Casi todas las vidas oscilan entre la felicidad y el drama, no existe la alegría plena ni hay mal que cien años dure. Pero en algunos casos, especialmente, esta dicotomía se convierte en la característica más relevante de la persona. Como ocurre en el caso de la mujer homenajeada de hoy, Lula Carlson Smith (Georgia, 1917 - Nueva York, 1967), conocida como Carson McCullers.
Lula -así bautizada en honor de su abuela materna, Lula Caroline- fue una niña solitaria y sensible, que podía pasar horas mirando por la ventana, apartada de juegos y deportes, apasionada precoz de la música y de los libros. Sobre todo, le encantaban las historias del Sur que conoció por su madre y que pronto empezó a contarle a su hermano, dos años menor. Como ella misma reconoce en su autobiografía, su anhelo era salir de Columbus y dejar huella en el mundo. Marguerite Waters, su madre, era una mujer optimista y anticonvencional, que confiaba plenamente en las ilusiones de sus hijos y les animaba a conseguirlas, convirtiéndose en su mejor aliada. Así, contrató a una profesora de piano para Lula a los cinco años -al darse cuenta de sus inclinaciones artísticas- y la niña fantaseaba con el vestido que se pondría el día de su debut en Canergie Hall. Tanto ahínco y perseverancia puso en sus lecciones y ensayos, que finalmente le dio clases la concertista Mary Tucker, agotados ya los conocimientos de la primera maestra.
La familia de Lula Carson, como si de una novela se tratase, provenía del mundo exuberante y terrible a partes iguales del Sur de los Estados Unidos. Su abuelo paterno, terrateniente rico dueño de una plantación inmensa, fue un héroe del bando confederado durante la Guerra de Secesión. La abuela materna se había criado en un ambiente de lujo y refinamiento, hasta que hubo de trasladarse a Columbus -donde vivía su hermano- con cinco hijos, pues su marido murió a los treinta años a causa del alcohol y una vida disoluta. Marguerite, que no tenía ninguna prisa por casarse, se quedó sola en casa de su madre. Esta la puso a trabajar en la joyería de unos conocidos, donde conoció a Lamar Smith, el que sería su esposo. Lula fue la primera hija del matrimonio. Su infancia transcurrió entre sueños, música, olores y sensualidad tan característicos del Sur, plagado también de tradiciones que hacían a sus gentes repetir una y otra vez unos moldes ya preestablecidos. En largos paseos con su madre, la chica conoció las zonas donde vivía la gente de color y descubrió los problemas de los negros -a pesar de haber sido ya abolida la esclavitud-, las injusticias y la discriminación que sufrían por parte de los blancos.
En 1932 fallece la abuela Lula Caroline, lo que supuso un cambio en la vida de la joven, que en esa época decide acortarse el nombre y exige que la llamen Carson Smith, a secas. Sin embargo, el hecho más importante que marcó sus quince años y desde entonces su vida para siempre fue la enfermedad. Una neumonía que acabó siendo fiebre reumática mal diagnosticada la hizo permanecer varios meses en el hospital y le dejó secuelas ya irreparables. Su padre le había regalado una máquina de escribir por su cumpleaños y ella, que tenía experiencia escribiendo piezas teatrales que representaba en su casa, tomó la decisión, tras su convalecencia, de abandonar la carrera musical y convertirse en escritora. Una adolescente de salud débil pero con una voluntad de hierro, devoradora de libros, pues su prima, encargada de la biblioteca pública de Columbus afirmaba que Carson se había leído, uno por uno, todos los libros de las estanterías.
La joven Carson empezó escribiendo obras teatrales al modo del dramaturgo Eugene O´Neill, pero debió darse cuenta de que sus piezas no tenían calidad y pronto se pasó a la narrativa, componiendo relatos con gran tesón. En 1934 conoció a Edwin Peacock, con quien entabló una sólida amistad que influiría en su futuro. Con él pasaba horas y horas hablando de literatura, escuchando música. Peacock, que también tocaba el piano y el violín, dio a conocer a Carson a famosos escritores prestándole números de la revista Story y llevándola a locales de mala reputación. Como siempre, la señora Smith daba muestra de su tolerancia y consideraba que su hija necesitaba conocer ese mundo para recopilar material para sus historias. Así intentó acallar el escándalo que esto suponía para sus conocidos. Carson se dio cuenta de que la única manera de triunfar como escritora era irse a Nueva York y, aunque la familia no tenía deudas, tampoco disponía de dinero extra, por lo que la atenta madre llevó a la joyería de su marido un anillo de diamantes heredado y lo vendió para costear el viaje de la chica. Con diecisiete años y quinientos dólares en la maleta, Carson Smith embarcó rumbo a Nueva York para estudiar en la universidad de Columbia y lanzar su carrera de escritora. Nada más llegar, sufrió la ruindad humana, cuando un conocido de sus padres que la iba a alojar le preguntó cuánto dinero tenía y le dijo que lo mejor era meterlo en un banco. La chica se lo entregó, confiada, y lo perdió todo, robado por un carterista según le explicaron. En esta situación, hubo de buscar trabajo para poder estudiar. Por las mañanas estudiaba y escribía en la biblioteca, por la tarde oficiaba de mecanógrafa, telefonista, camarera, paseadora de perros, lo que salía por muy cansado y mal remunerado que fuese; y por las noches asistía a la universidad. Su salud se resentía con el exceso de trabajo, la humedad y la mala alimentación.
Durante este tiempo mantuvo una correspondencia constante tanto con su madre como con Edwin Peacock. Este le habló de su nuevo amigo, el joven soldado James Reeves McCullers, que soñaba con ser escritor. Ambos se enamoraron antes de conocerse gracias a los comentarios de Peacock y cuando se vieron en Columbus -al terminar Carson el semestre en la universidad- cayeron rendidos el uno al otro. A partir de ese momento, James dejaría a un lado su sueño de escribir y buscaría desesperadamente un trabajo para poder casarse y mantener una familia. Mientras, Carson siguió estudiando en Nueva York, con algunas estancias de reposo en casa pues su enfermedad había derivado en tuberculosis. Cuando la pareja pudo casarse, empezaron viviendo en casas miserables, sin calefacción, en pésimas condiciones. Pero la ilusión de una novela ya iniciada, el interés de su profesora, la novelista Sylvia Bates y la publicación de dos de sus relatos, los hacían salir adelante. Las ambiciones artísticas de James ya se habían esfumado con la creciente popularidad de su esposa.
En su primera novela, El corazón es un cazador solitario (1940), Carson McCullers -su marido le había cedido el apellido- plasma con fidelidad sus rasgos personales y familiares en la protagonista, Mick Nelly, una niña a quien fascinaba la música y cuyo padre era un acomodado relojero y joyero. La crítica ensalzó la obra como uno de los mayores descubrimientos literarios de la década y pronto empezaron a sucederse los actos culturales y los cócteles. La escritora era reconocida por su mérito literario, pero también admirada por su excentricidad, sus modales sureños y su carácter contradictorio, mezcla de timidez y sinceridad, de euforia y decaimiento. Estas alteraciones se hicieron cada vez más acusadas y su matrimonio empezaba a no funcionar. Su segunda novela, Reflejos en un ojo dorado (1941), adaptada al cine por John Huston, suscitó muchísima polémica, rechazada tanto por la crítica como por los lectores, por su tratamiento de la sexualidad, las relaciones entre los personajes y la dureza e irreverencia del argumento. Además de numerosos relatos, aparecieron otras dos novelas tituladas Frankie y la boda (1946) y La balada del café triste (1951). Su debacle profesional se inició en 1961 con la publicación de Reloj sin manecillas, que se mantuvo gracias a la fidelidad de sus lectores pero que mostraba ya un claro declive. Póstumamente, apareció una autobiografía inacabada de la autora, Iluminación y fulgor nocturno (1999)
Una mujer fascinante que se codeó con famosos actores de Hollywood, fue amiga de Truman Capote, Isak Dinesen o Tenesse Williams, entre otros muchos lectores exigentes a los que consiguió cautivar, y se debatió entre el tabaco, el alcohol, las crisis y una ambigua homosexualidad despierta a raíz de conocer a la escritora suiza Annemarie Clarac-Schwarzenbach, quien mantuvo una relación con Erika Mann y que, a pesar de su cariño confeso hacia Carson, siempre la prefirió a esta, haciéndola sufrir indeciblemente. Su marido llegó a estafarla, a hacerle chantaje emocional amenazándola con el suicido, pero la vida de Carson McCullers siempre fue una mezcla de enfermedad y golpes de buena suerte que le permitían salir de cualquier atolladero. Hasta que en agosto de 1967 sufrió su último ataque, que la mantuvo en coma durante cuarenta y cinco días, para morir el 29 de septiembre.
