, cuadros, cómics; y enhebrado con la aparición de ilustres personajes como Tomás Navarro Tomás, Zamora Vicente o García Lorca, entre otros.
No cabe duda, por tanto, de la preocupación del autor por nuestra cultura, como ya se mostraba en su anterior novela, Los príncipes valientes (2007). En esta va más allá, haciendo un auténtico homenaje a la lengua y a la literatura españolas, al arte en general, sobre todo a lo que estos le deben al acervo popular.
¡Feliz lectura!
CDR
domingo, 17 de noviembre de 2013
LA ESPERA
Han dado las doce en el reloj del salón y he escuchado cada una de las campanadas como si retumbaran en mi interior. No puedo dormir. Es imposible. Hoy no. Ni podré rendir en el trabajo. Ni podré preparar bien la comida, ni la cena. Porque hoy, un año más, ha llegado el día.
Buenos días, cariño, cómo has dormido. Por supuesto, él no lo recuerda, para él no tiene importancia. Cuando se lo expliqué me dejó bien claro que son tonterías, paranoias mías. Casualidades. De hecho, lo mismo me dicen aquellos a quienes he confiado mi preocupación.
Cuando mi abuela murió nadie se percató de que el día de su muerte coincidía exactamente con el del fallecimiento de su madre, mi bisabuela. Pura coincidencia de la que solo más tarde nos dimos cuenta, un día en que mi hijo mayor tuvo que indagar y confeccionar un árbol genealógico de la familia para el colegio. Fui yo la que, al revisar el trabajo, me fijé en la coincidencia de fechas. Qué curiosidad, nada más. Sin embargo, al cabo de los años mi madre enfermó. Su estancia en el hospital fue larga y finalmente volvió a morir a casa, ya no había nada que hacer y ninguno queríamos seguir viéndola en aquella habitación blanca y fría. Todos sus hijos estábamos rodeando la cama en el momento en que expiró, tranquila por fin después de tanto sufrimiento. Era el mismo día. Diecisiete de noviembre. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, no solo por la pérdida de mi madre, sino además por la certeza de que el destino había elegido esa fecha final para toda la descendencia femenina de mi familia. Fugazmente pensé en mi hija y dos lágrimas silenciosas rodaron por mis mejillas.
¿Y qué más da? algún día hay que morir, cariño. Piensa que al menos ellas han muerto viejas, aún te quedan muchos años por delante. A veces, mi marido no es muy delicado. El tema se convirtió en mi obsesión. Por supuesto, me propuse llegar hasta el fondo de la cuestión e investigué sobre mis antepasadas directas. Dediqué mucho tiempo a averiguar cuándo había muerto mi tatarabuela y la madre de esta, pues el trabajo tuve que hacerlo básicamente por teléfono, al vivir lejos de nuestro lugar de procedencia. En la era de la informática a nadie le gusta mucho tener que buscar en polvorientos archivos de hace casi dos siglos. Me encontré con muchas dificultades, pero finalmente pude comprobar que, en efecto, todas las mujeres ascendientes de mi madre, desde al menos cinco generaciones, habían fallecido en la misma fecha. ¿Se puede considerar eso una mera casualidad?
Todavía no me he atrevido a abordar el tema con mi hija, que ahora tiene dieciséis años. Por un lado, creo que es una tragedia conocer el día en que vas a morir, eso genera una ansiedad horrible, miedo, al menos yo lo tengo. Pero por otra parte, a veces pienso que es casi mágico. Que formamos parte de uno de esos círculos femeninos dotados de algo especial, como si fuéramos brujas o adivinas. Que nosotras contravenimos el azaroso devenir del tiempo. El problema es que no sé muy bien cómo funciona. Es cierto que mi tatarabuela, bisabuela, abuela y mi pobre madre murieron de muerte más o menos natural a una edad razonable para la época en que cada una vivió, y lo hicieron de forma cronológica. Pero los tiempos van cambiando y hoy en día, cómo puedo yo saber que moriré antes que mi hija, cómo sabré si ella tendrá a su vez una hija y que continuará con esta sucesión.
