Falta de orden.
En mi cabeza.
En mi casa.
En mi vida.
Mi mundo exterior es un reflejo
de mi mundo interior.
O como es dentro es fuera.
Falta de enfoque.
Confusión.
Miedo.
Angustia.
Desbarajuste.
Demasiado ruido.
Basta.
Silencio.
Ya.
Lo necesito.
Soy perfecta
tal como soy.
Todos lo somos.
Pero lo olvidamos
a medida que crecemos.
Y crecen los debes,
los tienes que,
los noes...
Los dimes y diretes.
Y empiezan las contradicciones.
El desajuste entre lo que has venido a ser
y lo que eres,
o lo que se espera que seas,
entre lo que haces y lo que quieres.
No, yo también sé decir no
alto y claro.
Mejoro y avanzo
a mi manera.
Salto al vacío
sin redes tal vez,
pero segura, serena.
Me pongo coherente.
Alineo mis tres frentes:
el alma, el corazón y la mente.
Me alejo de quienes me desbarajustan.
Me siento consciente.
Hoy un poco más.
Y menos liada, desordenada.
Tranquila y desenfadada,
menos que mañana.
Guste o no guste.
CDR
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miércoles, 2 de mayo de 2018
viernes, 20 de abril de 2018
SOBRE EL AMOR
¿Qué es para ti el amor? Seguramente responderás pensando en esa emoción romántica, apasionada, que nos despierta una persona, relacionando amor con enamoramiento. Y no es erróneo, pero sí me parece absurdo, falaz, e incluso negativo y hasta peligroso, tanto reducir el amor a eso, como ligarlo a ideas como la media naranja, el amor de mi vida o sin ti no soy nada. Es lo que siempre nos han dicho, lo que nos han enseñado, lo que escuchamos en las canciones, en los poemas, lo que se respira en el ambiente.
Sin embargo, esta concepción del amor tiene más que ver con el apego, de ahí que las relaciones deriven en autoritarismo, dependencia, control, celos, falta de autoestima, sacrificio...
Y lo cierto es que cada uno de nosotros somos seres completos ya desde que nacemos, no necesitamos a nadie como otra mitad, no debemos tomar a nadie como el sentido de nuestra vida, y ni nuestra felicidad, ni nuestra valía pueden depender de otra persona, de nada externo en realidad. Por eso, solo cuando tú te quieras a ti misma, te aceptes y te respetes, encontrarás el amor verdadero en otra persona. Y ese amor no conllevará sufrimiento ni sacrificio, solo sumará felicidad. Será un amor incondicional. Un amor que te lleva a transitar con alguien hacia el mismo horizonte, pero que permite a ambos ser libres, que te lleva a crecer juntos sin renuncias ni reproches.
Por otra parte, el amor va más allá de esto, es algo mucho más grande y fuerte, es una energía de alta vibración capaz de transformarnos y, por ende, de cambiar el mundo. Yo diría que es el amor lo que puede mover montañas. Si abandonamos el plano del miedo y nos conectamos con esa fuente de amor, todo a nuestro alrededor cambiará. ¿Te resulta difícil de creer? Simplemente tienes que probarlo, aunque no es fácil. Nuestra programación mental está muy consolidada, nuestro poder adormecido y nuestro ego no deja de repetirnos cuál es la (su) verdad.
Pero el amor está ahí, vibrando, esperándote. Porque si no te sientes completa, si no te sientes libre, si no te sientes feliz, si no eres capaz de ver el amor en todas las cosas, es que necesitas replantear tu situación.
Se trata de volver al amor que somos.
CDR
Sin embargo, esta concepción del amor tiene más que ver con el apego, de ahí que las relaciones deriven en autoritarismo, dependencia, control, celos, falta de autoestima, sacrificio...
Y lo cierto es que cada uno de nosotros somos seres completos ya desde que nacemos, no necesitamos a nadie como otra mitad, no debemos tomar a nadie como el sentido de nuestra vida, y ni nuestra felicidad, ni nuestra valía pueden depender de otra persona, de nada externo en realidad. Por eso, solo cuando tú te quieras a ti misma, te aceptes y te respetes, encontrarás el amor verdadero en otra persona. Y ese amor no conllevará sufrimiento ni sacrificio, solo sumará felicidad. Será un amor incondicional. Un amor que te lleva a transitar con alguien hacia el mismo horizonte, pero que permite a ambos ser libres, que te lleva a crecer juntos sin renuncias ni reproches.
Por otra parte, el amor va más allá de esto, es algo mucho más grande y fuerte, es una energía de alta vibración capaz de transformarnos y, por ende, de cambiar el mundo. Yo diría que es el amor lo que puede mover montañas. Si abandonamos el plano del miedo y nos conectamos con esa fuente de amor, todo a nuestro alrededor cambiará. ¿Te resulta difícil de creer? Simplemente tienes que probarlo, aunque no es fácil. Nuestra programación mental está muy consolidada, nuestro poder adormecido y nuestro ego no deja de repetirnos cuál es la (su) verdad.
Pero el amor está ahí, vibrando, esperándote. Porque si no te sientes completa, si no te sientes libre, si no te sientes feliz, si no eres capaz de ver el amor en todas las cosas, es que necesitas replantear tu situación.
Se trata de volver al amor que somos.
CDR
martes, 17 de abril de 2018
SOY MAMI: MIEDO NO
No quiero que mis hijos me tengan miedo.
Miedo precisamente es lo que enseñamos a los niños cuando les castigamos. Se trata de un estilo de crianza normalizado y mayoritario, pero eso no quiere decir que sea correcto ni beneficioso. El castigo se aplica para erradicar un comportamiento que consideramos inadecuado. Pero, ¿inadecuado para quién? ¿Quién decide lo que está bien y lo que está mal? Porque lo que en tu casa está prohibido puede ser tolerable e incluso divertido en otra casa. Y si nos referimos a normas de conducta socialmente establecidas, ¿queremos que nuestros hijos actúen por miedo a las consecuencias o preferimos que aprendan a autorregularse?
No quiero que mis hijos me tengan miedo, porque la ansiedad y el sentimiento de culpa que genera el castigo afectaría negativamente a mi relación con ellos. ¿Quieres quebrar su confianza? Entonces castígales a menudo, merma su autoestima y muéstrate agresiva, les dejarás huella sin duda.
Si todos los seres humanos merecemos respeto y amor incondicional, ¿por qué no los niños? Pegándoles, directamente estamos infligiendo la ley, pero también les herimos con nuestros gritos, nuestros reproches y retiradas de atención. Y todo porque nosotros, los adultos omnipotentes, no tenemos otros recursos. Es cierto que este es el patrón de crianza que hemos heredado, pero en nuestras manos está la información, la formación y, por qué no, el sentido común, escuchar nuestro instinto y no hacer algo que en el fondo, tras el alivio de haber superado la situación, nos crea malestar. Los "por tu propio bien" o "me duele más que a ti" ya no sirven, no nos engañemos.
A corto plazo el castigo parece efectivo, porque ataja el comportamiento que se quiere eliminar, pero al crear ansiedad en el niño conlleva a la larga una actitud defensiva y una conducta desorganizada, por lo que en realidad resulta contraproducente.
Así que es fundamental aprender a gestionar nuestras emociones, porque nuestros hijos son el espejo en el que nos reflejamos. En sus primeros años, la sensibilidad de los niños está a flor de piel, ellos nos perciben como un todo y todo cuenta, las miradas, los gestos, el tono de voz, el silencio... Los niños aprenden a través de su experiencia, y es responsabilidad nuestra cómo sea esta. No es que no tengamos que decirles que un comportamiento no es adecuado -si bien debemos repasar la lista y menguarla hasta lo realmente importante-, pero en vez de castigarlos, es mucho más enriquecedor ofrecerles alternativas y en definitiva, trasmitirles que los queremos incondicionalmente por lo que son, y no por lo que hacen o no, bien o mal.
No es fácil, cuesta porque no estamos acostumbrados, pero se trata de ir más allá de pretender que el niño haga o aprenda algo solo porque yo se lo digo, y por el contrario, esforzarnos en comprenderles, tratarlos como seres singulares y atender las necesidades que se esconden tras sus comportamientos. En vez de castigar, busquemos soluciones. No generemos miedo, dejemos que aprendan los efectos de sus acciones a través de la exploración del entorno y por lo demás, involucrémonos en su desarrollo sin cortarles las alas de su infancia.
El respeto no es algo opcional. No sirve el argumento "todos nos hemos criado así y no estamos tan mal". Porque bien no estamos precisamente. Si aspiramos a un mundo sin violencia, sin miedo, no podemos criar a nuestros hijos con gritos, amenazas y temor. Los niños son el futuro y si soñamos con un futuro de igualdad, de personas autónomas, creativas y respetuosas consigo mismas, con los demás y con el planeta, debemos empezar por una crianza amorosa en la que el niño sea el verdadero protagonista, un ser al que acompañamos en su camino y no al que sometemos y moldeamos a nuestro antojo.
Por mucho que esto suponga superar primero nuestros propios miedos.
CDR
Miedo precisamente es lo que enseñamos a los niños cuando les castigamos. Se trata de un estilo de crianza normalizado y mayoritario, pero eso no quiere decir que sea correcto ni beneficioso. El castigo se aplica para erradicar un comportamiento que consideramos inadecuado. Pero, ¿inadecuado para quién? ¿Quién decide lo que está bien y lo que está mal? Porque lo que en tu casa está prohibido puede ser tolerable e incluso divertido en otra casa. Y si nos referimos a normas de conducta socialmente establecidas, ¿queremos que nuestros hijos actúen por miedo a las consecuencias o preferimos que aprendan a autorregularse?
No quiero que mis hijos me tengan miedo, porque la ansiedad y el sentimiento de culpa que genera el castigo afectaría negativamente a mi relación con ellos. ¿Quieres quebrar su confianza? Entonces castígales a menudo, merma su autoestima y muéstrate agresiva, les dejarás huella sin duda.
Si todos los seres humanos merecemos respeto y amor incondicional, ¿por qué no los niños? Pegándoles, directamente estamos infligiendo la ley, pero también les herimos con nuestros gritos, nuestros reproches y retiradas de atención. Y todo porque nosotros, los adultos omnipotentes, no tenemos otros recursos. Es cierto que este es el patrón de crianza que hemos heredado, pero en nuestras manos está la información, la formación y, por qué no, el sentido común, escuchar nuestro instinto y no hacer algo que en el fondo, tras el alivio de haber superado la situación, nos crea malestar. Los "por tu propio bien" o "me duele más que a ti" ya no sirven, no nos engañemos.
A corto plazo el castigo parece efectivo, porque ataja el comportamiento que se quiere eliminar, pero al crear ansiedad en el niño conlleva a la larga una actitud defensiva y una conducta desorganizada, por lo que en realidad resulta contraproducente.
Así que es fundamental aprender a gestionar nuestras emociones, porque nuestros hijos son el espejo en el que nos reflejamos. En sus primeros años, la sensibilidad de los niños está a flor de piel, ellos nos perciben como un todo y todo cuenta, las miradas, los gestos, el tono de voz, el silencio... Los niños aprenden a través de su experiencia, y es responsabilidad nuestra cómo sea esta. No es que no tengamos que decirles que un comportamiento no es adecuado -si bien debemos repasar la lista y menguarla hasta lo realmente importante-, pero en vez de castigarlos, es mucho más enriquecedor ofrecerles alternativas y en definitiva, trasmitirles que los queremos incondicionalmente por lo que son, y no por lo que hacen o no, bien o mal.
No es fácil, cuesta porque no estamos acostumbrados, pero se trata de ir más allá de pretender que el niño haga o aprenda algo solo porque yo se lo digo, y por el contrario, esforzarnos en comprenderles, tratarlos como seres singulares y atender las necesidades que se esconden tras sus comportamientos. En vez de castigar, busquemos soluciones. No generemos miedo, dejemos que aprendan los efectos de sus acciones a través de la exploración del entorno y por lo demás, involucrémonos en su desarrollo sin cortarles las alas de su infancia.
El respeto no es algo opcional. No sirve el argumento "todos nos hemos criado así y no estamos tan mal". Porque bien no estamos precisamente. Si aspiramos a un mundo sin violencia, sin miedo, no podemos criar a nuestros hijos con gritos, amenazas y temor. Los niños son el futuro y si soñamos con un futuro de igualdad, de personas autónomas, creativas y respetuosas consigo mismas, con los demás y con el planeta, debemos empezar por una crianza amorosa en la que el niño sea el verdadero protagonista, un ser al que acompañamos en su camino y no al que sometemos y moldeamos a nuestro antojo.
Por mucho que esto suponga superar primero nuestros propios miedos.
CDR
lunes, 16 de abril de 2018
FLEXIBILIDAD
Ante la vida,
sé flexible.
Caminarás más ligera,
con menos dolor
y frustraciones.
Ten metas,
persíguelas,
pero acepta el resultado,
sea cual sea,
segura de que es el mejor.
No seas tan exigente
contigo misma,
vence la rigidez,
disfruta con plenitud
del presente.
El vacío que sientes
en tu interior
quieres llenarlo con cosas
externas,
no tiene sentido.
Busca dentro de ti,
allí están las respuestas,
no pongas obstáculos
imaginarios
a tu felicidad.
Tu mente es elástica,
hazla flexible
como el tallo de una flor,
que se inclina a merced del viento
sin preocuparse por ello.
No puedes tenerlo todo
bajo control,
es imposible,
porque la vida es cambio
y es bueno que así sea.
No dependas de lo que piensan
los demás,
no tienes que demostrar nada.
Solo a ti misma, demuéstrate,
acuérdate de cuánto vales.
Di que no más veces,
no te justifiques
y reconecta con tu verdadera
esencia,
libre y flexible.
Sé flexible,
porque todo cambia,
todo fluye,
no bloquees tu energía,
cuestiona tus certezas.
Vive plena.
CDR
sé flexible.
Caminarás más ligera,
con menos dolor
y frustraciones.
Ten metas,
persíguelas,
pero acepta el resultado,
sea cual sea,
segura de que es el mejor.
No seas tan exigente
contigo misma,
vence la rigidez,
disfruta con plenitud
del presente.
