Más allá de la imagen que construyeron sobre ella clérigos y trovadores, la mujer medieval no se limitó a ejercer de bruja o de santa, no solo se dedicó a coser y rezar, sino que en la vida real interpretó los más variados personajes.
Es cierto que el argumentario que encontramos en los textos de los monjes pasa por afirmaciones como "Llorar, hablar, hilar, es lo que Dios concedió a la mujer." Sin embargo, la misoginia que destilan estos escritos provenía solo en parte de la teología. Al fin y al cabo, los teólogos de la época reconocían que las mujeres tenían alma, de lo contrario habría estado prohibido bautizarlas; aunque las consideraban -siguiendo a Aristóteles- como un varón fallido. Pero son los clérigos mucho más rotundos. El bello sexo es para ellos "pérfido y fétido", "fuente insondable de todos los pecados", y la mujer virtuosa, "más rara que el ave fénix o el cisne negro". Vamos, que el arsenal de improperios que manejaron los frailes es inabarcable. Y tan potente como la seducción de la carne que debía combatir, claro. De hecho, la demonización de la mujer fue la fórmula para exorcizar los placeres del sexo, a los que los monjes obligadamente debían renunciar, y contra los que toda propaganda era poca. Así, el medievo se pobló de brujas y sirenas dispuestas a arrastrar a los hombres a su perdición; aliadas con las fuerzas del mal o disfrazando su animalidad bajo formas hechiceras. No obstante, en contraste con la misoginia clerical, la Iglesia como institución otorga a la mujer un estatus inédito hasta entonces, casi revolucionario, en lo que a libertad y equiparación con el hombre se refiere: el derecho canónico le garantiza la libre elección de marido, en contra de lo que establecen el romano o el islámico. Como vemos, la ambivalencia y la contradicción caracterizan la consideración de la mujer en la Edad Media con sorprendente naturalidad. Pensemos en Eva, por un lado, y en la Virgen María, por otro, como ejemplo de estos extremos.
La Virgen, por cierto, representa un modelo de espiritualidad al que la aristocracia laica opuso otro no menos idealizado, el del amor cortés, difundido por la literatura en toda Europa a partir del siglo XII. Con él da un giro radical la relación hombre-mujer; la dama es la dominadora y el caballero, el que ofrece sumisión. Es más, la dama, en muchos casos -en la lírica occitana- era casada. El mundo caballeresco celebra la belleza carnal y ensalza el amor al margen del matrimonio. Desde luego, como modelos de vida, tanto la Virgen María como la dama del amor cortés resultaban inalcanzables. Pero el arte los reflejó masivamente y tuvieron su eco en la vida práctica.
Pongamos por caso la vida de la escritora Cristina de Pizán, un deslumbrante antecedente del feminismo en el siglo XV. No era noble ni religiosa. Aunque su padre era un sabio erudito -médico del rey de Francia-, a ella la educaron para el matrimonio y la maternidad. Pero, al enviudar con 25 años y seis hijos, decide recuperar el tiempo perdido y se dedica desde entonces al estudio, a escribir y, lo que es más insólito y audaz, a vivir de ello. "Solita estoy y solita quiero estar, para ser patrón de mi propia nave", diría. De Pizán defendió sus intereses financieros en los tribunales "ante jueces hartos de vino y gordos como cerdos", y escribió obras sin cesar que en seguida se hicieron famosas, como Sobre las mudanzas de la Fortuna, La ciudad de las damas, El libro de las Tres Virtudes, etc. En todas denuncia la desigualdad social de las mujeres y las anima a combatirla mediante la educación. "No hay que quedarse agazapada en un rincón como un perrillo. Instruiros y empuñad la pluma". Además, recomienda a las damas "tener corazón de hombre", para poder dirigir a sus vasallos en ausencia del marido. También es autora de algunas baladas, en las que rompe con el concepto de amor cortés, por considerarlo mero juego social. Pero no solo rompe esquemas literariamente, pues se convierte también en famosa polemista, al discutir con ilustres letrados sobre la misoginia de un "best seller" de la época, la Novela de la Rosa, y publicar ese intercambio epistolar en forma de libro.