Por eso cada año, cada vez que llega el diecisiete de noviembre, la preocupación no es solo por mí, es también por ella. Oh, me da tanto miedo morir y dejar mil cosas pendientes por hacer, abandonar a mi marido y a mis hijos. Pero cuánto peor es imaginar que en este mundo trastornado hasta ese ciclo se altere y llegue a perder a mi Silvia.
Así llevo siete años. Escrutando mi salud y la de mi hija, descartando una posible enfermedad de cara a noviembre. Contando minuto a minuto el día cuando este llega, sorteando supuestos peligros, casi vigilando a Silvia para que evite riesgos. Respirando aliviada cuando el reloj vuelve a sonar a media noche...
Y de nuevo a la espera.
Al final, ya verás, te morirás otro día, me dice mi marido antes de dormirse.
CDR
sábado, 16 de noviembre de 2013
QUÉ ES POESÍA
Una vez, en clase, sondeando entre mis alumnos qué era para ellos la poesía, de qué temas creían que trataban los poemas, etc. y ante respuestas como "algo muy cursi", "de niñas", "tema amoroso", nos surgió la siguiente cuestión: ¿acaso existen cosas sobre las que no se puede escribir un poema?
Puesto que es uno de los géneros literarios, la lírica, como la narrativa o el teatro, debería ser capaz de tratar cualquier tema, ¿no? Sin embargo, habrá quien afirme que la poesía es algo especial, sujeta a la belleza, a los sentimientos, a lo etéreo, a lo interior. Entonces, ¿basta con aludir a la luna llena, describir a una mujer hermosa o hablar de tristeza para escribir una poesía? Vamos, esa es una visión muy superficial. No importa de qué hable una poesía, lo importante es que lo que aparezca en sus versos emerja de la oscuridad, que sea capaz de hacernos verlo de otra manera, de un modo más completo. Sí, puede ser la luna, una rosa, o una bella mujer... pero también puede ser ¡una cebolla! Cuando se lo digo a mis alumnos, alucinan.
Y sigue esta belleza de poema, que habla de algo tan trivial y lo convierte en pura poesía. Claro, es Neruda. Es lo que hizo en sus Odas elementales, ensalzar las cosas cotidianas, mostrarnos su alma y su corazón. Eso es poesía.
No es fácil, por otra parte. Escribir versos (sobre todo buenos versos) requiere un duro trabajo, una pelea y confrontación con la gramática y los diccionarios, porque la primera sensación que produce un buen poema es la de estar construido con las palabras exactas. Esto va un poco en contra de esa idea tan extendida de la inspiración. Pero no porque esta no exista, sino porque no es lo que se supone, no es un don de los dioses, no es un atajo para los elegidos que llegarán a meta sin realizar la carrera; es encontrar precisamente esa palabra justa tras una larga búsqueda (arduo y solitario trabajo.)
Así pues, les digo a mis alumnos, se puede escribir un poema sobre cualquier tema, pero no es una tarea sencilla. Porque la poesía nos abre las puertas a un mundo simbólico, donde no importa tanto lo que se dice como lo que significa.
Leo unos versos... y pido a los alumnos que se dejen tocar por la sensibilidad que transmiten. Cómo fue capaz Paul Valéry de escribir:
Pues tal como Moby Dick nos convierte en cazadores de ballenas o la Divina comedia nos traslada a los infiernos, un buen poema invade los ojos y la mente de quien lo lee y le hace sentir lo que el poeta siente, escuchar ese estruendo un tanto fúnebre del mar de Valéry.
Ah, pero la poesía, por más que tenga sus propias normas, no es una ciencia exacta, ni hay recetas mágicas para crear una gran poesía.
Entonces, ¿podremos nosotros escribir poesía, profe? Claro, pronto veremos cómo.
CDR
Puesto que es uno de los géneros literarios, la lírica, como la narrativa o el teatro, debería ser capaz de tratar cualquier tema, ¿no? Sin embargo, habrá quien afirme que la poesía es algo especial, sujeta a la belleza, a los sentimientos, a lo etéreo, a lo interior. Entonces, ¿basta con aludir a la luna llena, describir a una mujer hermosa o hablar de tristeza para escribir una poesía? Vamos, esa es una visión muy superficial. No importa de qué hable una poesía, lo importante es que lo que aparezca en sus versos emerja de la oscuridad, que sea capaz de hacernos verlo de otra manera, de un modo más completo. Sí, puede ser la luna, una rosa, o una bella mujer... pero también puede ser ¡una cebolla! Cuando se lo digo a mis alumnos, alucinan.