El vacío que sientes
en tu interior
quieres llenarlo con cosas
externas,
no tiene sentido.
Busca dentro de ti,
allí están las respuestas,
no pongas obstáculos
imaginarios
a tu felicidad.
Tu mente es elástica,
hazla flexible
como el tallo de una flor,
que se inclina a merced del viento
sin preocuparse por ello.
No puedes tenerlo todo
bajo control,
es imposible,
porque la vida es cambio
y es bueno que así sea.
No dependas de lo que piensan
los demás,
no tienes que demostrar nada.
Solo a ti misma, demuéstrate,
acuérdate de cuánto vales.
Di que no más veces,
no te justifiques
y reconecta con tu verdadera
esencia,
libre y flexible.
Sé flexible,
porque todo cambia,
todo fluye,
no bloquees tu energía,
cuestiona tus certezas.
Vive plena.
CDR
sábado, 14 de abril de 2018
SECRETOS
Es primavera, pero el tiempo persiste ventoso y frío, se alarga la tregua antes del calor intenso que sin duda llegará. Y mientras tanto, seguimos leyendo. Un buen libro es adecuado siempre. La propuesta de hoy es una interesante novela que, más allá del argumento y de la excelente galería de personajes, nos desvela el lado más humano de uno de los grandes poetas de la literatura hispana.
Desde
la sombra, de ahí parte La mujer de Isla
Negra (2015), novela basada en Pablo Neruda, que muestra a un hombre genial
pero también dominante, caprichoso, infantil, embustero, contradictorio y
cobarde a la hora de resolver sus conflictos personales, alejado de la imagen
de hombre entrañable y bonachón, fértil poeta, que otras adaptaciones han hecho
de su persona (Ardiente paciencia, de
Antonio Skármeta, 1983, que más tarde se volvería a publicar con el título más
conocido de El cartero de Neruda.) Se
discierne así la dicotomía entre la vida pública y la vida privada del poeta. En
definitiva, Fasce da la visión de un ser humano con sus virtudes y defectos, más
cercana al hombre que verdaderamente fue. Pues es esta una ficción con
personajes reales, ambientada entre 1953 y 1961, en la casa que el poeta
chileno tenía en Isla Negra e inspirada por la lectura de una biografía de
Delia del Carril por parte de la autora. Tercera novela de María Fasce (1969),
nacida en Buenos Aires y residente en Madrid, directora literaria de Alfaguara
y escritora, con una cumplida trayectoria –relatos, novelas y una obra de
teatro– además de traductora, periodista, crítica literaria y de cine.
Sin embargo, no es Neruda el
protagonista de esta historia, como el propio título anuncia, sino que la trama
se desarrolla en torno a Elisa Luna, una adolescente que llega a Isla Negra
desde Temuco con su madre Raquel, como asistenta, una mujer invisible a ojos de
Pablo, aunque guarde un gran secreto; y se sustenta de las diferentes mujeres
que pasan por la casa y la vida del escritor chileno en este periodo. Además de
estas dos, la aristócrata argentina Delia del Carril, esposa de Neruda, veinte
años mayor que él, y la amante de este, Matilde Urrutia, con la que finalmente
también se casará. Elisa vive impresionada por la sofisticación de Delia,
quiere parecerse a ella e incluso acepta permanecer en la casa sin su madre por
quedarse bajo su protección. No en vano Delia era apodada la Hormiga, por su
pequeña estatura y su acción frenética, una verdadera activista comunista que
influyó en las ideas políticas de Neruda. Y la entrega de esta a Pablo era
completa, pues comprende y acepta todas sus debilidades, haciendo las veces de
la madre que él perdió prematuramente. Pero las infidelidades del poeta son
constantes, Elisa las espía entre los objetos de la recargada casa, a la vez
que se empapa de su poesía y accede a los libros de la biblioteca. Aprende el
uso de las buenas costumbres y el gusto literario de la mano de Delia. Así, la
chica aborrece a Matilde, que le parece vulgar y superficial. Se puede
considerar que el matrimonio con Delia llegó a ser de conveniencia, el poeta
con cincuenta años vivía su amor real con Matilde y Delia, a sus setenta,
simplemente mantenía el vínculo legal con el marido. Sin embargo, la situación
se hace insostenible después de dieciocho años de feliz convivencia y, tras una
dolorosa separación, ríos de tinta verde con la que escribía Neruda, Delia se
refugia en su añorado París. Al mismo tiempo que todo esto ocurre, asistimos a
la evolución de la joven, que en la casa pasa de adolescente a mujer,
descubriendo su cuerpo, el deseo y el amor, y hundiéndose sin darse cuenta en
una espiral que la aleja de sus raíces. Después de unos años, tras una estancia
en París, Elisa regresa a Isla Negra para reconciliarse con su pasado.
Es destacable en esta novela de
construcción y prosa sencillas, casi poética, la descripción de diferentes
tipos de feminidad. Si bien la narradora es Elisa y su punto de vista es el
prisma por el que todo el relato se filtra, aparecen tipos diferenciados de
mujer, todas ellas marcadas de una forma u otra por el carismático y seductor
Pablo Neruda: la mujer sufridora en silencio (Raquel), la esposa culta,
elegante y sensible (Delia), la amante pasional y vulgar (Matilde) y la joven mujer
que madura, abandona su infancia y se encuentra consigo misma (Elisa), influida
esta por todas las demás. Las mujeres de Neruda en este espacio de tiempo que
la novela recrea, pero que fue un continuo en la vida del poeta, hombre
enamoradizo e inspirado en numerosas musas. Un poeta que escribió versos
memorables y también algunos malos versos, como todo gran artista.
La novela, como se viene diciendo,
se basa en personajes y situaciones reales, si bien la autora se ha tomado la
libertad de modificar los tiempos en que algunas cosas sucedieron
verdaderamente, inventando además hechos y situaciones a favor de la ficción
literaria. Así, el relato queda dividido en cuatro partes. La primera, a lo
largo de veintisiete capítulos, cuenta la llegada de Elisa y Raquel a la casa
de Neruda en Isla Negra, cómo la niña va descubriendo la intimidad de los
rincones, extrañándose de las reacciones que a veces percibe en su prudente
madre, y conociendo al hombre que escribe versos siempre con tinta verde. Poco
tiempo después, llega también Delia, la esposa, una mujer brillante que llena
la casa con su elegancia, su perfume y sus cuadros. En la segunda parte, de
catorce capítulos, se relata el proceso de maduración de Elisa, su relación con
Aldo, la decisión de quedarse sin su madre y el viaje que tendrá que hacer a
Temuco por motivos de la salud de esta. Los quince capítulos de la tercera
parte narran la estancia de Elisa en París, su reencuentro con Delia, su
matrimonio con Philippe, su descenso a los infiernos. Para volver a Isla Negra,
en la cuarta parte, de ocho capítulos, y comprender todo lo que había estado
martirizándola.
Por
lo que respecta al estilo, no hay duda, y ella misma lo confiesa, que María
Fasce es seguidora y admiradora de autores norteamericanos como Capote,
Fitzgerald, Cheever, Carver o Hemingway; se adivina así en la sencillez del
vocabulario, claridad sintáctica y prosa fluida, de modo que el lector queda
atrapado por la historia, sin que su atención se desvíe con los artificios del
lenguaje. Capítulos breves, que sugieren entre líneas secretos que el lector
intuye y poco a poco irá desvelando. No obstante esta naturalidad lingüística,
encontramos en la novela descripciones estéticas bellísimas, que destilan
sensibilidad y conmueven el corazón. Una narración desnuda, que no deja
indiferente, para deleitarse con su lectura, conocer una parte más oscura del célebre
poeta chileno y, más allá, reflexionar sobre cómo actuamos y lo que
verdaderamente somos.
¡Feliz lectura!
CDR
miércoles, 11 de abril de 2018
HIPÉRBOLE
Érase un hombre y una mujer y un niño...
a un móvil pegados —o a cualquier dispositivo—,
érase una incomunicación superlativa,
érase un mundo sin afectos,
érase un mundo global, árido y frío.
Era una paradoja muy abultada,
érase un hablar sin decir nada,
érase un vacío de miradas,
era la inteligencia más que postrada.
Érase el colmo de la soledad,
érase un exagerado aislamiento,
el océano y el desierto, sordos de verdad.
Érase que se era la desinformación,
en la era de la información, amigos,
me gusta y seguidores, desconocidos.
No pretendo imitar a Quevedo,
ni esto es un soneto,
expresar el desconcierto es lo que quiero,
que me produce este sinsentido
con que me encuentro,
cada día, en cada esquina,
a veces hasta conmigo misma.
Hipérbole hiperbólica
de esta sociedad neurótica,
no somos islas
ni antenas parabólicas,
humanos somos
para disfrutar del entorno,
los unos de los otros,
en vivo y en directo,
que la vida es lo que pasa
mientras nos abduce la pantalla.
CDR
a un móvil pegados —o a cualquier dispositivo—,
érase una incomunicación superlativa,
érase un mundo sin afectos,
érase un mundo global, árido y frío.
Era una paradoja muy abultada,
érase un hablar sin decir nada,
érase un vacío de miradas,
era la inteligencia más que postrada.
Érase el colmo de la soledad,
érase un exagerado aislamiento,
el océano y el desierto, sordos de verdad.
Érase que se era la desinformación,
en la era de la información, amigos,
me gusta y seguidores, desconocidos.
No pretendo imitar a Quevedo,
ni esto es un soneto,
expresar el desconcierto es lo que quiero,
que me produce este sinsentido
con que me encuentro,
cada día, en cada esquina,
a veces hasta conmigo misma.
Hipérbole hiperbólica
de esta sociedad neurótica,
no somos islas
ni antenas parabólicas,
humanos somos
para disfrutar del entorno,
los unos de los otros,
en vivo y en directo,
que la vida es lo que pasa
mientras nos abduce la pantalla.
CDR
lunes, 30 de octubre de 2017
(J)AULAS
Hoy ha empezado para mí el curso escolar, un mes y medio después del comienzo oficial. El motivo es que hasta ayer estuve disfrutando de mi permiso por maternidad, a la vez que mi alumnado ha sufrido estar sin nadie que le dé clase, porque aún tratándose de una baja con tanta antelación como desde abril, no se ha mandado sustituto en mi puesto, desconozco por qué razones aunque se me ocurren algunas y ninguna de ellas tiene que ver con la calidad de la enseñanza, los derechos de los alumnos ni la consecución de objetivos, cosas que sí se nos exigen a nosotros a diario desde la Administración. Una vez más es el de abajo, el débil el que paga las consecuencias.
Hoy he conocido a muchos niños y niñas de entre once y trece años, ya en la preadolescencia, y todos ellos me han caído bien, he visto mucha diversidad y muchísimas cosas en común. Y he llegado a casa con las mismas preguntas de siempre rondándome la cabeza, esta vez con una descarada insistencia. Las dos más importantes serían: por qué están etiquetados tanto como individuos como por grupos y por qué los centros, las materias, las clases siguen anquilosadas en el pasado. ¿No estamos en pleno siglo XXI? Eso no significa solo aulas repletas de ordenadores y pantallas digitales, es algo más, es una actitud, un cambio que poco a poco se va gestando en algunos centros pero que en la mayoría está a años luz. Y a mí me parece que ya está bien de agrupar a los alumnos solo por el criterio de la edad. Que ya está bien de cargarles sobre la espalda el "listo" o "tonto" (así o con otros términos políticamente correctos pero igual de limitadores) solo por notas que no cuantifican más que la inteligencia digamos académica. Que ya está bien de que el instituto sea un mundo pararelo, con materias especializadas sin conexión alguna ni entre ellas ni con la realidad, con horarios rígidos, con un funcionamiento, en definitiva, que más recuerda a una fábrica, a una cadena de producción, que a un lugar agradable donde aprender y crecer. Que ya está bien de que no aprovechemos los años que los alumnos pasan con nosotros para ayudarles a que todos puedan alcanzar su máximo potencial, independientemente de su nivel social o de su capacidad intelectual.
Tengo mucho, muchísimo que decir sobre esto, y diré más en otras entradas, seguro. Pero hoy terminaré aferrándome a la esperanza (a la vez que a la tristeza de la soledad) de que al menos yo -este curso más que nunca, ya me he cansado de las medias tintas- voy a trabajar de otra manera con mi alumnado, ofrecerles algo más que conocimientos, divertirme con ellos y sembrar en su interior la semillita de la confianza, la autoestima, la colaboración... para que después puedan florecer y contribuir a un mundo mejor.
El futuro ya está aquí y tarde o temprano las (j)aulas tendrán que abrirse.
CDR
...
Hoy he conocido a muchos niños y niñas de entre once y trece años, ya en la preadolescencia, y todos ellos me han caído bien, he visto mucha diversidad y muchísimas cosas en común. Y he llegado a casa con las mismas preguntas de siempre rondándome la cabeza, esta vez con una descarada insistencia. Las dos más importantes serían: por qué están etiquetados tanto como individuos como por grupos y por qué los centros, las materias, las clases siguen anquilosadas en el pasado. ¿No estamos en pleno siglo XXI? Eso no significa solo aulas repletas de ordenadores y pantallas digitales, es algo más, es una actitud, un cambio que poco a poco se va gestando en algunos centros pero que en la mayoría está a años luz. Y a mí me parece que ya está bien de agrupar a los alumnos solo por el criterio de la edad. Que ya está bien de cargarles sobre la espalda el "listo" o "tonto" (así o con otros términos políticamente correctos pero igual de limitadores) solo por notas que no cuantifican más que la inteligencia digamos académica. Que ya está bien de que el instituto sea un mundo pararelo, con materias especializadas sin conexión alguna ni entre ellas ni con la realidad, con horarios rígidos, con un funcionamiento, en definitiva, que más recuerda a una fábrica, a una cadena de producción, que a un lugar agradable donde aprender y crecer. Que ya está bien de que no aprovechemos los años que los alumnos pasan con nosotros para ayudarles a que todos puedan alcanzar su máximo potencial, independientemente de su nivel social o de su capacidad intelectual.
...