Una vida a la que falta espacio en esta entrada, que he decidido acabar con estas palabras de la propia Carson McCullers: "El trabajo y el amor han llenado casi por completo mi vida, a Dios gracias. El trabajo no siempre ha sido fácil; cabe añadir que el amor tampoco lo ha sido."
CDR
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viernes, 31 de agosto de 2012
jueves, 30 de agosto de 2012
¿NOTICIAS?
No suelo ver la televisión, mucho menos el canal Telecinco. Simplemente porque creo que hay muchas cosas mejores que hacer, porque no tengo tiempo -o no quiero tenerlo para eso, no sé- y porque, excepto programas concretos o alguna película, no me gusta este medio de entretenimiento. Pero el domingo pasado, casualmente, mientras comíamos estaba puesto el noticiario de Telecinco y, aunque era una comida familiar y no prestaba mucha atención, lo que me hizo fijarme fue el contenido de las noticias, una tras otra, hasta tres (desde que empecé a escuchar hasta que alguien, acertadamente, cambió de canal extrañado del tipo de información que se estaba dando.)
La primera, más o menos aceptable, informaba de la nueva moda de este verano, los barcos-discoteca (party boat) en que, por el módico precio de 40 €, puedes disfrutar de barra libre, música y sol hasta el atardecer, y luego más. Sólo es necesario el traje de baño y ganas de divertirse. Aunque algunos no llegan a enterarse de cómo acaba la fiesta, pues, por ejemplo, se llegan a beber varios litros de cerveza en pocos segundos a través de un embudo.
A continuación, nos enteramos de que el verano lleva consigo la subida de la testosterona. Por tanto, se liga más, se tienen más ganas de sexo y de cachondeo -palabras literales-. Para argumentar tan importantísima noticia, una experta habló verificando que todas las hormonas sexuales entran en acción con la subida de temperatura. Y, por supuesto, se recogieron datos a pie de calle que daban aún más veracidad a la información.
Por último, pero no menos increíble, un apunte de moda. Ilustrada con imágenes muy elocuentes, la primicia de que los shorts femeninos están muy en boga este verano, inundando las calles de vistosos cachetes (que atendiendo a lo anterior provocan a cualquiera.)
¿Son imaginaciones mías o los noticiarios han cambiado mucho? No hace muchos días les hablaba de la inconveniencia del vocabulario y de las formas en los medios de comunicación, en general, y para convencerme más si cabe, me tropiezo con esto. Desde luego, somos muy modernos. Lo que ocurre es que habrá que replantear las teorías hasta ahora manejadas, porque si la noticia tiene unas características concretas, una estructura y una finalidad, pero resulta que cada vez el concepto es más laxo y amplio, el resultado es bastante confuso. Atrás va quedando la rigidez de las seis preguntas de la pirámide informativa a que debe responder una noticia, el hecho de que lo que se cuenta sea relevante, novedoso y, hasta esto falla, objetivo.
CDR
La primera, más o menos aceptable, informaba de la nueva moda de este verano, los barcos-discoteca (party boat) en que, por el módico precio de 40 €, puedes disfrutar de barra libre, música y sol hasta el atardecer, y luego más. Sólo es necesario el traje de baño y ganas de divertirse. Aunque algunos no llegan a enterarse de cómo acaba la fiesta, pues, por ejemplo, se llegan a beber varios litros de cerveza en pocos segundos a través de un embudo.
A continuación, nos enteramos de que el verano lleva consigo la subida de la testosterona. Por tanto, se liga más, se tienen más ganas de sexo y de cachondeo -palabras literales-. Para argumentar tan importantísima noticia, una experta habló verificando que todas las hormonas sexuales entran en acción con la subida de temperatura. Y, por supuesto, se recogieron datos a pie de calle que daban aún más veracidad a la información.
Por último, pero no menos increíble, un apunte de moda. Ilustrada con imágenes muy elocuentes, la primicia de que los shorts femeninos están muy en boga este verano, inundando las calles de vistosos cachetes (que atendiendo a lo anterior provocan a cualquiera.)
¿Son imaginaciones mías o los noticiarios han cambiado mucho? No hace muchos días les hablaba de la inconveniencia del vocabulario y de las formas en los medios de comunicación, en general, y para convencerme más si cabe, me tropiezo con esto. Desde luego, somos muy modernos. Lo que ocurre es que habrá que replantear las teorías hasta ahora manejadas, porque si la noticia tiene unas características concretas, una estructura y una finalidad, pero resulta que cada vez el concepto es más laxo y amplio, el resultado es bastante confuso. Atrás va quedando la rigidez de las seis preguntas de la pirámide informativa a que debe responder una noticia, el hecho de que lo que se cuenta sea relevante, novedoso y, hasta esto falla, objetivo.
CDR
miércoles, 29 de agosto de 2012
SUPERAR BARRERAS
El documental A ciegas (Blindsight), de 2006, dirigido por Lucy Walker, nos muestra todo un ejemplo de superación. El de seis adolescentes tibetanos que, siendo ciegos, aceptan el reto de escalar uno de los picos del Himalaya -el Lhakpa Ri- , de más de 7000 metros de altitud. Estos chicos son marginados en su propia cultura como si estuviesen poseídos o tuvieran que pagar por malas acciones cometidas en una vida anterior, despreciados hasta por sus familias. Sin embargo, la invidente alemana Sabriye Tenberken, fundadora de una escuela para ciegos en el Tíbet -Braille sin Fronteras-, y el montañista, también ciego, Erik Weihenmayer, ayudarán a estos jóvenes en la aventura más importante de sus vidas, la que les demostrará a ellos mismos y al mundo que se pueden superar las dificultades y llegar allá donde se propongan. Sabriye se puso en contacto con Erik después de saber que había conseguido alcanzar la cima del Everest, a pesar de su ceguera. Había leído a sus alumnos el libro del alpinista, titulado Touch the top of the world, y quiso hacerlos partícipes de ese espíritu de superación, convencerles de que podían participar de la sociedad y conseguir grandes cosas. Así surgió la expedición.
Una expedición que les hará afrontar desafíos inimaginables, como la alimentación, el mal de altura y otras enfermedades, las grietas de los glaciares y, sobre todo, caminar y escalar a ciegas en un terreno realmente peligroso, donde se juegan la vida a cada paso. Como dice uno de los integrantes, el sufrimiento te hace crear vínculos con las personas que te rodean. Una de las cosas más importantes que enseña esta película es que, afortunadamente, hay personas decididas a salir de lo preestablecido y comprometerse con causas que merecen la pena en esta vida y que no están relacionadas con el dinero, sino con algo mucho más profundo y satisfactorio. Porque además de los chicos invidentes, su monitora y el montañista estadounidense ciegos, este reto se logró gracias a todo un equipo que supo convivir durante tres meses más allá de prejuicios y estereotipos. Y por eso se alcanzó la cima. Y por eso esta historia llegó a la gran pantalla.
No supone lo mismo ser invidente en el Tíbet que en Alemania o en los Estados Unidos -moverse por una ciudad como Lhasa es un continuo sobresalto, llena de agujeros, charcos, excrementos; además de soportar las burlas de la gente de la calle- , pero en el fondo el desconcierto de que quedar ciego, la angustia primera que da paso lentamente a la confianza y a las ganas de superación y la reacción de los videntes viene a ser la misma en todo el mundo. Y aunque esta historia nos parezca lejana, lo cierto que es que no hay más que mirar a nuestro alrededor, al más próximo y cercano, para darnos cuenta de que sigue existiendo la marginación a causa de discapacidad. Es imprescindible, en pleno siglo XXI, cuando hemos alcanzado cotas impresionantes de progreso y desarrollo, luchar por la integración de estas personas y acogerlos como una parte más de nuestra sociedad. Porque si no, todo nuestro sistema no será más que una mera fachada.