Cristina de Pizán sabe por experiencia que las mujeres no son como las describen los autores de la época: santas o pecadoras, lúbricas o taimadas. Efectivamente, del centenar de oficios censados, hasta setenta y dos podían desempeñarlos mujeres: había tenderas, juezas, zapateras, panaderas, curtidoras, músicas, albañilas, juglaresas... Y veintiséis eran exclusivamente femeninos, la mayoría relacionados con la industria textil. Y sí, también con la prostitución, regulada y muy floreciente. Una "obrera del amor" ganaba en dos citas el equivalente al salario de una campesina. Aunque, a cambio, debía pagar impuestos y gastar parte en afeites y oropeles. Acudía a trabajara domicilio o recibía a las citas en la mancebía. Las cortesanas cubrían las necesidades tanto del corazón como de la carne. No entregaban sus favores a cualquiera y más que comprarse, se negociaban o se conquistaban. Presumían de sus éxitos y de sus audacias sexuales. Incluso algunas se vestían de hombre en alusión a la sodomía y eran motivo de escándalo porque desafiaban por igual la jerarquía del dinero y la de los sexos.
En el extremo opuesto de la escala moral, pero igualmente innovadoras de la corrección establecida, estaban las beguinas, monjas que consiguieron que la Iglesia les reconociera el derecho a vivir fuera del monasterio, desempeñando labores laicas de ayuda a los necesitados, y a romper con sus votos si querían.
Por otra parte, las abadesas lograron en muchas congregaciones un poder amplísimo y equivalente al de los hombres. Podían nombrar curas y capellanes, dirigir monasterios mixtos y reservados solo a hombres; asistir a concilios, incluso convocar sínodos. A no menor escala, las damas compartían el gobierno y la defensa de los señoríos, en ausencia del marido o con él. De hecho, no era raro ver a mujeres guerreando a la cabeza de tropas masculinas. Doña Urraca, reina de Castilla y León, pasó trece años combatiendo al mando de su propio ejército para defender el trono de su hijo. Además, en tiempos de las cruzadas, los cronistas árabes describen el brío con que luchaban las mujeres. No en vano, hasta podían formar órdenes de caballería, y en España estaban presentes en la de Calatrava.
Así pues, nada más lejos de la imagen lánguida que el romanticismo nos dejó de la mujer gótica. Un libro, con el expresivo título de Bella dama sin piedad, se encargó en el siglo XV de dar la estocada mortal al alambicado mundo caballeresco y cortés. Aunque lo escribió un hombre, Alain Chartier, retrata la sensibilidad de la mujer de la época cuando la protagonista equipara al amante con el cortesano, vil y adulador; y, cuando antes sus ofrecimientos, afirma que es libre y piensa seguir siéndolo. ¿Qué mayor reivindicación que la del valor político y existencial masculino por excelencia, la libertad?
Un largo camino marcado ya, como ven, en las sombras del medievo -mujeres olvidadas- y que aún hoy seguimos recorriendo.
CDR
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martes, 11 de agosto de 2015
lunes, 10 de agosto de 2015
ARCOÍRIS
Dícese del fenómeno óptico que presenta en forma de arco de bandas concéntricas los siete colores elementales, causado por la refracción o reflexión de la luz solar en el agua pulverizada, generalmente perceptible en la lluvia.
Definición objetiva, aséptica, pero cuántas sensaciones nos transmite un bello arcoíris tras una tormenta, por ejemplo en este agosto de tardes lluviosas.
Quién no se ha imaginado dentro de un arcoíris, fundirse en los siete colores, proyectar entre sus dedos los rayos de luz hacia el infinito...
Cuánta belleza, cuánta paz nos transmite un arcoíris.
Además, los arcoíris son divertidos, un gorro de lana, una bufanda, una camiseta, una torre de cubos... como un arcoíris.
Y yo tengo mi particular arcoíris gateando por casa, llenando de ilusión y de esperanza mi vida. Porque la belleza de un arcoíris no niega la ferocidad de una tormenta. Eso es Marcos para mí, mi bebé arcoíris, la luz después de las sombras, sonrisas tras las lágrimas, colores para pintar la oscuridad.
CDR
Definición objetiva, aséptica, pero cuántas sensaciones nos transmite un bello arcoíris tras una tormenta, por ejemplo en este agosto de tardes lluviosas.
Quién no se ha imaginado dentro de un arcoíris, fundirse en los siete colores, proyectar entre sus dedos los rayos de luz hacia el infinito...
Cuánta belleza, cuánta paz nos transmite un arcoíris.
Además, los arcoíris son divertidos, un gorro de lana, una bufanda, una camiseta, una torre de cubos... como un arcoíris.