Cebolla,
clara como un planeta
y destinada
a relucir,
constelación constante,
redonda rosa de agua,
sobre
la mesa
de las pobres gentes.
(...)
Y sigue esta belleza de poema, que habla de algo tan trivial y lo convierte en pura poesía. Claro, es Neruda. Es lo que hizo en sus Odas elementales, ensalzar las cosas cotidianas, mostrarnos su alma y su corazón. Eso es poesía.
No es fácil, por otra parte. Escribir versos (sobre todo buenos versos) requiere un duro trabajo, una pelea y confrontación con la gramática y los diccionarios, porque la primera sensación que produce un buen poema es la de estar construido con las palabras exactas. Esto va un poco en contra de esa idea tan extendida de la inspiración. Pero no porque esta no exista, sino porque no es lo que se supone, no es un don de los dioses, no es un atajo para los elegidos que llegarán a meta sin realizar la carrera; es encontrar precisamente esa palabra justa tras una larga búsqueda (arduo y solitario trabajo.)
Así pues, les digo a mis alumnos, se puede escribir un poema sobre cualquier tema, pero no es una tarea sencilla. Porque la poesía nos abre las puertas a un mundo simbólico, donde no importa tanto lo que se dice como lo que significa.
Leo unos versos... y pido a los alumnos que se dejen tocar por la sensibilidad que transmiten. Cómo fue capaz Paul Valéry de escribir:
Sí, mar, gran mar de delirios dotado,
piel de panteras y clámide calada
por tantos, tantos ídolos del sol,
ebria de carne azul, hidra absoluta
que te muerdes la cola refulgente
en un tumulto análogo al silencio.
Pues tal como Moby Dick nos convierte en cazadores de ballenas o la Divina comedia nos traslada a los infiernos, un buen poema invade los ojos y la mente de quien lo lee y le hace sentir lo que el poeta siente, escuchar ese estruendo un tanto fúnebre del mar de Valéry.
Ah, pero la poesía, por más que tenga sus propias normas, no es una ciencia exacta, ni hay recetas mágicas para crear una gran poesía.
Entonces, ¿podremos nosotros escribir poesía, profe? Claro, pronto veremos cómo.
CDR
viernes, 15 de noviembre de 2013
DESPREOCUPACIÓN
Asociamos generalmente la infancia con la despreocupación. Pero, ¿qué es esta exactamente? Fácil, ¿eh? Ausencia de preocupación. Y en realidad lo que nos maravilla y nos causa envidia cuando miramos a un niño es su capacidad para vivir intensamente el momento presente. He ahí su despreocupación, como una inteligencia intuitiva que irá perdiendo conforme se haga mayor. Cuando aprenda a anticipar las cosas y a volver al pasado. Entonces habrá perdido el presente, habrá dejado escapar su "despreocupación".
Nosotros también poseíamos esa capacidad cuando éramos niños, pero a medida que la mente madura no solo da un salto hacia el rendimiento sino también hacia el sufrimiento. "Quien crece en experiencia aumenta su dolor", afirma el Eclesiastés.
Así pues, todos esos niños que hoy se encuentran "despreocupados" en cuanto a que centran su atención en lo que están viviendo en cada momento, irán perdiendo esta aptitud a fuerza de dejarla de usar, desplazada por "cosas más importantes". Claro que de mayores podrán volver a aprender a centrar su mente, sin embargo parece más lógico, y más sencillo, preservar este valor de la infancia y ayudarles a seguir cultivándolo. ¿No les parece?
Esto se puede conseguir a través de la meditación. Algo que a priori suena demasiado complicado para realizarlo con niños, pero que nos deparará sin duda grandes sorpresas. Pues está demostrado científicamente que los pequeños son capaces de desarrollar una profunda vida interior y además comprenden perfectamente el lenguaje corporal, que podemos aprovechar para numerosas técnicas de relajación.