El futuro ya está aquí y tarde o temprano las (j)aulas tendrán que abrirse.
CDR
domingo, 8 de octubre de 2017
LO IMPORTANTE
Lo importante es
saborear las cosas buenas
de la vida,
que suelen ser
pequeñas,
concretas,
que suelen pasar
desapercibidas,
mientras buscamos
hechos grandes,
abstractos,
que nos nublan la vista.
La excusa, siempre,
es que nos falta tiempo,
pero, ¿cuánto necesitas
para mirar al cielo?
¿Cuánto requiere pararse
y respirar tranquilo?
¿Llamar a un amigo?
¿Preparar una comida?
¿Escuchar una risa?
¿Sentir un abrazo?
¿Dar un paseo?
¿Oler una rosa?
Es importante
vivir las emociones
plenamente,
sin miedo,
siente.
Es importante
aceptar las cosas
como son,
aunque causen dolor,
crece.
Es importante
hacerte preguntas,
aunque no encuentres
respuestas,
duda.
Es importante
ser responsable
de tus errores,
pero sin culpa,
pide perdón,
aprende.
Es importante
fracasar con una sonrisa
y levantarse,
comienza.
Es importante
ser auténtico,
tener paciencia,
no juzgar,
observa.
Lo importante es
vivir más despacio,
reflexionar con calma,
alejarse de los titulares
estridentes
y acercarnos a lo verdaderamente
esencial.
CDR
saborear las cosas buenas
de la vida,
que suelen ser
pequeñas,
concretas,
que suelen pasar
desapercibidas,
mientras buscamos
hechos grandes,
abstractos,
que nos nublan la vista.
La excusa, siempre,
es que nos falta tiempo,
pero, ¿cuánto necesitas
para mirar al cielo?
¿Cuánto requiere pararse
y respirar tranquilo?
¿Llamar a un amigo?
¿Preparar una comida?
¿Escuchar una risa?
¿Sentir un abrazo?
¿Dar un paseo?
¿Oler una rosa?
Es importante
vivir las emociones
plenamente,
sin miedo,
siente.
Es importante
aceptar las cosas
como son,
aunque causen dolor,
crece.
Es importante
hacerte preguntas,
aunque no encuentres
respuestas,
duda.
Es importante
ser responsable
de tus errores,
pero sin culpa,
pide perdón,
aprende.
Es importante
fracasar con una sonrisa
y levantarse,
comienza.
Es importante
ser auténtico,
tener paciencia,
no juzgar,
observa.
Lo importante es
vivir más despacio,
reflexionar con calma,
alejarse de los titulares
estridentes
y acercarnos a lo verdaderamente
esencial.
CDR
lunes, 2 de octubre de 2017
POTENCIAL
Hace poco leí este cuento de tradición budista -que tiene muchas versiones- y me ha apetecido compartirlo hoy aquí:
"Érase una vez un hombre que iba andando por el campo. En un hueco en la roca encontró un nido de águila real, donde la hembra y el macho estaban muertos y junto a sus cadáveres habían dejado un huevo. El hombre se llevó el huevo a su granja y lo metió en el gallinero con todas sus gallinas.
Las gallinas empollaron el huevo como si fuera de gallina, lo cuidaron y finalmente el pequeño águila nació. Al salir del huevo, empezó a imitar a las gallinas, a picotear, a andar igual que ellas… y vivió como una gallina durante años.
Un buen día, una sombra cruzó el gallinero, y al mirar arriba vio un águila real que sobrevolaba la granja a toda velocidad. Asombrado por su majestad, su figura y su velocidad le preguntó a la gallina más cercana qué era ese animal, a lo que la gallina contestó:
– Eso es un águila real. Alcanza velocidades de hasta 200 kilómetros por hora, ve con ocho veces la precisión de los hombres y puede cazar a su presa desde distancias totalmente impresionantes.
Mientras escuchaba la explicación, el pequeño águila real miraba admirado hacia arriba y la gallina prosiguió:
– Pero no mires así. Tú eres una gallina como yo, y nosotras las gallinas jamás podremos ser como ese águila, tan majestuoso.
Y durante muchos años, el águila vivió como una gallina, y al final de sus días murió como una gallina, siempre recordando admirado cómo había visto una vez un águila real sobrevolar su granja.”
"Érase una vez un hombre que iba andando por el campo. En un hueco en la roca encontró un nido de águila real, donde la hembra y el macho estaban muertos y junto a sus cadáveres habían dejado un huevo. El hombre se llevó el huevo a su granja y lo metió en el gallinero con todas sus gallinas.
Las gallinas empollaron el huevo como si fuera de gallina, lo cuidaron y finalmente el pequeño águila nació. Al salir del huevo, empezó a imitar a las gallinas, a picotear, a andar igual que ellas… y vivió como una gallina durante años.
Un buen día, una sombra cruzó el gallinero, y al mirar arriba vio un águila real que sobrevolaba la granja a toda velocidad. Asombrado por su majestad, su figura y su velocidad le preguntó a la gallina más cercana qué era ese animal, a lo que la gallina contestó:
– Eso es un águila real. Alcanza velocidades de hasta 200 kilómetros por hora, ve con ocho veces la precisión de los hombres y puede cazar a su presa desde distancias totalmente impresionantes.
Mientras escuchaba la explicación, el pequeño águila real miraba admirado hacia arriba y la gallina prosiguió:
– Pero no mires así. Tú eres una gallina como yo, y nosotras las gallinas jamás podremos ser como ese águila, tan majestuoso.
Y durante muchos años, el águila vivió como una gallina, y al final de sus días murió como una gallina, siempre recordando admirado cómo había visto una vez un águila real sobrevolar su granja.”
¿Qué hubiera pasado si mamá gallina le hubiera dicho a su hijo que lo intentara? ¿No hubiera conseguido el águila descubrir su capacidad para volar, su verdadera naturaleza, si no hubiese sido víctima de unas creencias limitantes?
Numerosos factores en la vida provocan que creamos tener muros donde en realidad tenemos ventanas. Busquemos en nuestro interior para reconocer nuestro potencial y aprovechemos las oportunidades para desplegarlo.
CDR
Numerosos factores en la vida provocan que creamos tener muros donde en realidad tenemos ventanas. Busquemos en nuestro interior para reconocer nuestro potencial y aprovechemos las oportunidades para desplegarlo.
CDR
martes, 26 de septiembre de 2017
MEDITACIÓN
Meditar no tiene nada que ver con ninguna religión,
ni hay que ser especialmente espiritual.
Meditar es gratis, legal, y no tiene contraindicaciones,
no necesitas a nadie para practicar.
Meditar, resumiendo, es respirar conscientemente,
respirar y expandir esa sensación por todo el cuerpo.
Meditar, sí, es ser consciente de tu cuerpo, de tus emociones,
de tus pensamientos, y conectar contigo misma.
Meditar es conocerte, prestarte atención, darte cariño,
aceptarte y sumergirte en tu propia experiencia.
Meditar es reconocer que la vida es maravillosa,
que la muerte es inevitable y que nada permanece.
Meditar es entender que todo lo que haces tiene consecuencias,
no solo para ti misma, positivas y negativas.
Meditar es, por ejemplo, atrapar la mente mirando el cielo azul
y alejar los malos pensamientos.
Meditar es, por ejemplo, dedicar diez minutos, solo diez,
a estar a solas y volver al hogar que tienes dentro.
CDR
ni hay que ser especialmente espiritual.
Meditar es gratis, legal, y no tiene contraindicaciones,
no necesitas a nadie para practicar.
Meditar, resumiendo, es respirar conscientemente,
respirar y expandir esa sensación por todo el cuerpo.
Meditar, sí, es ser consciente de tu cuerpo, de tus emociones,
de tus pensamientos, y conectar contigo misma.
Meditar es conocerte, prestarte atención, darte cariño,
aceptarte y sumergirte en tu propia experiencia.
Meditar es reconocer que la vida es maravillosa,
que la muerte es inevitable y que nada permanece.
Meditar es entender que todo lo que haces tiene consecuencias,
no solo para ti misma, positivas y negativas.
Meditar es, por ejemplo, atrapar la mente mirando el cielo azul
y alejar los malos pensamientos.
Meditar es, por ejemplo, dedicar diez minutos, solo diez,
a estar a solas y volver al hogar que tienes dentro.
CDR
viernes, 22 de septiembre de 2017
INDIGNADA
En los últimos meses me han ocurrido tres anécdotas que voy a relatar a continuación, porque necesito contarlas. La primera ya me removió las ganas de escribir, pero la dejé pasar, recién empezado el verano. Cuando me sucedió la segunda, me prometí que escribiría sobre ello, ya que clamaba al cielo. Pero con lo que me pasó ayer dije basta, considero que este trío debe, sí o sí, ser expuesto, a ver si al menos escribiendo se me pasa un poco el enfado.
1. Principios de julio. Tuve que llevar a mi madre a renovarse el DNI a una comisaría de policía. La cita fue sacada con muchísima antelación y llegado el día, se dio la circunstancia de que mi madre estaba con ataques de vértigo. Unas horas antes de acudir a la cita, la mujer había avisado al centro de asistencia y cuando yo fui a buscarla no se encontraba nada bien. Aún así, valorado por la médica que el empeoramiento se debería seguramente a haberse lavado la cabeza poniéndola hacia abajo, mi madre se hizo la valiente y nos desplazamos con el coche a unos veinticinco kilómetros de casa para la renovación. Porque resulta que sacar cita previa es una odisea y tener una es como un tesoro, además de que si te pasas de la fecha de validez, hay que pagar (más), por supuesto. Les diré que mi madre tiene setenta y nueve años, y aparte del mencionado vértigo, sufre artrosis en las rodillas y prácticamente en todos los huesos, por lo que camina con dificultad, agravado si cabe por un ictus leve que le dio en febrero. Por si esto fuera poco, padece hipertensión y todas las mañanas se toma una medicación que la obliga a ir al año a menudo. Creo que se harán una idea de lo que todo esto supone y de que después de un viaje de veinte minutos, bajar del coche y subir unas escaleras hasta la sala de espera, la mujer necesitara urgentemente un aseo. Cuál fue mi sorpresa cuando yo llegué unos minutos más tarde cargada con mis dos hijos, el mayor, pequeño pero andando y el otro en un carro que el portero no me ayudó a subir, y mi madre me dijo que no la dejaban entrar al servicio. Me dirigí al guarda, portero o lo que fuese aquel hombre tan amable y me explicó que no había aseo disponible para la gente, que era un baño de hombres para los policías y empleados y que ya lo había preguntado al sargento y no podía ser. Le hice ver que era urgente y siguió en sus trece, no sin indicarme que bajando la calle seguro encontraríamos algún bar al que poder entrar. Perdone, es que mi madre no puede casi andar y tiene vértigo... No es no y yo no puedo hacer nada. Con la mandíbula desencajada me esforcé en preguntarle cuánto nos quedaba para entrar porque ya estábamos en hora y no quería que al volver de buscar un baño me dijese que se nos había pasado el turno. Y me dijo tan tranquilo, como si encima fuera una enorme suerte, que nos quedaba mucho todavía, que había retraso. Genial. Volví a bajar el carro sin ayuda, salí a la calle mirando de reojo a mi mareada madre y descubrí que, a simple vista, no parecía haber ningún bar cerca. Descubrimos unos portales más abajo una peluquería y allí fue mi madre a pedir por favor que la dejasen orinar. Afortunadamente cuando sacas licencia de apertura de un establecimiento público te obligan a tener un servicio, y más afortunadamente aún la dueña de la peluquería era una persona amable y empática, porque todos sabemos que aún teniendo aseo no existe la obligación de dejarte entrar si no eres cliente del negocio. Sin embargo, lo que me parece increíble es que en un lugar público, de servicio al ciudadano, donde se expone con orgullo un cuadro con el código ético que rige tan noble Cuerpo de Policía, y donde se producen esperas de más de una hora, donde acude tanta gente a diario, desde niños hasta personas mayores, para tramitar documentos, no haya un aseo a disposición de los usuarios. Y bien, aún suponiendo que no lo haya, que no sea obligatorio, ¿no hubiese sido lo correcto dejar pasar a mi madre estando en tales circunstancias? Y por otra parte, ¿no hay en esa comisaría ninguna mujer agente, ni trabaja ninguna empleada? Perdón, pero, ¿dónde mean ellas?, ¿en el bar de la esquina?, ¿en la peluquería de enfrente? Me dirán que si hubiesen dejado a mi madre entrar como una urgencia, eso se podría desmadrar y entonces todas las personas que había allí pedirían desaforadamente un váter. Pues lo siento, es verdad que a veces los aseos públicos dan asco, pero no por ello va a dejar de haberlos y vamos a ir haciendo nuestras necesidades por la calle, es responsabilidad de cada uno hacer un uso correcto de ellos. Y les diré que no puse reclamación ni pedí hablar con nadie porque estaba preocupada por mi madre, atenta a que por fin nos tocara entrar y acompañarla, y con un bebé lactante de dos meses, cosas todas ellas que no me permitían ir libremente a expresar mi queja, ni quería montar un espectáculo delante de mi hijo mayor -soy su ejemplo y no estaba tranquila- y sí largarme de allí lo antes posible.