Y yo tengo mi particular arcoíris gateando por casa, llenando de ilusión y de esperanza mi vida. Porque la belleza de un arcoíris no niega la ferocidad de una tormenta. Eso es Marcos para mí, mi bebé arcoíris, la luz después de las sombras, sonrisas tras las lágrimas, colores para pintar la oscuridad.
CDR
martes, 16 de junio de 2015
CAMBIAR EL MUNDO
Dando clase aprendemos, qué duda cabe, porque los alumnos nos enseñan, si es que sabemos reconocer sus enseñanzas, si es que no somos tan prepotentes como para creer que al ser sus profesores, no pueden ellos aleccionarnos en nada.
Hoy ha sido uno de esos días en que se ha afianzado en mí la sensación de que a veces no estamos a la altura y de que por más que a algunos alumnos no les guste la asignatura que imparto, no merecen ser evaluados (medidos, etiquetados) según los parámetros que la ley nos marca. Porque si un chaval de dieciséis años "no es capaz" de aprobar un examen de Lengua, pero sabe argumentar y defender una idea con correctísima expresión -no en un trabajo preparado para exponer, sino en un debate improvisado-, y demuestra una pasmosa madurez, quizás (no, seguro) no merezca un boletín de notas plagado de suspensos y por tanto de frustraciones, tal vez (no, seguro) merezca que se le considere como individuo y se le valoren sus capacidades, sus destrezas y sus competencias. Sí, eso es muy bonito a nivel teórico, hasta se supone que se refleja en su expediente (las famosas ocho competencias), pero en la práctica, la realidad es que el currículo sigue basado en contenidos y la evaluación, en notas objetivas arrojadas de un examen escrito.
Y no es culpa de los docentes, creo que muchos somos conscientes de ello, es culpa de los Gobiernos (este, ese, aquel) que no legislan para mejorar la educación, para adecuarla a los tiempos -al fin y al cabo, lo que interesa no es precisamente una ciudadanía formada, preparada para pensar por sí misma, crítica-, sino que se limitan a retocar para apropiarse de la ley en cuestión, sin abordar los profundos cambios que son necesarios (insisto, no les interesa, les da miedo.) Y nosotros, el profesorado, con aulas masificadas, una programación que cumplir, estadísticas que mejorar, lo único que podemos hacer es aportar nuestro granito de arena si tenemos la suerte de darnos cuenta de ese diamante en bruto cuyo brillo asoma casi por casualidad en el día a día anodino, programado al milímetro. Y lamentarnos cuando acaba el curso de no haber podido descubrir siquiera el potencial de todos y cada uno de nuestros alumnos, porque se cuentan hasta por centenares.
En momentos así me rebelo y me digo que no voy a seguir aborregando chavales, me prometo que voy a introducir más cambios, a flexibilizar más la programación, a sacrificar más el temario. Y entonces el pitido de un correo me devuelve a la realidad. Ya urge finalizar evaluaciones, estadísticas, informes, memorias... Firmado: Dirección.
¿No somos más que números? (algo de lo que tanto nos quejamos), ¿también nuestros alumnos?
Sin embargo, sé que el cambio es posible.
"Mucha gente pequeña en lugares pequeños haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo." (Eduardo Galeano)
CDR
Hoy ha sido uno de esos días en que se ha afianzado en mí la sensación de que a veces no estamos a la altura y de que por más que a algunos alumnos no les guste la asignatura que imparto, no merecen ser evaluados (medidos, etiquetados) según los parámetros que la ley nos marca. Porque si un chaval de dieciséis años "no es capaz" de aprobar un examen de Lengua, pero sabe argumentar y defender una idea con correctísima expresión -no en un trabajo preparado para exponer, sino en un debate improvisado-, y demuestra una pasmosa madurez, quizás (no, seguro) no merezca un boletín de notas plagado de suspensos y por tanto de frustraciones, tal vez (no, seguro) merezca que se le considere como individuo y se le valoren sus capacidades, sus destrezas y sus competencias. Sí, eso es muy bonito a nivel teórico, hasta se supone que se refleja en su expediente (las famosas ocho competencias), pero en la práctica, la realidad es que el currículo sigue basado en contenidos y la evaluación, en notas objetivas arrojadas de un examen escrito.