Como el propio Erik Weihenmayer dice: "Perder la vista no significa perder la visión." Cuidado, no vaya a ser que nosotros, aún viendo, seamos los ciegos.
CDR
Una expedición que les hará afrontar desafíos inimaginables, como la alimentación, el mal de altura y otras enfermedades, las grietas de los glaciares y, sobre todo, caminar y escalar a ciegas en un terreno realmente peligroso, donde se juegan la vida a cada paso. Como dice uno de los integrantes, el sufrimiento te hace crear vínculos con las personas que te rodean. Una de las cosas más importantes que enseña esta película es que, afortunadamente, hay personas decididas a salir de lo preestablecido y comprometerse con causas que merecen la pena en esta vida y que no están relacionadas con el dinero, sino con algo mucho más profundo y satisfactorio. Porque además de los chicos invidentes, su monitora y el montañista estadounidense ciegos, este reto se logró gracias a todo un equipo que supo convivir durante tres meses más allá de prejuicios y estereotipos. Y por eso se alcanzó la cima. Y por eso esta historia llegó a la gran pantalla.
No supone lo mismo ser invidente en el Tíbet que en Alemania o en los Estados Unidos -moverse por una ciudad como Lhasa es un continuo sobresalto, llena de agujeros, charcos, excrementos; además de soportar las burlas de la gente de la calle- , pero en el fondo el desconcierto de que quedar ciego, la angustia primera que da paso lentamente a la confianza y a las ganas de superación y la reacción de los videntes viene a ser la misma en todo el mundo. Y aunque esta historia nos parezca lejana, lo cierto que es que no hay más que mirar a nuestro alrededor, al más próximo y cercano, para darnos cuenta de que sigue existiendo la marginación a causa de discapacidad. Es imprescindible, en pleno siglo XXI, cuando hemos alcanzado cotas impresionantes de progreso y desarrollo, luchar por la integración de estas personas y acogerlos como una parte más de nuestra sociedad. Porque si no, todo nuestro sistema no será más que una mera fachada.
Como el propio Erik Weihenmayer dice: "Perder la vista no significa perder la visión." Cuidado, no vaya a ser que nosotros, aún viendo, seamos los ciegos.
CDR
lunes, 27 de agosto de 2012
PALABRAS ENCENDIDAS (III)
Siguen altas las temperaturas en esta última semana de agosto. Así que busquen un lugar fresquito para retomar este paseo por la literatura erótica que el otro día nos dejó a las puertas de la Edad Media.
Entre los siglos X y XIII, encontramos numerosos poemas arabigoandaluces centrados en la belleza física, en el goce de los sentidos y por tanto, en el erotismo. Esta sensualidad pagana recorre al-Andalus, con evidentes influencias de los poetas grecolatinos, aunque también con muchas particularidades árabes, como por ejemplo un excesivo refinamiento y el uso de unas metáforas deslumbrantes. Muy diferente, como veremos, del erotismo occidental. "Cuando, llena de embriaguez, se durmió, y se durmieron los ojos de la ronda, me acerqué a ella tímidamente, como el amigo que busca el contacto furtivo con disimulo. Me arrastré hacia ella insensiblemente como el sueño; me elevé hacia ella dulcemente como el aliento. Besé el blanco brillante de su cuello; apuré el rojo vivo de su boca. Y pasé con ella mi noche deliciosamente, hasta que sonrieron las tinieblas, mostrando los blancos dientes de la aurora." (Ben Suhayd, 992-1034, Córdoba)
También de Córdoba es la obra cumbre de la literatura arabigoandaluza, El collar de la paloma, que además de las características nombradas arriba, trasluce el fuerte estilo de su autor, Ibn Hazm (994-1063) A pesar de tener la corta edad de veintiocho años -si bien en aquellos tiempos la edad no se consideraba como hoy-, el autor cordobés supo plasmar en su obra los múltiples aspectos del amor, desde el enamoramiento hasta la unión sexual, incluyendo la separación y hasta la muerte. "Hay quien dice que la duración de la unión amorosa acaba con el amor; pero es un parecer deleznable, pues tal cosa no sucede más que a las gentes inconsecuentes. Por el contrario, cuanto mayor es la unión entre los amantes, mayor es también su mutuo afecto. De mí sé decirte que jamás he bebido del agua de la unión sin que se me acreciera la sed. Tal es la ley del que se medicina con su propio mal, aunque sienta en ello algún consuelo. He llegado en la posesión de la persona amada a los últimos límites, tras de los cuales ya no es posible que el hombre consiga más, y siempre me ha sabido a poco. Así he estado durante largo tiempo, sin sentir hastío ni experimentar tedio. Una vez que me reuní con una persona a quien amaba, mi imaginación, al hacer recuento de los diferentes modos de unión amorosa, no encontró ninguno que no quedase por debajo de mi propósito, que no resultase insuficiente para remediar mi pasión e incapaz de calmar la más pequeña de mis ansias. Cuanto más me acercaba a mi amada, más crecía mi agitación, y el pedernal del deseo encendía con mayor fuerza el fuego de la pasión en mis entrañas."
El duque de Aquitania, Guillermo IX (1071-1127), con sus Canciones, es buen representante del erotismo occidental de esta época. Aunque englobado dentro de la tradición trovadoresca y del amor cortés medieval, lo cierto es que la concepción amorosa del duque dista mucho del ideal cortés y se acercaría más al Renacimiento que a la época feudal a la que pertenece. Eso sí, siempre busca la satisfacción fuera del matrimonio, como corresponde al amor provenzal. Se dice de él que era pendenciero, bebedor, grosero y fornicador, no hay más que leer sus composiciones para verificarlo, pero más allá de estas perversidades, habrá que reconocer su talento y su ingenio: "Compañeros, tan malos tratos he recibido / que no puedo por menos de cantarlos y de quejarme: / no quiero, sin embargo, que se sepa mi actuación / respecto a muchas cosas. / Y os diré en qué estoy pensando: / no me gusta ni coño vigilado ni estanque sin peces, / ni jactancias de gente despreciable que no pasa / a los hechos. / Señor mi Dios, que eres del mundo caudillo y rey, / quién primero vigiló coño, ¿cómo no cayó / fulminado? / No hubo jamás servicio ni custodia que peor se / portase con su señor. / Pero os diré del coño cuál es la ley, / como quien grandes males ha hecho al respecto, / y mayores ha recibido: / si todo merma con el uso, el coño, en cambio, / crece. / Y aquel que no quiera atender mis razones / vaya a verlo en un coto, cerca del bosque: / por un árbol que se poda, renacen dos o tres." (Uso del coño.)
De pleno en el siglo XII, encontramos las Cartas de Abelardo y Eloísa, ejemplo de un amor intenso y arrebatador. Puesto que el académico Pedro Abelardo tenía fama de intachable moralidad, el canónigo Fulberto le encargó la educación de su sobrina Eloísa. Pero el deseo se desató entre ellos y poco estudiaban en sus encuentros. De esta relación nace Astrolabio, por lo que Abelardo y Eloísa se casan, a pesar de la oposición de ella, pues el amor nunca podía darse dentro del matrimonio. Y como si de un castigo divino se tratase por haber legitimado su lujuria, poco después de la boda, estando Eloísa retirada en una abadía, Fulberto y algunos cómplices entran en la habitación de Abelardo y lo castran. Él entiende ese hecho como justo: "Aquel de mis miembros que había pecado expió con su dolor sus goces pecaminosos." Sin embargo, Eloísa, bien por ser mujer, por ser más sincera o por estar más enamorada, no se arrepiente, y aun siendo ya priora del convento del Paracleto, recuerda continuamente los placeres pasados. Así, la virtud forzada y el sufrimiento presente, ponen de relieve la magnitud del goce lejano. "Bajo el pretexto de estudiar, nos entregamos enteramente al amor (...) Los libros permanecían abiertos, pero el amor, más que la lectura, era el tema de nuestros diálogos; intercambiábamos besos más que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos que a los libros. El amor se buscaba en nuestros ojos, uno al otro, más veces que la atención se dirigía al texto (...) Nuestro ardor conoció todas las fases del amor y experimentamos todos los refinamientos insólitos que la pasión imagina. Cuanto más nuevos eran para nosotros esos placeres, con más fervor los prolongábamos, y no conocíamos nunca el hastío." (Abelardo relata su amor a un amigo.)