Y qué duda cabe que también les será muy propicio para su equilibrio emocional, su resiliencia y empatía. Los niños de hoy están demasiado dispersos, demasiado estresados e incluso angustiados. Lo vemos en las aulas y lo vemos en los hogares. La meditación les ayudará a controlar la sobreestimulación que los bombardea continuamente y ello repercutirá en su rendimiento académico, en sus relaciones familiares así como, a la larga, en su calidad de vida.
Por último, quizá al facilitarles esta herramienta para enfrentarse a lo anteriormente expuesto estaremos a la vez ayudándoles a adquirir mayor humanidad, a convertirse en adultos mejores, no meros trabajadores y consumidores, sino a tomar conciencia de su presencia en el mundo y de lo hermoso y frágil que este es. "El niño es el padre del hombre", escribió el poeta inglés Wordsworth.
¿Qué mejor regalo podemos hacer a nuestros niños que alargar esa capacidad natural de vivir en el presente para que la usen en su relajación, en su concentración, en su vida; qué mejor regalo que una tranquila "despreocupación"?
No se trata ni mucho menos de pasividad ni de apatía. Se trata de enseñar a los niños a gestionar lo que les sucede a través de la aceptación, que solo ocurrirá con el conocimiento de sí mismos.
Dijo Jean de la Bruyère: "Los niños no tienen ni pasado ni futuro, por eso gozan del presente, cosa que rara vez nos ocurre a nosotros." Cambiemos eso, porque "nosotros" al fin y al cabo éramos "los niños".
CDR
Nosotros también poseíamos esa capacidad cuando éramos niños, pero a medida que la mente madura no solo da un salto hacia el rendimiento sino también hacia el sufrimiento. "Quien crece en experiencia aumenta su dolor", afirma el Eclesiastés.
Así pues, todos esos niños que hoy se encuentran "despreocupados" en cuanto a que centran su atención en lo que están viviendo en cada momento, irán perdiendo esta aptitud a fuerza de dejarla de usar, desplazada por "cosas más importantes". Claro que de mayores podrán volver a aprender a centrar su mente, sin embargo parece más lógico, y más sencillo, preservar este valor de la infancia y ayudarles a seguir cultivándolo. ¿No les parece?
Esto se puede conseguir a través de la meditación. Algo que a priori suena demasiado complicado para realizarlo con niños, pero que nos deparará sin duda grandes sorpresas. Pues está demostrado científicamente que los pequeños son capaces de desarrollar una profunda vida interior y además comprenden perfectamente el lenguaje corporal, que podemos aprovechar para numerosas técnicas de relajación.
Y qué duda cabe que también les será muy propicio para su equilibrio emocional, su resiliencia y empatía. Los niños de hoy están demasiado dispersos, demasiado estresados e incluso angustiados. Lo vemos en las aulas y lo vemos en los hogares. La meditación les ayudará a controlar la sobreestimulación que los bombardea continuamente y ello repercutirá en su rendimiento académico, en sus relaciones familiares así como, a la larga, en su calidad de vida.
Por último, quizá al facilitarles esta herramienta para enfrentarse a lo anteriormente expuesto estaremos a la vez ayudándoles a adquirir mayor humanidad, a convertirse en adultos mejores, no meros trabajadores y consumidores, sino a tomar conciencia de su presencia en el mundo y de lo hermoso y frágil que este es. "El niño es el padre del hombre", escribió el poeta inglés Wordsworth.
¿Qué mejor regalo podemos hacer a nuestros niños que alargar esa capacidad natural de vivir en el presente para que la usen en su relajación, en su concentración, en su vida; qué mejor regalo que una tranquila "despreocupación"?
No se trata ni mucho menos de pasividad ni de apatía. Se trata de enseñar a los niños a gestionar lo que les sucede a través de la aceptación, que solo ocurrirá con el conocimiento de sí mismos.
Dijo Jean de la Bruyère: "Los niños no tienen ni pasado ni futuro, por eso gozan del presente, cosa que rara vez nos ocurre a nosotros." Cambiemos eso, porque "nosotros" al fin y al cabo éramos "los niños".
CDR
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