2. Mediados de agosto. A mi bebé le toca la revisión del niño sano y la vacuna de los cuatro meses, y vamos tranquilamente a su pediatra a tales menesteres. El doctor, con su barba y su bata blanca, me formula las cuestiones de rigor, revisa y mide al niño, como protocolo manda. Pero mientras escribe el informe en el ordenador, me pregunta si voy a ponerle la vacuna de la meningitis b. Le digo que no. Les explico antes de reproducir su respuesta: vacunar no es obligatorio; hay unas vacunas establecidas como importantes, según zonas epidemiológicas -de hecho varían por comunidades- y estas configuran un calendario de vacunaciones financiado por la Seguridad Social. Y aparte hay otras vacunas que no entran en el calendario prescrito y no son financiadas. Es decir, los padres elegimos, en primer lugar, si vacunamos o no, y después, si hemos decidido que sí, si ponemos o no las vacunas que no entran en el calendario. Bien, pues este señor, tan tranquilamente, por lo visto con el poder que le otorga su título, nos dijo que pesaría una gran culpa de por vida si nuestros hijos morían de tal enfermedad y que, es más, no vacunar a los niños se considera maltrato infantil. De verdad, me dejó de piedra y sin palabras. No pude decirle, ¿perdone?, lo primero, ¿quién es usted para hablarnos así? y, ¿quiere decir que las familias que no pueden costear una vacuna de cuatro o dos dosis, según la edad, que vale más de cien euros por dosis son unos maltratadores?, ¿significa eso que no somos libres de decidir sobre la salud de nuestros hijos?, ¿me podría explicar si esta vacuna es tan importante y vital por qué no está financiada, teniendo en cuenta que el gasto en vacunas supone una nimiedad en comparación con otros gastos sanitarios?, ¿sabe usted que el Ministerio de Sanidad tiene un comunicado sobre este medicamento, que solo lleva tres años en circulación, afirmando que no está justificada su inclusión según las características epidemiológicas de este país y que además aún no se conocen sus efectos a largo plazo? y, sobre todo, ¿qué le da a usted Bexero a cambio de defender tan encarecidamente su vacuna? No quiero abrir la caja de Pandora con este tema porque cada uno tenemos nuestra opinión, todas respetables, y es extenso y complejo. Pero me toca mucho las narices que los médicos en general y los pediatras en particular se dejen comprar por los laboratorios y las farmacéuticas y usen el miedo para obligarnos a usar sus fórmulas. En otra ocasión trataré otra cosa que me parece flagrante también y es la falta de formación y actualización de algunos especialistas, porque este señor también dejó caer que a partir de los seis meses ya hablaríamos de alimentación, que mi hijo empezaría a pasar hambre pues lo alimento solo con leche materna. Ay, ¿pero es que, aparte de no tener ni idea y venderse a las empresas de leche y alimentos infantiles, no ve usted a mi mayor, fuerte como un roble, amamantado en exclusiva hasta los ocho meses y que sigue mamando, como, por cierto, recomienda la OMS? Lo dicho, sobre esto escribiré otro día.
3. Ayer. Se acerca el tercer cumpleaños de Marcos y su tía de Alemania, que debe de ser tan ingenua como yo, tiene ilusión de hacerle llegar algo de dinero a su sobrino junto con una postal. Y no se le ocurre otra cosa que, como ahora ya sabemos, la locura de enviarla por correo ordinario. Cuando vi el sobre roto por la parte de bajo y fui consciente de que habían sustraído el dinero, no podía creerlo. Mi cerebro no procesaba el hecho de que alguien hubiese sabido que ahí iba dinero -un miserable billete de cincuenta euros- y lo hubiese abierto. Al enterarme de que la postal había llegado dentro de una bolsita de plástico que rezaba: "deteriorado en este servicio", comprendí que el robo había sucedido dentro del proceso de envío, es decir, que alguien, tras pasar la carta por un escáner y saber a ciencia cierta lo que había dentro, cogió el dinero y muy amablemente dejó que la postal llegara a casa. Qué mala suerte. Pero ya quedé estupefacta al contarlo a algunas personas y escucharles que estaba claro que iba a pasar, que a quién se le ocurre y, ah, si eso lo hacen aposta para que la gente no envíe dinero así, sin pagar más, o por medios "legales", porque de esa manera se puede blanquear dinero, etc. En serio, aún estoy en shock. Porque esta mañana he estado husmeando por internet y efectivamente parece que es de lo más normal que las cartas con dinero lleguen vacías. Eso me ha llevado a buscar si es que es ilegal mandar dinero en una carta y resulta que no, no lo es. Sin embargo, sí es un delito abrir correo ajeno y robar, ¿no? A ver, es que no me cuadra, que para que mi cuñada no pueda usar cincuenta euros y mi hijo recibirlos sin declararlos, alguien de Correos se los quede. ¿Los funcionarios tienen un apartado para declarar "dinero recaudado de las cartas"?, ¿o cómo? Es que no me entero. Porque si es ilegal mandar dinero por correo ordinario, que pongan un cartel en las oficinas y avisen, como tantas otras prohibiciones se exhiben. O también me parecería más coherente y sobre todo mucho más ético, que al detectar el dinero en la carta la devolvieran a su remitente en un plastiquito con una cruz marcada en la casilla "dinero no". Que supongo era evidente para la minuciosa inspección que no se trataba de ningún fraude. Ah, no, es que las normas se aplican a grosso modo, a rajatabla, para todos igual. Pero, ¿norma tácita, ley o qué? Por favor, explíquenme cómo se pueden evadir impuestos, llevar dinero a paraísos fiscales, hacer desaparecer fondos públicos o de alguna empresa... si está todo tan controlado. Ah, es que los que más roban son precisamente los que controlan. Ah, es que los que en realidad estamos controlados somos los currantes, los que vivimos solo con un sueldo y lo declaramos y no podemos gastar ni un céntimo sin que se sepa. ¡Cuánta libertad! Cada vez se aprietan más las tuercas de un sistema que favorece a los de arriba y machaca a los de abajo. No tardará mucho en llegar el día en que no exista el dinero en metálico y nosotros, felices y contentos de tanta facilidad para pagar, nos hundamos en la esclavitud total.
Ojalá estas tres anécdotas fueran simplemente eso, pero no, para mí son algo más, ustedes saquen sus propias conclusiones . Que sí, claro, hay gente buena y amable, hay profesionales como la copa de un pino, hay quienes no se dejan corromper. Por supuesto, muchísimos, porque si no sería imposible vivir en este mundo. No obstante, el sistema, en general, apesta. Y yo, aún habiendo escrito sobre ello, sigo indignada.
CDR
1. Principios de julio. Tuve que llevar a mi madre a renovarse el DNI a una comisaría de policía. La cita fue sacada con muchísima antelación y llegado el día, se dio la circunstancia de que mi madre estaba con ataques de vértigo. Unas horas antes de acudir a la cita, la mujer había avisado al centro de asistencia y cuando yo fui a buscarla no se encontraba nada bien. Aún así, valorado por la médica que el empeoramiento se debería seguramente a haberse lavado la cabeza poniéndola hacia abajo, mi madre se hizo la valiente y nos desplazamos con el coche a unos veinticinco kilómetros de casa para la renovación. Porque resulta que sacar cita previa es una odisea y tener una es como un tesoro, además de que si te pasas de la fecha de validez, hay que pagar (más), por supuesto. Les diré que mi madre tiene setenta y nueve años, y aparte del mencionado vértigo, sufre artrosis en las rodillas y prácticamente en todos los huesos, por lo que camina con dificultad, agravado si cabe por un ictus leve que le dio en febrero. Por si esto fuera poco, padece hipertensión y todas las mañanas se toma una medicación que la obliga a ir al año a menudo. Creo que se harán una idea de lo que todo esto supone y de que después de un viaje de veinte minutos, bajar del coche y subir unas escaleras hasta la sala de espera, la mujer necesitara urgentemente un aseo. Cuál fue mi sorpresa cuando yo llegué unos minutos más tarde cargada con mis dos hijos, el mayor, pequeño pero andando y el otro en un carro que el portero no me ayudó a subir, y mi madre me dijo que no la dejaban entrar al servicio. Me dirigí al guarda, portero o lo que fuese aquel hombre tan amable y me explicó que no había aseo disponible para la gente, que era un baño de hombres para los policías y empleados y que ya lo había preguntado al sargento y no podía ser. Le hice ver que era urgente y siguió en sus trece, no sin indicarme que bajando la calle seguro encontraríamos algún bar al que poder entrar. Perdone, es que mi madre no puede casi andar y tiene vértigo... No es no y yo no puedo hacer nada. Con la mandíbula desencajada me esforcé en preguntarle cuánto nos quedaba para entrar porque ya estábamos en hora y no quería que al volver de buscar un baño me dijese que se nos había pasado el turno. Y me dijo tan tranquilo, como si encima fuera una enorme suerte, que nos quedaba mucho todavía, que había retraso. Genial. Volví a bajar el carro sin ayuda, salí a la calle mirando de reojo a mi mareada madre y descubrí que, a simple vista, no parecía haber ningún bar cerca. Descubrimos unos portales más abajo una peluquería y allí fue mi madre a pedir por favor que la dejasen orinar. Afortunadamente cuando sacas licencia de apertura de un establecimiento público te obligan a tener un servicio, y más afortunadamente aún la dueña de la peluquería era una persona amable y empática, porque todos sabemos que aún teniendo aseo no existe la obligación de dejarte entrar si no eres cliente del negocio. Sin embargo, lo que me parece increíble es que en un lugar público, de servicio al ciudadano, donde se expone con orgullo un cuadro con el código ético que rige tan noble Cuerpo de Policía, y donde se producen esperas de más de una hora, donde acude tanta gente a diario, desde niños hasta personas mayores, para tramitar documentos, no haya un aseo a disposición de los usuarios. Y bien, aún suponiendo que no lo haya, que no sea obligatorio, ¿no hubiese sido lo correcto dejar pasar a mi madre estando en tales circunstancias? Y por otra parte, ¿no hay en esa comisaría ninguna mujer agente, ni trabaja ninguna empleada? Perdón, pero, ¿dónde mean ellas?, ¿en el bar de la esquina?, ¿en la peluquería de enfrente? Me dirán que si hubiesen dejado a mi madre entrar como una urgencia, eso se podría desmadrar y entonces todas las personas que había allí pedirían desaforadamente un váter. Pues lo siento, es verdad que a veces los aseos públicos dan asco, pero no por ello va a dejar de haberlos y vamos a ir haciendo nuestras necesidades por la calle, es responsabilidad de cada uno hacer un uso correcto de ellos. Y les diré que no puse reclamación ni pedí hablar con nadie porque estaba preocupada por mi madre, atenta a que por fin nos tocara entrar y acompañarla, y con un bebé lactante de dos meses, cosas todas ellas que no me permitían ir libremente a expresar mi queja, ni quería montar un espectáculo delante de mi hijo mayor -soy su ejemplo y no estaba tranquila- y sí largarme de allí lo antes posible.
2. Mediados de agosto. A mi bebé le toca la revisión del niño sano y la vacuna de los cuatro meses, y vamos tranquilamente a su pediatra a tales menesteres. El doctor, con su barba y su bata blanca, me formula las cuestiones de rigor, revisa y mide al niño, como protocolo manda. Pero mientras escribe el informe en el ordenador, me pregunta si voy a ponerle la vacuna de la meningitis b. Le digo que no. Les explico antes de reproducir su respuesta: vacunar no es obligatorio; hay unas vacunas establecidas como importantes, según zonas epidemiológicas -de hecho varían por comunidades- y estas configuran un calendario de vacunaciones financiado por la Seguridad Social. Y aparte hay otras vacunas que no entran en el calendario prescrito y no son financiadas. Es decir, los padres elegimos, en primer lugar, si vacunamos o no, y después, si hemos decidido que sí, si ponemos o no las vacunas que no entran en el calendario. Bien, pues este señor, tan tranquilamente, por lo visto con el poder que le otorga su título, nos dijo que pesaría una gran culpa de por vida si nuestros hijos morían de tal enfermedad y que, es más, no vacunar a los niños se considera maltrato infantil. De verdad, me dejó de piedra y sin palabras. No pude decirle, ¿perdone?, lo primero, ¿quién es usted para hablarnos así? y, ¿quiere decir que las familias que no pueden costear una vacuna de cuatro o dos dosis, según la edad, que vale más de cien euros por dosis son unos maltratadores?, ¿significa eso que no somos libres de decidir sobre la salud de nuestros hijos?, ¿me podría explicar si esta vacuna es tan importante y vital por qué no está financiada, teniendo en cuenta que el gasto en vacunas supone una nimiedad en comparación con otros gastos sanitarios?, ¿sabe usted que el Ministerio de Sanidad tiene un comunicado sobre este medicamento, que solo lleva tres años en circulación, afirmando que no está justificada su inclusión según las características epidemiológicas de este país y que además aún no se conocen sus efectos a largo plazo? y, sobre todo, ¿qué le da a usted Bexero a cambio de defender tan encarecidamente su vacuna? No quiero abrir la caja de Pandora con este tema porque cada uno tenemos nuestra opinión, todas respetables, y es extenso y complejo. Pero me toca mucho las narices que los médicos en general y los pediatras en particular se dejen comprar por los laboratorios y las farmacéuticas y usen el miedo para obligarnos a usar sus fórmulas. En otra ocasión trataré otra cosa que me parece flagrante también y es la falta de formación y actualización de algunos especialistas, porque este señor también dejó caer que a partir de los seis meses ya hablaríamos de alimentación, que mi hijo empezaría a pasar hambre pues lo alimento solo con leche materna. Ay, ¿pero es que, aparte de no tener ni idea y venderse a las empresas de leche y alimentos infantiles, no ve usted a mi mayor, fuerte como un roble, amamantado en exclusiva hasta los ocho meses y que sigue mamando, como, por cierto, recomienda la OMS? Lo dicho, sobre esto escribiré otro día.