No estaría completo este recorrido por la literatura más encendida, si no parásemos en La Divina Comedia de Dante (1265-1321) La lujuria se ubica en el segundo círculo de los nueve de que consta el Infierno dantesco. Virgilio, como guía del autor, le cita más de mil nombres conocidos entre los que purgan su inmoralidad. Uno de los fragmentos más conmovedores es el de Francesca y Paolo -cuñados que cometen infidelidad por culpa del ejemplo de la novela de caballería que estaban leyendo-, cuyo amor va más allá del infierno. El autor italiano critica las novelas de caballerías por la presencia constante del "loco amor", y justo es reconocer que el amor cortés llegó a convertirse en estos relatos caballerescos en desenfrenada lascivia, cuya carnalidad él condenaba. Dante defendía una idea más elevada del amor, como iluminación de la mente, remedo del amor divino. "Como el amor a Lanzarote hiriera, / por deleite, leíamos un día: / soledad sin sospechas la nuestra era. / Palidecimos, y nos suspendía / nuestra lectura a veces la mirada; / y un pasaje, por fin, nos vencería. / Al leer que la risa deseada / besada fue por el fogoso amante, / éste, de quien jamás seré apartada, / la boca me besó todo anhelante. / Galeoto fue el libro y quien lo hiciera: / no leímos ya más desde ese instante."
Y qué decir del Arcipreste de Hita y su Libro del Buen Amor (primera mitad siglo XIV), imprescindible. Cierto es que se trata de una obra satírica que se opone al mundo rígido y dogmático de la Edad Media, pero también es un auténtico tratado erótico sobre cómo conquistar a las mujeres. Como los animales buscan la compañía del sexo contrario, así también los hombres apetecen de la compañía femenina. Es común que el autor use nombres de escritores o filósofos clásicos a modo de argumento de autoridad. "Aristóteles dijo, y es cosa verdadera, / que el hombre por dos cosas trabaja: la primera, / por el sustentamiento, y la segunda era / por conseguir unión con hembra placentera." Tampoco tiene desperdicio el pasaje en que Don Amor da consejos para cautivar a una mujer: "Si quieres amar dueñas o a cualquier mujer / muchas cosas tendrás primero que aprender / para que ella te quiera en amor acoger. / Primeramente, mira qué mujer escoger. / (...) En la cama muy loca, en la casa muy cuerda; / no olvides tal mujer, sus ventajas recuerda. / Eso que te aconsejo con Ovidio concuerda / y para ello hace falta mensajera no lerda. / (...) Busca muy a menudo a la que bien quisieres, / no tengas de ella miedo cuando tiempo tuvieres; / vergüenza no te embargue cuando con ella estuvieres; / perezoso no seas cuando la ocasión vieres."
Entre los siglos XI a XV, hallamos los Cancionero y Romancero tradicionales, plagados de composiciones que entran sin duda en la temática que estamos tratando. Su mayor virtud es la brevedad, lo que hace que el asunto esté muy concentrado y por tanto, en ocasiones, el erotismo se desborde por entre los versos. Monjas libertinas, madres incestuosas, jóvenes virginales que despiden a su amado al amanecer, moras expertas en placer o damas comprometedoras son las mujeres que recorren estos poemas, pequeñas joyas sensuales de nuestra literatura. "No me las enseñes más, / que me matarás. / Estábase la monja / en el monesterio, / sus teticas blancas / de so el velo negro. / Más, / que me matarás." (Las teticas de la monja.) "Por amores lo maldijo / la mala madre al buen hijo: / ¡Si pluguiese a Dios del cielo / y a su madre, Santa María, / que no fuese tú mi hijo / porque yo fuese tu amiga! / Esto dijo y lo maldijo / la mala madre al buen hijo." (Amor incestuoso.) "Estáse la gentil dama / paseando en un vergel, / los pies tenía descalzos, / que era maravilla ver. / Desde lejos me llamara, / no le quise responder. / Respondíle con gran saña: / ¿Qué mandáis, gentil mujer? / Con una voz amorosa / comenzó de responder: / Ven acá el pastorcico, / si quieres tomar placer; / siesta es del mediodía, / que ya es hora de comer; / si querrás tomar posada, todo es a tu placer." (Romance de una gentil dama y un rústico pastor.)
Considerada por algunos críticos como novela erótica, el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell (terminada por Martí Joan de Galba y publicada póstumamente, en 1490) es sin duda una obra en la que el amor ocupa un lugar muy destacado. La historia se nutre continuamente de belleza, amor, sexo, picardía y relaciones sin culpabilidad alguna. Posteriormente, con la Contrarreforma y la orientación ascética del catolicismo, esto será impensable. El erotismo de esta novela va in crescendo, desde el momento en que Tirante el Blanco ve los pechos desnudos de Carmesina, hija del emperador de Constantinopla, hasta que finalmente la joven le ofrece sus senos, y luego Tirante ya necesita ir más lejos. "Y por el gran calor que hacía, porque había estado con las ventanas cerradas, estaba medio desabrochada, enseñando los pechos, cual dos manzanas del paraíso que parecían cristalinas, las cuales permitieron la entrada a los ojos de Tirante, que desde este momento ya no encontraron puerta por dónde salir..."
Y como ya se sabe que lo oriental es más exótico y expone un erotismo sutil, refinado, sensual y lírico, cerramos la etapa de hoy con dos de los tratados más bellos de la literatura erótica oriental. Primero, Los amores de Krisna y Rada, de Chandidasa (siglo XV), un texto que en la actualidad se sigue recitando en los templos de Bengala. Como ya se ha mencionado en anteriores ocasiones, el amor divino y el humano se diluyen en una mezcla ambigua. El propio Chandidasa se enamoró de una mujer de casta inferior a la suya, Rami, lo cual provocó un escándalo y el poeta fue expulsado de su casta. La historia de Krisna y Rada, quitado lo literario y lírico, es un recuerdo de la relación personal del autor. Krisna ama con locura a Rada, pero no se niega a aventuras pasajeras con otras hermosas muchachas. Durante la Noche de Raslila, fiesta del amor, Krisna toca su flauta en el bosque y con su música hace acudir a numerosas pastoras de la zona, con las cuales él jugueteará, provocando el enfado de Rada. Ante la ausencia de su amada, Krisna se siente triste e inflamado de deseo, hace todo lo posible por hacerla regresar y finalmente se viste de mujer y la visita. Al descubrir el engaño, Rada se alegra tanto que se entrega a él y ambos se aman en presencia de las pastoras. Cuenta la tradición que esa noche Krisna gozó de todas y cada una de ellas, en un frenético y sucesivo encuentro amoroso que duró una noche de Brahma (¡miles de años!) "Ha recobrado su habitual ternura al hablar y su gozo no tiene límites al darse cuenta de que el astuto Krisna se ha transformado en mujer para inducirla a una reconciliación... La pesadumbre se ha alejado de ellos para dar paso a una inmensa felicidad (...) Venid ahora, lecheras, venid a ver a la hermosa Rada en brazos de Krisna: sólo el verlos hace estremecer la mirada... ¡Qué maravilla sin nombre!, ¡qué fuente de amor y de divino néctar! (...) Cinco mujeres jóvenes le dan masajes con pasta de sándalo y de agor, y mientras otra los abanica contemplando su divino cuerpo templado por la aéreas caricias del chamar, otra prepara unas guirnaldas para embellecer con ellas el cuerpo de Sam y una tercera siéntese colmada de felicidad al poder cumplimentar sus deseos..."
Por último, y quizás más importante, Las mil y una noches, seguramente transmitidas oralmente durante la Edad Media desde el siglo X, pero no recopiladas hasta finales del XV y principios del XVI por un autor anónimo. En Europa fueron conocidas gracias a la versión francesa de Galland, editada de 1706 a 1714. Se encierra en estos relatos la esencia del erotismo, con un ensalzamiento de la belleza física y del cuerpo humano sin límites. Incluso en los pasajes más obscenos -que los hay- predomina el refinamiento, sobresaliendo siempre la faceta estética del sexo. La princesa Sherezade es la narradora que cierra hoy nuestro recorrido erótico, con estas palabras encendidas: "Y la joven hundió su cabeza en los brazos del adolescente y sensualmente lo mordisqueó en el cuello y en una oreja, aunque sin resultado. Entonces no pudiendo resistir más la llama prendida en ella por primer vez, empezó a hurgar con su mano entre las piernas y los muslos del joven, encontrándolos tan lisos y sólidos, que no pudo menos de deslizar su mano por aquella superficie. Entonces tropezó en el trayecto con un objeto tan nuevo para ella, que abrió mucho los ojos para mirarlo, y comprobó que en su mano cambiaba de forma a cada instante. Al principio la asustó esto un poco; pero comprendió sin tardanza su uso particular. Porque lo mismo que el deseo en las mujeres es mucho más intenso que en los hombres, también su inteligencia es infinitamente más rápida para deducir las relaciones entre los órganos encantadores. Lo cogió, pues, a dos manos y, mientras besaba los labios del joven con ardor, ocurrió lo que ocurrió."