Y no es culpa de los docentes, creo que muchos somos conscientes de ello, es culpa de los Gobiernos (este, ese, aquel) que no legislan para mejorar la educación, para adecuarla a los tiempos -al fin y al cabo, lo que interesa no es precisamente una ciudadanía formada, preparada para pensar por sí misma, crítica-, sino que se limitan a retocar para apropiarse de la ley en cuestión, sin abordar los profundos cambios que son necesarios (insisto, no les interesa, les da miedo.) Y nosotros, el profesorado, con aulas masificadas, una programación que cumplir, estadísticas que mejorar, lo único que podemos hacer es aportar nuestro granito de arena si tenemos la suerte de darnos cuenta de ese diamante en bruto cuyo brillo asoma casi por casualidad en el día a día anodino, programado al milímetro. Y lamentarnos cuando acaba el curso de no haber podido descubrir siquiera el potencial de todos y cada uno de nuestros alumnos, porque se cuentan hasta por centenares.
En momentos así me rebelo y me digo que no voy a seguir aborregando chavales, me prometo que voy a introducir más cambios, a flexibilizar más la programación, a sacrificar más el temario. Y entonces el pitido de un correo me devuelve a la realidad. Ya urge finalizar evaluaciones, estadísticas, informes, memorias... Firmado: Dirección.
¿No somos más que números? (algo de lo que tanto nos quejamos), ¿también nuestros alumnos?
Sin embargo, sé que el cambio es posible.
"Mucha gente pequeña en lugares pequeños haciendo cosas pequeñas pueden cambiar el mundo." (Eduardo Galeano)
CDR
miércoles, 3 de junio de 2015
10 EN LECTURA
"Un niño que lee es un adulto que piensa."
A raíz de una intervención de Elvira Lindo en La ventana de Carles Francino (programa radiofónico de la Ser), espoleado mi interés como profesora y ahora también como madre, he reflexionado sobre la importancia de la lectura desde edad temprana y comento a continuación los diez puntos fundamentales, creo, para conseguir que leer sea el placer que realmente es y no se convierta en una obligación tediosa.
1. Paciencia. Enseñar a los niños, desde bebés, a ser pacientes, pues esta capacidad está muy relacionada con la concentración y la calma necesarias para leer. Las pantallas están muy bien (son útiles para infinidad de cosas), pero dejar aparcado a un niño delante de la televisión o entretenerlo con un móvil propicia una sobreestimulación nociva a varios niveles, anulando la tendencia natural a la relajación y la autoescucha.
2. Leer en voz alta. Desde el principio, incluso antes de nacer, está demostrado que el feto escucha la voz de su madre. Acostumbrar el oído infantil a la cadencia lectora, avivando su imaginación con diferentes tonos e implicándose verdaderamente en una lectura divertida y amena.
3. Alargar el momento. Buscar un rato cada día para leer, primero al niño, luego con el niño. Sin prisas. No posponer, no sustituir la lectura, inculcar en el pequeño ese hábito, demostrando que disfrutamos de su compañía y de compartir ese tiempo.
4. Ir a la librería. Acercarse con el niño a una buena librería, con sección infantil-juvenil, acostumbrarlo a ver y a tocar libros, y en cuanto tenga edad para ello, animarlo a que vaya solo e incluso asignarle una cantidad (semanal, mensual, como se pueda) para que compre sus propios libros, elegidos por él, por supuesto. Regalarle libros también, porque de este modo demostramos que para nosotros tienen valor. Desde luego, un libro es una inversión menor que otras que habitualmente hacemos hoy para nuestros hijos.
5. La biblioteca. El hecho de hacer socio al niño de la biblioteca pública revierte en varios aspectos: sentido de independencia (les encanta tener un carnet nominativo con su foto) y sentido de responsabilidad, ya que deben cuidar el libro y devolverlo en la fecha señalada. Además de potenciar su capacidad y su criterio para seleccionar las lecturas.
6. Espacio propio. Es bueno destinar desde el principio un espacio en la casa para guardar los libros del niño, puede ser como una pequeña biblioteca propia en algún rincón agradable, o un simple estante en la biblioteca común o en el salón, donde el pequeño acudirá a leer, a revisar su colección, sacará los libros que quizás ya no le interesen por su edad e irá incorporando nuevas lecturas.