3. Ayer. Se acerca el tercer cumpleaños de Marcos y su tía de Alemania, que debe de ser tan ingenua como yo, tiene ilusión de hacerle llegar algo de dinero a su sobrino junto con una postal. Y no se le ocurre otra cosa que, como ahora ya sabemos, la locura de enviarla por correo ordinario. Cuando vi el sobre roto por la parte de bajo y fui consciente de que habían sustraído el dinero, no podía creerlo. Mi cerebro no procesaba el hecho de que alguien hubiese sabido que ahí iba dinero -un miserable billete de cincuenta euros- y lo hubiese abierto. Al enterarme de que la postal había llegado dentro de una bolsita de plástico que rezaba: "deteriorado en este servicio", comprendí que el robo había sucedido dentro del proceso de envío, es decir, que alguien, tras pasar la carta por un escáner y saber a ciencia cierta lo que había dentro, cogió el dinero y muy amablemente dejó que la postal llegara a casa. Qué mala suerte. Pero ya quedé estupefacta al contarlo a algunas personas y escucharles que estaba claro que iba a pasar, que a quién se le ocurre y, ah, si eso lo hacen aposta para que la gente no envíe dinero así, sin pagar más, o por medios "legales", porque de esa manera se puede blanquear dinero, etc. En serio, aún estoy en shock. Porque esta mañana he estado husmeando por internet y efectivamente parece que es de lo más normal que las cartas con dinero lleguen vacías. Eso me ha llevado a buscar si es que es ilegal mandar dinero en una carta y resulta que no, no lo es. Sin embargo, sí es un delito abrir correo ajeno y robar, ¿no? A ver, es que no me cuadra, que para que mi cuñada no pueda usar cincuenta euros y mi hijo recibirlos sin declararlos, alguien de Correos se los quede. ¿Los funcionarios tienen un apartado para declarar "dinero recaudado de las cartas"?, ¿o cómo? Es que no me entero. Porque si es ilegal mandar dinero por correo ordinario, que pongan un cartel en las oficinas y avisen, como tantas otras prohibiciones se exhiben. O también me parecería más coherente y sobre todo mucho más ético, que al detectar el dinero en la carta la devolvieran a su remitente en un plastiquito con una cruz marcada en la casilla "dinero no". Que supongo era evidente para la minuciosa inspección que no se trataba de ningún fraude. Ah, no, es que las normas se aplican a grosso modo, a rajatabla, para todos igual. Pero, ¿norma tácita, ley o qué? Por favor, explíquenme cómo se pueden evadir impuestos, llevar dinero a paraísos fiscales, hacer desaparecer fondos públicos o de alguna empresa... si está todo tan controlado. Ah, es que los que más roban son precisamente los que controlan. Ah, es que los que en realidad estamos controlados somos los currantes, los que vivimos solo con un sueldo y lo declaramos y no podemos gastar ni un céntimo sin que se sepa. ¡Cuánta libertad! Cada vez se aprietan más las tuercas de un sistema que favorece a los de arriba y machaca a los de abajo. No tardará mucho en llegar el día en que no exista el dinero en metálico y nosotros, felices y contentos de tanta facilidad para pagar, nos hundamos en la esclavitud total.
Ojalá estas tres anécdotas fueran simplemente eso, pero no, para mí son algo más, ustedes saquen sus propias conclusiones . Que sí, claro, hay gente buena y amable, hay profesionales como la copa de un pino, hay quienes no se dejan corromper. Por supuesto, muchísimos, porque si no sería imposible vivir en este mundo. No obstante, el sistema, en general, apesta. Y yo, aún habiendo escrito sobre ello, sigo indignada.
CDR
miércoles, 20 de septiembre de 2017
SALUD MENTAL
No recuerdo exactamente en boca de quién, pero en una conferencia a la que asistí hace unos años el ponente afirmó que las enfermedades mentales serían el gran mal del siglo XXI y que, si de carreras con éxito asegurado hablamos, podemos aconsejar a nuestros hijos que estudien psiquiatría, que clientes no les van a faltar. Y tristemente me doy cuenta de que así es. Cada vez hay más diagnósticos, lo que se traduce en más y más personas -adultos y también niños- medicados por razones de salud mental.
Traigo este tema a colación hoy porque precisamente me he tropezado con una entrevista al doctor Jorge L. Tizón (psiquiatra, psicoanalista, psicólogo y neurólogo, profesor de la Universidad Ramón Llull de Barcelona), que asegura que la enfermedad mental no existe como tal. Y es lo que yo creo, al menos de algunas de ellas, como el TDHA -trastorno por déficit de atención e hiperactividad-, que no deja de ser una invención para simplificar determinados problemas infantiles y medicar a los niños con psicoestimulantes. Ya no solo como profesora, sino que en mi entorno privado cada vez conozco más casos. Y me parece muy triste, desalentador. Pero sobre todo, grave, muy grave. Porque estos medicamentos inciden directamente sobre el cerebro del niño, inhiben su comportamiento, merman sus capacidades emocionales y condicionan para siempre su futuro y su vida. Les damos anfetaminas de niños y luego les prohibimos que tomen drogas en la adolescencia, que beban y/o fumen cuando sean mayores y en definitiva, después de enseñarles que con una sustancia química todo tiene arreglo, esperamos que se conviertan en adultos sanos y resilientes. En esta sociedad nuestra lo que se busca es la solución fácil y rápida, y en este sentido han encontrado filón las farmacéuticas, que ofrecen sin remordimiento toda una gama de medicamentos para evitar que los niños sean inquietos, que les cueste concentrarse, que se enfaden... ¿Pero cómo van a concentrarse si están sobreestimulados? ¿Cómo puede un niño estar seis horas diarias sentado en un aula asimilando datos? ¿Es posible prestar atención tanto tiempo si los dispositivos móviles les permiten estar continuamente conectados sin estar centrados en nada realmente? ¿No es normal que estén irritados los niños que desde que nacen tienen múltiples cuidadores? ¿Es raro que estén agobiados si tienen agendas tan apretadas como altos ejecutivos? Y un largo etcétera. Me parece que existen muchas vías para solucionar estos problemas antes de recurrir a la pastilla diaria. Claro que eso es lo más fácil, lo más rápido, lo más rentable para la gran industria que crece cada día y nunca tiene bastante.
Además, lo cierto es que exactamente lo mismo es aplicable a los adultos.Según el doctor Tizón, España es el primer país del mundo en consumo de hipnosedantes y el segundo en antidepresivos, sin dejar atrás los neurolépticos. Hoy hay pastillas para todo. No reflexionamos sobre la realidad, sobre nuestra situación, no nos escuchamos, no nos permitimos estar mal, tenemos que ser invencibles, permanentemente felices, sin tregua. Empezando por la importancia de los primeros vínculos y experiencias en la infancia -cosa que si bien ya no podemos cambiar sí podemos reconocer y sanar-, hasta la gestión de las emociones, pasando por multitud de causas (además de las que puedan ser biológicas), como sociales o relacionales, hay que tener en cuenta que los trastornos mentales son complejos y van más allá de un simple diagnótico psiquiátrico y consiguiente receta. No digo que no exista la depresión, por ejemplo, solo digo que está sobrediagnosticada y por tanto, peor diagnosticada. Y que somos humanos, que debemos poder vivir a veces con pena, con angustia, con miedo... que hay que asimilar y dejar fluir también lo negativo, canalizarlo, no camuflarlo ni acallarlo. ¿De qué me sirve una pastilla que me ayude a dormir si no acepto aquello que me lo impide? Tampoco niego que haya veces que sea necesario tomar algo, hablo del exceso, de la hipermedicalización, de la cronificación, contraria a la curación.
Como en tantas otras cosas, respecto a esta cuestión mental, el problema está en que se atiende al beneficio económico inmediato. No seamos ingenuos y pensemos que el sistema vela por nosotros. Ante la actualidad imperante, de horarios incompatibles con la familia, agendas sobrecargadas, conexión ad infinitum... hemos de retomar en la medida de lo posible las riendas de nuestras vidas, cuidar nuestra alimentación, hacer ejercicio, cultivar las relaciones personales, colmar de amor a nuestros hijos, disfrutar con lo que hacemos, tomar el sol, respirar, ser conscientes.
Porque el modelo social imperante está caduco, no sirve, atenta contra nuestro desarrollo personal y el de nuestros niños y jóvenes. La situación, de verdad, es injusta y peligrosa.
CDR
Traigo este tema a colación hoy porque precisamente me he tropezado con una entrevista al doctor Jorge L. Tizón (psiquiatra, psicoanalista, psicólogo y neurólogo, profesor de la Universidad Ramón Llull de Barcelona), que asegura que la enfermedad mental no existe como tal. Y es lo que yo creo, al menos de algunas de ellas, como el TDHA -trastorno por déficit de atención e hiperactividad-, que no deja de ser una invención para simplificar determinados problemas infantiles y medicar a los niños con psicoestimulantes. Ya no solo como profesora, sino que en mi entorno privado cada vez conozco más casos. Y me parece muy triste, desalentador. Pero sobre todo, grave, muy grave. Porque estos medicamentos inciden directamente sobre el cerebro del niño, inhiben su comportamiento, merman sus capacidades emocionales y condicionan para siempre su futuro y su vida. Les damos anfetaminas de niños y luego les prohibimos que tomen drogas en la adolescencia, que beban y/o fumen cuando sean mayores y en definitiva, después de enseñarles que con una sustancia química todo tiene arreglo, esperamos que se conviertan en adultos sanos y resilientes. En esta sociedad nuestra lo que se busca es la solución fácil y rápida, y en este sentido han encontrado filón las farmacéuticas, que ofrecen sin remordimiento toda una gama de medicamentos para evitar que los niños sean inquietos, que les cueste concentrarse, que se enfaden... ¿Pero cómo van a concentrarse si están sobreestimulados? ¿Cómo puede un niño estar seis horas diarias sentado en un aula asimilando datos? ¿Es posible prestar atención tanto tiempo si los dispositivos móviles les permiten estar continuamente conectados sin estar centrados en nada realmente? ¿No es normal que estén irritados los niños que desde que nacen tienen múltiples cuidadores? ¿Es raro que estén agobiados si tienen agendas tan apretadas como altos ejecutivos? Y un largo etcétera. Me parece que existen muchas vías para solucionar estos problemas antes de recurrir a la pastilla diaria. Claro que eso es lo más fácil, lo más rápido, lo más rentable para la gran industria que crece cada día y nunca tiene bastante.
Además, lo cierto es que exactamente lo mismo es aplicable a los adultos.Según el doctor Tizón, España es el primer país del mundo en consumo de hipnosedantes y el segundo en antidepresivos, sin dejar atrás los neurolépticos. Hoy hay pastillas para todo. No reflexionamos sobre la realidad, sobre nuestra situación, no nos escuchamos, no nos permitimos estar mal, tenemos que ser invencibles, permanentemente felices, sin tregua. Empezando por la importancia de los primeros vínculos y experiencias en la infancia -cosa que si bien ya no podemos cambiar sí podemos reconocer y sanar-, hasta la gestión de las emociones, pasando por multitud de causas (además de las que puedan ser biológicas), como sociales o relacionales, hay que tener en cuenta que los trastornos mentales son complejos y van más allá de un simple diagnótico psiquiátrico y consiguiente receta. No digo que no exista la depresión, por ejemplo, solo digo que está sobrediagnosticada y por tanto, peor diagnosticada. Y que somos humanos, que debemos poder vivir a veces con pena, con angustia, con miedo... que hay que asimilar y dejar fluir también lo negativo, canalizarlo, no camuflarlo ni acallarlo. ¿De qué me sirve una pastilla que me ayude a dormir si no acepto aquello que me lo impide? Tampoco niego que haya veces que sea necesario tomar algo, hablo del exceso, de la hipermedicalización, de la cronificación, contraria a la curación.
Como en tantas otras cosas, respecto a esta cuestión mental, el problema está en que se atiende al beneficio económico inmediato. No seamos ingenuos y pensemos que el sistema vela por nosotros. Ante la actualidad imperante, de horarios incompatibles con la familia, agendas sobrecargadas, conexión ad infinitum... hemos de retomar en la medida de lo posible las riendas de nuestras vidas, cuidar nuestra alimentación, hacer ejercicio, cultivar las relaciones personales, colmar de amor a nuestros hijos, disfrutar con lo que hacemos, tomar el sol, respirar, ser conscientes.
Porque el modelo social imperante está caduco, no sirve, atenta contra nuestro desarrollo personal y el de nuestros niños y jóvenes. La situación, de verdad, es injusta y peligrosa.
CDR
domingo, 17 de septiembre de 2017
APRENDIZAJE
En este domingo preotoñal, ya con temperaturas fresquitas y rutina casi vuelta a instalar en casa, es una magnífica opción retomar también el hábito de la lectura y coger entre manos un buen libro. Mi recomendación hoy es una interesante novela de Muñoz Molina, con tintes policíacos, mucha introspección, y asentada sobre hechos reales.
La
larga y prolífica trayectoria literaria de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaen,
1956) avala esta última novela del autor, titulada Como la sombra que se va (2014), una ingente obra tanto por su
argumento, como por su volumen, muy ambiciosa. Desde que en 1986 apareciera su
primera novela, Beatus Ille, Muñoz
Molina no ha dejado de escribir, colaborando con sus novelas, relatos, ensayos,
con su vocación literaria en fin, al engrandecimiento de la literatura hispánica
contemporánea. En 1995 fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua y
ha recibido numerosos reconocimientos. Galardonado en 2013 con el Premio
Príncipe de Asturias de las Letras, los soportes argumentales que utiliza en
esta novela son, por un lado, los días que pasa en Lisboa el asesino de Martin
Luther King, James Earl Ray, tras el crimen y, por otro, los días transcurridos
en la misma ciudad de un joven funcionario con fuerte inclinación a la
escritura, que resulta ser el propio Muñoz Molina, para terminar su novela.
Así, de la rememoración del proceso de El
invierno en Lisboa (1987) y de la lectura de los archivos del FBI sobre el
crimen racial de King, surge hoy una trama que nada tiene que envidiarle a las
novelas policíacas y, al mismo tiempo, una profunda reflexión sobre la
escritura, que se convierte en una verdadera teoría de la novela, sin abandonar
ingredientes tan importantes como el amor, la familia o la condición humana.
La curiosidad nunca saciada del
lector por saber si lo que lee tiene que ver verdaderamente con el autor de la
novela queda en este caso totalmente satisfecha por la franqueza que se muestra
en un relato introspectivo a la vez que pulcramente escrito, como ya nos tiene
acostumbrados el escritor jienense. Una novela a tres voces que no presenta,
sin embargo, ningún tipo de desequilibrio ni supone confusión alguna para el
lector. De hecho, uno de sus grandes aciertos es la unidad de la que está
dotada. Por momentos, el joven escritor, el escritor de hoy –que siendo la
misma persona, se diferencian por un espacio temporal de casi treinta años– y
el asesino parecen mezclarse en una conciencia única coincidente en el
sufrimiento vital. Mientras que la ciudad de Lisboa vertebra el argumento con
su omnipresencia y su poderosa influencia sobre los personajes. Ambos huyen de
algo y Lisboa es el refugio que encuentran para de una u otra forma solucionar
sus problemas; y es Lisboa donde se desatan los recuerdos del escritor
presente, como si de una especie de palpitación se tratase, que le llevan a
elaborar esta trama.