Seguiremos caldeando el ambiente el próximo día, en los dorados siglos del Renacimiento y Barroco.
CDR
Entre los siglos X y XIII, encontramos numerosos poemas arabigoandaluces centrados en la belleza física, en el goce de los sentidos y por tanto, en el erotismo. Esta sensualidad pagana recorre al-Andalus, con evidentes influencias de los poetas grecolatinos, aunque también con muchas particularidades árabes, como por ejemplo un excesivo refinamiento y el uso de unas metáforas deslumbrantes. Muy diferente, como veremos, del erotismo occidental. "Cuando, llena de embriaguez, se durmió, y se durmieron los ojos de la ronda, me acerqué a ella tímidamente, como el amigo que busca el contacto furtivo con disimulo. Me arrastré hacia ella insensiblemente como el sueño; me elevé hacia ella dulcemente como el aliento. Besé el blanco brillante de su cuello; apuré el rojo vivo de su boca. Y pasé con ella mi noche deliciosamente, hasta que sonrieron las tinieblas, mostrando los blancos dientes de la aurora." (Ben Suhayd, 992-1034, Córdoba)
También de Córdoba es la obra cumbre de la literatura arabigoandaluza, El collar de la paloma, que además de las características nombradas arriba, trasluce el fuerte estilo de su autor, Ibn Hazm (994-1063) A pesar de tener la corta edad de veintiocho años -si bien en aquellos tiempos la edad no se consideraba como hoy-, el autor cordobés supo plasmar en su obra los múltiples aspectos del amor, desde el enamoramiento hasta la unión sexual, incluyendo la separación y hasta la muerte. "Hay quien dice que la duración de la unión amorosa acaba con el amor; pero es un parecer deleznable, pues tal cosa no sucede más que a las gentes inconsecuentes. Por el contrario, cuanto mayor es la unión entre los amantes, mayor es también su mutuo afecto. De mí sé decirte que jamás he bebido del agua de la unión sin que se me acreciera la sed. Tal es la ley del que se medicina con su propio mal, aunque sienta en ello algún consuelo. He llegado en la posesión de la persona amada a los últimos límites, tras de los cuales ya no es posible que el hombre consiga más, y siempre me ha sabido a poco. Así he estado durante largo tiempo, sin sentir hastío ni experimentar tedio. Una vez que me reuní con una persona a quien amaba, mi imaginación, al hacer recuento de los diferentes modos de unión amorosa, no encontró ninguno que no quedase por debajo de mi propósito, que no resultase insuficiente para remediar mi pasión e incapaz de calmar la más pequeña de mis ansias. Cuanto más me acercaba a mi amada, más crecía mi agitación, y el pedernal del deseo encendía con mayor fuerza el fuego de la pasión en mis entrañas."
El duque de Aquitania, Guillermo IX (1071-1127), con sus Canciones, es buen representante del erotismo occidental de esta época. Aunque englobado dentro de la tradición trovadoresca y del amor cortés medieval, lo cierto es que la concepción amorosa del duque dista mucho del ideal cortés y se acercaría más al Renacimiento que a la época feudal a la que pertenece. Eso sí, siempre busca la satisfacción fuera del matrimonio, como corresponde al amor provenzal. Se dice de él que era pendenciero, bebedor, grosero y fornicador, no hay más que leer sus composiciones para verificarlo, pero más allá de estas perversidades, habrá que reconocer su talento y su ingenio: "Compañeros, tan malos tratos he recibido / que no puedo por menos de cantarlos y de quejarme: / no quiero, sin embargo, que se sepa mi actuación / respecto a muchas cosas. / Y os diré en qué estoy pensando: / no me gusta ni coño vigilado ni estanque sin peces, / ni jactancias de gente despreciable que no pasa / a los hechos. / Señor mi Dios, que eres del mundo caudillo y rey, / quién primero vigiló coño, ¿cómo no cayó / fulminado? / No hubo jamás servicio ni custodia que peor se / portase con su señor. / Pero os diré del coño cuál es la ley, / como quien grandes males ha hecho al respecto, / y mayores ha recibido: / si todo merma con el uso, el coño, en cambio, / crece. / Y aquel que no quiera atender mis razones / vaya a verlo en un coto, cerca del bosque: / por un árbol que se poda, renacen dos o tres." (Uso del coño.)
De pleno en el siglo XII, encontramos las Cartas de Abelardo y Eloísa, ejemplo de un amor intenso y arrebatador. Puesto que el académico Pedro Abelardo tenía fama de intachable moralidad, el canónigo Fulberto le encargó la educación de su sobrina Eloísa. Pero el deseo se desató entre ellos y poco estudiaban en sus encuentros. De esta relación nace Astrolabio, por lo que Abelardo y Eloísa se casan, a pesar de la oposición de ella, pues el amor nunca podía darse dentro del matrimonio. Y como si de un castigo divino se tratase por haber legitimado su lujuria, poco después de la boda, estando Eloísa retirada en una abadía, Fulberto y algunos cómplices entran en la habitación de Abelardo y lo castran. Él entiende ese hecho como justo: "Aquel de mis miembros que había pecado expió con su dolor sus goces pecaminosos." Sin embargo, Eloísa, bien por ser mujer, por ser más sincera o por estar más enamorada, no se arrepiente, y aun siendo ya priora del convento del Paracleto, recuerda continuamente los placeres pasados. Así, la virtud forzada y el sufrimiento presente, ponen de relieve la magnitud del goce lejano. "Bajo el pretexto de estudiar, nos entregamos enteramente al amor (...) Los libros permanecían abiertos, pero el amor, más que la lectura, era el tema de nuestros diálogos; intercambiábamos besos más que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos que a los libros. El amor se buscaba en nuestros ojos, uno al otro, más veces que la atención se dirigía al texto (...) Nuestro ardor conoció todas las fases del amor y experimentamos todos los refinamientos insólitos que la pasión imagina. Cuanto más nuevos eran para nosotros esos placeres, con más fervor los prolongábamos, y no conocíamos nunca el hastío." (Abelardo relata su amor a un amigo.)
No estaría completo este recorrido por la literatura más encendida, si no parásemos en La Divina Comedia de Dante (1265-1321) La lujuria se ubica en el segundo círculo de los nueve de que consta el Infierno dantesco. Virgilio, como guía del autor, le cita más de mil nombres conocidos entre los que purgan su inmoralidad. Uno de los fragmentos más conmovedores es el de Francesca y Paolo -cuñados que cometen infidelidad por culpa del ejemplo de la novela de caballería que estaban leyendo-, cuyo amor va más allá del infierno. El autor italiano critica las novelas de caballerías por la presencia constante del "loco amor", y justo es reconocer que el amor cortés llegó a convertirse en estos relatos caballerescos en desenfrenada lascivia, cuya carnalidad él condenaba. Dante defendía una idea más elevada del amor, como iluminación de la mente, remedo del amor divino. "Como el amor a Lanzarote hiriera, / por deleite, leíamos un día: / soledad sin sospechas la nuestra era. / Palidecimos, y nos suspendía / nuestra lectura a veces la mirada; / y un pasaje, por fin, nos vencería. / Al leer que la risa deseada / besada fue por el fogoso amante, / éste, de quien jamás seré apartada, / la boca me besó todo anhelante. / Galeoto fue el libro y quien lo hiciera: / no leímos ya más desde ese instante."