7. La siesta. Volviendo al hábito de la tranquilidad, si enseñamos al niño a respetar nuestro tiempo de descanso, por ejemplo después de comer, seguramente le apetecerá leer o bien para coger el sueño también, o bien para aprovechar un rato de silencio cotidiano en vivir aventuras y sentir emociones entre las páginas. Se trata de favorecer tiempos en que la lectura sea una alternativa atractiva.
8. Bueno o malo. Mentalizarse de que leer es positivo, aunque según nuestro criterio adulto o incluso especializado los gustos de nuestros hijos sean malos. No censurar sus lecturas, aunque sí revisarlas, acompañarles en su evolución lectora e interesarnos por sus intereses, valga la redundancia.
9. Ilustraciones. La lectura no se nutre solo de palabras, no es mejor un libro con mucho texto solo por eso. Existen álbumes ilustrados, libros gráficos, cómics interesantísimos que no solo ampliarán el horizonte lector de nuestros pequeños y jóvenes, sino que además activarán su imaginación, potenciarán su sentido del humor y su creatividad.
10. Diversión. Nada que esté ligado al imperativo aparece a priori como atractivo. Leer debe ser voluntario, al principio por supuesto guiado, una semilla que plantamos e irá creciendo al compás de nuestros hijos. Para ellos somos nosotros el mejor ejemplo. Quizás algunos seamos lectores sin haber visto a nuestros padres leer, pero el acceso libre a los libros y la confianza en el criterio infantil, juvenil condicionan la seguridad adulta. Si leer se establece como parte de nuestra rutina familiar, será difícil evitarla. Hacer de esa rutina algo divertido puede parecer una tarea difícil que, por contra, se instaurará sola en poco tiempo.
Este decálogo, indudablemente, se podría ampliar, simplificar, modificar, seguramente es discutible y no absoluto. Sin embargo, me parecen fundamentales estas premisas para hacer de nuestros hijos unos lectores que, como enuncia la frase inicial, sean unos adultos pensantes. Al menos no tan manipulables, con capacidad crítica, con criterio y gustos propios, con léxico variado, ortografía asimilada... Y, en definitiva, con mayores recursos y más vida leída.
CDR
martes, 26 de mayo de 2015
VIAJE AL INTERIOR
Vamos apurando ya mayo, parece que fue ayer cuando empezó. Aún es martes, quizás con el trabajo no tenemos tanto tiempo de leer y con el buen tiempo preferimos salir a dar un paseo antes que sentarnos con un libro. De todas formas, nunca viene mal tener preparadas buenas lecturas para cuando el cuerpo nos lo pida o el quehacer diario nos lo permita. Vale la pena la propuesta de hoy:
No
es desconocido el talento de José Luis de Juan (Mallorca, 1956), autor de
relatos, novelas, poesía, ensayo, crítica literaria. Titulado además en Derecho
y Ciencias de la Información. Ya a los diecisiete años ganó un premio por un cuento
sobre Hemingway, pero no fue hasta dos décadas después cuando empezó a
publicar, El apicultor de Bonaparte, La mano que formula el deseo, Este latente mundo o Sobre ascuas, en novela; el ensayo Incitación a la vergüenza, entre otros; Versión del este, en poesía; en incluso
algún libro de viajes, como Campos de
Flandes. En la actualidad colabora asiduamente en prensa escribiendo sobre
literatura y viajes.
Un poema de Robert Graves,
concretamente sus versos finales, inspira el título de esta la séptima novela del
escritor mallorquín: La llama danzante.
Y aunque parezca una simple anécdota, unas pocas líneas en la obra, resulta
revelador al final, conocida la lucha interna de los personajes y el propósito
de amor que a los protagonistas mueve de no mirar nunca atrás, inevitable casi
siempre.
Juan, un historiador y fotógrafo
mallorquín, y Lotte, una guionista alemana, emprenden viaje por Arizona y
California en un viejo Chevrolet prestado. Ambos están separados, tienen hijos
de la anterior relación y, tras varios años juntos, siguen luchando por
mantener viva la llama de su amor, intentando olvidar la huella que otras
personas dejaron en sus vidas. Este viaje supone el postrer intento de
enderezar su incierta vida juntos. Mientras él fotografía los paisajes desérticos
y visita las misiones fundadas por Fray Junípero Serra, ella escribe el guión
para su próxima película. Este trayecto no solo será físico, sino que supondrá
un verdadero viaje al interior, una búsqueda de la propia identidad. Juan ya
había viajado con su esposa e hijos a la misma zona y con esta premisa se van
introduciendo una serie de flashbacks que comportan también un viaje en el
tiempo. Pues Lotte, por su parte, se encuentra con una amiga del pasado,
Sylvia, personaje que viene a ser el contrapunto, la piedra en el zapato de la
idílica relación de la pareja. En eso basa el autor su argumento, en una road novel conjugada con una fenomenal
historia de amor y de pasión. Efectivamente, el erotismo es uno de los
ingredientes de esta intrépida novela que incluye notas del género negro,
además de reflexiones sobre la amistad, la confianza, el ser uno mismo, la
soledad. Una mixtura de lirismo, intriga, diálogo con el pasado y ansias de
vivir el presente.