Porque el punto de partida es un
viaje del autor en 2012 a la capital portuguesa para encontrarse con su hijo
menor, el que tenía apenas un mes de vida cuando él se ausentó de casa en las
entrañables fechas navideñas, con el consecuente sentimiento de lucha interna
entre la empecinada vocación literaria y las obligaciones familiares. El
recuerdo doloroso del pasado y de la historia de Earl Ray, magistralmente enlazados,
desencadenan una narración en dos tiempos desde la perspectiva del presente. Sin
embargo, no es tan sencillo como pueda parecer: tres voces, una ciudad,
ausencia de diálogos, acción latente, proceso creativo. Todos estos elementos,
sometidos a la pluma soberbia de Muñoz Molina, dan como resultado una visión
sobre la cara más desoladora de la historia americana, así como un
pormenorizado recorrido por lo que es la confección de una novela, elección de
la voz narrativa, desarrollo de la trama e inevitable desenlace. Efectivamente,
la descripción del hombre blanco, lector de novelas de detectives, obras
esotéricas y enciclopedias obsoletas, profundamente racista, que decide acabar
con la vida del carismático líder negro, cobra absoluto sentido con la propia
descripción de la víctima en las últimas horas antes de morir. No importa el
brillo del personaje, su capacidad retorica ni de mover a las multitudes, sino
que se muestran sus debilidades y su agobio existencial. De modo que la
sordidez, la miseria y la mezquindad humanas arrojan luz sobre los grandes
misterios humanos y, en este caso, incluso políticos. Expuesta queda también,
como nexo de unión, la propia desdicha del autor ante las elecciones que uno
mismo hace pero a las que parece estar abocado fatalmente; lo casual, lo
inopinado suele dirigir la realidad. Destaca, desde luego, la magnífica labor
de documentación realizada por el de Úbeda para ambientar la historia y dejar
bien atado todo lo que se refiere a la realidad histórica. No obstante, empezamos
leyendo una novela sobre el asesino de Luther King, que se hace pasar por otro en
su huida, y acabamos sabiendo muchísimo del autor que escribe su propia
historia de rencuentro consigo mismo y con el amor, amparándose en la
recreación de este importante episodio americano. Finalmente, el resultado es
un apasionante relato de intriga, secretos, recuperación de la memoria y
reflexión literaria.
Como
la sombra que se va aborda temas recurrentes en la obra de Muñoz Molina,
desde el juicio que aportan los años y la experiencia. La atmósfera asfixiante,
la meticulosa descripción del mal en Plenilunio
(1997) aparecen aquí claramente, o el perfil del psicópata al que se enfrenta
el protagonista nos recuerda sobremanera al dibujo del asesino Ray; la
dificultad para encontrar el punto de vista narrativo, que llevó a un proceso
de siete años para Beatus Ille, está
tratado aquí de forma soberbia; la fragilidad del instante, la construcción de
la propia identidad, la evocación del pasado como forma de entender el
presente, manejados en todos sus escritos, sobresalen en esta novela madura de
transparencia narrativa. Si la publicación de El invierno en Lisboa cambió la vida del autor, al consagrarlo como
escritor y sacarlo de su anodina existencia de funcionario, es en el presente,
con esta magnífica novela, cuando se consolida el proceso de aprendizaje. Un
relato sobre la dificultad de aprender a vivir, de aprender a escribir. En
cuanto a las confesiones personales que se realizan, suponen, por su franqueza
y claridad, un verdadero examen de conciencia que conecta con el interés de
Muñoz Molina por la vulnerabilidad de los derechos humanos. Una vez abiertos
los archivos del FBI sobre el magnicidio y situado en la misma Lisboa por la
que vagó el asesino durante diez días, como él años después con sus cargas a
cuestas, escribir esta historia de obsesiones se convierte en un perfecto
ejercicio expiatorio. Un autorretrato del propio autor, donde aparecen sus
ideales literarios, su maestro Onetti, sus culpas, su salvación.
No tiene desperdicio.
¡Feliz lectura!
CDR
miércoles, 13 de septiembre de 2017
PIEL(ES)
La piel es una frontera
que nos envuelve
y protege nuestros límites.
Piel es (mi), (tu), su color.
La piel es un latido
que se oye hacia afuera
y acoge nuestras emociones.
Piel es (mi), tu, (su) sabor.
La piel es una playa
de arenas doradas
surcadas por el viento.
Piel es mi, (tu), (su) tacto.
La piel es como el alma
que se muestra desnuda
y silenciosa lo dice todo.
Piel es mi, tu, su oído.
La piel es un sentido
que son cinco sentidos
y nos recorre todo el cuerpo.
La piel es nuestro olfato.
La piel nos diferencia
y nos hace iguales en esencia.
La piel es una roca,
la piel es una esponja,
la piel es un tira
y afloja.
La piel muerde a empellones,
habla a roces y caricias,
siente, palpita, toca,
duele y huele a vida.
La piel es un arcoiris
de tonos
humanos,
que son los colores
(más de siete)
de la existencia.
La piel es mi, tu, su piel,
la piel del mundo,
diverso,
uno.
CDR
que nos envuelve
y protege nuestros límites.
Piel es (mi), (tu), su color.
La piel es un latido
que se oye hacia afuera
y acoge nuestras emociones.
Piel es (mi), tu, (su) sabor.
La piel es una playa
de arenas doradas
surcadas por el viento.
Piel es mi, (tu), (su) tacto.
La piel es como el alma
que se muestra desnuda
y silenciosa lo dice todo.
Piel es mi, tu, su oído.
La piel es un sentido
que son cinco sentidos
y nos recorre todo el cuerpo.
La piel es nuestro olfato.
La piel nos diferencia
y nos hace iguales en esencia.
La piel es una roca,
la piel es una esponja,
la piel es un tira
y afloja.
La piel muerde a empellones,
habla a roces y caricias,
siente, palpita, toca,
duele y huele a vida.
La piel es un arcoiris
de tonos
humanos,
que son los colores
(más de siete)
de la existencia.
La piel es mi, tu, su piel,
la piel del mundo,
diverso,
uno.
CDR
lunes, 11 de septiembre de 2017
PERMISO PARA BAILAR
Creo que hasta hoy no lo había confesado públicamente, pero quienes me conocen un poquito más a fondo saben que bailar ha sido siempre una de mis pasiones. De hecho, cuando era niña y adolescente inventaba coreografías y soñaba con dedicarme a ello, hasta que se me hizo ver la inutilidad de tal aspiración, relegando entonces el baile en pro de cosas más prácticas y que, sí es cierto, también me apasionaban, como son los libros, estudiar... ser docente y escritora aficionada.
Pero a día de hoy me pregunto, ¿acaso son cosas excluyentes? Y me parece que no, sin embargo, bailar es algo que tengo totalmente abandonado en todos los sentidos, porque no hace falta dedicarse a ello profesionalmente o no bailar en absoluto. ¿Entonces? Adivino lo que están pensando, y tienen razón, quizás no sea ahora el mejor momento de mi vida para retomar esta afición, criando dos niños, trabajando y todas las actividades que ambas cosas conllevan, más otras extra como escribir este blog. No obstante, ¿qué le vamos a hacer? Hoy me he levantado con esta idea en la cabeza y no descarto, en este inicio de septiembre, con el nuevo curso, que es una especie de año nuevo, y buen momento para iniciar un hábito, darme permiso para bailar.
Porque al reflexionar sobre ello me doy cuenta de que el baile debiera ser obligado en nuestra vida. Sí, quiero. Moverme libremente, celebrar mi cuerpo al son de la música y olvidarme de problemas, de normas, del tiempo, conectar conmigo misma y escuchar los latidos de mi corazón.
Y es que, ¿por qué somos tan rígidos?, ¿por qué olvidamos algo que es inherente al ser humano, el movimiento, la unión con la música, la expresión corporal?, ¿por qué no está presente el baile en las escuelas, en los trabajos? ... Bueno, esto sería otro tema, relacionado, pero que no me apetece abordar ahora. Por tanto, en singular, ¿por qué me olvidé de la maravilla de sentir la música y dejar a mi cuerpo expresarse?
Sí, quiero. Firmemente me propongo volver a disfrutar, sin instrucciones, dejándome llevar, permitirme de nuevo esa alegría, introducir esa rutina en mi vida. Y bailar. Vivir.
¿Se apuntan?
CDR
Pero a día de hoy me pregunto, ¿acaso son cosas excluyentes? Y me parece que no, sin embargo, bailar es algo que tengo totalmente abandonado en todos los sentidos, porque no hace falta dedicarse a ello profesionalmente o no bailar en absoluto. ¿Entonces? Adivino lo que están pensando, y tienen razón, quizás no sea ahora el mejor momento de mi vida para retomar esta afición, criando dos niños, trabajando y todas las actividades que ambas cosas conllevan, más otras extra como escribir este blog. No obstante, ¿qué le vamos a hacer? Hoy me he levantado con esta idea en la cabeza y no descarto, en este inicio de septiembre, con el nuevo curso, que es una especie de año nuevo, y buen momento para iniciar un hábito, darme permiso para bailar.
Porque al reflexionar sobre ello me doy cuenta de que el baile debiera ser obligado en nuestra vida. Sí, quiero. Moverme libremente, celebrar mi cuerpo al son de la música y olvidarme de problemas, de normas, del tiempo, conectar conmigo misma y escuchar los latidos de mi corazón.
Y es que, ¿por qué somos tan rígidos?, ¿por qué olvidamos algo que es inherente al ser humano, el movimiento, la unión con la música, la expresión corporal?, ¿por qué no está presente el baile en las escuelas, en los trabajos? ... Bueno, esto sería otro tema, relacionado, pero que no me apetece abordar ahora. Por tanto, en singular, ¿por qué me olvidé de la maravilla de sentir la música y dejar a mi cuerpo expresarse?
Sí, quiero. Firmemente me propongo volver a disfrutar, sin instrucciones, dejándome llevar, permitirme de nuevo esa alegría, introducir esa rutina en mi vida. Y bailar. Vivir.
¿Se apuntan?
CDR
miércoles, 6 de septiembre de 2017
VENENOS
Según el Diccionario de la Real Academia, el veneno, sea del tipo que sea, es algo nocivo para la salud, capaz de producir graves alteraciones funcionales e incluso causar un daño mortal.
Y cierto es que de todas las formas de morir (sobre todo a manos ajenas), el envenenamiento es un continuo en la historia del mundo. Esto lo sabe muy bien Adela Muñoz Páez, catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla y autora de un libro muy interesante que ha caído en mis manos por casualidad, Historia del veneno. De la cicuta al Polonio (Debate, 2012)
Se trata de un magnífico recorrido por la historia de los tóxicos, en el que Muñoz Páez hace gala de sus conocimientos profesionales, pero además, relata de forma muy amena las diferentes maneras de ser de este afán ancestral por deshacerse del prójimo de un modo, digamos, no sangriento. Desde el instinto criminal puro y duro, hasta las más variadas motivaciones inspiradas por el poder, el dinero y el amor. Los tres grandes.
El repaso que hace la autora nos acerca al último suspiro de Sócrates -la gracias a él conocida cicuta-, para nombrar los venenos de Estado usados para ejecutar a los condenados. Y nos lleva de paseo por los senderos del también famoso cianuro, el talio y hasta el polonio, ya en la actualidad, como parte del refinamiento tecnológico en envenenamiento. Volvemos en sus páginas a la muerte de Cleopatra por mordedura de una serpiente que nunca se encontró; los asesinatos a la carta en el Imperio Romano; la creación de un tribunal especial para investigar el uso de los venenos en la corte del Rey Sol (s. XVII), debido a la proliferación de estos; el asesinato de Rasputín en la corte de los zares; sin olvidar el misterio de las pócimas secretas de las hechiceras o de los alquimistas; o incluso el singular ensayo de Mitríades VI para encontrar el antídoto universal.
Plantas, sustancias químicas y farmacológicas, pruebas, experimentos, investigaciones, crímenes, suicidios... un surtidísimo catálogo venenoso que nos recuerda episodios tan tristes como el exterminio de la Segunda Guerra Mundial, para centrarse finalmente en la historia española, donde si bien no abundan los envenenamientos (aquí somos más de garrote, navaja, tiro), leemos no pocas historias de sustancias letales.
Un libro curioso que, aparte de ilustrarnos sobre venenos, deja, al menos esporádicamente, cierto regusto de inquietud...
CDR
Y cierto es que de todas las formas de morir (sobre todo a manos ajenas), el envenenamiento es un continuo en la historia del mundo. Esto lo sabe muy bien Adela Muñoz Páez, catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla y autora de un libro muy interesante que ha caído en mis manos por casualidad, Historia del veneno. De la cicuta al Polonio (Debate, 2012)
Se trata de un magnífico recorrido por la historia de los tóxicos, en el que Muñoz Páez hace gala de sus conocimientos profesionales, pero además, relata de forma muy amena las diferentes maneras de ser de este afán ancestral por deshacerse del prójimo de un modo, digamos, no sangriento. Desde el instinto criminal puro y duro, hasta las más variadas motivaciones inspiradas por el poder, el dinero y el amor. Los tres grandes.
El repaso que hace la autora nos acerca al último suspiro de Sócrates -la gracias a él conocida cicuta-, para nombrar los venenos de Estado usados para ejecutar a los condenados. Y nos lleva de paseo por los senderos del también famoso cianuro, el talio y hasta el polonio, ya en la actualidad, como parte del refinamiento tecnológico en envenenamiento. Volvemos en sus páginas a la muerte de Cleopatra por mordedura de una serpiente que nunca se encontró; los asesinatos a la carta en el Imperio Romano; la creación de un tribunal especial para investigar el uso de los venenos en la corte del Rey Sol (s. XVII), debido a la proliferación de estos; el asesinato de Rasputín en la corte de los zares; sin olvidar el misterio de las pócimas secretas de las hechiceras o de los alquimistas; o incluso el singular ensayo de Mitríades VI para encontrar el antídoto universal.