Y qué decir del Arcipreste de Hita y su Libro del Buen Amor (primera mitad siglo XIV), imprescindible. Cierto es que se trata de una obra satírica que se opone al mundo rígido y dogmático de la Edad Media, pero también es un auténtico tratado erótico sobre cómo conquistar a las mujeres. Como los animales buscan la compañía del sexo contrario, así también los hombres apetecen de la compañía femenina. Es común que el autor use nombres de escritores o filósofos clásicos a modo de argumento de autoridad. "Aristóteles dijo, y es cosa verdadera, / que el hombre por dos cosas trabaja: la primera, / por el sustentamiento, y la segunda era / por conseguir unión con hembra placentera." Tampoco tiene desperdicio el pasaje en que Don Amor da consejos para cautivar a una mujer: "Si quieres amar dueñas o a cualquier mujer / muchas cosas tendrás primero que aprender / para que ella te quiera en amor acoger. / Primeramente, mira qué mujer escoger. / (...) En la cama muy loca, en la casa muy cuerda; / no olvides tal mujer, sus ventajas recuerda. / Eso que te aconsejo con Ovidio concuerda / y para ello hace falta mensajera no lerda. / (...) Busca muy a menudo a la que bien quisieres, / no tengas de ella miedo cuando tiempo tuvieres; / vergüenza no te embargue cuando con ella estuvieres; / perezoso no seas cuando la ocasión vieres."
Entre los siglos XI a XV, hallamos los Cancionero y Romancero tradicionales, plagados de composiciones que entran sin duda en la temática que estamos tratando. Su mayor virtud es la brevedad, lo que hace que el asunto esté muy concentrado y por tanto, en ocasiones, el erotismo se desborde por entre los versos. Monjas libertinas, madres incestuosas, jóvenes virginales que despiden a su amado al amanecer, moras expertas en placer o damas comprometedoras son las mujeres que recorren estos poemas, pequeñas joyas sensuales de nuestra literatura. "No me las enseñes más, / que me matarás. / Estábase la monja / en el monesterio, / sus teticas blancas / de so el velo negro. / Más, / que me matarás." (Las teticas de la monja.) "Por amores lo maldijo / la mala madre al buen hijo: / ¡Si pluguiese a Dios del cielo / y a su madre, Santa María, / que no fuese tú mi hijo / porque yo fuese tu amiga! / Esto dijo y lo maldijo / la mala madre al buen hijo." (Amor incestuoso.) "Estáse la gentil dama / paseando en un vergel, / los pies tenía descalzos, / que era maravilla ver. / Desde lejos me llamara, / no le quise responder. / Respondíle con gran saña: / ¿Qué mandáis, gentil mujer? / Con una voz amorosa / comenzó de responder: / Ven acá el pastorcico, / si quieres tomar placer; / siesta es del mediodía, / que ya es hora de comer; / si querrás tomar posada, todo es a tu placer." (Romance de una gentil dama y un rústico pastor.)
Considerada por algunos críticos como novela erótica, el Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell (terminada por Martí Joan de Galba y publicada póstumamente, en 1490) es sin duda una obra en la que el amor ocupa un lugar muy destacado. La historia se nutre continuamente de belleza, amor, sexo, picardía y relaciones sin culpabilidad alguna. Posteriormente, con la Contrarreforma y la orientación ascética del catolicismo, esto será impensable. El erotismo de esta novela va in crescendo, desde el momento en que Tirante el Blanco ve los pechos desnudos de Carmesina, hija del emperador de Constantinopla, hasta que finalmente la joven le ofrece sus senos, y luego Tirante ya necesita ir más lejos. "Y por el gran calor que hacía, porque había estado con las ventanas cerradas, estaba medio desabrochada, enseñando los pechos, cual dos manzanas del paraíso que parecían cristalinas, las cuales permitieron la entrada a los ojos de Tirante, que desde este momento ya no encontraron puerta por dónde salir..."
Y como ya se sabe que lo oriental es más exótico y expone un erotismo sutil, refinado, sensual y lírico, cerramos la etapa de hoy con dos de los tratados más bellos de la literatura erótica oriental. Primero, Los amores de Krisna y Rada, de Chandidasa (siglo XV), un texto que en la actualidad se sigue recitando en los templos de Bengala. Como ya se ha mencionado en anteriores ocasiones, el amor divino y el humano se diluyen en una mezcla ambigua. El propio Chandidasa se enamoró de una mujer de casta inferior a la suya, Rami, lo cual provocó un escándalo y el poeta fue expulsado de su casta. La historia de Krisna y Rada, quitado lo literario y lírico, es un recuerdo de la relación personal del autor. Krisna ama con locura a Rada, pero no se niega a aventuras pasajeras con otras hermosas muchachas. Durante la Noche de Raslila, fiesta del amor, Krisna toca su flauta en el bosque y con su música hace acudir a numerosas pastoras de la zona, con las cuales él jugueteará, provocando el enfado de Rada. Ante la ausencia de su amada, Krisna se siente triste e inflamado de deseo, hace todo lo posible por hacerla regresar y finalmente se viste de mujer y la visita. Al descubrir el engaño, Rada se alegra tanto que se entrega a él y ambos se aman en presencia de las pastoras. Cuenta la tradición que esa noche Krisna gozó de todas y cada una de ellas, en un frenético y sucesivo encuentro amoroso que duró una noche de Brahma (¡miles de años!) "Ha recobrado su habitual ternura al hablar y su gozo no tiene límites al darse cuenta de que el astuto Krisna se ha transformado en mujer para inducirla a una reconciliación... La pesadumbre se ha alejado de ellos para dar paso a una inmensa felicidad (...) Venid ahora, lecheras, venid a ver a la hermosa Rada en brazos de Krisna: sólo el verlos hace estremecer la mirada... ¡Qué maravilla sin nombre!, ¡qué fuente de amor y de divino néctar! (...) Cinco mujeres jóvenes le dan masajes con pasta de sándalo y de agor, y mientras otra los abanica contemplando su divino cuerpo templado por la aéreas caricias del chamar, otra prepara unas guirnaldas para embellecer con ellas el cuerpo de Sam y una tercera siéntese colmada de felicidad al poder cumplimentar sus deseos..."
Por último, y quizás más importante, Las mil y una noches, seguramente transmitidas oralmente durante la Edad Media desde el siglo X, pero no recopiladas hasta finales del XV y principios del XVI por un autor anónimo. En Europa fueron conocidas gracias a la versión francesa de Galland, editada de 1706 a 1714. Se encierra en estos relatos la esencia del erotismo, con un ensalzamiento de la belleza física y del cuerpo humano sin límites. Incluso en los pasajes más obscenos -que los hay- predomina el refinamiento, sobresaliendo siempre la faceta estética del sexo. La princesa Sherezade es la narradora que cierra hoy nuestro recorrido erótico, con estas palabras encendidas: "Y la joven hundió su cabeza en los brazos del adolescente y sensualmente lo mordisqueó en el cuello y en una oreja, aunque sin resultado. Entonces no pudiendo resistir más la llama prendida en ella por primer vez, empezó a hurgar con su mano entre las piernas y los muslos del joven, encontrándolos tan lisos y sólidos, que no pudo menos de deslizar su mano por aquella superficie. Entonces tropezó en el trayecto con un objeto tan nuevo para ella, que abrió mucho los ojos para mirarlo, y comprobó que en su mano cambiaba de forma a cada instante. Al principio la asustó esto un poco; pero comprendió sin tardanza su uso particular. Porque lo mismo que el deseo en las mujeres es mucho más intenso que en los hombres, también su inteligencia es infinitamente más rápida para deducir las relaciones entre los órganos encantadores. Lo cogió, pues, a dos manos y, mientras besaba los labios del joven con ardor, ocurrió lo que ocurrió."
Seguiremos caldeando el ambiente el próximo día, en los dorados siglos del Renacimiento y Barroco.
CDR
domingo, 26 de agosto de 2012
ANICETO MENDOZA
Cuando Aniceto Mendoza nació el 29 de febrero de 1955 superaba todos los parámetros de los neonatos. Los médicos ya les habían avisado de que el feto era grande, pero sus padres no se imaginaban cuánto hasta que lo vieron. A pesar de los continuos controles durante el embarazo y de la inmensa barriga que se le había formado a Marcia, no se esperaban tal cosa. Aniceto pesó 10,2 kilos y midió más de sesenta centímetros al nacer. Por supuesto, a la madre tuvieron que practicarle una cesárea y, aunque verlo tan hermoso y gordote daba gloria, se notaba que era algo que contravenía a la naturaleza. Les informaron de que su bebé era macrosómico, que afortunadamente había nacido en buenas condiciones, aunque debía de estar en observación unos días, porque podían surgir complicaciones frecuentes en este tipo de casos.