Premiada con el Camilo José Cela de
la Ciutat de Palma de novela 2012, en esta novela José Luis de Juan maneja con
maestría diferentes tramas, distintos tiempos y texturas narrativas para
conformar una perfecta sinfonía que cautiva al lector y le acompaña por este
singular recorrido. Como una novela de viaje se podría considerar La llama danzante, no en vano aparece
exquisitamente publicada en la colección “paisajes narrados” de la editorial
Minúscula. Las imágenes que consigue el mallorquín son extraordinarias,
fundiendo la orografía del paisaje con la propia piel de los protagonistas. Por
otra parte, la galería de personajes se completa con seres fascinantes, como
Zeynel, un militante kurdo del PKK torturado por los turcos, establecido en Los
Ángeles; la delgadísima, promiscua y sensual Sylvia, poetisa que recuerda a la
Plath; los secundarios Hansel y Gretel, hijos de Lotte; su impresentable
marido, Franz; o la omnipresente Berit, amiga íntima de la alemana, que se
suicidó dejando un halo de misterio.
En cuatro bloques se estructura la
novela, identificados con las etapas del viaje. El primero, “Cactus”, se centra
en el recorrido por el desierto de Arizona y su título sugiere las imágenes de
Lotte desnuda que Juan tomará entre las agresivas plantas en el desnudo
paisaje. No tiene desperdicio la persecución por parte de dos fornidos
camioneros para conseguir los favores sexuales de la pareja y el posterior
encuentro violento en el casino. El segundo bloque, “Los Ángeles”, narra las
peripecias de los protagonistas en la capital californiana, donde compartirán
mucho de su tiempo con el amigo Zeynel y su entorno. En cuanto a “Temblores”,
la tercera parte, hace referencia a los terremotos sufridos en California por
el protagonista en el pasado cuando visitó la zona y en la actualidad
acompañado por Lotte y Sylvia, resultando herida esta última. En este punto,
los temblores resquebrajan de alguna forma la confianza de la pareja. Se ponen
en evidencia más que nunca las diferencias que los separan, la edad, el origen,
el cosmopolitismo de Lotte frente a la añoranza por el pueblo de la infancia de
él. Y finalmente, el cuarto bloque, “San Marcos”, cuenta la parte del viaje que
Juan hace solo por San Francisco, pasando por las peligrosas tierras
fronterizas mexicanas. Tras un encuentro con policías corruptos en una pelea de
gallos, nadar en el océano abierto contra furiosas olas y conocer a los
horribles manatíes de la laguna de Chápala, el protagonista consigue ponerse a
salvo de todo, incluso se diría que de sí mismo. El desenlace queda totalmente
abierto, como si algo tan amplio, tan complejo como lo tratado no se pudiera
concluir de forma alguna, es el propio lector el que debe imaginar el destino
de Juan, que parece haber quedado suspenso en un paraíso californiano con Jesús
y su dulce hermana Lucía.
Dueño de una prosa magnífica, José
Luis de Juan logra el equilibrio perfecto entre acción y descripción, fluidez y
lentitud a lo largo de esta novela que destila elegancia, saber hacer,
sobriedad y estilo. Un escritor con una personalidad propia, capaz de analizar
la complejidad del mundo, las relaciones humanas desde un punto de vista
original, sin ajustarse a tópicos o convenciones, narrando en tercera persona,
en un tono distante, una ficción con visos de realidad. Mezclando viajes y
literatura, lo cierto es que La llama
danzante nos conduce por un recorrido de vértigo a nuestra búsqueda
personal.
¡Feliz lectura!
CDR
miércoles, 20 de mayo de 2015
QUÉ MÁS QUISIERA
Hoy conozco la noticia de que se ha otorgado el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades a Emilio Lledó (Sevilla, 1927), pocos meses después de recibir el Nacional de las Letras por su dilatada trayectoria como referente intelectual y ético.
