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lunes, 6 de agosto de 2012

REMINISCENCIA

¿Te acuerdas de cuando éramos niños?
No nos pedían opinión para nada, nos compraban ropa que nunca nos gustaba y los Reyes jamás acertaban a traernos lo que poníamos en la carta.
No se podían decir palabrotas delante de nosotros, y mucho menos salir de nuestra boca, cambiaban de canal cuando aparecían imágenes indecorosas, nos íbamos enterando de las cosas de la vida como podíamos y nadie se preocupaba de nuestra extremada timidez o de nuestra excesiva confianza, simplemente crecíamos y nos desarrollábamos a nuestro aire.
Acudíamos al colegio sin rechistar (si nos quejábamos, ni caso) y hacíamos los deberes durante toda la tarde porque no había actividades extraescolares. Nuestra obligación era aprobar y los padres no nos ayudaban, ni nos miraban la agenda, ni sabían nada de nuestros exámenes y problemas. Si alguna vez iban a hablar con el profesor, nos la cargábamos seguro. Nos acostábamos temprano porque al día siguiente había que madrugar.
El material escolar era el justo y necesario, no se permitían excesos. Tener una caja de treinta y seis rotuladores Carioca era el no va más.
Las niñas no podíamos pintarnos las uñas ni llevar panties -sino leotardos-  y no íbamos a la peluquería a hacernos mechas. Los niños no llevaban los pantalones colgando ni pendientes ni chulería, tampoco ellos se tintaban el pelo. Había grandes diferencias entre el atuendo de los adultos y el de los pequeños.
Salíamos a jugar a la calle y para localizarnos nos chillaban por la ventana, cuando nos decían que volviésemos a una hora, no se nos ocurría hacer otra cosa. Jugábamos a la goma, a la comba, al pañuelo, a las canicas y entrar a unos recreativos era poco menos que un pecado. No teníamos paga y si nos daban algo era para cosas concretas, como el cine, la feria, golosinas y poco más. Ni hablar de pagarnos por hacer tareas como tirar la basura o arreglarnos la habitación. Ayudar en casa era también una de nuestras obligaciones.
Los domingos eran sagrados para estar en familia y no podíamos hacer planes independientes con nuestos amigos.
Los cumpleaños se celebraban en casa, mamá nos hacía emparedados de nocilla con pan Bimbo, había patatas fritas y refrescos.
Eran los mayores los que nos hacían chantaje para conseguir sus propósitos y, aunque nosotros también lo intentábamos -éramos de otra generación, pero no tontos-, ellos nunca cedían. Los castigos había que cumplirlos a rajatabla.
¿Recuerdas tú ser infeliz? Porque, aparte de algún que otro berrinche -¿quién no los ha tenido?- nuestra infancia fue agradable, una infancia verdadera. Ojalá puedan decir lo mismo dentro de veinte años los niños-adolescentes tan avanzados de hoy día.

CDR

2 comentarios:

  1. “Cómo, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor", según reza el verso de Manrique, no es una verdad categórica, aunque cuando leemos la entrada del blog de hoy, sopesamos ese tiempo y consideramos que no fuimos tan infelices, sino que nos contentábamos con cuanto teníamos y nuestros padres nos proporcionaban. Íbamos a la escuela sin rechistar, hacíamos los deberes, teníamos juegos inocentes en la calle, disfrutábamos de los amigos, los de toda la vida, los domingos, eran domingos, y posiblemente nuestros padres no fueron los educadores más preparados del mundo, pero nos enseñaban a ser educados y honrados, eso que se dice buenas personas, y sobre todo que estuviéramos preparados para un futuro cuando fuéramos mayores y tuviéramos una vida mejor que ellos. Muchos, sin duda, lo lograron con su ejemplo y dedicación a nosotros. Un pequeño homenaje, también, a esas madres abnegadas, siempre, pendientes de nosotros.
    Pmd

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  2. Ellos contarán que fueron felices, supongo, incluso con esa incomunicación que arrastran a diario. Serán felices con internet, con todas las redes sociales que tienen a su alcance, con el televisor en su habitación y, muchos más caprichos que a nosotros nos parecen aberrantes pero que seguímos dándoles creyendo eso, que los hacemos felices. ¡Qué equivocados estamos!
    Ojalá algún día puedan ver por ellos mismos que la felicidad, si existe, consiste en otras muchas pequeñas cosas.
    Tati.

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