Sin embargo, contra todo pronóstico, Aniceto creció sin problemas. Pues para él no suponía dificultad alguna ser enorme, obeso y no muy agraciado de cara, tener diabetes y un coeficiente intelectual por encima de la media. Aniceto era feliz. De hecho estaba tan contento consigo mismo que la gente no podía soportar su engreimiento. De niño, en el colegio, era el típico sabelotodo que incluso cuestionaba a los profesores. No tenía amigos porque a él sólo le interesaban la comida, los libros y su gato Salvo. No quiso estudiar, a pesar de su capacidad, y sus padres no pudieron obligarlo. Marcia lo miraba preocupada, a veces creía haber parido a un monstruo y luego se sentía culpable por esos pensamientos. Elías zanjó la discusión poniendo a su hijo a trabajar con él en la ferretería. A Aniceto le pareció bien, porque se aburría en el instituto pero sabía que algo tenía que hacer en la vida. Heredar el negocio familiar se le antojaba una buena idea. Y así, a los dieciocho años, Aniceto Mendoza comenzó su vida laboral, tras una adolescencia accidentada, solitaria, con marcas de acné.
Elías y Marcia no habían tenido más hijos. Los médicos les habían asegurado que no tenía por qué repetirse la situación, pero de todas formas a raíz del parto Marcia desarrolló problemas cardíacos y su salud se había vuelto delicada. Además, los dos eran ya mayores cuando tuvieron al niño y no quisieron correr más riesgos. Mientras Aniceto era un bebé habían sido felices, pero apenas echó a andar y empezó a hablar -ambas cosas prematuramente- todo había cambiado y la casa se impregnó de una opresiva sensación de anormalidad que iba creciendo al mismo ritmo que el chico.
Los días transcurrían rutinariamente en la ferretería. Aniceto se escabullía del trabajo y era frecuente encontrarlo detrás de una estantería leyendo. Salvo siempre estaba con su amo, iba a donde él iba, se recostaba a su lado si estaba sentado y se enroscaba entre sus piernas cuando atendía a alguien de pie tras el mostrador. Curiosamente, el gato se había ido asimilando a Aniceto, convirtiéndose en un animal desproporcionado y con cierta mirada de superioridad. A Elías le inquietaba esa constante presencia felina y eso que fue él quien se lo regaló a Aniceto por su quince cumpleaños. A veces no sabía si le tenía más miedo al gato o a su hijo. Qué cosas más absurdas tienes -pensaba mientras reponía material en los estantes- el chico nunca ha hecho nada malo, discutir se discute en todas las casas, y más a estas edades. Bastante tiene él con su aspecto, el pobre, y ni siquiera se queja. Y es que, en realidad, no había motivos para temer a Aniceto. Nunca se había mostrado violento. Simplemente era como si lo envolviera un aura oscura y pegajosa que te repelía, igual que una mosca huye de la trampa viscosa.
Pasaron los años sin grandes sucesos. Días de trabajo, días de hospital con la debilitada Marcia, días de picnic en que parecían una familia feliz, días de tormentosas discusiones, días de una vida como otra cualquiera. Hasta que un infarto puso fin a los días de la madre de Aniceto. Él fue quien la encontró en la cama cuando entró a la habitación extrañado de que no se hubiera levantado aún. El padre había salido a comprar el periódico y a dar un paseo. Era domingo. El último de una aparente vida normal. Aniceto se derrumbó, literalmente. Toda su fachada de hormigón se vino abajo, llorando como un niño a sus treinta años, pataleando en el suelo como un energúmeno sin control. Eso hasta que llegó Elías, pues nada más verlo entrar, Aniceto agarró a su madre con fuerza y se negó violentamente a que el hombre se acercara, preso ahora de una furia irracional. Elías ya era mayor, un anciano delgado y débil. Conmocionado por la muerte de su esposa, no sabía cómo reaccionar ante el coloso que tenía delante. Dos horas estuvo llorando, suplicándole a su hijo que entrara en razón, que había que llamar a la ambulancia, que su madre no querría eso, a mí también me duele que se haya ido, Aniceto, por favor, ayúdame. Pero Aniceto se había petrificado, agarrado con fuerza al cuerpo de su madre, yacía en la cama en un estado catatónico y gruñía como un perro guardián cuando el padre se acercaba. Exhausto ya, deshecho, Elías salió del dormitorio y fue hacia el cuarto de baño. En el pasillo, se encontró con la fría mirada del gato, como si lo despreciara por su flojedad. Entró, se miró en el espejo, no vio más que la sombra de lo que había sido, demacrado y pálido, cadavérico. Abrió el armario, cogió un bote de somníferos y se tragó todos los que había con un gran vaso de agua. Lo mejor era reunirse con Marcia, ya no podía controlar la situación, ya no... Se fue dejando caer para morir en el suelo de barato linóleo gris.
El sol de la mañana entró por la ventana y despertó a Aniceto. Estaba rígido y le dolía todo el cuerpo. Miró a su alrededor, reconoció las paredes de su habitación, sus pósters, y recordó todo, el cadáver de su madre, la pérdida, su padre tirado en el baño, el odio, Salvo acariciándolo con su peluda cola, y la gran idea. Fue a la cocina, desayunó como siempre, abrió todos los conductos del gas, cogió su bolsa, metió al gato en su caja, cerró la puerta de la casa y se dirigió a abrir la ferretería como una jornada más. A medio día, la policía le avisó de que había ocurrido un fatal accidente, un descuido, sí, explosión, incendio, los dos han muerto, lo siento. Esa tarde no se abrió el negocio, ni los días siguientes, pues se celebró el funeral y se entendía que Aniceto estaría muy afectado. ¿Y dónde vas a vivir ahora, Aniceto? -le preguntó amablemente una amiga de su madre que había acudido al entierro. Y a usted qué le importa -fue la respuesta.
Aniceto tenía un escondite secreto en el almacén de la ferretería, en la pared detrás de un viejo expositor abandonado, allí iba escondiendo dinero para escapar al control de su padre, porque aunque le había explicado que no era retrasado y podía ocuparse de sus finanzas, Elías opinaba que hasta que no se fuera a vivir por cuenta propia, él gestionaría la economía de la casa. La juventud malgastaba mucho y él, con esa manía de comprarse libros, para qué contar. Sus libros, todos sacrificados en el incendio excepto los que guardaba debajo del mostrador. Algún precio había que pagar por la libertad. Sacó también de su escondrijo los planos que había dibujado para reformar la ferretería y el almacén como vivienda. En poco tiempo ese sería su hogar, contrataría a alguien para llevar la dependencia de la tienda y él se ocuparía del negocio. Lo primero, encargaría un nuevo cartel en el que pusiera: Aniceto Mendoza. Su ferretería. O algo así. Y, sentado en el suelo del almacén, escribía el posible lema y esbozaba un logotipo en el que se distinguiría de alguna manera un gato, acariciaba a Salvo con la otra mano, mientras el minino lo miraba con profunda satisfacción.
CDR
sábado, 25 de agosto de 2012
EN BLANCO
Hace unos días vi un cartel publicitario anunciando una marca de folios con el siguiente eslogan: "Las grandes ideas comienzan en una hoja en blanco." Y pensé que, para la mediocridad que reina hoy en día en la publicidad, ésta era una frase bastante buena.
Eso me llevó al momento crucial del proceso creativo en que hay que enfrentarse con ese blanco impoluto y virginal del papel, para plasmar al menos una idea que te lleve a escribir algo.
Seguidamente, en una asociación de ideas inconexas, que sin embargo mi mente asoció, me trasladé a mis noches en blanco, es decir, de insomnio, en que precisamente más ideas se me ocurren para escribir.
Llegada a este punto, me di cuenta de que estaba conduciendo y de que esos pensamientos me despistaban de mi tarea. Lo cual me hizo reflexionar sobre las distracciones al volante. Menos mal que no hay radares de detección de ideas ni medidores que indiquen cuántos problemas, ilusiones, proyectos, citas, enfados, etc. llevamos rondando por la cabeza mientras conducimos.