Recuerdo una entrevista suya que escuché en la radio, en mis viajes en coche hacia el trabajo, quizás con motivo de alguno de sus merecidos premios, en la que se le preguntaba sobre su papel como filósofo. Lledó contestó que qué más quisiera él que conocer el significado de la justicia, el significado de la amistad, del bien y del mal... qué más quisiera él que ser filósofo. Pues tendrá que aceptarlo, porque así justamente se le reconoce y se le premia por ello una vez más. No en vano es catedrático de la Historia de la Filosofía y ha dedicado muchos años a su enseñanza.
Su trabajo intelectual se mueve entre la interpretación de textos claves de la historia de la Filosofía, con especial mirada a los diálogos de Platón y la ética de Aristóteles y la meditación teórica sobre esta labor interpretativa. Todo ello con una especial atención al lenguaje. Desde 1993 es miembro de la Real Academia Española de la Lengua y entre sus publicaciones destaca Filosofía y lenguaje (1971) y Lenguaje e historia (1978). También el balance La filosofía, hoy (1975). En los 80 llegó su monografía El epicureísmo, muy reeditada. Su ensayo El silencio de la escritura obtuvo el Premio nacional de Ensayo.
A los 87 años, una mente lúcida y crítica, no se abstiene de opinar sobre la situación actual: un país que pone la economía por encima de los valores fundamentales, anda por mal camino. Las Humanidades, según Lledó, sirven para explicarnos, para mejorarnos, para mirarnos en el espejo y no avergonzarnos. Qué más quisieran muchos.
CDR
Recuerdo una entrevista suya que escuché en la radio, en mis viajes en coche hacia el trabajo, quizás con motivo de alguno de sus merecidos premios, en la que se le preguntaba sobre su papel como filósofo. Lledó contestó que qué más quisiera él que conocer el significado de la justicia, el significado de la amistad, del bien y del mal... qué más quisiera él que ser filósofo. Pues tendrá que aceptarlo, porque así justamente se le reconoce y se le premia por ello una vez más. No en vano es catedrático de la Historia de la Filosofía y ha dedicado muchos años a su enseñanza.
Su trabajo intelectual se mueve entre la interpretación de textos claves de la historia de la Filosofía, con especial mirada a los diálogos de Platón y la ética de Aristóteles y la meditación teórica sobre esta labor interpretativa. Todo ello con una especial atención al lenguaje. Desde 1993 es miembro de la Real Academia Española de la Lengua y entre sus publicaciones destaca Filosofía y lenguaje (1971) y Lenguaje e historia (1978). También el balance La filosofía, hoy (1975). En los 80 llegó su monografía El epicureísmo, muy reeditada. Su ensayo El silencio de la escritura obtuvo el Premio nacional de Ensayo.
A los 87 años, una mente lúcida y crítica, no se abstiene de opinar sobre la situación actual: un país que pone la economía por encima de los valores fundamentales, anda por mal camino. Las Humanidades, según Lledó, sirven para explicarnos, para mejorarnos, para mirarnos en el espejo y no avergonzarnos. Qué más quisieran muchos.
CDR
lunes, 11 de mayo de 2015
ERES...
Eres el viento soplando.
Eres la nieve brillando bajo el sol.
Eres la lluvia regando el campo.
Eres el pájaro que trina en la mañana.
Eres la estrella que tilila en el cielo.
Eres el silencio de nuestro hogar.
Eres la brisa que acaricia nuestros rostros.
Eres un dulce recuerdo.
Eres una bonita página en nuestra memoria.
Eres la nieve brillando bajo el sol.
Eres la lluvia regando el campo.
Eres el pájaro que trina en la mañana.
Eres la estrella que tilila en el cielo.
Porque no moriste...
Solo te fuiste antes.
No voy a recordarte con lágrimas
como aquel que no tiene esperanza.
Porque no moriste...
Solo te fuiste antes.
Aunque tu cuerpo no esté,
siempre sentiré tu presencia.
Eres el silencio de nuestro hogar.
Eres la brisa que acaricia nuestros rostros.
Eres un dulce recuerdo.
Eres una bonita página en nuestra memoria.
Porque no moriste...
Solo te fuiste antes.
(Dos años. Y para siempre, Olga)
CDR
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