Plantas, sustancias químicas y farmacológicas, pruebas, experimentos, investigaciones, crímenes, suicidios... un surtidísimo catálogo venenoso que nos recuerda episodios tan tristes como el exterminio de la Segunda Guerra Mundial, para centrarse finalmente en la historia española, donde si bien no abundan los envenenamientos (aquí somos más de garrote, navaja, tiro), leemos no pocas historias de sustancias letales.
Un libro curioso que, aparte de ilustrarnos sobre venenos, deja, al menos esporádicamente, cierto regusto de inquietud...
CDR
viernes, 1 de septiembre de 2017
CON-TACTO
Entre besos y abrazos fuimos concebidos,
recibidos al llegar a este mundo
entre besos y abrazos,
que enseñaron a nuestra piel
los primeros afectos
y estabilizaron nuestra microflora,
porque somos animales de sangre caliente
y necesitamos el contacto para mantener
nuestras constantes, si no vitales,
aunque al principio incluso,
biológicas y ambientales.
Los primeros años de vida el remedio a todos los males
es el contacto directo con la madre,
besos y abrazos, piel con piel, corazón contra corazón,
bienestar, calidez, amor de calidad,
necesidad recíproca, dar y recibir
un poder reconfortante.
Y después también, pero lo olvidamos,
nos encorsetamos,
no hace falta estar enamorado,
pareja, sí, pero hijos, amigos, familia,
¿por qué no, desconocidos?
Huele, siente y sabrás si te conviene.
Si eres un ser solitario,
estés o no estés solo,
da igual que estés acostumbrado,
no naciste así, lo aprendiste después,
serás más débil y enfermarás más,
puede que mueras más joven.
¿Vergüenza?, ¿pudor?
Deja la inhibición y vuelve a tu niño interior,
achuchones, risas, fuertes abrazos y besos por todos lados.
Desbloquéate, que salgan tus emociones, que aumenten tu salud,
tu felicidad, tu bienestar.
Toca,
usa tus manos, pide otras manos,
masajea, explora, sé descubierto,
abraza,
abréte a los abrazos, pierdéte en unos brazos,
besa,
usa los labios, busca besos,
contacto
con tacto.
CDR
recibidos al llegar a este mundo
entre besos y abrazos,
que enseñaron a nuestra piel
los primeros afectos
y estabilizaron nuestra microflora,
porque somos animales de sangre caliente
y necesitamos el contacto para mantener
nuestras constantes, si no vitales,
aunque al principio incluso,
biológicas y ambientales.
Los primeros años de vida el remedio a todos los males
es el contacto directo con la madre,
besos y abrazos, piel con piel, corazón contra corazón,
bienestar, calidez, amor de calidad,
necesidad recíproca, dar y recibir
un poder reconfortante.
Y después también, pero lo olvidamos,
nos encorsetamos,
no hace falta estar enamorado,
pareja, sí, pero hijos, amigos, familia,
¿por qué no, desconocidos?
Huele, siente y sabrás si te conviene.
Si eres un ser solitario,
estés o no estés solo,
da igual que estés acostumbrado,
no naciste así, lo aprendiste después,
serás más débil y enfermarás más,
puede que mueras más joven.
¿Vergüenza?, ¿pudor?
Deja la inhibición y vuelve a tu niño interior,
achuchones, risas, fuertes abrazos y besos por todos lados.
Desbloquéate, que salgan tus emociones, que aumenten tu salud,
tu felicidad, tu bienestar.
Toca,
usa tus manos, pide otras manos,
masajea, explora, sé descubierto,
abraza,
abréte a los abrazos, pierdéte en unos brazos,
besa,
usa los labios, busca besos,
contacto
con tacto.
CDR
jueves, 31 de agosto de 2017
EL PODER
El verano pasado, mi polifacética e inquieta compañera y amiga Esperanza Manzanera me invitó a participar en un proyecto solidario que consistía en publicar un libro cuyos beneficios estarían destinados a la protectora de animales APA Nueva Vida de Huércal-Overa (Almería) Fue la manera que se le ocurrió de ayudar a los pobres animales abandonados y de contribuir a la maravillosa labor que realiza diariamente la protectora, con su presidenta, Eli Alheña, a la cabeza.
Se le ocurrió, se lo curró... y salió. El libro del perrillo solo vio la luz en diciembre de 2016, con la ayuda de otros tantos autores, escritores, fotógrafos, pintores, personas altruistas todas y, sobre todo, amantes de los animales, que dimos lo mejor de nosotros mismos en nuestros relatos, dibujos, fotografías, para hacer real y efectiva la ayuda que tan loablemente a Esperanza le nació dar.
Hoy el libro sigue a la venta, por supuesto. Y sigue teniendo tanta importancia como entonces su venta, porque desgraciadamente los animales siguen siendo abandonados, cuando no maltratados, y siguen necesitando comida y cuidados. Es, pues, algo más que un libro, una joya para regalar, para regalarte, para que continúe dando sentido a la conciencia y al talento que lo hicieron posible.
Si vives en Huércal, lo encontrarás en las papelerías Paqui y Bulevar. Y si no, date una vuelta por Amazon y te lo envían a casa rápidamente. Tú puedes cambiar la realidad si no te gusta. No hay excusas, sabes de sobra que los pequeños gestos cuentan.
Y por si sientes curiosidad -ojalá consiga que aumente y quieras, necesites, comprar el libro- aquí va mi aportación al mismo, mi relato "El poder":
Se le ocurrió, se lo curró... y salió. El libro del perrillo solo vio la luz en diciembre de 2016, con la ayuda de otros tantos autores, escritores, fotógrafos, pintores, personas altruistas todas y, sobre todo, amantes de los animales, que dimos lo mejor de nosotros mismos en nuestros relatos, dibujos, fotografías, para hacer real y efectiva la ayuda que tan loablemente a Esperanza le nació dar.
Hoy el libro sigue a la venta, por supuesto. Y sigue teniendo tanta importancia como entonces su venta, porque desgraciadamente los animales siguen siendo abandonados, cuando no maltratados, y siguen necesitando comida y cuidados. Es, pues, algo más que un libro, una joya para regalar, para regalarte, para que continúe dando sentido a la conciencia y al talento que lo hicieron posible.
Si vives en Huércal, lo encontrarás en las papelerías Paqui y Bulevar. Y si no, date una vuelta por Amazon y te lo envían a casa rápidamente. Tú puedes cambiar la realidad si no te gusta. No hay excusas, sabes de sobra que los pequeños gestos cuentan.
Y por si sientes curiosidad -ojalá consiga que aumente y quieras, necesites, comprar el libro- aquí va mi aportación al mismo, mi relato "El poder":
Sofía
inspecciona minuciosamente la nueva casa. Aris y Mine no son problema, porque puede
acceder a lugares vedados para ellos, que se limitan a husmear por los rincones
y olfatear el pasillo, las escaleras y los bajos de las puertas. Sofía es curiosa
y, con la agilidad que la caracteriza, sube y baja, entra y sale, sin que los
otros miembros de la familia ni siquiera se percaten. Todos están muy atareados
con la mudanza, descargando cajas, abriendo bultos y colocando cosas. Además,
Sofía se lleva muy bien con sus hermanos caninos. Ella llegó la última y los
dos Terrier la recibieron con cordialidad, le hicieron en seguida un hueco e
incluso se podría decir que la adoptaron, pues Sofía fue abandonada cuando
tenía tan solo cuatro semanas y prácticamente no recordaba a su verdadera
madre, si bien conservaba un vago recuerdo de su olor y del calorcito de su
cuerpo. Cuando Alicia la encontró y la llevó a casa, a sus padres no pareció
hacerles mucha gracia la idea, el piso era pequeño y ya tenían dos perros, pero
su buen corazón les impidió dejarla, primero la tuvieron de acogida, pero antes
del mes ya habían decidido quedársela. Ahora, no es que le entusiasmara, ¡era
una gata!, pero hasta salía a dar paseos con Alicia, Aris y Mine. Lo que más le
gustaba -aparte de la ilusión que le hacía a la niña y el orgullo de sus
compañeros- era ver la cara de la gente cuando los veía. Ese era uno de los
alicientes de mudarse, pues al fin y al cabo en el otro barrio ya estaban
acostumbrados a verlos… Le encantaba entonces, cuando alguien cuchicheaba o
abiertamente los señalaba, exagerar su paso y fingir su pose perruna, se lo
pasaba bomba. Sofía, como buena felina, era independiente y orgullosa, pero lo
cierto es que tenía verdadero cariño a su familia y no le importaba hacer algún
pequeño sacrificio; les debía mucho, a todos.
En su revisión a la casa, Sofía
descubre una estancia amplia y luminosa que promete ser su segundo hogar. La
mesa grande debajo del ventanal, las estanterías y los sillones anuncian que se
trata del despacho de Joan, donde ella pasa tantas horas. No cree que en esta
casa sea diferente, siempre le ha permitido estar con él mientras trabaja, y no
piensa abandonar esa costumbre. Le fascina la profesión de su dueño. Ya no solo
por el rimbombante título que reza la placa: Joan Díaz, neurocientífico,
bioquímico y quiropráctico, especialista en desarrollo personal. Sino también
por el contenido de sus charlas, por la firmeza de sus palabras, por la pasión
y entrega con sus pacientes. Y además, porque su estilo de vida era coherente
con su trabajo, no era un mero charlatán, no, creía en lo que hacía y así lo
reflejaba en su vida y en su personalidad. Sofía había aprendido mucho en los
dos años que llevaba con él. Al principio, se refugiaba en el despacho porque
era un lugar con mucho sol y oía la voz de Joan como música de fondo de sus
dulces sueños gatunos. Pero poco a poco, su discurso fue calando en el pequeño
cerebro de Sofía hasta que un día se dio cuenta de que acudía “a la consulta” y
se mantenía con las orejas erguidas como dos antenas, aunque tuviera los ojos
cerrados, así asimilaba mejor la información.
Rememorando esto, con cierta
nostalgia por su antigua casa, la peluda gatita gris sube a la ventana y mira
hacia abajo. Viven a partir de ahora en un dúplex y parece ser que en el piso
inferior hay un bonito patio. Le llaman la atención a primera vista las macetas
de coloridas plantas y los bonitos azulejos, sin embargo de pronto se fija en
que hay una verja que divide el patio en dos partes muy desiguales y que en la
más pequeña, detrás de la valla, está tumbado un chucho pardo y delgado, bajo
el suave sol matinal. Quizás ahora se está bien ahí, pero Sofía no puede evitar
pensar en que ya es casi pleno verano. Venga, no te adelantes, Sofi. Las cosas no
siempre son lo que parecen. Seguro que es un lugar temporal. La gata aparta la
vista y se sacude, quiere quitarse de encima la mala impresión que le ha
causado el dichoso patio de abajo, y salta al suelo, deslizándose por la puerta
entreabierta justo cuando Joan entra con una caja de libros para colocar.
El día transcurre rápido con el
ajetreo de la mudanza. A la hora de la cena, Aris y Mine ya se han instalado en
su cómodo sofá debajo del hueco de la escalera y Sofía dormita también en las
rodillas de Alicia, aburrida momentáneamente de tanta novedad. Llega la hora de
acostarse, Joan y Eva dan un beso a Alicia antes de retirarse y la niña coge a
Sofía para llevársela a su habitación. Ella se deja llevar con mucho gusto y
decide que sí, que dormirá con Alicia esta noche, pero todavía no tiene claro
dónde se instalará. Espera que le compren una nueva cama, la suya la tiraron al
dejar el otro piso porque estaba muy estropeada. Aris y Mine son más
cuidadosos, le dicen, y qué culpa tiene ella de que la naturaleza la haya
dotado de unas maravillosas uñas que debe afilar periódicamente. La verdad es
que lleva ya tres rascadores y dos camas en su corta existencia, pero ese es el
precio a pagar por no tocar nada de la casa, esas cortinas y esos respaldos y
asientos tan tentadores. Al poco de dormirse, cuando aún estaba en el primer
sueño, como suele decirse, Sofía se despierta sobresaltada por unos golpes y
unos quejidos. Solo le hace falta centrarse un poco para entender que se trata
del galgo que vio en el patio por la mañana. El pobre se lanza desesperado
contra la verja de metal y gimotea queriendo llamar la atención de quienes no
parecen hacerle caso. La gata no lo ve, pero se lo imagina nítidamente, tiene
un fino oído y el ruido no deja lugar a dudas. Así continúa sobrecogida Sofía,
preguntándose cómo es posible tal situación, recriminándose pensar mal, es la
primera noche y puede que eso no sea lo habitual. No se imagina que alguien sea
capaz de tener un animal en otras condiciones muy diferentes a las que ella y
sus hermanos Terrier disfrutan. Aunque pensándolo bien, sí, ella misma fue
víctima de un cruel abandono y ha escuchado muchas veces a Alicia hablar con
sus padres de situaciones injustas para las pobres mascotas. Poco a poco,
después de mucho tiempo, los golpes y lloros cesan y Sofía no puede evitar
quedarse dormida, si bien con la firme idea en la cabeza de hacer algo al
respecto.
Afortunadamente, Eva tiene la
costumbre de airear la casa todas las mañanas. Ya hace algo de calor, pero
Alicia es friolera y todavía no abre la ventana por la noche. Y en cuanto todos
se levantan y se ponen a sus tareas, Alicia se va al cole, la lleva su madre
que aprovechará la mañana para hacer unas compras, y Joan sigue acondicionando
su despacho y, bueno, los perros aún dormirán un buen rato más después de su
primer paseo, Sofía sale por la ventana y baja rápida y ágilmente por las
repisas hasta el patio del vecino de abajo. El galgo parduzco parece adormecido,
pero se levanta en cuanto nota la presencia felina y se pone a ladrar, como es
normal. Suponía que reaccionarías así, quiero ayudarte, ser tu amiga, me llamo
Sofía, ¿y tú? Como respuesta solo recibe silencio, un enérgico movimiento de
rabo y un tímido acercamiento por debajo de la valla. No está mal para empezar,
al menos creo que le he caído bien. Y de pronto, la puerta que comunica el
patio con la casa se abre y sale un hombre, escoba en mano, calla, chucho.