Porque, al menos yo, por más que lo intente, no consigo dejar la mente en blanco ni un segundo. Creo que ni siquiera durmiendo llego a desconectar del todo. Por eso, a menudo quisiera contar con un interruptor, como si fuese un aparato más de la casa, y apagarme por completo durante las horas de sueño. Tal cosa conllevaría, claro está, tener cada mañana a alguien cerca para que me encendiera a la hora justa, porque ¿cómo conectarse una misma si está desenchufada? Esto es de una lógica aplastante.
Y hablando de lógica, recuerdo que ya queda poco para retomar las clases. Finales de agosto, exámenes de septiembre. Si es malo esa especie de hórror vacui que produce al escritor el folio níveo, no digamos a los alumnos el quedarse en blanco ante las cuestiones planteadas para superar la asignatura. Eso los que han estudiado, porque los pasotas salen airosos con su gramática parda, no enseñada en el aula, pero que quizás les ayude en la vida más que nuestros rollos docentes, o eso piensan ellos, y sus padres.
Para rollo este que les acabo de soltar, que esta entrada empezó en blanco y hasta aquí hemos llegado.
CDR
Eso me llevó al momento crucial del proceso creativo en que hay que enfrentarse con ese blanco impoluto y virginal del papel, para plasmar al menos una idea que te lleve a escribir algo.
Seguidamente, en una asociación de ideas inconexas, que sin embargo mi mente asoció, me trasladé a mis noches en blanco, es decir, de insomnio, en que precisamente más ideas se me ocurren para escribir.
Llegada a este punto, me di cuenta de que estaba conduciendo y de que esos pensamientos me despistaban de mi tarea. Lo cual me hizo reflexionar sobre las distracciones al volante. Menos mal que no hay radares de detección de ideas ni medidores que indiquen cuántos problemas, ilusiones, proyectos, citas, enfados, etc. llevamos rondando por la cabeza mientras conducimos.
Porque, al menos yo, por más que lo intente, no consigo dejar la mente en blanco ni un segundo. Creo que ni siquiera durmiendo llego a desconectar del todo. Por eso, a menudo quisiera contar con un interruptor, como si fuese un aparato más de la casa, y apagarme por completo durante las horas de sueño. Tal cosa conllevaría, claro está, tener cada mañana a alguien cerca para que me encendiera a la hora justa, porque ¿cómo conectarse una misma si está desenchufada? Esto es de una lógica aplastante.
Y hablando de lógica, recuerdo que ya queda poco para retomar las clases. Finales de agosto, exámenes de septiembre. Si es malo esa especie de hórror vacui que produce al escritor el folio níveo, no digamos a los alumnos el quedarse en blanco ante las cuestiones planteadas para superar la asignatura. Eso los que han estudiado, porque los pasotas salen airosos con su gramática parda, no enseñada en el aula, pero que quizás les ayude en la vida más que nuestros rollos docentes, o eso piensan ellos, y sus padres.
Para rollo este que les acabo de soltar, que esta entrada empezó en blanco y hasta aquí hemos llegado.
CDR
viernes, 24 de agosto de 2012
MUJERES: MATEMÁTICA ILUSTRADA
Abro la entrada de hoy con una cita de Theodor Fontane (1819-1898), escritor alemán, quien dijo muy acertadamente: "No sé por qué debemos preocuparnos siempre de los hombres y de sus batallas; la historia de las mujeres es mucho más interesante."
En todos los ámbitos del saber encontramos mujeres pioneras. Si era complicado escribir, ser escultora o viajar por tierras desconocidas, no digamos interesarse por la ciencia, dominio totalmente vedado para ellas. Durante siglos, la mujer ha estado sometida a una cultura patriarcal, relegada al ámbito de lo privado. Y sólo algunas -con valentía, pundonor y algo de fortuna- podían desarrollar sus inquietudes, siempre rebelándose contra lo impuesto, luchando por negar su inferioridad y su debilidad en un mundo de hombres.
Nuestra protagonista de hoy, María Andrea Casamayor y de la Coma, destacó en aritmética, pero su labor no fue reconocida, tuvo que publicar sus obras bajo un pseudónimo masculino y al intentar rescatarla hoy del olvido, encontramos poquísimos datos sobre ella. No se conoce la fecha exacta de su nacimiento (principios del siglo XVIII), en Zaragoza. Cursó sus estudios en el colegio Santo Tomás -fue discípula de los Padres Escolapios- de la ciudad aragonesa y allí llevó a cabo sus investigaciones, sus escritos y su trabajo, en general, hasta que falleció en 1780. Sus dos obras, firmadas con el nombre de Casandro Mames de la Marca y Arioa, son Tirocinio aritmético (1738), un manual con las reglas básicas de la materia, además de exponer los pesos, monedas y medidas de la época en una tabla con sus equivalencias. Y El parasisolo -manuscrito divulgado después de su muerte por los herederos-, que es considerado hoy como uno de los primeros estudios de aritmética aplicada, ya que la autora demuestra sus conocimientos matemáticos, empleando ejemplos útiles para la vida cotidiana. Aunque esto nos pueda parecer ahora simple, María Andrea Casamayor fue precursora en el acercamiento de las matemáticas a las clases populares e intentó mejorar la producción ganadera y agrícola de su tierra con un didacticismo asequible a todos. Lo más importante es que, aunque no aparezca en los libros de texto o nadie conozca su nombre, ella fue la primera científica de la que se conserva obra escrita.
Durante la Ilustración se dieron en toda Europa numerosos casos de mujeres científicas, que fueron reducidas y omitidas con el paso del tiempo, porque nunca se las valoró en su justa medida. María Gaetana Agnesi y Laura Bassi en Italia; Emile du Chatelet y Sophie Germain en Francia; o Mary Anning en Inglaterra son otros ejemplos de ello.
En la actualidad, existe en Zaragoza la calle de María Andrea Casamayor, pequeño reconocimiento que han tenido con ella sus paisanos.
CDR
En todos los ámbitos del saber encontramos mujeres pioneras. Si era complicado escribir, ser escultora o viajar por tierras desconocidas, no digamos interesarse por la ciencia, dominio totalmente vedado para ellas. Durante siglos, la mujer ha estado sometida a una cultura patriarcal, relegada al ámbito de lo privado. Y sólo algunas -con valentía, pundonor y algo de fortuna- podían desarrollar sus inquietudes, siempre rebelándose contra lo impuesto, luchando por negar su inferioridad y su debilidad en un mundo de hombres.
Nuestra protagonista de hoy, María Andrea Casamayor y de la Coma, destacó en aritmética, pero su labor no fue reconocida, tuvo que publicar sus obras bajo un pseudónimo masculino y al intentar rescatarla hoy del olvido, encontramos poquísimos datos sobre ella. No se conoce la fecha exacta de su nacimiento (principios del siglo XVIII), en Zaragoza. Cursó sus estudios en el colegio Santo Tomás -fue discípula de los Padres Escolapios- de la ciudad aragonesa y allí llevó a cabo sus investigaciones, sus escritos y su trabajo, en general, hasta que falleció en 1780. Sus dos obras, firmadas con el nombre de Casandro Mames de la Marca y Arioa, son Tirocinio aritmético (1738), un manual con las reglas básicas de la materia, además de exponer los pesos, monedas y medidas de la época en una tabla con sus equivalencias. Y El parasisolo -manuscrito divulgado después de su muerte por los herederos-, que es considerado hoy como uno de los primeros estudios de aritmética aplicada, ya que la autora demuestra sus conocimientos matemáticos, empleando ejemplos útiles para la vida cotidiana. Aunque esto nos pueda parecer ahora simple, María Andrea Casamayor fue precursora en el acercamiento de las matemáticas a las clases populares e intentó mejorar la producción ganadera y agrícola de su tierra con un didacticismo asequible a todos. Lo más importante es que, aunque no aparezca en los libros de texto o nadie conozca su nombre, ella fue la primera científica de la que se conserva obra escrita.
Durante la Ilustración se dieron en toda Europa numerosos casos de mujeres científicas, que fueron reducidas y omitidas con el paso del tiempo, porque nunca se las valoró en su justa medida. María Gaetana Agnesi y Laura Bassi en Italia; Emile du Chatelet y Sophie Germain en Francia; o Mary Anning en Inglaterra son otros ejemplos de ello.
En la actualidad, existe en Zaragoza la calle de María Andrea Casamayor, pequeño reconocimiento que han tenido con ella sus paisanos.
CDR
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