Largo de aquí, maldito gato. Sofía trepa veloz por las ventanas. No parece que
a este señor le gusten mucho los animales, bufa Sofía, malhumorada.
Hoy la gata no tiene un buen día,
todos lo han notado, porque se mueve inquieta por la casa, no ha jugado como de
costumbre con Aris y Mine, casi ni ha comido, lo achacan a la mudanza, se está
adaptando, dice Joan cuando Alicia se queja porque Sofía se revuelve cuando la
niña intenta mantenerla en su regazo después de comer. Solo cuando escucha a
Eva comentar a su marido algo sobre el perro de abajo, no es justo, se para
frente a ellos y empieza a maullar. No puedo hacer nada, dice él, todavía es
pronto, esperemos a ver. Sofía no piensa esperar. De él ha aprendido que uno
tiene que tomar las riendas de su vida y que la realidad puede cambiar si
cambian tus pensamientos, que no hay que conformarse con una existencia que no
te gusta. Y efectivamente, cuando llega la noche, y se repiten los golpes y
lloros del galgo, Sofía es presa ya de una fuerte determinación. El sueño la
vence a ratos, pero pasa toda la noche concentrándose en lo que quiere
conseguir, pidiendo que al día siguiente el vecino no esté y pueda hablar
tranquilamente con Valentín, así ha decidido llamarlo, es el nombre que se le
ocurrió al verlo, y le parece que le viene ni que pintado al delgaducho y
triste de abajo.
La gata repite la operación de bajar
al patio y hoy el galgo no le ladra, diría que te alegras de verme, amigo. Las
persianas están bajadas y Sofía se siente satisfecha, no hay nadie en casa.
Mira, Valentín, voy a ser clara, así no puedes seguir, debes ir con tu mente
más allá del espacio y de tu cuerpo, visualizar la vida que quieres y cambiar
tus pensamientos para que este cuchitril donde vives cambie. Tú ahora crees que
esto es lo que te mereces, seguro que siempre te han tratado como si no
valieses nada, pero no, todo lo bueno que puedas imaginar te espera ahí afuera.
Al galgo le cuesta reaccionar, la escucha embelesado porque nadie nunca le
había hablado con cariño… ¿Cómo me has llamado? Pero bueno, de todo lo que te
he dicho, ¿solo te ha impresionado el nombre? Me gusta, y vuelve a mover el rabo
con alegría.
Pasan los días y las noches. Al
principio, Sofía cree que su amigo Valentín no le hace ni caso, sigue
escuchando sus lamentos contra la verja, pero cada vez menos. Por eso baja cada
mañana y le habla con una profunda convicción de todo lo que ha aprendido en la
consulta de su amo, de los cambios que relatan los pacientes, de que todo está
demostrado científicamente, de que ella misma también trabaja en pensar una
vida mejor para él. Nunca más se ha vuelto a encontrar con el vecino. Sofía sabe
cómo hacer realidad sus deseos. Y un día de finales de julio, cuando la peluda
gata gris baja al patio, Valentín no está. No le sorprende, no duda ni un
momento de que lo ha conseguido, pero cuando vuelve a casa y se acuesta en su
cama nueva, no puede evitar una punzada de tristeza en el pecho.
La familia se va de vacaciones. Una
semana en un pueblecito del interior, no muy lejos, para desconectar un poco.
Sofía, como no podía ser de otra manera, se va con ellos, es una más de la
familia, nunca la dejarían sola ni a cargo de nadie. Cuando llegan a la casa
rural que han alquilado, llaman al dueño y le avisan para que venga a darles
las llaves, mientras ellos dan una vuelta por los alrededores. Sofía va
equipada con su arnés, cogida a la correa con sus inseparables Aris y Mine.
Llega la furgoneta y baja una mujer mayor de aspecto jovial, seguida de un
espléndido galgo pardo. Ambos le dan la bienvenida efusivamente, no se
preocupen, no hace nada, Lord es muy bueno. Tranquila, nos encantan los
animales. Alicia acaricia entusiasmada el lomo áspero del galgo, los Terrier lo
olfatean y Sofía simplemente no cabe en sí de alegría. Entran a la casa y en
cuanto los demás se despistan, el perro y la gata se lamen reconociéndose. Mi
dueño fue denunciado y… Calla, no quiero saber los detalles, solo que eres
feliz. Mucho. Y, ¿qué hiciste con tu nombre?, bromea Sofía. Se lo pusiste a un
pobre chucho desvalido y atemorizado que ya no existe. Me diste un nombre viejo
y una existencia nueva, me fui sin darte las gracias. Sofía ronronea complacida
y se escabulle hacia el interior de la casa. No quiere ponerse sentimental. Se
verían unas cuantas veces más Lord y Sofía en esa semana y sobre todo, por
siempre, conservarían un vínculo más allá de la distancia.
El
primer día de consulta de vuelta en septiembre, el doctor Díaz recibe una
llamada de un paciente, mantienen una larga conversación. Sofía escucha sin
prestar mucha atención esta vez, no se puede estar siempre al cien por cien.
Sin embargo, de pronto planta las orejas cuando Joan despide a su interlocutor:
No subestimes el poder de tus pensamientos. Ya ves que son capaces de alterar
la realidad. Buen día, Luis. Sofía sonríe, se arrebuja sobre su cuerpo y se
deja llevar a un nivel sin pensamientos, mientras disfruta de los rayos de sol
que entran por la ventana.
Gracias.
CDR
martes, 29 de agosto de 2017
OPINIONES
La verdad no puede imponerse.
Todos vemos e interpretamos la realidad de forma subjetiva y es muy prepotente creer que nuestra visión del mundo es la verdadera. La dualidad en la que nos han educado -que rige el mundo en general-, bueno/malo, es totalmente subjetiva, depende de cada uno, de los valores que nos hayan inculcado, de la cultura en la que estemos imbuidos, se basa, en definitiva, en nuestro sistema de creencias. Al identificarnos con este, asumimos que el mundo debería ser como nosotros pensamos.
Si no admitimos opiniones diferentes a la nuestra y entablamos batalla para convencer a quienes manifiestan otra postura, esto supone dos cosas: estamos juzgando su forma de pensar y en realidad solo buscamos tener razón. Demostrando así, además, nuestra falta de madurez emocional.
La conciencia moral, pues, no sirve para nada más que como filtro distorsionante de la realidad. Y es porque en ella se acumulan nuestros prejuicios y estereotipos, basados, por supuesto, en nuestras interpretaciones subjetivas y nuestros pensamientos egocéntricos. De ahí precisamente surgen tanto los pequeños desencuentros como los grandes conflictos que destruyen la paz entre los seres humanos.
Sin embargo, si cuestionamos y trascendemos los condicionamientos que han forjado nuestra moral, crecerán nuestro conocimiento y nuestra comprensión. Entonces basaremos nuestras opiniones, y aún mejor, nuestras decisiones, en la conciencia ética -que etimológicamente alude al modo de ser, al carácter, a la predisposición a hacer el bien-. Dejaremos de etiquetar las cosas como buenas o malas, como blancas o negras, y apreciaremos todos los matices entre uno y otro extremo. Esto es especialmente importante en la actualidad, cuando tanta división y confrontación existen. Debemos comprender y aceptar opiniones distintas a las nuestras, es más, debemos dejar de perder el tiempo juzgando y criticando, y cultivar la humildad y el respeto, elegir nuestros pensamientos y seleccionar con cuidado nuestras palabras y acciones.
Porque hoy en día resulta tan fácil opinar, alegre e inconscientemente, no hace falta más que un clic, para posicionarnos sin reflexionar, sin examinar los datos, sin contrastar nada. Esto es muy peligroso, recibimos una ingente cantidad de información, estamos informados, sí, pero, ¿pensamos? El exceso de información nos vuelve perezosos, nos evita buscar ideas propias, asumimos posturas ajenas, alimentamos nuestro egocentrismo y reforzamos aquellas ideas con las que nos sentimos afines, sin más.
Sea cual sea el tema a opinar, desde política o terrorismo -por nombrar dos de los que más dividen, más complejos y a la vez más opinados-, hasta forma de vida, vestimenta u otro hábito cotidiano -por nombrar otros más livianos y también bastante mangoneados-, no deberíamos hacerlo de modo impulsivo, repetitivo, sino pausado, yendo más allá de los límites de nuestra mente condicionada. Incluso, por qué no, reconocer a veces que no tenemos opinión formada al respecto.
CDR
Todos vemos e interpretamos la realidad de forma subjetiva y es muy prepotente creer que nuestra visión del mundo es la verdadera. La dualidad en la que nos han educado -que rige el mundo en general-, bueno/malo, es totalmente subjetiva, depende de cada uno, de los valores que nos hayan inculcado, de la cultura en la que estemos imbuidos, se basa, en definitiva, en nuestro sistema de creencias. Al identificarnos con este, asumimos que el mundo debería ser como nosotros pensamos.
Si no admitimos opiniones diferentes a la nuestra y entablamos batalla para convencer a quienes manifiestan otra postura, esto supone dos cosas: estamos juzgando su forma de pensar y en realidad solo buscamos tener razón. Demostrando así, además, nuestra falta de madurez emocional.
La conciencia moral, pues, no sirve para nada más que como filtro distorsionante de la realidad. Y es porque en ella se acumulan nuestros prejuicios y estereotipos, basados, por supuesto, en nuestras interpretaciones subjetivas y nuestros pensamientos egocéntricos. De ahí precisamente surgen tanto los pequeños desencuentros como los grandes conflictos que destruyen la paz entre los seres humanos.
Sin embargo, si cuestionamos y trascendemos los condicionamientos que han forjado nuestra moral, crecerán nuestro conocimiento y nuestra comprensión. Entonces basaremos nuestras opiniones, y aún mejor, nuestras decisiones, en la conciencia ética -que etimológicamente alude al modo de ser, al carácter, a la predisposición a hacer el bien-. Dejaremos de etiquetar las cosas como buenas o malas, como blancas o negras, y apreciaremos todos los matices entre uno y otro extremo. Esto es especialmente importante en la actualidad, cuando tanta división y confrontación existen. Debemos comprender y aceptar opiniones distintas a las nuestras, es más, debemos dejar de perder el tiempo juzgando y criticando, y cultivar la humildad y el respeto, elegir nuestros pensamientos y seleccionar con cuidado nuestras palabras y acciones.
Porque hoy en día resulta tan fácil opinar, alegre e inconscientemente, no hace falta más que un clic, para posicionarnos sin reflexionar, sin examinar los datos, sin contrastar nada. Esto es muy peligroso, recibimos una ingente cantidad de información, estamos informados, sí, pero, ¿pensamos? El exceso de información nos vuelve perezosos, nos evita buscar ideas propias, asumimos posturas ajenas, alimentamos nuestro egocentrismo y reforzamos aquellas ideas con las que nos sentimos afines, sin más.
Sea cual sea el tema a opinar, desde política o terrorismo -por nombrar dos de los que más dividen, más complejos y a la vez más opinados-, hasta forma de vida, vestimenta u otro hábito cotidiano -por nombrar otros más livianos y también bastante mangoneados-, no deberíamos hacerlo de modo impulsivo, repetitivo, sino pausado, yendo más allá de los límites de nuestra mente condicionada. Incluso, por qué no, reconocer a veces que no tenemos opinión formada al respecto.
CDR
miércoles, 23 de agosto de 2017
CICLOS
La vida está hecha de ciclos. La vida, la naturaleza, el cosmos, todo tiene lugar en ciclos. Nacer, crecer, envejecer y morir. Los frutos maduran. Las mareas suben y bajan. La luna crece y mengua. Las estaciones se suceden al compás del movimiento de la Tierra, cuyo ciclo se completa con cada vuelta al Sol. El sistema planetario surca la Vía Láctea en un movimiento elíptico...
Todos estos ciclos se entrelazan, encajan y superponen dentro de un ritmo perfecto, propio de cada uno de ellos. Como círculos concéntricos, en espirales, la vida se desarrolla ajena al corsé del tiempo que nosotros le ponemos. Solo existe el aquí y ahora. Lo demás que queramos imaginar, recordar, no es más que quimera, pasado o futuro, humo.
El tiempo no debería medirse, solo vivirse. Vivir es lo único que importa y aceptar lo que es la vida, lo que da y lo que quita, sin resignación, pero con la libertad de no tener miedo.
Yo cada día tengo un poquito menos de miedo y bastante más confianza, sé que me encuentro aprendiendo, creciendo, y por eso quiero cambiar de ciclo en este blog. Entrar a la siguiente curva de la espiral y seguir escribiendo más allá del amor a las letras, celebrando la vida entera.
No importa cuándo empezó, ni por qué. Todo tiene su sentido. Pero ahora ya no solo va de letras, va de vida. ¿Por qué no borro este blog y creo otro nuevo, distinto? Porque eso sería romper el ciclo. Ahí está lo que escribió la que yo era. Ahora escribe la que soy.
El ciclo de la vida sigue su curso.
CDR
Todos estos ciclos se entrelazan, encajan y superponen dentro de un ritmo perfecto, propio de cada uno de ellos. Como círculos concéntricos, en espirales, la vida se desarrolla ajena al corsé del tiempo que nosotros le ponemos. Solo existe el aquí y ahora. Lo demás que queramos imaginar, recordar, no es más que quimera, pasado o futuro, humo.
El tiempo no debería medirse, solo vivirse. Vivir es lo único que importa y aceptar lo que es la vida, lo que da y lo que quita, sin resignación, pero con la libertad de no tener miedo.
Yo cada día tengo un poquito menos de miedo y bastante más confianza, sé que me encuentro aprendiendo, creciendo, y por eso quiero cambiar de ciclo en este blog. Entrar a la siguiente curva de la espiral y seguir escribiendo más allá del amor a las letras, celebrando la vida entera.
No importa cuándo empezó, ni por qué. Todo tiene su sentido. Pero ahora ya no solo va de letras, va de vida. ¿Por qué no borro este blog y creo otro nuevo, distinto? Porque eso sería romper el ciclo. Ahí está lo que escribió la que yo era. Ahora escribe la que soy.
El ciclo de la vida sigue su curso.
CDR
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